Gravedad y ruptura, hasta un nuevo comienzo


Fuente: Granma

f0061609Alguna vez la poeta norteamericana Sylvia Plath saboreó entre deberes domésticos la idea de que los genios bebieran ginebra en su cocina. Su marido, el notable poeta inglés Ted Hughes, figuraba como anfitrión de esas fantasías. No está claro si ella se veía a sí misma coprotagonizando el encuentro.Tiempo después Hughes la abandonaría por la mujer de uno de sus asiduos invitados a comer (gente poco sobresaliente), y Sylvia se suicidará con gas del horno de su nuevo apartamento.

Lo cierto es que la vida de Sylvia Plath se ha tornado amarillista para la literatura contemporánea, dejando sumergida la esencia del conflicto existencial de una creadora que luchó con y contra sus fantasmas y a quien se le fueron sus últimos días escribiendo compulsivamente, apenas sin dormir, el poemario Ariel, su obra magna terminada y visible en su lugar de muerte.

Su corta existencia de 30 años puede comprenderse hoy sobre todo a través de una obsesión confesa: “Escribiré hasta que comience a es­cribir sobre mi yo verdadero”.

La Plath había peleado a brazo partido por encontrar la Voz, algo tan caro al artista, y que en el caso de la escritura hecha por mujer, supone, además, saltar con precisión el muro del estereotipo cultural fomentado y aprender a huir con maestría de la mirada recelosa sobre la trascendencia de lo que nombran testimonial, o confesional femenino, cuando es el caso.

Otra poeta estadounidense, Sharon Olds, pasados los 37 años de edad, cerró un pacto con el diablo en su primer libro, Dice Satán, por el cual renunciaba a todo lo que había asimilado en el doctorado en Letras a cambio de llegar a escribir poemas “verdaderamente propios”. Y lo consiguió. La Voz de la Olds marcó la diferencia en la poesía moderna de habla inglesa, y continúa haciéndolo.

Régimen de afectos, el poemario de Nara Mansur que recién edita Letras Cubanas constituye precisamente esa clase de libro culminante que potencia una forma de expresión poética, es decir, una Voz.

La construcción de lo que la autora defiende como testimonio resulta un discurso que se activa en un “monologar” crecido desde la biografía, con recursos imaginativos vistos quizá como material  “poco lírico”, y cuya resonancia desde lo intelectual se asienta por acumulación en el trayecto del libro como fin.

Nara y su retablo de quereres, contradicciones, nostalgias, falta de quereres. Pareciera que siempre va a la escena, aunque “la puesta” cierre cada vez en firme y permita que uno a uno, bien construidos, bien dichos, los poemas se fundan al conjunto, armando la dramaturgia de una historia que sirve a una intención de pensamiento, que se lee, se siente, desolador.

Aunque ese sentir no será como las ganas de tomar de la mano a la autora y lanzarse al vacío con los ojos apretados. No, porque Nara Mansur no deja que pasen esas cosas. Cuando la atmósfera se pone realmente trágica, ella desdramatiza (que en eso tiene mucha práctica). Expe­rimen­tación posmoderna y/o intertextualidad mediante, la escritora facilita que el tono de la conversación salte de carril. Gravedad y ruptura de esa gravedad, hasta un nuevo comienzo.

El propio título del libro, Régimen de afectos, lleva en sí una lucha encontrada que significa al tiempo, restricción —pelea— y necesidad de entrega a un territorio mayor, dígase patria física o parcela sentimental.

Al estructurar Nara Mansur el libro en dos partes, una primera que titula Los que aman tanto que sienten que todo es su patria,  y una segunda, Los que enferman de pura pasión de amor o de ganas de morir sencillamente, emplea una grandilocuencia consustancial al teatro, muy suya y muy eficaz también. Lo que los enunciados a todas luces sobreexponen, lo calibra y depura progresivamente el cuerpo del texto como ganancia hacia el espacio de lo lírico.

De esa primera parte separo: Borrón y cuenta nueva, Así se piensa la angustia a veces, El más íntimo secreto, Hombre vertiente y Hay que colgarlos a todos. De la segunda, enfocada en la relación sentimental, en el amor y  la muerte, distingo Balbuceante interruptus, Poema coreográfico con feeling, Melodía para un amor ocioso, imposible y Álbum de bodas.

Dramaturga de profesión, ganadora del Pre­mio Internacional de cuentos Julio Cortázar, y autora de los poemarios, Mañana es cuando es­toy despierta, Un ejercicio al aire libre,Ma­nualidades, Premio Guillén, 2011 y de la Crí­ti­ca literaria, Nara Mansur bebe de aquella fuente formativa, de carrera. Pero contraria a la manera en que alguna vez se mirara su obra para el teatro (de alto contenido lírico, demasiado lírico, dirían);  su poesía, la de Régimen de afectos, funciona automáticamente como tal. Poesía, no dramaturgia. Aunque seguro esta apreciación no re­presente mucho en estos tiempos.

Tampoco para la autora.

Régimen de afectos, diseñado e ilustrado con resuelto celo artístico por Ricardo Rafael Villares, habla desde el yo. Lo personal femenino. Siem­pre. Un yo dramático de inmersión teatral. Frag­mentado, intertextual,  desacralizador de lo amoroso, de los tópicos del discurso poético, de lo político, lo familiar, el recuerdo, la vida simple o compleja que se da común, cotidiana.

Un yo sin ingenuidades; un yo tesis que no se jacta, que se dice y contradice, que retoma con ironía y vivo juego de palabras las variopintas zonas del cariño, que borda a la autora como ciudadana íntima, lo mismo en pleno centro de El Vedado, que en la calle Junín, de Buenos Aires, capital en la que reside buena parte del año.

Libro, personalísimo este, ajeno, tanto como su autora, a los sectarismos caseros en boga, a experimentos vacíos, o redescubrimientos del agua tibia “poética”, con autobombo incluido. Al ninguneo de tendencias que no se avienen con otras maneras de comprender y legitimar la literatura.

Aquí cada poema posee su  rigor de hechura, y la atención por la palabra y los recursos literarios aprehendidos mantienen en cauce un discurso de alta potencia y empatía.

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