POBRE JULIETA

ROSA MIRIAM ELIZALDE / CUBADEBATE

Verona está a unos 40 minutos de Mantua, en tren. Al pie de los montes Lessini, allí donde se abre el valle del Adigio, pegada a la curva de ese río y adquiriendo como él su forma retorcida y esquinada, se extiende la ciudad que habitaron Romeo y Julieta.

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La casa-museo de Julieta Caputelo en Verona

Como registra la película de Franco Zeffirelli antes de que la trama desencadene la tragedia, Verona tiene el tono rosa en sus piedras, paredes y mármoles, el mismo de las montañas que la circundan. He hecho el trayecto en tren, les decía. Me he escapado de un Festival de Literatura para intentar zambullirme en esta ciudad y tocar ese territorio mental construido con imágenes y sensaciones que todo el mundo trae consigo desde que William Shakespeare, quien jamás estuvo aquí, inmortalizó a los amantes más célebres y desdichados del mundo.

Verona tiene edificios portentosos, como el antiguo Foro que domina la plaza Principal, un cuadro perfectamente rectangular que bordean palacios y edificios con una belleza tan polifacética y una historia tan abrumadora, que en los diarios de viajeros célebres como Goethe, Heine, Stendhal y Valéry los mismos lugares son vistos como mundos distintas. Aquí escribió Dante parte de su Divina Comedia. Pero el que tiene pocas horas para la escapada desde una ciudad vecina hace, exactamente, lo que haría cualquiera: correr al balcón de la casa de Julieta, siguiendo la manada de turistas desde la estación del tren a la Via Capello 23.

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Imagen actual de la Casa Museo

 

No importa que ese balcón y las ventanas góticas no están en la obra original de Shakespeare –se los agregaron hace unos 80 años, después que comenzaran a aparecer en las representaciones teatrales por un mero acomodo dramático. Tampoco importa demasiado que Julieta, o Giulietta Capuleti, probablemente ni existió. La historia de los amantes infelices es más antigua que la tragedia shakespeareana. Surgió de una tradición literaria y popular anónima, que tomó cuerpo en la ciudad a través del tiempo, y que fue escrita en el Siglo XVI por autores que nadie recuerda y que reflejaron de un modo fantástico, aunque no lejano a la realidad, aquel tiempo de luchas absurdas entre familias y sus consecuencias en la vida de la gente.

Se ha documentado que existieron dos familias en Verona con los nombres de Montesco y Capuleto, de los cuales ha quedado constancia en el escudo de armas sobre el arco de entrada al patio de la casa-museo dedicada a Julieta. En el Siglo XIV el palacio se convirtió en un hospicio hasta finales del XV, en que el edificio hizo funciones de posada. Según Charles Dickens, que la visitó en 1843, era un alojamiento “de lo más miserable”: “Los bulliciosos vetturini y los carros del mercado embarrados se disputaban el patio, cuya inmundicia te llegaba a los tobillos y en el que había una nidada de gansos sucios; y también un perro de expresión adusta, que jadeaba malévolamente en una entrada y que, de haber existido y haber andado suelto en tiempos de Romeo, habría enganchado una pierna en cuanto la hubiera puesto en el muro”, escribe el inglés.

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Pobre Julieta

 

Ahora no hay gansos, ni perros, ni fango, sino miles de turistas que intentan escribir su nombre y dibujar corazones en los muros del patio o pegar por encima de los que ya están un trozo de papel, aunque sea con chicle. Apenas se puede dar un paso y entre las cabezas solo se divisa a una Julieta de bronce, en los bajos de balcón apócrifo, donde hay cola para hacerse una foto. No cualquiera, sino una en la que la mano del visitante toca el seno derecho de la heroína romántica, pulido por el manoseo como el fondo de una cazuela. Hay equilibristas más osados que logran poner la punta del pie en el borde de la base del monumento, una mano en el pecho de la estatua y otra en el palo de selfie. Es una tradición bastante más reciente que la película de Zeffirelli, dicen, y quien lo hace logra el amor o prolonga el que ya tiene.

A quien no le baste, puede comprarse una “tetta de Giulietta”. En la tienda, dentro del mismo patio, la encontrará con imán para la puerta del refrigerador, en una camiseta, en un bono para ir a un restaurante con ese nombre, en un granizado, en un helado. Pero hay otras miles de cosas comprables, incluida la posibilidad de pasar a la casa y peregrinar a la improbable tumba de los amantes, por 7 euros, o alquilar el edificio, por mil euros, para tomar las fotos de una boda. Julieta, más que Romeo, es una marca. Un souvenir. Un gadget. Un icono. Un símbolo de una emoción rentada. Se venden Julietas en miniatura y en toda clase de materiales. Los mitómanos pueden hacerse de ella en barro, madera, plata, chocolate; en bronces, delantales, vajillas, muñecas, pósteres, menús, pisapapeles, botellas. Se le recuerda en placas conmemorativas o sirve como reclamo en tiendas de moda, de muebles, en los bancos. Las frases de Shakespeare inspiran a grafiteros, pintores, diseñadores, comerciantes tradicionales o de vanguardia, y están por todos lados.

La leyenda tiene su propia lámpara votiva: el dinero. Mareada corro a Mantua, una ciudad más discreta en el mapa, pero definitivamente más leal con la Literatura. Es linda Verona, nadie podría dudarlo, pero la verdadera historia de Romeo y Julieta no está ahí, sino en las páginas de Shakespeare.

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Fotografía de la Casa de los Capuletos en Verona en el siglo XIX, tal como la vio Dickens. Foto: Casa-Museo de Giulietta en Verona

 

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