El teque en la memoria


Fuente: Granma

TequeFue a principio de los años sesenta cuando oí hablar por primera vez del teque.

Trabajaba en la imprenta del periódico HOY, pero Daniel Reguera, jefe de la página deportiva, me enviaba a cubrir mis primeras informaciones en los ratos libres.

En una de ellas ––reunión relacionada con la selección de un equipo que iría a competir al extranjero–– alguien recordó lo imperioso de darle “un teque” a los atletas que no integrarían el grupo, de manera que no se quedaran deprimidos.

En mi tránsito de los 16 a los 17 años escuchaba por primera vez el término y, aspirante a periodista como era, me dio pena preguntar delante de los veteranos del gremio allí presentes. Boca cerrada que me hizo inferir, un rato después, los significados más demenciales: ¿una grabadora de nuevo tipo?, ¿un mono deportivo?, ¿acaso una motocicleta?

De vuelta a la redacción, Reguera, eterno protector, me preguntó cómo había estado “el asunto”.

—Muy bien —le dije–– los que no vayan al viaje van a recibir un teque para que no se queden tristes.

—Sí, claro, el teque nunca falta en estos casos —sonrió con su eterna taza de café en la mano, y me fui a redactar una nota informativa, al rato atajada por él, y que más o menos decía en uno de sus párrafos finales: “…entrenando, combativos y felices por los teques que recibirán, se quedan aquellos que no integraron el equipo…”.

El teque nació como rama medianamente torcida de un propósito imperioso y bien intencionado: analizar y educar en tiempos de transformaciones necesitadas de un despliegue de claridades políticas e ideológicas.

Pero allí donde los encargados de ilustrar en las diferentes instancias no encontraban las palabras precisas para el análisis (a veces por baja escolaridad, poca formación, o pasión desbordada), aparecía el adjetivo inflamado y recurrente en función del razonamiento.

No es para reprochar y hasta resultan comprensibles aquellos excesos si nos trasladamos a los días que se vivían, marcados por la proximidad geográfica de un enemigo político que no se cansaba de hostilizar y mostrar los dientes.

Tampoco debe confundirse lo que más tarde se convertiría en “teque (o muela) tradicional” con la arenga, el panfleto, las consignas, tan decisivos en momentos convulsos en que la Patria se ve en peligro y lo mismo la razón, como la pasión, deben arder en una misma llama de conciencia. Piezas ejemplarizantes sobran, y también obras artísticas pertenecientes a los tiempos de la Revolución Francesa, la Segunda Guerra Mundial y la confrontación contra el fascismo, entre otros momentos cumbres y, por supuesto, la propia Revolución Cubana.

En los primeros años, no faltaron teques estremecedores de voluntades. Después llegó la contaminación y el cliché tecoso empezó a esgrimirse como llave mágica utilizada para cerrar el análisis de cualquier reunión o intercambio de opiniones. Otros teques resultaron estremecedores, como cuando mi pareja en el corte de caña, durante una zafra en Camagüey, inconforme porque el chequeo de emulación no arrojaba lo que él pensaba, clamó en plena reunión, mirándome: “y si para completar las libritas que nos faltan, mi compañero y yo tenemos que cortarnos los brazos y tirarlo para una tonga de caña, ¡pues lo hacemos!”.

Tanto el tono como la repetición constante de las mismas palabras altisonantes le hicieron perder veracidad al teque.

Y hubo casos en que el teque, aplastante y nada dispuesto a escuchar, impidió el desarrollo de brillantes ideas.

Fue así que mientras decenas de miles y miles seguían saliendo de las escuelas todos los años pletóricos de instrucción y dispuestos a darle vuelo al pensamiento, el teque periódico que algunos hicieron suyo se fue convirtiendo en un freno para la discusión franca y la inteligencia.

Tanto machaque y desgaste hizo que finalmente surgieran los paralizantes; “ni un teque más”, “basta de teques”, “a otro con ese teque”, “luchemos contra el teque”.

Y en eso estamos por suerte desde hace rato, sabedores de que el mejor abre caminos es la reflexión honesta, inteligente y sin teques.

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