RAMÓN PALOMARES. MANANTIAL DE TRANSPARENCIAS

 Edmundo Aray

Una sola substancia
resuelta en manantial de trasparencias

Octavio Paz

índiceQue la poesía de Ramón Palomares surja unida en la forma y frescura a la más íntima veta de la poesía tradicional española, al modo de los juglares medievales, y próximo a la espontaneidad del Romancero, no es contrario al hecho de que en ella se exprese de manera medular y certera el espíritu de la región andina venezolana. Tal escribe Eva Guerrero Guerrero, investigadora de la Universidad de Salamanca. (“Henos aquí, de llegada, armados de gaviotas”: Tradición y renovación en la palabra poética de Ramón Palomares. Eva Guerrero Guerrero. Universidad de Salamanca).

Palomares formó parte de la llamada Generación del 58. Fue miembro fundador del grupo Sardio (1958-1960). En aquellos mis veinte años –recuerda Ramón- la pasión por la poesía alcanzó en mí la fuerza necesaria como para ser asumida como el más deseado y auténtico de mis ideales… De manera que en aquel tiempo de culminación juvenil, y a pesar de los avatares de una extrema pobreza, tuve mi lugar en aquel mundo encantado que celebrábamos entre canciones, persecuciones políticas, cerveza celestial y, por supuesto, la jamás ausente, tormentosa y por siempre bienvenida pasión del amor.

Cuenta Palomares: encontré en algunas secciones literarias, especialmente en el diario El Nacional, espacio generoso donde publicar algunos de mis poemas; y sobre todo la amistad y el apoyo de mis compañeros de generación como Adriano González León y maestros de nobleza y generosidad imponderables como Vicente Gerbasi y Juan Sánchez Peláez, que desde muy temprano me asistieron con su afecto y conocimientos.

Con su primer libro, El reino (1958) dio un gran giro sensorial a la poesía de entonces; su inicio en la literatura coincide con un momento de cambio en el país, y por lo tanto, de nuevas expectativas vitales acompañadas de una renovada expresión estética. A ese emblemático primer libro le siguen: Honras fúnebres (1962), Paisano (1964), Santiago León de Caracas (1967) El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas (1969), Adiós Escuque (1974), Elegía 1830 (1980), El viento y la piedra(1984), Mérida, elogio de sus ríos (1985) y Alegres provincias (1988).

La poesía de Palomares inaugura un modo de sentir y de representar la nueva realidad sociocultural de la Venezuela de los años 50: “[…] la gente de mi generación y yo –ha afirmado el autor- hemos estado enfrentados a una situación vital muy especial, marcada por lo trágico, por la frustración, por todo lo que sucedió entre 1960 y 1965 […]. Una de las maneras de reafirmar esta posición […] era esa vía, en la que las cosas que uno trata en su poesía implican, también una confrontación con todo un sentido de la cultura”. (Miyó Vestrini (1975)

En consonancia con las búsquedas llevadas a cabo en esos años 50 por el grupo Sardio, la poesía de Palomares surge atenta a las voces que emanan del alma de la tierra y recoge de ella nuevos himnos, nuevas músicas, urgido por la magia de la palabra primigenia: “Se trataba de apartar la poesía del sentido lógico, inteligente y llevarla a otros derroteros de la fabulación, imaginación, de lo más puro del lenguaje”- dirá Palomares. Esa es para el poeta de Escuque la única, la verdadera vigilia: plasmar el sentir de su pueblo, de aquel lugar que le ha conformado como hombre: “Palomares dirigirá su trabajo hacia la proposición de una poética que reivindique las manifestaciones de la cultura rural y campesina de los Andes en sus componentes temáticos, lingüísticos y de concepción del mundo, proponiendo de este modo un proyecto estético nuevo en el sistema literario venezolano, que de alguna manera es la respuesta literaria a un proyecto de cambio social”. (Arellano, 1994).

