Sumario del lado púrpura del planeta

Nyliam Vázquez García
Enrique Milanés León

Fuente Juventud Rebelde

Son apenas cuatro letras que suelen ir en la cola de ciertos sustantivos, pero bastan por sí mismas para decirnos a los terrícolas sin mucho protocolo qué mundo hemos ¿construido? en este agonizante 2015: «ismo», el conocido sufijo, es, según la página web del diccionario online Merriam-Webster, la palabra del año, dadas las constantes búsquedas que desde todos los rincones del planeta han generado, entre otros, conceptos como terrorismo, racismo, fascismo y el infaltable capitalismo.

No, aquí abajo la Tierra no es el apacible azul que un día impresionó a Gagarin y que sus sucesores admiran de primera mano desde la Estación Espacial Internacional. Por mucha resistencia y acciones que en pos de la cordura llevan a cabo las fuerzas de progreso, el mundo ha sido en 2015 un vecindario turbio y complicado.

Ban Ki-moon, el secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), ha sostenido que este que despedimos «será recordado como el año del sufrimiento humano y de las tragedias migratorias». Según acotó, solamente en busca de refugio y una vida mejor en otro país, más de 5 000 personas —una cifra en la que aun el mismísimo líder de la ONU pudiera haber quedado por debajo de la realidad— hallaron la muerte.

¿Por qué se van los infantes?

Todavía duele recordar la fotografía del niño de tres años Aylan Kurdi muerto en una playa turca con ropitas elegantes que sugerían un paseo. La imagen llenó los noticieros, pero Aylan estuvo lejos de ser el único niño perdido en trance similar.

La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) cifra en 60 millones la cantidad de personas que huyeron de sus países de origen espantadas por conflictos bélicos. En este 2015 en que se rompieron todos los récords de desplazados a lo interno de un país y de refugiados y solicitantes de asilo en otros, una de cada 122 personas se vio forzada a escapar.

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«Nunca antes ha habido tanta necesidad de tolerancia, compasión y solidaridad con personas que lo han perdido todo», comentó el Alto comisionado de la ONU para los refugiados, Antonio Guterres. Es así: las víctimas aumentan y la persistencia de los conflictos reduce la posibilidad del retorno. El porcentaje de regreso es el más bajo de los últimos 30 años, sostiene la ONU.

El caso de Aylan nos recordó que toda obra humana puede medirse por la situación de los niños. Así como los chicos muertos, duele saber que en este año 16 millones de infantes nacieron en zonas de conflicto, marcados por las carencias sanitarias, el hambre, la violencia y la tensión. El director ejecutivo del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), Anthony Lake, afirmó que «cada dos segundos, un recién nacido llega al mundo en medio de un conflicto, a menudo en circunstancias aterradoras…». ¿Alguien podrá enseñarles la palabra «futuro»?

La Unicef sostiene que estos pequeños son más propensos a morir antes de los cinco años y a sufrir un estrés extremo suficiente para bloquear a largo plazo su desarrollo emocional y cognitivo. Solo en el primer semestre del año, más de 200 000 niños solicitaron asilo en países de la Unión Europea (UE).

El problema no acaba en sus naciones de origen —Siria, Iraq, Afganistán, República Centroafricana, Sudán del Sur, Yemen, Libia… ahuyentan, desde la violencia, a infinidad de familias con niños— pues las receptoras tampoco hacen todo cuanto deben por su suerte. El informe La infancia en la sombra de la guerra, de la organización Save the children, denuncia que las sociedades desarrolladas destinan pocos recursos a estos pequeños.

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Desigualdad y horror

Poco queda para los niños «ajenos» en un planeta altamente desigual. Empeñada de palabra en erradicar la pobreza para el cercano año 2030, la humanidad tiene que resolver antes cómo reparte cuanto produce. Un informe de la empresa de servicios financieros Credit Suisse Group expuso que el 50,4 por ciento de la riqueza está en manos del uno por ciento de la población mundial, o sea, que el 99 por ciento de los terrícolas tenemos menos que ese puñado de ricos. Evidentemente, ese puede ser el camino para «acabar con» los pobres, no para cesar la pobreza.

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A pesar de la alta tecnología disponible, de los conocimientos acumulados y de las extraordinarias herramientas de comunicación que permitirían repartir excedentes hasta el hartazgo, la muy accidentada economía mundial apenas crecerá en este año en el entorno del 2,4 por ciento, según estima el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales (DESA) de la ONU.

El informe Situación y perspectivas de la economía mundial 2016, elaborado por el DESA y otras entidades especializadas, proyecta para el 2016 un avance de 2,9 por ciento y un 3,2 para el 2017, acotando que se ha ralentizado el crecimiento de los países en desarrollo y las economías emergentes —por alguna razón no menciona las tensiones económicas del Primer Mundo—, afectados por la caída de los precios de las materias primas y, con ella, por la inestabilidad de los mercados financieros, un panorama particularmente adverso para América Latina.

A lo anterior hay que sumar las guerras: civiles o no, viejas o nuevas, recientes con raíz antigua… todas contrarias al privilegio del raciocinio con que cuenta la especie humana. A esta altura, también las guerras han cambiado, al punto de que el grupo terrorista Estado Islámico (EI), definido por muchos como el principal desafío geopolítico actual, ha retado con el mayor desparpajo a países, religiones, formaciones rivales, valores, culturas… ¡y tiene al mundo en vilo!

