RESISTENCIA Y LIBERTAD

Edmundo Aray

Sólo la resistencia que nos reta es capaz de suscitar el coraje del espíritu, la voluntad de hacer, el riesgo de la creación. Acaso piense en Lezama Lima, en su palabra dadora, hurgadora de lo desconocido. La imagen participando de la historia, y con ella sus hacedores, los hombres de pasión indeclinable.

Recordar es un hecho del espíritu, escribiría el poeta, pero la memoria es un plasma del alma, es siempre progenitora, espermática, pues memorizamos desde la raíz… En el hombre existe la memoria, que conduce por los caminos ayer trazados por él, por los fundadores libertarios.

La memoria es germinativa. Nos cultiva, nos levanta hacia la gozosa génesis. Delante está la lucha antagónica, el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la mirada visionaria y las cerrazones del alma, las orejas atentas y las madrugadas del entendimiento.

    Leo y subrayo Resistencia y Libertad, libro notable de Cintio Vitier. (Centro de Estudios Martianos, Casa de Nuestra América José Martí. La Habana 2012). Advierte Vitier –poeta, ensayista-, desde la memoria de la Historia, que la primera integración americana, llevada a cabo por la violencia, la astucia y la codicia, fue la hispánica. “Pero aquella integración, que Martí llamó una ‘civilización devastadora’ presuponía la destrucción y la suplantación de las culturas indígenas. Lo primero que integró a América, entonces, fue la humillación y el sufrimiento; fue, en verdad, la propia desaparición, la de su faz autóctona”. Expoliación hispánica, tenaz resistencia y sufrimiento indígenas fueron, pues, los primeros factores integracionistas del Nuevo Mundo. El segundo gran paso dialéctico de este proceso será la lucha contra la dependencia hispánica, la lucha de independencia protagonizada por la clase emergente de los criollos letrados, particularmente por el positivismo, filosofía de las metrópolis europeas ajenas a España. “En sus crónicas norteamericanas –escribe Vitier- Martí expresó reservas frente a la inmigración europea, y sentó las bases de una revolución autóctona en su discurso exaltador y crítico sobre Bolívar: ‘ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma’.”

La guerra que Estados Unidos declara a España en 1898 en su afán intervencionista,  destinada a inaugurar –palabra de Leopoldo Zea– el imperialismo norteamericano en relevo del español, fue vista en América Latina como ‘agresión a sus propias expresiones de identidad, hecha al mundo del que se sabía era parte’. Palabras más, palabras menos, la “pugna de latinidad contra sajonismo ha llegado a ser, sigue siendo, en nuestra época, pugna de instituciones, de propósitos y de ideales”. “En nuestro proceso histórico –observa Beatriz Ruiz Gaytán- después de la independencia, pasamos del espacio y tiempo histórico de un imperialismo integrador y permanente asentado (español) al de un imperialismo desintegrador, intermitente e intervencionista (norteamericano)”, que, por demás,  destruye la identidad y la integración. Invoco a  Vitier: “la ‘evangelización’ mercantil del american way of life, abrumadoramente impuesta sobre el mundo, fuera del ámbito socioeconómico y cultural que lo engendró, sólo puede ofrecer la desintegración, el descreimiento, el vacío. No es cierto, pues, que a este nuevo imperialismo no le interesan nuestras almas. Al contrario, aún sin saberlo, nuestras almas le estorban. Las desconoce, las desprecia, para utilizar exactamente el verbo que utilizó Martí en su carta-testamento cuando se refirió al ‘Norte revuelto y brutal’, que a los pueblos de nuestra América ‘los desprecia’.”