En El Reino (1958) hay una fusión continua del hombre con todos los elementos del ámbito natural. La naturaleza deja de ser un marco y se convierte en algo tangible con el convencimiento del sujeto lírico de ser uno más en medio de los muchos espíritus que la pueblan: “Henos aquí, de llegada, armados de gaviotas/ y con especies índicas/ quitándonos la sal de las playas y barcos perdidos en el ocaso”. Patricia Guzmán, poeta, ha expresado lúcidamente esta forma de sentir el autor, de ahí que señale que “[Palomares] Desea intuir el instante, contener el aleteo infinito del pájaro que hiere el espacio, abre hendijas en el cielo, buscando el Absoluto […]. La palabra oral, la palabra dicha, el vocablo en el habla, obsesionan a Palomares, porque tiene la certeza de que la modulación que particulariza a cada ser humano, viene impregnada de su ser. Porque tiene la certeza de una proximidad total entre la voz y el ser, la voz y el sentido del ser, la voz y la identidad del sentido”.

ELEGÍA A LA MUERTE DE MI PADRE

(fragmento)

Esto dijéronme:
Tu padre ha muerto, más nunca habrás de verlo.
Ábrele los ojos por última vez
y huélelo como siguiendo el rastro de su muerte
y entreábrele los ojos por si pudieras
mirar adonde ahora se encuentra.

Ya los gavilanes han dejado su garra en la cumbre
y en el aire dejaron pedazos de sus alas,
con una sombra triste y dura se perdieron
como amenazando la noche con sus picos rojos.
Las potentes mandíbulas del jaguar se han abandonado,
a la noche se han abandonado como corderos
o como mansos puercos pintados de arroyo;
velos abrirse paso en el fondo del bosque
junto a los ríos que hurgan su lecho subterráneo.

Y de esos mirtos y de esas rosas blancas
toma el perfume entre las manos y échalo lejos,
lejos, donde haya un hacha y un árbol derribado.

Ya entró la terrible oscuridad
y con sus inexorables potencias cubre las bahías
y hunde las aldeas en su vientre peludo.

Toma ahora el jarro de dulce leche
y tíralo al viento para que al regarse
salpique de estrellas la tiniebla.
Pero aquel cuerpo que como una piedra descansa
húndelo en la tierra y cúbrelo
y profundízalo hasta hacerlo de fuego
y que el pavor se hunda con sus exánimes miembros
y que su fuerza descoyuntada desaparezca
como en el mes de mayo desaparecen algunas aves
que se van, errantes, y nadie las distinguirá jamás.
La joven vestida de primavera se ha marchado,
inconstante, como los aires, como las palomas,
como el fuego triste que ilumina las noches.

Así pues:
Que tus manos no muevan más esos cabellos,
que tus ojos no escrudiñen más esos ojos,
pues se cansa el caminante que en la cumbre se detuvo
y que el camino no pudo determinar su fin.
Pon sobre los lechos tela limpia,
arrójate como el vencido por el sueño
y como si fueras sobre los campos, sobre los mares,
sobre los cielos, y más, más, y más aún:
Duérmete, como se duerme todo,
pues el limpio sueño nos levanta las manos y
nos independiza
de esta intemperie, de esta soledad,
de esta enorme superficie sin salida.

Dijéronme:

Tu padre ha muerto, más nunca habrás de verlo.
Ábrele por última vez los ojos
y huélelo y tócalo por última vez:
como se toca la flor para la amada, tócalo;
como se miran los extraños mundos de un crepúsculo,
míralo
como se huelen las casas que habitáramos un tiempo,
huélelo.

(…) “Elegía a la muerte de mi padre” puede considerarse, ajusto título, como una de las elegías más dramáticas con que cuenta la poesía venezolana, comparable a la que hizo Vicente Gerbasi en Mi padre el inmigrante, y también a la –tan diferente- Elegía a la muerte de Guatimocín, mi padre, de Caupolicán Ovalles”. ( Ludovico Silva. La torre de los ángeles. Monte Ávila Latinoamericana, C.A., 1991.)