En Siria —en cuyo territorio, así como en el de Iraq, ha establecido su régimen de dolor— el EI centra una red de combates entre múltiples actores con alianzas y rivalidades diversas, de muy difícil comprensión.

2015 ha visto consolidarse, además, métodos de guerra nada convencionales, dado que sirven a fuerzas extremistas. Estado Islámico, que entre otras potencias lanzó el guante a Rusia, derribó una nave aérea civil de ese país, en Egipto, con un artefacto rústico colocado… en una lata de refresco.

Son contrastes: en tiempos del auge de la ciberguerra y del pase a cuchillo online de rehenes, se estima que, desde inicios de los años ’80 a la fecha, más de 4 600 ataques suicidas segaron la vida de unas 45 000 personas. ¿Cuántas balas se emplearían para ello?

También se pelea «a la antigua». La revista estadounidense The National Interest ha ubicado, entre los conflictos que, según sus analistas, podrían llevarnos a la Tercera Guerra Mundial —un triste augurio cada vez más socorrido— la confrontación bélica en Siria, incluido en ella el ascenso ¿imparable? del Estado Islámico, el largo diferendo entre las potencias nucleares India y Paquistán, las tensiones de China alrededor de sus mares Meridional y Oriental —que involucran a varios vecinos y hasta al omnipresente Estados Unidos— y el nunca apagado conflicto en Ucrania que esconde, no muy bien, por cierto, las apetencias de cerco de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a Rusia.

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A propósito de esta última acotación, vale citar el pronóstico del analista militar de CNN, Cedric Leighton, ex oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, quien considera que «Rusia será el desafío político por excelencia para Estados Unidos y Occidente». La política de sanciones y las acciones y reacciones de ambos frentes confirman que hay allí un punto candente de la escena internacional.

De tal suerte, el reciente derribo de un avión militar ruso por Turquía, un miembro de la OTAN liderada por Estados Unidos, puso al mundo a pensar qué pasaría si Moscú diera al caso una respuesta militar.

Para el conflicto en Siria, que en casi cinco años no ha hecho más que agudizarse, acaba de abrirse cierta luz con el cronograma dirigido a la paz aprobado unánimemente por el Consejo de Seguridad de la ONU y que incluye diálogo, alto al fuego, nueva Constitución y elecciones, pero la madeja de intereses y desintereses allí presentes imponen cautela al optimismo.

El clima de la política

2015 fue el año en que el terror quebró dos veces la romántica paz de París —dejando 130 muertos en una noche, solo en los atentados del 13 de noviembre— y puso a Europa al borde del ataque de nervios, cuando Alexis Tsipras, decepcionando a millones, tuvo que amoldar su programa de izquierda a los intereses de los acreedores que ahogan a Grecia a nombre del capital, y el precio del petróleo fue desplomado intencionalmente para poner en aprietos a exportadores «incómodos» como Rusia y Venezuela.

En estos 12 meses, de igual modo, se acentuó la ola de violencia en los territorios palestinos ocupados por Israel. Por algunos llamada «Intifada de los cuchillos», iniciada tras la visita irreverente de parlamentarios judíos a la Explanada de las Mezquitas, ha dejado desde octubre más de un centenar de palestinos muertos y se produce luego de casi cinco décadas de ocupación ilegal, la creciente invasión de asentamientos judíos, la constante discriminación a los palestinos y la impunidad, nacional e internacional, de los crímenes israelíes.

Cerramos un año en que la derecha de América Latina continuó su búsqueda de revancha. El chavismo venezolano, hostigado principalmente por una crisis creada a dos manos por los centros de poder mundiales y por la muy antibolivariana burguesía nacional, sufrió una seria derrota en las recientes elecciones parlamentarias que le obligó a replantear su trabajo en las bases.

En Brasil, la reacción quiere dar un golpe de derecha a Dilma Rousseff con un juicio político que descabece el Gobierno del Partido de los Trabajadores, y en Argentina triunfó en las urnas un presidente empresario que apenas a una semana de asumir el cargo recibió las dedicatorias de protestas callejeras.

Por otro lado, en 2015 se consiguieron importantes avances en las conversaciones de paz para Colombia efectuadas en La Habana, al punto de firmarse un inédito acuerdo sobre las víctimas que se suma al anterior sobre justicia que ya contemplaba tribunales especiales para la paz.

Y es el año, por supuesto, de la continuidad en el complejo proceso de llevar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos a la normalidad.

Este 2015 dice adiós con un hito incuestionable. El acuerdo universal sobre el cambio climático, adoptado tras años de discusiones en ese mismo París de reciente herida, compromete a los países a mantener el aumento de la temperatura global por debajo de dos grados Celsius y a plantear como aspiración uno menor de 1,5 grados. Nuestra especie dio allí una lección de concordia, pero la misma ciudad que acababa de ser sacudida por el terror nos dejaba a todos un mensaje: hay que bajar primero la temperatura de las armas para que, además del planeta, haya siempre en él una humanidad viva que salvar.

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