“De los Estados Unidos, hasta donde hoy puede alcanzar la vista histórica, no cabe esperar ningún beneficio para nuestra integración continental, como no sea el de su declarada hostilidad… Frente a la cual la unión latinoamericana  ya no es un sueño sino una imperiosa necesidad de supervivencia”.    Cuando se dice Estados Unidos, Vitier se refiere igualmente a sus “aliados  europeos, a su vez en franca integración defensiva, y a esa superpotencia sin rostro, árbitro y verdugo de los pueblos subdesarrollados, que se nombra Fondo Monetario Internacional”. Latinoamérica no puede limitar sus objetivos como lo está haciendo Europa, a una integración meramente defensiva. Ello es necesario y urgente, sin duda, pero de modo tal que no nos resignemos a sobrevivir protegidos por la injusticia. Enorme paradoja. Integrarnos, afirma Vitier, solo podremos a partir de nuestra identidad, inseparable de nuestra vocación universalista, irreductible al crudo pragmatismo de las razones de mercado como ratio. Unirnos para resistir; resistir para crecer; crecer para contribuir al ‘equilibrio del mundo’, de que hablara Martí (siguiendo a Bolívar) : tales son nuestros deberes. Si los cumplimos, cumpliremos con nosotros mismos y con todos ‘los hombres de buena voluntad’.”. Nuestro evangelio es propio, martiano, bolivariano. Pensar y vivir con entrañas de humanidad es nuestra vocación. La utopía de los fundadores de nuestra identidad es utopía entrañable de la redención social, sueño liberador y unificador de Bolívar, voz de Martí cuando convoca al “alma continental” volcada a la justicia para todos, proyecto que late en todos los hombres dignos de serlo –palabra de Vitier. No la pesadilla de Pizarro en el ayer de la Conquista, ni la de hoy que encarnan Reagan, Busch, Obama.  Nuestra identidad no ha de ser salvada como una prenda perdida –Vitier poeta- porque ella consiste en ser creada cada día. El futuro ha de ser de los pueblos y no de los imperios, existen fuerzas sociales y espirituales suficientes, la invencible esperanza, el coraje y la dignidad de los pueblos de Nuestra América, ya anunciada originalmente por Sebastián Francisco de Mirada, antes de salir de Cuba para eludir a la inquisición española.

Hay un algo más, profundo, entrañable: convertir la resistencia en madre de una nueva libertad, desafío que se nos viene encima. Si la liberación, escribirá Vitier, es ya entre nosotros un hecho histórico y político, la libertad no es nunca, ni aquí ni en parte alguna, un hecho consumado, es algo que tiene que conquistarse o superarse diariamente, una libertad extraída de la resistencia ante el Imperio. Hijos de la resistencia somos, madre nuestra.

Vitier escribe con la imagen de Cuba. Escribamos con la de esta Venezuela atropellada y vilipendiada por los medios internacionales: siniestro partido político del capital financiero y de los empresarios de la guerra, atrincherados en el poder del Imperio, gendarme y genocida, desventura  de los derechos humanos.

La historia para nosotros –voz de poeta, palabra iluminada- no se parece a la razón ni al absurdo, sino a LA POESÍA. Vitier aboga, presiente, confirma el nacimiento de un poema colectivo, entraña de pueblo libertario, protagónico para pesar y odio de la oligarquía opresora, aliada  del poder genocida, que esconde su miseria en la hoja de parra de la democracia.

Para América Latina se trata de convertir la historia de la dependencia en historia de la liberación. Vitier convoca a una nueva epopeya, no la de las batallas huecas y estériles si no tienen savia de epopeya íntima, raigal, de entrega libre. “Y por ese camino llega Martí a su formulación política más terrible y diamantina, en la que todos los días de Dios tenemos que meditar:

O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión en fin, por el decoro del hombre, -o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos.

“¿Será necesario saber sánscrito, física nuclear o semiótica para entender lo que es ‘carácter entero’, lo que es ‘hábito de trabajar con sus manos’, lo que es ‘pensar por sí propio’, lo que es ‘ejercicio íntegro de sí’, lo que es ‘respeto al ejercicio íntegro de los demás’, lo que es ‘honor de familia’ y ‘decoro del hombre’? Ningún lenguaje más político, ni más poético, ni más popular”… “Sin los poetas, los artistas, los pensadores que son lo más pueblo del pueblo, y no otra cosa, no habría patria que defender. El pueblo mismo es un poeta, un artista, un pensador que está incesantemente creándose y pensándose a sí mismo”.

  Se nos quiere someter a un nuevo calvario mediante la declarada guerra de los medios en internacional escala, que pareciera conducir a una nueva agresión de la planta insolente. Y una vez más el pueblo protagónico de nuestra historia de héroes, de alma continental, acudirá a encender las altas hogueras de la resistencia. Una vez más seremos ejemplo. En palabra de Cintio Vitier: “No necesariamente el de Numancia; si diariamente el de la dignidad, la risa y el ritmo en el peligro y la escasez, el del ánimo inventivo y poderoso, el de la imaginación imprevisible”. Formas todas de la libertad como el carácter, la iniciativa, la opinión y el mérito. Los grandes principios de Bolívar y de Martí, de Miranda y de San Martín, de Alfaro y de Madero. La intimidad profundamente creadora de Rubén Darío y Vicente Huidobro, de Vallejo y Neruda, de André Bello y de Ramón Palomares.

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