“Hay en este primer libro un tono local, pero proyectado en un marco universal, de ahí que encontremos en algunos de los poemas una reflexión sobre la innata condición trágica del hombre. Aquí es donde se concibe su exaltación de la vida sencilla, unida a lo rural y opuesta a la vida urbana en lo que ella ha significado de ruptura de armonía del hombre con lo primigenio. La expresión se vuelve así imagen que recobra el misterio, que se acerca a la insondable, que vuelve a la tierra y de este modo hace suya la máxima escritural que el crítico dominicano Pedro Henríquez Ureña expresara en sus Seis ensayos en busca de nuestra expresión: ‘ […] no hay secreto de la expresión sino uno: trabajarla hondamente, esforzarse en hacerla pura, bajando hasta la raíz de las cosas que queremos decir; afinar, definir, con ansia de perfección’ ”.

Ya en El reino me planteaba -señala Palomares- que era necesario desarrollar elementos del lenguaje que expresaran con más énfasis nuestro entorno. No puedes estar a cada rato mirándote en el espejo del otoño o en la nieve invernal. Aunque son elementos admirablemente poéticos, en situaciones como la que personalmente vivía, no habían sido vivenciados de modo suficiente. No eran mis vivencias. “Quiero ser un poeta de vivencias auténticas”, pudiera haber dicho en aquel entonces, “y preciso referirme a lo vivido”. Y, en ese lenguaje, el lenguaje de El reino, donde priva más una búsqueda estética, un orden más clásico, asumen su lugar expresiones y terminologías, referidas con énfasis a la imaginación de nuestros pueblos.

Salvador Garmendia al referirse al libro El reino, afirma: “Con un poder de fabulación inigualable, Palomares aborda la exultante realidad que le rodea con un lenguaje sorprendente, sólo comparable a la exquisitez de los diálogos de los poetas náhuatl en la flor y canto o la belleza sensual del Cantar de los Cantares. Desde este primer libro, Palomares revela un virtuosismo y una madurez sin precedentes, al tratar en profundidad temas universales y eterno”.

“La verdadera clarinada poética de la generación del 58. A partir de ese momento, la generación tenía su poeta”, escribe Ludovico y agrega: “Tal vez El Reino siga siendo el libro de poemas más completo y denso de Ramón Palomares. En él se da cita su paisanería con su condición de poeta profético y universal; todo sabiamente distribuido. Porque hay que recalcar que éste es uno de los libros más delicadamente estructurado de toda nuestra lírica contemporánea”.

SALUDOS

Saludos, precioso pájaro.
Y no abandones el oro de las plumas
entre aquellas nubes
ni pierdas el canto en el dominio de los truenos.
No sea que pases del cielo
y quedes preso en los astros.

De viajes cuánto se ha perdido,
cuánta ola estrellada en el acantilado,
mientras tus alas
robaban fulgores al poderoso perro del cielo.
Y cuánto de lluvias,
de verano, de hierba roja
por la implacable estación.
O de gris, nieblas y continuado fantasma
frente al joven enamorado de barcos.
Los vecinos perdidos,
el llanto de amigos
que he visto secar en paños
por olvidos e irremediable paso.
Ni qué decir de la muchacha
cuyo pecho hasta ayer fuera tan liso
y que luego se ha visto
como exquisito racimo.

Saludos.

Pero, amigo de viajes,
¿cómo poder contar las pérdidas,
ventas que se han hecho,
nuevas adquisiciones?

Y si la modesta familia
vende las posesiones de provincia
y compra apartamentos confortables,
¿no hemos vendido al corazón
y una y otra vez
cambiado los pareceres de conciencia
para entender mejor las noticias a la semana?
Y mientras tú por el pasado año
te entregabas a los aromosos cielos del norte,
aquí las muertes y los nacimientos
cambiaban las cuerdas del buque
y hacían trastabillar al viejo.
Y mientras rodabas a ese perro
los bellos fulgores,
el oro para majestad en tus alas,
los cambios de ciudad,
las venidas al amor,
los cantos de una ilusionada nube
que nos ahogará en deseos
pintaban nuevas y extrañas figuras
en la quilla del buque.

