Para una relectura en nuestro tiempo

Luis Álvarez Álvarez
Fuente: Juventud Rebelde

Soler Puig

El centenario de José Soler Puig debiera conducir a un balance crítico de la novelística cubana en la segunda mitad del siglo XX. Por poco que se piense, en ese período hay cuatro novelistas de gran calibre: José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Severo Sarduy y José Soler Puig. No quiero decir que no puedan identificarse otros de relieve y peso específico, pero nadie negará que el cuadrivio mencionado marque niveles de mayor estatura. Tampoco es un secreto que de esos cuatro grandes, Soler Puig ha recibido una menor difusión internacional y una crítica literaria menos frecuente. Esta realidad constituye una cuestión muy grave; las consecuencias de tal sordina crítica en relación con su obra solo son dañinas para la misma cultura cubana, pues nos ha impedido percibir un hecho fundamental de nuestro devenir literario en la centuria pasada.

Hay entre esos autores una consonancia peculiarísima, que encuentra su confirmación —por no decir su síntesis alquímica más entrañable— precisamente en la obra del escritor santiaguero. Me refiero al hecho de que esos cuatro pilares novelísticos de la Isla se caracterizan por una marca estilística común: la construcción neobarroca de sus respectivos universos narrativos. En efecto, Lezama, Carpentier y Sarduy no solo apostaron por una expresión literaria asentada en la perspectiva cultural y literaria del neobarroco, sino que también fueron los iniciadores de la teorización sobre el carácter de la cultura latinoamericana, en ensayos como La expresión americana (Lezama), Lo barroco y lo real maravilloso (Carpentier) o Barroco (Sarduy). A pesar de esos textos fundadores, sus penetrantes reflexiones sobre las marcas distintivas de nuestra expresión cultural han sido sistemáticamente desatendidas hasta hoy, por la crítica literaria en particular (con excepciones como Leonardo Acosta) y por las instituciones académicas en general. Esto resulta tanto más absurdo cuando se piensa que la reflexión cubana sobre el neobarroco constituye un relevante aporte nacional al pensamiento latinoamericano.

Lezama, Carpentier y Sarduy
Lezama, Carpentier y Sarduy

El centenario de Soler Puig debiera motivarnos a reflexionar sobre esta cuestión que resulta central tanto para la comprensión de la literatura insular, como para la de todo el subcontinente. Soler Puig, en efecto, se presenta como la cuarta construcción literaria neobarroca de nuestro país. Una nutrida serie de rasgos de esa expresión pueden ser identificados en sus novelas, de modo que en este breve comentario me limito a aludir solo a algunos. Ante todo, Soler Puig tiene predilección por la configuración de un caos narrativo, una de las categorías fundamentales que define Omar Calabrese para el texto cultural neobarroco. Piénsese en Bertillón 166, que carece de centro —no hay un protagonista canónico ni mucho menos una acción narrativa dominante—; esta voluntad de expansión centrífuga vuelve a aparecer, depuradísima y con una maestría indudable, en El caserón, verdadero ámbito de espejos y trampas que inducen al lector a cuestionarse toda visión euclidiana de la realidad: Soler Puig orquesta en esta novela una serie de perspectivas engañosas que buscan, en última instancia, trazar una imagen compleja y transfigurada de la realidad.

Tanto en El pan dormido, como en las posteriores El caserón y Un mundo de cosas, Soler Puig organiza una inestabilidad destinada a que el lector —y él mismo en tanto autor— pueda problematizar la realidad, y no me refiero a una realidad general, como entidad abstracta, sino a la peculiar realidad típica de la cultura cubana. Por eso se puede apreciar en él, con entera nitidez, esas formas informes características de la era neobarroca: así se logran los memorables hermanos Perdomo, uno de los cuales, justo el personaje narrador, no tiene forma —apenas un cuadradito de luz reverberando en el piso de la sala familiar—, mientras que la protagonista de El caserón resulta tan indefinida que parece desdoblarse o reintegrarse en unidad a tenor del ritmo narrativo. En Un mundo de cosas, por demás, es el mismo argumento la estructura que por momento se disipa y distorsiona, en tanto los personajes principales están marcados por ese no-sé-qué (mezcla de incertidumbre, ambivalencia y extravío) que Calabrese también identifica como rasgo de la expresión neobarroca.

La crítica literaria y la academia en Cuba han tendido a ignorar los vínculos profundos que unen a Soler Puig con Lezama y con Carpentier. Eso resulta tanto más sorprendente cuando, por el contrario, se quiso ver en su día —con una ligereza y falta de argumentos que hoy no pueden menos que asombrar… y hacernos sonreír irónicamente— a Manuel Pereira como una especie de «heredero» del estilo carpenteriano. Y, sin embargo, Soler les confesó a Aida Bahr y a Jorge Luis Hernández una cuestión crucial: «Lo cierto es que Lezama influyó mucho en mí. He leído Paradiso decenas de veces, igual que las obras de Carpentier».1

Ojalá este centenario nos permita una relectura profunda de Soler Puig: ello sería una vía de comprensión mayor de la novelística cubana del siglo XX en sus esencias expresivas

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