“AHÍ, PERO DÓNDE, CÓMO”

Álvaro Castillo Granada*

“Ahí pero dónde, cómo”, eso lo escribió Julio Cortázar antes que yo. Esa es la frase suya que en este momento quisiera que fuese mía. Sí. Es lo primero que pensé cuando apareció un libro que sabía no estaba buscando. “Ahí pero dónde, cómo”.

libro

Puedo responder cada uno de los interrogantes sin encontrar la respuesta. No la puedo decir porque responde a otra lógica. A otro espacio. A otra realidad. Su causalidad está fuera de las razones que nos habitan. Que me habitan. La respuesta no explica lo inexplicable. Y, al mismo tiempo, es la respuesta a la imposibilidad. Las razones están abajo obedeciendo a otra historia.

Una historia que no empieza en 1957 en la Imprenta-Fotograbado-Rotograbado Antares, de Bogotá, cuando salió a la venta el libro Conversaciones con un sacerdote colombiano (puntos de choque con la iglesia), de Rafael Maldonado Piedrahita. O sí empieza para mí porque a partir de ese momento comenzó un periplo de 59 años para llegar a mis manos. ¿Qué aventuras vivió? ¿Quiénes lo poseyeron? ¿Cuántas personas lo leyeron?  ¿Lo leyeron? “Ahí pero dónde, cómo”. Esas tres preguntas las puedo responder pero lo que escriba no va a poder explicarme el misterio, el recorrido, el territorio, la memoria que lo habita.

Sabía de su existencia, de él, sin saberlo. Lo había visto sin verlo. Por mis manos había pasado alguna vez. Quizás. Mis ojos se habían detenido en las letras rojas y negras que forman su título sin saber ellas, tampoco, que nueve años después, el 15 de febrero, van a ser la cifra de  un destino. Con toda la seguridad no se demoró en mis manos más de un minuto. El título no me decía nada y el año de su publicación tampoco. Lo concreto es que quedó guardado en la memoria visual libresca que me acompaña a todas partes y nunca se llena porque no tiene conciencia de sí misma. Solamente está.

   Volvió a aparecer hace unos días en una referencia bibliográfica que leí mientras preparo el curso sobre movimientos guerrilleros colombianos que estoy dando. Leyendo sobre él, sobre Camilo, encontré una alusión a un libro de conversaciones que permitían comprender el desarrollo de su pensamiento. A partir de ese momento, “Ahí pero dónde, cómo”, comenzó a rondarme como una paciente espera. A perseguirme sin que yo lo persiguiera. Lo había visto pero no recordaba dónde. Es más: sabía que lo había visto pero no sabía cómo era. No lo podía ver.

   Instalado ya en la primera fila de los libros por encontrar, esos que se despiertan en nosotros para que prendamos las antenas y el “radar del azar” (como tan hermosamente dice Armando Orozco, el poeta, mi amigo) comience a enviar sus ondas, sus señales invisibles, hasta obtener respuesta, continué mi largo caminar con él presente. Habitándome como una necesidad. ¿Cómo buscar lo que no sabía cómo era y sin embargo ya había visto? ¿Dónde esperarlo? ¿En qué momento? ¿Cómo preguntar por él sin revelar mi deseo?

   Antenoche paré en un lugar en el que casi siempre, camino a mi casa, me detengo. Un lugar del siglo de oro, atestado y atiborrado de libros, en el que espero ver qué me encuentra. A veces me halla algo. Otras no. Esa noche vi un libro precioso sobre historia del arte cubano, un libro que he visto en la biblioteca habanera de mi hermano Carlos. También se puso en mis manos la sexta novela de las Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero: Abdul Bashur, soñador de navíos, dedicada por Álvaro Mutis a la misma persona a la cuál estaban dedicados los libros que me trajo Pascual hace unos días. Lo quería comprar para completar el círculo que se había vuelto a abrir con esa pieza. De esos que me trajo Pascual sólo guardé uno que ya había tenido y vendido dos veces y estaba esperando: Memoria de los hospitales de ultramar. Pregunté el precio de uno y vi el precio del otro. Dije que lo iba a pensar.

   Al día siguiente, en mi camino hacia la librería, dándole vueltas a muchas cosas, pensando otras, hice cálculos de hasta cuánto podía gastar. Llegué a una cifra razonable para las dos partes. Bueno, al menos para la mía.

   En mi computadora rojinegra (también esos colores son para mí un destino) busqué en YouTube: “Historia del ELN”. Salieron muchas entradas. Decidí ver un documental donde Nicolás Rodríguez Bautista cuenta la muerte de Camilo a 50 años de su caída en combate. Había dos o tres imágenes de fotos que nunca antes había visto.

A las 12:30 cerré un momento y regresé a ese lugar donde algunos libros han saltado a mis manos como señales y monedas en medio de la oscuridad. Aún estaban los dos. Menos mal.

   Ofrecí. Me dijeron que no. Volví a ofrecer. Se quedaron pensando. Reofrecí. Dudaron. Recontraofrecí. Me dijeron bueno. Pedí una bolsa porque en esta ciudad en cualquier momento puede empezar a llover y no sería justo haber encontrado a esos supervivientes que para fueran a ahogarse en el primer aguacero.

   Los guardé. Ya iba a salir. Bajé mi mirada un momento a unas pilas de libros debajo de una mesa. No tenía por qué hacerlo. No. Y “Ahí pero dónde, cómo” estaba mirándome Conversaciones con un sacerdote colombiano “como si fuera un abrazo, casi un dogma” (así escribió Mario Benedetti de los ojos de Roque Dalton). Lo tomé y lo reconocí. Sí, lo había visto alguna vez. Claro. Era ese. Es este. Pagué lo que me pidieron y lo guardé en mi bolsa, junto a un libro de arte cubano y una novela de Álvaro Mutis.

   Me sonreí ante lo extraordinario porque la magia se reconoce. No se puede explicar. Es. No podía ser de otra manera. Puedo responderme, puedo contarme “Ahí pero dónde, cómo” y sin embargo la respuesta no va estar. No va a bastar.

   Tras 59 años de recorrido llega a mis manos. Nuestros caminos se cruzaron. Se hicieron uno. Ahora sí podré saber qué fue lo que Camilo Torres Restrepo conversó con Rafael Maldonado Piedrahita cuando tenía 27 años y estudiaba Ciencias Políticas y Sociales en Lovaina. Antes de llegar a ser el que es. El que estaba esperando ser.

*Álvaro Castillo Granada es un reconocido escritor, editor y librero colombiano.

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