Y entretanto no había más
que el incesante brillo
y el incesante batir de esas alas
sobre espumas y ciudades,
sobre campiñas y lejanas praderas;
más allá de las torres establecidas por la caída de noches.
No había más que esos ojos absortos,
fijos hacia el norte o el sur,
la cola firme,
a manera de timón,
y el impulso
y la ruta que algún hilo indicaba.

Y el cielo, y los aromas
de flores muertas o recién abiertas
y los aires cambiantes.

Y nada más había para ti, amigo de viajes;
las idas, los regresos
encontraban esas pupilas
quietas, serenas, tendidas
en medio a las carreras que el cielo juega.

Saludos.

Apenas para ti hay tiempo de cantar
en el delicioso jardín
y sacudir en el estanque las alas
allí donde el viento no ha podido vencer.

En el prólogo al libro editado por la Dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes, (El Reino, Paisano, Adiós Escuque y otros Poemas. Ramón Palomares. Ediciones Actual. 2010, Mérida.,) Gertrudis Gavidia  escribe: “Si el poemario El Reino (1957) es expresión de la juventud del poeta, encarnación de una cultura (andina), de una historia (la Conquista) y de un deseo (de trascenderse) en un momento particular y es también el lugar sagrado de habitación del ser (sea naturaleza, terruño o lenguaje), Paisano (1964) yAdiós Escuque (1974) son la infancia del poeta y del pueblo andinos. Representan el paraíso perdido y la nueva infancia y son también la búsqueda de una cierta unión mística como sólo pudo darse en aquel espacio y tiempo, en aquella naturaleza, entre aquellos seres, calles y casas, incautos e inocentes, plenos, sin saberlo, de una poesía primaria pura y ancestral, impalpable pro absoluta para el niño que aun la vive y para el adulto que busca crearla para revivirla, nombrarla e invocarla para no perderla, sin atreverse en realidad a abandonar el lugar (en la ficción) ni a realizar verdaderamente aquel adiós con el que nos convoca y que ya ha sido.

“El Reino irrumpe como la respuesta magistral del joven poeta a la multiplicidad de experiencias y contradicciones vividas. Fue una obra que sorprendió y marcó un hito en nuestra literatura por la madurez y originalidad de la voz poética, que respondía a una imperiosa necesidad creativa y transformadora, de modernización poética; de revisión histórica y cultural; de expresión de la protesta juvenil e irreverente ante una dictadura que se había encargado de perseguir y silenciar a los disidentes, en especial a los jóvenes. En oposición y crítica, expresaba la utopía de un Reino imaginario, de una cultura que sustentara y diera refugio a su juventud, idea en la cual concentra su sueño al erigir al joven en el ideal de la perfectibilidad humana.

“Y la juventud es omnipresente en el poemario. Joven y nueva es la voz del sujeto poético con su humor y su alegría; joven es el héroe a quien se le confían conquistas; joven es el nadador, imagen y proyección del yo poético, para quien el poeta solicita un Reino; y jóvenes son los ideales del sujeto que aboga por una cultura maternal y protectora”.

Su segundo libro, Paisano (1964), constituye, para algunos críticos, la gran cumbre de su poesía: se afianzan en él los logros que se encontraban en El reino, dando lugar a un lenguaje preñado de toda la fuerza del imaginario popular, generando a su vez una inflexión distinta en la lírica venezolana. Poesía hecha canto, poemas como ‘La culebra’ y ‘el gavilán’ –dotados de una gran espontaneidad- capturan el sentimiento mismo de la infancia. En la sección titulada “Juegos de infancia”, “Palomares evoca la niñez como experiencia colectiva, mágica y mítica de toda la comunidad”, (María Elena Maggi)

Yo estaba muy alto entre unas telas rojas
con el sol que hablaba conmigo
y nos estuvimos sobre un río
y con el sol tomé agua mientras andábamos
y veíamos campos y montañas y tierras sembradas
y flores

cantando y riéndonos

Paisano es una celebración de los ritmos elementales anclados en el sentir del pueblo, significa la culminación de una oralidad que se constituye en uno de los centros de la poesía de Ramón Palomares.

