El mundo de la música llora la partida del Rey del Blues

na31fo01El intérprete de “The Thrill Is Gone” patentó con su guitarra Lucille un estilo inconfundible y fue uno de los músicos que más trajinaron escenarios de todo el planeta. Con la Argentina estableció un vínculo especial, fundamentalmente con Pappo.

Por Cristian Vitale

Fuente Página 12

Murió B. B. King. Ya había amagado varias veces, el viejo. La última fue hace poco más de un mes, cuando la maldita deshidratación –socia de la diabetes tipo II, que al final se salió con las suyas– había depositado su generoso cuerpo en un hospital de Las Vegas. Venía luchando contra ella hacía veinte años, el B. B., pero medio que le esquivaba. Jugaba a ver qué pasaba, tal como hacía con su guitarra en “Make Love to Me” o en la gran “Guess Who”. Sí, cancelaba conciertos –ocho, aquella vez, por Chicago y alrededores– pero no las sonrisas cuando el que se salía con las suyas era él, atravesando las puertas de los hospitales hacia fuera. Pero el último de los partidos revancha –axioma humano– siempre lo gana ella. Fue ayer. Estaba durmiendo y tenía 89 años, el viejo. Y el mundo, pero el mundo en serio, se rindió a sus pies una vez más. Enseguida salió uno de sus más dignos émulos (Eric Clapton) a lamentar el hecho y subir, de paso, un video a su Facebook. También salió Lenny Kravitz a refrendar una verdad relativa pero poco (“Cualquiera podía tocar mil notas y no llegar a decir lo que vos decías en una”); varios músicos argentinos (ver aparte) o el mismo Obama, que de esto sí debe saber algo: “Habrá una zapada de blues asesina hoy, en el cielo”, escribió el presidente, con un sentimiento que no le sale cuando aprueba invadir algún polvorín en Medio Oriente. Estaba, el B. B., complicado desde hacía tiempo, y fue su hija Patty King la encargada de revelarlo ante el mundo. Ante el mundo “en serio”.

¿Murió B.B. King? Todas las verdades son relativas dicen, siempre que sean honestos, hasta los ontólogos más extremos, y no puede ser la muerte más que una verdad relativa más. En especial cuando se trata de un músico, de un artista, de un tipo que trasciende a través de sus obras. De un guitarrista que mató a notas –cálidas más que “virtuosas”, sentidas más que veloces– a parte de la humanidad. Que le importó muy poco ir atravesando cumpleaños redondos (60, 70, 80 y pretendía hacerlo con los 90), dejando huella profunda cada vez. No sólo al avisar, por si hiciera falta, que el blues era un lenguaje universal y que podía besarse muy de cerca con el jazz, con el rhythm and blues, con el rock and roll, con el “pop”, o con la idea no siempre bien entendida de libertad musical, sino también con la persistencia en el hacer. En mostrar éste a la mayor cantidad de seres posibles, “fuera del gueto”, es decir, en shows constantes, abiertos y multitudinarios. En erigirse (no sólo pero también) como el primus inter pares, entre músicos que podían ir desde el gran Blind Lemon Jefferson hasta Albert King. Desde Sonny Boy Williamson –cualquiera de los dos– hasta T-Bone Walker, Cream, Paul Butterfield o los mismísimos Rolling Stones.

Riley B, King, de Itta Bena, fue –es– el rey porque la ontología blusera puede sintetizarse en su nombre, sin temor a discusiones estériles. Porque en cualquier situación en que intervenga Lucille, su endemoniada y angelical guitarra, los sentidos explotan. O implosionan. O, de mínima forzada, no permanecen ajenos. Desde las lejanas “Miss Martha King”; “My Baby’s Gone”; “Shake It Up and Go” o “Love Me Baby” hasta las curtidas en tiempos de experimentación, cruces y vueltas a las raíces (sesentas-setentas) como la impresionante “I`ve Got a Mind to Give up Living” –volver a escuchar el solo de la introducción una y mil veces–; la resucitadora de almas “The thrill Is Gone”; “Midnight Believer” o la muy jazzera “Rainbow Riot”. Y las del B. B. tardío, claro. La que se quiera de Reflections (2003) o One Kind Favor (2008).

imagesCualquier retrospectiva en flash sobre su larga vida al blues dirá que nació el 16 de septiembre de 1925, y que murió ayer, en Las Vegas, meses antes de cumplir noventa. Que empezó cantando gospel en una iglesia baptista, siguió en varias iglesias y manejó tractores para comprarse la viola. Que conformó la tríada de los King con Freddie y Albert. Que era un guitarrista enorme y entró al Salón de la Fama. Que tenía casi un record de conciertos en vivo y giró con los Rolling Stones, época Beggars Banquet y Let it Bleed. Que no tomaba alcohol ni fumaba. Que se había casado dos veces, y tenía quince hijos, entre naturales y adoptados. Que fue premiado muchas veces, lo cual no necesariamente quiere decir algo siempre (George W. Bush le dio la medalla presidencial de la libertad –¿?–, en 2006). Que usó toda la vida guitarras Gibson y que amaba a Frank Sinatra.

Tal vez, corriendo el mapa hacia estos lares, haya que ampliar su derrotero de hechos y recordar que tocó con nuestro Pappo, de local y de visitante (en el Madison Square Garden), y que recordó al Carpo, cuando éste murió en la maldita ruta de Luján. “Sin él estando vivo allá, Argentina ya no será lo mismo para mí”, le dijo a Página/12, con el hecho aún fresco. King ya había tocado en Argentina cuando nadie venía (1980) y cuando muchos lo empezaban a hacer, en 1992, concierto (Obras) en el que invitó a Pappo a tocar unos bises y le dobló la apuesta para hacerlo en el Madison, en agosto de 2003. “En 42 años de carrera conocí 68 países y muy buenos músicos de blues, jazz, country y rock and roll. Esta noche tengo el orgullo de presentarles al mejor guitarrista de blues de Sudamérica: de Buenos Aires, Argentina, ¡Pappo!”…así lo presentó el B. B., aquella vez. “Era uno de los grandes bluseros que existieron, punto. Yo no puedo pensar en que alguien sea negro, que sea blanco o que sea gris para tocar. No todos los negros tocan buena música, ni todos los blancos lo hacen. No se puede pensar la música de un modo racista. Sólo algunos lo hacen bien, y Pappo era uno de ellos (…) sé que mucha gente lo amaba, y yo soy uno de ellos”, refrendó B. B King, que tocó por última vez en Argentina en marzo de 2010, ante un Luna Park repleto. El show era parte del One More Time Tour. Fue de entrecasa, cálido y muy conversado. Su Lucille no había perdido un gramo de claridad, swing, precisión y feeling. Y las versiones de “Every Day I Have the Blues”, “Let the Good Times Roll”, y “The Thrill Is Gone” (“imposible no claudicar ante su groove envolvente, ante el estiramiento infinito de las cuerdas de Lucille”, se dijo en este diario), fueron de antología.

Murió Riley B. King, de Itta Bena, Mississippi, nacido el 16 de septiembre de 1925.

¿Murió?

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