¿Cine de Hollywood en Cuba?


Fuente: Granma

hMás de 40 años escribiendo la Crónica de un espectador en Granma, y casi 20 en la televisión conduciendo programas de cine, han he­cho que no falten espectadores que se me acerquen, o me escriban, para decirme: “compadre, no apriete tanto con Hollywood”.
Pero qué remedio.

Cualquier crítico que se respete sabe lo que el Hollywood mayoritario significa: gran espectáculo, gran negocio, fórmulas comerciales reiteradas, audiencias adormecidas frente a un tipo de producto concebido para que el espectador no se interese por nada más y, al final, mucho dinero engrosando las arcas de una de las industrias más poderosas del mundo.

No olvidar, sin embargo, que Hollywood también es Chaplin y su era, Fritz Lang y todos los otros grandes importados desde Europa, Greta Garbo, Alfred Hitchcock, John Huston, Marilyn Monroe, el cine negro, el cine del oeste, y así una larga lista de personalidades y películas incorporados, para bien y para mal, a nuestras sedimentaciones culturales, ya que Holly­wood ha sido, igualmente, una aceitada ma­quinaria de fabricación ideológica y política (para comprobarlo sería suficiente con revisar el llamado “paquete de la semana” y ver cuántas películas de “comandos” y glorificadoras del tradicional héroe americano, envuelto en guerras neocoloniales, están llegando últimamente como resultado de una producción de cine bélico que no se detiene).

El cine de Hollywood se encumbra económicamente gracias a las millonarias superproducciones, repletas de efectos especiales, monstruos y héroes fantásticos que repiten y vuelven a repetir sus hazañas, o a sagas con hechos y personajes, también reiterativos (Rápido y furioso), que han calado en un imaginario popular “trabajado” desde tiempos inmemoriales, y que deposita en la voluntad arrolladora y en la fuerza física de sus personajes las principales virtudes del ser humano.

No son pocos los espectadores (me incluyo) que llegaron al cine impresionados por esas fórmulas de fácil consumo. Luego, cansados de ver siempre lo mismo, crecieron, o no crecieron, se volvieron críticos ante el producto cultural, o se engatusaron a tiempo completo, me gustaría creer, que no para siempre.

Hoy día sobran directores, no solo norteamericanos, que comenzaron su carrera realizando filmes burdamente comerciales y luego renunciaron a lo tantas veces machacado para convertirse, ellos mismos, en exponentes de la mejor cinematografía.

Amante y defensor del buen cine, no niego que a ratos me digo: “deja ver si algo ha cambiado”: Y me siento ante la última superproducción millonaria, pletórica de efectos especiales: El más reciente Superman a dura penas lo pude terminar, El Capitán América no pasó de los 15 mi­nutos. Y sin embargo, hay que reconocer que son filmes de una visualidad impresionante, ma­durada a partir del desarrollo técnico y también de la creatividad de sus artesanos.

Nacido como espectáculo, el cine lo es cada vez más porque hay grandes masas de espectadores empeñados en que no le cambien las reglas de juego del entretenimiento con que fueron amamantados por la gran industria. De ahí que no es de dudar que tanto ese Superman, como El Capitán América, a pesar de sus argumentos simplones, estén presentes en la lista de las películas más taquilleras del año con cifras que superarán los mil millones de dólares (1 500 recaudó el último Rápido y furioso).

La situación descrita parecería hija del pesimismo, pero no lo es porque por suerte no faltan artistas y cineastas empeñados en impregnarles al cine una verdadera dimensión cultural y espiritual, esa que cuando la conocen aquellos “escapados” de las producciones ramplonas, ya no pueden abandonar.

En ese mundo pluricultural y diverso en que conviven distintas cinematografías, la igualdad dista de ser pareja y al mucho poder económico de la gran industria, el otro cine trata de hacerle frente con talento… y el dinero que pue­da conseguir para armar sus proyectos.

Hacer cine, aun y con el abaratamiento propiciado por las nuevas tecnologías, sigue siendo caro.

Siempre a la caza de nuevas locaciones que puedan hacer más atractivas sus películas, cuando ocurrió el derrumbe del campo socialista no pocas productoras de Hollywood se movieron con rapidez a varios de esos países a filmar cintas de todo tipo, algunas denigrantes.

A tono con los acuerdos surgidos entre los gobiernos de nuestro país y Estados Unidos, Hollywood no ha perdido tiempo en mostrar su interés por filmar en Cuba.

Solo que ahora hay una diferencia: aquí el socialismo está andante.

Lo que hace que se establezcan acuerdos sobre una base de cordialidad y respeto.

Por nada del mundo tendremos entonces a Rambo luchando en Cuba para que los niños tengan más escuelas y hospitales.

No hay un solo país que se niegue a negociar locaciones para realizar filmes. Algunos, además del dinero recibido a cambio, se benefician porque tienen un potencial técnico apreciable. Ese es nuestro caso.

Por supuesto, los nuevos tiempos que pudieran avecinarse —sin que deje de crecer el cine cubano, todo lo contrario, y ajustes habrá que hacer— exigen un dominio y perfeccionamiento en las regulaciones y quehacer práctico de esa cooperación. Recordar, por ejemplo, que cuando se filmó El Padrino, Nueva York no cerró sus calles, o lo hizo muy poco y a horas adecuadas.

Ya hace unos días escribí en estas mismas páginas que Cuba, La Habana, están de moda. Y si Hollywood nos quiere mostrar al mundo, aunque sea mediante películas que en lo artístico no aplaudo, siempre que sea con decoro y dejando un saldo económico en beneficio de nuestro cine, pues adelante.

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