En esta obra cobra vida el universo, la comunión con la naturaleza se hace más intensa. Paisano está surcado por referencias a personajes que dejaron su estela dentro del imaginario de esta región andina; son poemas en muchos de los casos dramatizados que aluden a escenas de la vida recóndita de los personajes de los Andes, es un modo de evocación y también de homenaje no sólo al campesino de los Andes venezolanos sino al espíritu de un pueblo y a su alma contenida en los recovecos más íntimos del lenguaje: “Ánima de Ismael/ decí dónde están los cobritos, donde pusites la busaca,/ dónde metites los cobres ánima de Ismael […].  Paisano se captura el alma del pueblo a través de un lenguaje que lo refleja descendiendo a su más honda entraña. El final del libro hay que entenderlo como una muestra de ese carácter de comunión con los ciclos de la naturaleza, donde vemos poemas que hablan del deshacerse, una presencia continua de la muerte, de hecho muchos poemas llevan precisamente ese título. Del libro PAISANO:

EL NOCHE

A Oscar Sambrano Urdaneta

Aquí llega el noche
el que tiene las estrellas en las uñas,
con caminar furioso y perros entre las piernas
alzando los brazos como relámpago
abriendo los cedros
echando las ramas sobre sí,
muy lejos.

Entra como si fuera un hombre
a caballo y pasa por el zaguán
sacudiéndose la tormenta.

Y se desmonta y comienza a averiguar
y hace memoria y extiende los ojos.

Mira los pueblos que están
unos en laderas y otros agachados en los barrancos
y entra en las casas
viendo cómo están las mujeres
y repasa las iglesias por las sacristías y los campanarios
espantando cuando pisa en las escaleras.

Y se sienta sobre las piedras
averiguando sin paz.

Gertrudis Gavidia asienta: (…) “el poemario Paisano, producto de la estancia del poeta en Boconó, es la evocación del imaginario andino a través de la magia y la poesía contenidas en la mirada y los juegos del niño. Nos revela la poderosa gravitación del paisaje en las historias alucinantes de los adultos, en sus carencias y temores, en los mitos y leyendas que reflejan una percepción animista y elemental del mundo. De ahí que en su cotidianidad y en su crisis conversen sus héroes con ánimas y espíritus, y que surjan entre ellos personajes quiméricos o absurdos mitad hombres mitad fuerzas de la naturaleza; mitad personas, mitad apariciones o encarnaciones de la niebla que irrumpen de pronto en los campos, en el pueblo, en casas y sacristías, a veces como santos, a veces como demonios”.

De Paisano escribe Ludovico: “Aunque el libro de Palomares  no sea el primer intento de su especie que se haya hecho en Venezuela, puede decirse de él que es el primer intento logrado de levantar el habla popular a la categoría de poesía culta, sin restarle en lo más mínimo su popularidad. Allí reside el milagro”.

Una década más tarde aparece Adiós Escuque, libro que si bien tiene, desde su mismo título, un carácter más autobiográfico, presenta elementos recurrentes con Paisano.“Recoge experiencias más personales, son poemas que despliegan un gran mosaico visual que contiene las vivencias contadas al modo de los antiguos juglares; ofrece desde la nostalgia el pueblo que le vio nacer, y el desarraigo que supuso la posterior partida, de ahí la recurrencia a canciones populares, a elementos como eco de lo vivido en la infancia”.

PAJARITO QUE VENÍS TAN CANSADO

Pajarito que venís tan cansado
y que te arrecostás en la piedra a beber, decíme:
¿no sos Polimnia?
Toda la tarde estuvo mirándome desde no sé donde
Toda la tarde
Y ahora que te veo caigo en cuenta:
venís a consolarme.
Vos que siempre estuviste para consolar
Te figuras ahora un pájaro
¡ah pájaro esponjadito!

