GIBARA ES UN PAÍS. OMAR GONZÁLEZ

Ante la proximidad de una nueva edición del festival de Gibara –ahora Festival Internacional de Cine de Gibara–, retomo estas palabras dichas en aquel municipio holguinero y publicadas, si mal no recuerdo, en el Diario del propio festival. Cabe desearles muchos éxitos a los organizadores de esta nueva edición, encabezados por el actor cubano Jorge Perugorría.(OG)

Foto de Claudia González Machado

Foto de Claudia González Machado

El Festival Internacional de Cine Pobre es un laboratorio, un foro interactivo que suscita renovado interés entre quienes asumen las nuevas tecnologías y los bajos presupuestos financieros como la opción no sólo más viable, sino imprescindible para que el audiovisual contemporáneo no sucumba definitivamente ante la hegemonía de la trivialidad corporativa. Es un espacio privilegiado para la confrontación artística, un escenario que no soslaya el compromiso social ni los rigores definitorios de la calidad. Desde la perspectiva de quienes trabajamos en una institución como el ICAIC –abocada a un cambio que la sitúe en otra dimensión organizativa, tecnológica e, incluso, estética–, este evento se corresponde con nuestras expectativas, ocupaciones y desafíos más apremiantes y estratégicos. Aún más, los complementa.

El cine será digital o no será y, a juzgar por la exclusión globalizada, las alternativas estarían obligadas a definirse como heroicamente pobres y, desde luego, marginales. Otra cosa no dicen los números, otra conducta no aconsejan los hechos. De ahí nuestra identificación con las tesis fundamentales que sustenta el Festival y nuestro apoyo a sus organizadores, de los cuales nos sentimos cómplices desde que, siendo apenas una idea, la vivificamos con el gran Humberto Solás.

Desde mi perspectiva, cine pobre sería mucho más que un concepto, equivaldría a una poética, y más que a una poética, a una estética concebida desde y para la resistencia cultural. Esto pareciera tautológico si no partiéramos en nuestro análisis de la dramática circunstancia en que se produce el hecho artístico soberano en nuestros días. Si la opción no es Hollywood –que nos segrega y descarta nuestros paradigmas–, cuál ha de ser la alternativa que mejor exprese nuestros desvelos y realidades. Ni más ni menos que un arte que, partiendo de la dificultad (y la pobreza lo es, y la exclusión la simboliza), nos defina enriqueciéndonos, nos dignifique en la resistencia. Y como de modismos y etiquetas venimos de regreso, cine pobre no puede ser sino la manifestación de nuestras inquietudes genuinamente revolucionarias, entendidas éstas como la necesidad de cambiar la realidad de las cosas e, incluso, las cosas de la realidad. Una realidad que, en la mayor parte del mundo, arrasa con las diferencias y, por lo mismo, disocia las identidades. Ante tal absolutismo, aboguemos por nuestra libertad sin eludir nuestra responsabilidad.

Ahora bien, sabido es que el empleo de las nuevas tecnologías no constituye una garantía de éxito ni la adhesión consciente a principios que, en lo esencial, clasificarían como de renovación y ruptura. El arte que necesitamos deberá menos a los beneficios de la máquina que a las cualidades de quienes la han humanizado porque ya consiguieron dominarla. Tal vez sea éste el más difícil de los conflictos a que se enfrenta el intelectual en la era de la postmodernidad asimétrica.

Foto de Claudia González Machado
Foto de Claudia González Machado

Filmar y pensar en digital, como hemos dicho antes, no significaría automáticamente adscribirse a la estética del cine pobre. En la cultura artística, no obstante McLuhan, el medio jamás debería ser el fin. Otra angustia sería la de los propios medios, obnubilados como están por el narcisismo inquisitorial que los embriaga y condena. Nuestra Galaxia Gates ha de incluir la tradición si no queremos vegetar en el infierno de las aberraciones. En su soledad, algún que otro zombi pudiera lograr que el artificio se convirtiera en la gruta de sus días, pero no habría conseguido el misterio inasible de la creación. Y aunque llene sus arcas, pagaría el precio de la muerte en vida. Como tantos en este mundo.

