El último espía de la Guerra Fría

Jorge Wejebe Cobo
Fuente: Blog Cuba es surtidor

imagesEra el cuatro de abril de 1991 y los canales de televisión reproducían como se arriaba del Kremlin la bandera de la hoz y el martillo. Oficialmente la URSS dejó de existir. Poco antes el Partido Comunista fue disuelto. En los pasillos del cuartel general de la CIA, en Langley Virginia y sus instalaciones en el mundo se respiraba un clima de celebración y optimismo por el fin de la Guerra Fría y la victoria de Occidente.

Pero Aldrich Hazen Ames, de 50 años y uno de los jefes de la Central de Inteligencia encargado de penetrar la KGB, hizo un esfuerzo para poder simular y sumarse al estado de euforia de sus compañeros. El fin del régimen soviético y la fiebre de destrucción de todas sus instituciones, incluyendo sus órganos de inteligencia y la apertura de sus archivos, le podía significar la muerte o la prisión de por vida.

La posibilidad era real. Dos años antes varios de sus compañeros fueron enviados de improviso a Berlín para revisar y apoderarse de parte de los registros secretos de la seguridad de la RDA, Stassi, principal aliado de la KGB, que ocuparon en sus oficinas centrales casi intactos, los manifestantes y demoledores del muro de Berlín. Fueron días esperando lo peor, bastaba un informe con un mínimo de datos comprometedores para que los sabuesos del FBI o la propia CIA hicieran su trabajo.

Markus Wolf, ya desaparecido y último director de la Stassi, afirmó en sus memorias que Gardner Hathaway, ex director de contrainteligencia de la CIA se le acercó en 1990 con una oferta de cirugía estética, una nueva vida y una generosa compensación económica en los Estados Unidos si desertaba y ayudaba a la agencia estadounidense en identificar a un posible agente en las altas esferas de la Agencia, lo cual rechazó.

En esas inciertas jornadas, Hames quizás recordó el principio de su historia cuando en 1962 decidió progresar en la CIA, donde se desempeñaba en trabajos administrativos menores mientras culminaba estudios universitarios. Al graduarse fue destinado con fachada de diplomático en Turquía en 1969 con la tarea de reclutar oficiales de la KGB en ese país.

Según su biografía oficial, tuvo éxito al captar un funcionario soviético y   logró obtener información sobre organización de izquierda opuesta al régimen a través del estudiante activista Deniz Gezmiş, quien a su vez sería posteriormente ejecutado por el gobierno de Turquía.

Desde la década de 1970 se especializó   en el servicio de contrainteligencia de la CIA que enfrentaba a la penetración soviética por lo cual conoció   la identidad de la mayoría de los agentes reclutados dentro de la propia KGB y el ejército soviético en los últimos años de la Guerra Fría, al supervisar las operaciones de inteligencia de la URSS y sus aliados en el mundo.

En 1983 lo enviaron a la capital mexicana, donde la Agencia tiene una de las   estaciones más importantes. Pero el nuevo trabajo le cambiaría su vida sentimental al conocer a una colombiana de quien se enamoró. Rosario Dupuy, licenciada en letras, miembro de una familia de intelectuales progresistas y empleada de la sede diplomática de su país. Poco después de su regreso a los EE.UU tras su misión en Ciudad México, inició trámites de divorcio con su esposa y finalmente se casó por segunda vez.

Las cortinas delatoras y la contribución del Mossad

Dentro de la versión más difundida Ames inició relaciones con la inteligencia soviética en 1985, cuando entró en la embajada soviética en Washington y ofreció sus servicios a cambio de dinero, para reponerse de su divorcio con su primera esposa.

Además se argumenta poseía una casa de $400.000 USD en Arlington, estado de Virginia, pagada en efectivo, un automóvil deportivo Jaguar, de $60.000 dólares, trajes hechos a medida, tarjetas de crédito con grandes sumas que excedían su salario. Todo cubierto por los $4.6 millones de dólares que calculan le pagó la KGB por sus servicios.

Al respecto se cuenta que una colega visitó su residencia y conoció como la esposa de Hames adquirió al contado lujosas cortinas, lo cual le provocó envidia por no estar dentro de sus posibilidades a pesar de ganar el mismo salario de su compañero, 60 000 dólares anuales. Eso pudo iniciar los comentarios y suspicacias en el entorno del agente.

Este alto nivel de vida justificó que Hames cayera bajo el radar del FBI y se nombrara un equipo para investigarlo. Utilizaron micrófonos ocultos y cámaras en su residencia, oficina, intercepción de llamadas, telefónicas, del correo, seguimiento secreto y hasta el registro diario de su latón de basura en busca de evidencias.

Aunque analistas arguyen la posibilidad de que el espía fuera vendido en la propia Rusia, en los primeros años de la época pos soviética, cuando los Estados Unidos se convirtió en paradigma para los nuevos líderes, imperaba una corrupción generalizada y se derribaban las estructuras del anterior poder, incluyendo parte de los organismos de seguridad.

Este contexto facilitó la adquisición por la CIA de informaciones y colaboradores gracias a las generosas cifras millonarias con que podían motivar a los nuevos capitalistas rusos vinculados con las altas esferas de poder de la época.