Mansamente en la tierra y por la hierbita te acercás:
-“yo soy Polimnia”
y con razón que una luz de resucitados ha caído aquí mismo.
Polimnia riéndote
Polimnia echándote la bendición.
-Corazón purísimo.
Pajarito que llegas del cielo,
figuración de un alma
Ya quisiera yo meterte aquí en el pecho
darte de comer
Meterte aquí en pecho
Y que te quedaras allí
lo más del corazón.

Según María Elena Maggi, “Paisano y Adiós Escuque representan, desde una perspectiva más global y otra más restringida, respectivamente, la visión del mundo de los habitantes de los pueblos andinos, nacidos de una relación  directa y armónica  con la naturaleza y de una explicación mágica de las cosas que los rodean: en ambos se refleja una cultura criolla, mestiza, donde confluyen elementos heterogéneos: creencias, mitos, leyendas y decires de variada procedencia”.

“Palomares nombra su infancia, su pueblo y sus gentes con la nostalgia del desarraigado, alejado de su medio original se siente ajeno a él, contaminado, corrupto, pues en cierta medida Escuque es la pureza, la inocencia perdida”. (Maggi). Historias personales se mezclan con la historia de Escuque. Encontramos las tristezas y alegrías, las angustias, sus miedos y sus pesares cotidianos; todo ello adquiere en ocasiones el tono del Romancero, acendrándose el sentido de la ausencia: “Se fue yendo la gente, yendo”. De ahí que las palabras de Luis Alberto Crespo revelen de manera concisa y acertada el mundo de Palomares: “Nadie como Ramón Palomares ha sabido acercar la pequeña y frágil ternura a lo eterno. Nadie como Ramón Palomares ha conseguido la imagen exacta que dé carnadura a lo imposible por decir, a lo inaccesible por alcanzar. Su conducta frente a lo real y a lo imaginario existe en Novalis, en Perse, en Garcilaso o en los poetas del primer día de la creación […]”. Escribe Crespo: “ Adios Escuque (…) es la culminación de un lenguaje. Deberíamos agregar, culminación y reinicio, pues una ojeada a la obra de Palomares nos permite constatar la ajustada coherencia de una voz que sólo ha cambiado de acento para fundar una y otra vez la poética del encantamiento. Adios Escuque cntinúa, efectivamente, el carácter dialectal, el ritmo anecdótico y telúrico  de Paisano. La innovación reside esta vez en el despojamiento metafórico del objeto poético y en su acentuada dramaticidad. Paisano es transmutación de lo real inmediato, gran metamorfosis de seres y cosas de una comerca rural donde se cumplen los hechizos del Popol Vuh, los viejos textos mayas-quichés trasladados a los usos y costumbres de las montañas andinas, de Escuque y sus caminos”.

Andaba el sol muy alto como un gallo
brillando, brillando
y caminando sobre nosotros.
Echaba sus plumas a un lado,
Mordía con sus espuelas el cielo.

Regresemos a la palabra de Gertrudis Gavidia: “En Adiós Escuque, poemario mucho más centrado en la vida familiar y social, la relevancia del culto al Niño Jesús, manifiesto en las Paraduras, ocupa un lugar especial en la memoria del poeta y es una ocasión de cánticos, de encuentros y de recorrido del pueblo. Que si aquí no tienen al Niño Perdido. Que al Niño Jesús Perdido lo venimos a buscar, cantaban los niños. Vestida la Virgen, ella iba montada en una burrita. Yo le traía la bestia de cabestro..

“Adiós Escuque es un viaje espiritual de reencuentro con el olvido en el pueblo. Una vida que tuvo como su centro la casa, refugio desde el cual el niño y luego el adolescente podían observar y estar en contacto con lo que ocurría en la calle. Las celebraciones religiosas y el catecismo, los paseos a la plaza y las serenatas son los acontecimientos sociales más relevantes para él, aunque el poeta no deja de sentir la ironía de su imposible regreso a la infancia que sólo puede ser virtual (todo ha cambiado), y que le lleva a revivir los tormentos del nativo despojado de sus tierras por la Conquista”.