El controvertido Andy Warhol, que supo de estas cosas porque las sufrió en carne propia, sintetizaba el drama del siguiente modo: “Es que la vida duele… Si pudiéramos convertirnos en máquina, todo nos dolería menos. Seríamos más felices si estuviéramos programados para ser felices”. Pero antes había sido capaz de advertirnos: “Comprar es más norteamericano que pensar”, lo que explicaría no sólo su condición de víctima, sino su angustia intelectual ante la degradación de una sociedad cosificada por el consumismo. Y Warhol, por efecto de la mano no precisamente invisible del mercado, ha devenido fetiche, y las más iconoclastas de sus obras se rematan exactamente igual que las más inocuas y conformistas. Todas, probablemente, recalen en las mismas bodegas, donde alguna vez estará el último de los bisontes americanos, aquella rara flor de la memoria.

La historia del mundo, particularmente la de los pueblos sin imagen, ha sido la de la lucha contra el saqueo y el genocidio cultural interminable. Luego del exterminio físico y el robo de las cosas tangibles, sobrevino el vaciamiento de los símbolos y su suplantación por otros que, al ser ajenos, sólo han servido para alimentar la ira o exacerbar nuestra nostalgia. Nadie mejor que el arzobispo sudafricano Desmond Tutu para describirnos tales efectos: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”. Ahora, valiéndose de otras y de las mismas formas de engaño, pretenden dejarnos también sin la Biblia. Y en su afán, la sustituyen por el catecismo de su nueva tiranía: la del pensamiento único y el actuar mecánico.

En este sentido –y en otros que doy por obvios–, el Festival Internacional de Cine Pobre sería un proyecto emancipatorio. Lo preside Humberto Solás, recién proclamado Premio Nacional de Cine, cuya obra y vida son ejemplos de eticidad y pasión por el arte. Y alegra saber que, cuando muchos en su caso optarían por el sosiego, él haya decidido entregarse a la tarea fundacional de un movimiento, y que lo haga desde la humildad, aquí en Gibara, donde la gloria es tal porque se prodiga desde la escala humana. Algo que, justo es decirlo, resulta inherente a otros grandes cineastas cubanos, quienes, si fundadores, jamás reposan. Por eso, en nada es fortuito que ahora en el ICAIC pervivan diferentes generaciones de artistas, aun cuando sabemos que a los jóvenes corresponderá el futuro, eso sí, sin la mácula bochornosa del olvido. Ahí estarían los resultados de la Muestra (anual) de Nuevos Realizadores para corroborarlo.

Cine Pobre es también un acto de justicia que defiende la especificidad del arte en un contexto internacional viciado por la mentira, la disolución de las jerarquías y la instrumentalización de la cultura. Duele ver cómo el mercado, que suscita la fama, decreta también el referente, y hasta qué punto gobierna la estulticia.

Foto de Claudia González Machado
Foto de Claudia González Machado

Este modesto e íntimo festival debería trascender mucho más la pequeña y acogedora ciudad que lo cobija. Gibara pudiera ser, si nos lo propusiéramos, el Porto Alegre del audiovisual contemporáneo. Bastaría estructurar eficazmente las redes de sustentación, los ámbitos de pertenencia, la calidad de los auspicios, la logística interna, el compromiso institucional y el apoyo práctico de otros organismos nacionales e internacionales; bastaría no conformarnos con lo que hemos logrado y tomar conciencia de la importancia que tiene este proyecto en el contexto actual de la altermundialización. Esta es una aspiración posible, sobre todo porque nace de Cuba, donde lo que hoy es realidad, alguna vez fue sueño, y donde lo que ahora pareciera utopía, mañana será, inobjetablemente, fortuna social. Y aquí termino. Gibara es nuestro aliento.

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