De José Martí: Carta publicada en el diario La Opinión Nacional. Caracas

“Acá es frenesí este amor al gladiador. Se tiene en él una gran vanidad, como si se encarnara y representase al país en lo que más se estima. Ahora mismo agita el papel en que esto se escribe, el aire que entra por la ventana, lleno de la música ruidosa con que van a saludar unos mozos al púgil Sullivan, rey de los puñetazos, que tiene ya cinco años de vida de triunfo, adorado y mimado por su fuerza. De un golpe abate a un hombre: de dos lo mata. Lleva una vida brutal. El día es para él Champagne; de noche cerveza; un puñetazo, el cielo. Le deleita quebrar labios y leyes. No tiene una bondad ni arranque de hombre. A su mujer la tunde. A su hijito de ojos azules, lo echa escalera abajo, Goza en magullar. Tiene el gusto burdo, y va todo él colgado de brillantes: lleva un puño de ellos en la pechera de la camisa: un anillo le relampaguea en la mano derecha: otro en la izquierda. Usa un sombrero blanco como la leche. Pero toda esta grosería y brutalidad se le perdona. La policía lo escuda y lo trata tiernamente. Los tribunales no le son hostiles. Se ve en él todo eso como ornamento y gracia de su majestad. Un cariño real acompaña y protege por todas partes a esta bestia.

“Aquí está en un hotel que abre sus balcones sobre el aire aromado del Parque Central, preparándose para la pelea enorme con que va a celebrarse el 4 de julio, ¡el día santo de la independencia patria!

“Diez días faltan y ya no habla New York de otra cosa. Se olvidan las carreras de caballos, los desafíos de pelota, las noticias de que la hermana del presidente publica una novela de amores; las sentencias recaídas sobre los obreros coaligados que amenazan a los dueños, la demanda de un representante para que el Congreso impida que el gobierno francés tome sobre sí la obra del canal de Panamá. Todo eso se lee como de pasada. De nada de eso se trata en las convenciones. La primera ojeada de los que leen diarios es para los párrafos de Sullivan. Los diarios informan al público de que sus ojos están claros, vivos, buenos para la pelea. Tiene un cuidador que le amasa la piel dos veces al día, que le lleva al levantarse un vaso de agua, con cuatro yemas de huevo. Todo el día está en el hotel rodeado de gente. El campeón sale dos veces a tomar el aire, en su carruaje pomposo, que él quiere que sea muy grande, y de dos caballos. Si está almorzando adentro, la multitud cuchichea afuera: “Le han servido cuatro costillas”: “no toma más que té y yemas de huevos”: “ya pesa cinco libras menos”. Si se acerca a la puerta para tomar el suntuoso coche, la multitud se arremolina, se siente como una unción, los policías halagüeños limpian el paso para el héroe el héroe sale, acogido por un clamor de victoria y cuando vuelve, pleno el pulmón de aire de flores, la gente es más, de la plazoleta del hotel, que es toda una cabeza, surge un vítor robusto que corean los chicuelos amontonados de todas partes de la ciudad para respirar siquiera el polvo del carruaje del campeón a quien admiran. Da frío ver criarse a un pueblo entero en el culto a la fiera”

La Opinión Nacional. Caracas, 4 de marzo de 1882. Tomo 9. Obras Completas de José Martí. 1975

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