Una prueba que avala esa tesis salió a la luz pública en el 2010 durante el primer canje de espías entre Estados Unidos y Rusia después de la desaparición de la URSS realizados en Viena, Austria

Entonces los norteamericanos dejaron regresar a su patria a 10 agentes de la inteligencia rusa detenidos ese mismo año cuando intentaban ubicarse en altos niveles de los negocios y la política, a cambio de la liberación de los ex coroneles Alexander Zaporozhsky, condenado a 18 años de prisión por espionaje y Serguei Skripal, de los servicios de inteligencia, que purgaba una pena de trece años de prisión desde el 2006 por colaborar con la CIA.

También se incluyeron a los reclusos Gennadi Vasilenko, ex funcionario de los servicios secretos, y al analista en armas nucleares Igor Sutyagin. Todos los cuales pudieron ser reclutados en los locos años de 1990 en Rusia.

Mientras el veterano de la CIA iniciaba su colaboración con la KGB, el Mossad, servicio de seguridad Israelí perdía una de sus mejores espías dentro de la inteligencia del Pentágono, cuando era detenido en 1985 Jonathan Pollard, un analista militar que voluntariamente se propuso colaborar con Israel y entregó a ese servicio según calcula el FBI, un contenedor de papeles secretos sobre armas atómicas, sistemas de enlace e intercepción para el espionaje estimados de inteligencia e información estratégica sobre todo el mundo, entre otras informaciones de alta sensibilidad para la Seguridad Nacional, en menos de dos años de colaboración.

Esta deslealtad de Israel con su aliado más importante sería quizás el primer logro del recién adquirido espía de la KGB, cuando le fue encargado analizar toda la información y acciones de Pollard para hacer un control de daños ocasionados a los EE.UU por su traición. Por lo que es de suponer que los datos obtenidos por los israelitas terminaran en los archivos de la inteligencia soviética que se anoto un tanto histórico al obtener la colaboración, aunque involuntaria, del Mossad en su lucha contra la CIA .

Pollard fue condenado a una cadena perpetúa, sin derecho a ser liberado y paradójicamente entre los descargos que sirvieron para encerrarlos de por vida se encontraba el estudio de Hames.

Epílogo

En febrero de 1994, Ames tenía un vuelo programado a Moscú, como parte de sus funciones para la CIA y el FBI para prevenir su posible fuga detuvo al matrimonio el 21 de febrero de ese propio año, bajo el cargo proporcionar información altamente clasificada al KGB soviético y a su organización sucesora, el Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) de la Federación Rusa.

Según las autoridades, Hames comprometió unas 100 operaciones secretas de la CIA en la URSS y sus informaciones provocaron el enjuiciamiento y ejecución de 10 agentes en ese país, por lo que es considerado uno de los espías más letales para la seguridad nacional de Estados Unidos en el pasado siglo.

Durante el proceso judicial se declaró culpable, colaboró con la Fiscalía a cambio de que su esposa Rosario no enfrentara una larga prisión y solo cumplió cinco años de detención y en 1999 fue deportada a su país, mientras que Hames purga una cadena perpetúa en la Penitenciaría de alta seguridad de Allenwood, Pensilvania donde mantiene una buena conducta y oculta tras su mutismo las verdaderas razones que lo llevaron a convertirse de un legendario caza espía de la CIA en el más importante agente al servicio de los soviéticos en esa agencia.

El arreglo frustró a muchos de sus ex colegas que pretendían estar en la primera fila de la sala de ejecución para presenciar como recibía la inyección letal lo que consideraban un desenlace seguro de acuerdo a las evidencias legales aportadas por las investigaciones del FBI y la CIA.

Aunque para algunos hoy el caso Hames solo puede significar un viejo thriller de la guerra secreta entre la URSS y los EEUU, sin embargo su desenlace cobra actualidad para demostrar la gran injusticia cometida en el caso de los cinco cubanos presos en EE.UU por luchar contra el terrorismo.

En el proceso radicado en Miami contra Gerardo Hernández, Antonio Guerrero, Ramón Labañino, René González y Fernando González, por primera vez en la historia jurídica estadounidense fueron desoídas en un juicio los testimonios de importantes ex jefes y otros en activo, de la comunidad de inteligencia entre ellos, tres generales, un almirante y otros oficiales, que reconocieron como testigos de la acusación y de la defensa que ninguno de los cubanos tuvo acceso a datos secretos, ni afectaron la Seguridad Nacional del país. Estos testimonios de haber sido tenidos en cuenta invalidarían los cargos de la Fiscalía.

Condenas injustas fueron impuestas inicialmente a los luchadores antiterroristas cubanos, incluidas cadena perpetúa y aunque fueron disminuidas en el proceso de apelación después de años de litigios, en el caso de Gerardo Hernández Nordelo, se mantuvo las dos condenas de por vida y 15 años, castigos desproporcionados, no aplicados con anterioridad ni a los agentes confesos que según las leyes afectaron la Seguridad Nacional en ese país, como ejemplifica la historia de Aldrich Hazen Ames, el último espía de la Guerra Fría.

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