Cervantes: LA PLUMA DEL GENIO ES MÁS GRANDE QUE ÉL MISMO

Edmundo Aray

Cervantes

He aquí al “caballero errante” por la Mancha imaginaria, de una a otra aventura, dígase de desventura en desventura, montado en un rocín (delgado “porque nunca se come y se trabaja”, que ni siquiera quejarse pueda de su dolencia pues el amo y escudero son tan rocines como él – ¿Pues qué es de la cebada y de la paja? preguntó Babieca. Pues no me deja mi amo ni un bocado, respondió Rocinante), caballero errante, digo, “tuertos desfaciendo”, perturbando la capacidad de asombro de quienes viven y padecen la realidad real, donde si acaso hay cabida para los buenos deseos de la imaginación –por la penuria estimulada.

He aquí a Sancho, hombre de bien, voz de pueblo, universo de cultura popular, inculta. Jamás leyó ninguna historia porque ni sabía leer ni escribir, pero disfrutó de la admiración de su amo porque, de tal modo contaba una y otra, dígase ahora la del pastor cabrerizo Lope Ruiz, enamorado de una pastora que se llamaba Torralba, revelara a Sancho: “…tú has contado una  de las más nuevas consejas, cuento o historia que nadie pudo pensar en el mundo, y que tal modo de contarla, ni dejarla, jamás se podrá ver ni habrá visto en toda la vida, aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso”… Advierto que el caballero de la triste figura no se andaba con lisonjas, y, como bien lo sabe el ilustre lector, siempre hizo oídos sordos a la sabia prudencia de los consejos de Sancho, y seguramente coincidirá conmigo, y el propio Cervantes -quien consideraba a Sancho “junto y cosido” a don Quijote-, cuando afirmo que el caballero errante y su escudero son un todo indivisible, aunque distinta sea la pasta intelectual. Y para más: si fantasía tenía uno, el otro no le quedaba atrás.

Parido el de Alcalá de Henares por la vida misma, las circunstancias aciagas, prisiones, cautiverios, lances de muerte (El 7 de octubre de 1571 tomó parte en la batalla de Lepanto. “Dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda que se la destrozó –por haberla perdido se le llama el manco de Lepanto- fueron signos perdurables de su valor”…) no contuvieron su entusiasmo por los libros de caballería, los autores del Renacimiento, la lírica de su tiempo y de tiempos idos, acaso por libros de árabes, lecturas de Homero y de Virgilio, de Garcilaso Inca de la Vega, Alonso de Ercilla pero, sobre todo, por la errancia, el dolor, la miseria, perseguido una y  más veces por la  justicia injusta. Unas y otras, don Quijote y su escudero, permitieron a Miguel de Cervantes y Saavedra, “más versado en desdichas que en versos”-decir de un cura-, dictar a la humanidad la más profunda lección ética hasta ahora conocida. Iluso, sí, paradigma, mucho más, majadero, ni qué decir.

No escapó, sin embargo, a las malquerencias de uno y otro ingenio, pues la pluma le volaba, propenso a los gazapos y al discurrir sin pausas ni licencias, pero cuán elegante, profunda, sencilla, apasionante su escritura.  ¡Cuánto placer sus travesuras con la palabra, cuánto de gracia, cuánto de humor y mofa! ¡Cuánto de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz, de Fray Luis de León!, amantes de la poesía, “enfermedad incurable y pegadiza”.

Al nacer la obra –se dijo- fue recibida con una carcajada; más luego con cierta leve sonrisa, y después de la centuria del XIX, con una lágrima. He aquí “un tesoro de cambiante humor, que ha hecho contorsionarse en carcajadas a millones de rostros humanos”, pero en verdad profundamente triste, tal lo dicen quienes por su causa han llorado con recóndita emoción. ¡Que si lo he revivido yo! Hay algo más, amigo lector, que el sentimiento puro.

La primera parte del Quijote -1605-, cuenta el cronista A. Herrero Miguel, fue acogida con entusiasmo delirante. “En el mismo año alcanza seis ediciones: se repite en Madrid, dos en Lisboa y otras dos en Valencia (…). Comienza Cervantes a tener enemigos  en la república de las letras: Lope de Vega no es el más recatado”. -Bienvenidas las malquerencias, antipatías y envidias, pudiera haber dicho el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Bien merecidas, que en el mundo estamos,  por tal milagro de la mente humana proferiría Cervantes.

No pocos de los hostiles creyeron hallar “venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo don Quijote”, pero no dio este contento, “que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla”.  Sabiduría, entendimiento sano, mejor decir, sopesada ironía dieron fulgor mayor al segundo tomo. Claro que el caballero errante anduvo de locura en locura, de aventura en aventura, de cuento en cuento, consciente Cervantes de Saavedra de “que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hacen que no se estimen, y la carestía, aún de las malas, se estima en algo”. Advierte, sí, que esta SEGUNDA PARTE DEL DON QUIJOTE que ofrece, “es cortada del mismo artífice y del mismo paño de la primera”, pero bien señala “que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años”. Para prueba  el botón.

A lo largo de cuatro siglos, millares de exégetas, millones de millones de lectores celebran al caballero errante –“Que acreditó su ventura/Morir cuerdo y vivir loco”-, un tanto menos acaso que los otros millones de millones de los siglos venideros, si Moloch no termina por cancelar la historia.

Cervantes no llegó a celebrar la fama, su fama, pues siempre tuvo la desgracia por compañera. Pero mucho disfrutó las ocurrencias y desventuras del Quijote. Imagínelo el lector doblado de la risa, o conmovido hasta el llanto al final de cada capítulo –que 126 no es poca cosa- , o en su curso, con o sin vaso de vino, alborotado el corazón, pronto a celebrar las locuras de aquel loco que terminó pensando que estaba cuerdo –tal su chifladura, aunque se reconociese como Alonso Quijano el Bueno.

La pluma del genio es más grande que él mismo: palabra de Heine, fervoroso cervantino. La muerte no triunfó de su vida con su muerte, decimos hoy de don Quijote, como ayer el propio Cervantes por boca de Simón Carrasco, como en “luengos siglos” por los siglos de los siglos la humanidad agradecida.

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