PEQUEÑA COLINA

Pequeña flor blanca eres,
así te llamaría quien va a casarse.
Pequeña Colina eres,
así te nombraría quien caza  perdices.
Pequeña taza de oro eres,
así te llamaría quien beba su licor.
Pequeña corriente de leche eres,
así te diría quien lave su cabeza bajo el sol.
Pequeña colina que duerme.
Pequeña colina echada como una gallina.
Pequeña colina como una cabeza de plata.
Pequeña colina como una fruta que orea.

Ponte cinco flores en el cabello:
Flor roja para tu alegría, para sonreír.
Flor azul para tu amor, para abrirte los senos y darlos.
Flor morada para llorar como una llovizna triste.
Flor amarilla para cantar con la luz.
Flor blanca, flor blanca, flor blanca,
esta última para que una ilusión ande en ti como la nube.

No hables de tristeza tú, pequeño malabar,
oye la luna comer maíz,
oye las estrellas picar las hojas del guamo.
No bebas la leche de un árbol triste,

mira correr los perros de caza,
bebe agua en el arroyo, lejos, donde van los perros de caza.

Pequeña, como las piedras de los ríos tú eres;
tú pintas el poblado de rojo pequeña colina,
tú eres como un ave para enjaular,
tú cantas y tu boca brilla por tu canto pequeña colina.

Como el manto de la serpiente coral
así de bella tú eres.
Así como el vestido de la orquídea blanca
tú eres de amorosa pequeña colina.

Y te llamarán como una pequeña loma
y en ti pondrán una bandera dulce y tierna.

Otro gran apartado en la poesía de Palomares es el referido a la historia,  cifrado en sus libros Honras fúnebres (1962), sobre el traslado de los restos de Bolívar a Caracas en 1842; Santiago de León de Caracas (1967), que, como su nombre lo apunta, se refiere a la fundación de Caracas poema en el que descubre el estilo conversacional que habrá de utilizar luego en Adiós Escuque -decir de Crespo-,  y Elegía 1830 (1980) donde retoma la figura de un Bolívar delirante en los últimos momentos de su vida. Frente a la historia oficial más rígida, en estos casos el tratamiento de la historia se enriquece con el fuerte imaginario, así adquiere nuevos ángulos para acercarse a la realidad, que trascienden lo oficial de la historia. En algunos casos en Honras fúnebres el lenguaje se hace plegaria, adquiere un tono de gravedad.

LA LLEGADA

Venidos del mar
a nuestra ciudad del oeste
-puerto en las costas pacíficas-, y desde ayer
son estos hombres vestidos de luto
enviados del país fronterizo
tristes y regados por las calles de antiguas piedras
¡pues sean bien sentados en las buenas mesas preparadas por
¡la comisión
con ese aire sombrío de sus trajes!
Los veo recogidos en sus capas
sin sonrisas en la inclinación del saludo o la reverencia
del ceremonial.
Y bien
helos aquí en nuestra ciudad pacífica
bajo las grandes casas del anfitrión
y la teja orinada por los años,
con sus motivos
en el traslado de cierto cadáver
aniquilado en estas tierras
por un fuerte mal.

Corre ahora el sombrío noviembre
y del lado de la costa
una bruma igual que bandada de fantasmas
canta desagradables melodías
¡así nuestros padres se consuelan de las pérdidas
pues sueñan un vano regreso de los náufragos!

c)

Como una bandeja con tarjetas de condolencia
motivado al recuerdo del difunto glorioso
próximo a partir
sobre el mar:
así se encuentra la ciudad.
Y es un aire negro
un pájaro oscuro y trágico
que vuela sobre tu frente.

HASTA AQUÍ EL POST DEL AUTOR DEL BLOG, LO QUE SIGUE ES DE WORDPRESS.COM

 

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