CARICIAS AL ALMA Y LA MEMORIA

MARÍA SANTUCHO

Santiago del Estero, Argentina

En estos días ando revolviendo cajones, armarios, carpetas, cajitas…saltan fotos, cartitas, documentos, recuerdos amorosos de otros tiempos y de siempre. La partida de mi mami me tiene yendo y viniendo de allá para acá entre sus cosas y las mía, las nuestras, las de la familia, las de Argentina, las de Cuba, las de tantos lugares que no son ninguno y son todos a la vez.

Y como ando así, que todo me aviva algo, hace un par de días y en la conmoción que han significados los juicos de las Megacausas y sobre todo la sacudida que está siendo la condena a estos hijos de puta de La Perla, un comentario sencillo pero amoroso de mi primo Jorge Santucho sobre su hermana Mercedes, para la familia la Merce, me activó recuerdos que no sabía estaban, pero si están y de qué manera.

Y ahí vuelvo a verla esa nena morochita, vestida de blanco, con su mirada entre tímida y pícara, y mi mami detrás, hermosa mi mami del brazo de su primo hermano ( el tío Ñato Llorens) a punto de unir su vida al hombre que la cambiaría y le cambiaría para siempre todo.

Pero a la que veo ahora es a mi prima la Merce, una chica de Santiago del Estero, hija de una familia de clase media interpelándonos con esa mirada entre pícara y tímida hoy, cuando miles de personas con memoria festejamos la condena a estos asesinos, ni enemigos ni verdugos, simplemente esos mierdas que intentaron aplastarla y no pudieron, como nos recordó Jorgito.

Y con esa foto que era para mí solo eso, una foto donde ella no era la protagonista y que hoy no puedo apartarla de mi memoria y con ella me voy por las visitas que hacíamos con mi mami y mi papi a la casa de Santiago, es que he vuelto a recordar tal cual y a ella entre sus hermanos, los primos hermanos mayores, ella que era toda simpatía y a la vez fuerte, muy fuerte como esa mirada que ya no es tan tímida y es más pícara y es más de la fortaleza que no la abandonó nunca más, según se sabe. Y ahí está su casa del barrio Palomar, donde también nos encantaba a mis hermanas y a mi visitar. Y todos los momentos vividos allí con la familia completa, o casi completa, siempre faltó alguien después, en los años más duros de la militancia, la persecución y la clandestinidad.

Y, cosas de la memoria, que recuerda como mejor le place, me dejo llevar para llegar una mañana calurosa, en un diciembre de los 70, en que mi papi me lleva a una de mis primeras tareas de la aspirante a militante del PRT, en la que me he convertido a pesar de mi extrema juventud. Me va explicando la tarea, que él hace la más importante del mundo, para hacerme sentir el fervor del militante, y me dice como quien está proponiendo gran meta: en la casa habrá una reunión muy importante, hay un grupo que se ocupará de la seguridad, otro grupo estará en los alrededores. Yo a esas alturas ya debía haber mostrado tal ansiedad que el logró encausar con una maestría que ahora me emociona al recordarlo: pero hay algo que si no estuvieran compañeras como vos, sería imposible que fuera un éxito la reunión. Tu tarea es cuidar a los hijitos de las parejas que viven en la casa y de los compañeros que participaran en la reunión y que son la máxima dirección del Partido. No tengo que decir que iba a cumplir mi primera tarea pensando que podía ser la última. En aquel momento me dije: qué manera de exagerar…ahora me doy cuenta de que podría haber sido la primera y la última. Pero soy de los que hemos tenido mucha suerte y acá andamos contando historias.

Mi viejo me explicó muchas cosas de la militancia en el viaje del colectivo, me habló de que las personas que vería son los compañeros, que es la nueva familia que uno tiene además de la propia. No sabía qué buscaba con esas explicaciones, hasta que una vez adentro me fueron mostrando la casa, los espacios, qué se hacía en cada espacio, hasta que llegamos a donde había una morocha fuerte, enérgica, con una risa estruendosa que tirada en el piso de la habitación y en bikini divertía a los nenes que estarían a mi cargo. Conmoción y sorpresa cuando me presentaron a la Negra, (para mí la Merce, todavía la Merce a pesar de los enormes esfuerzos que la insipiente militante hacía para cumplir con las orientaciones dadas).

Fue la última vez que la vi, que nos vimos. Esa noche se festejó la Navidad como en todas las casa de esa cuadra. Una deliciosa cena preparada por compañeras que igual que yo entendían su tarea como la más importante, habían estado cocinando todo el día para la familia y los amigos que igual que en las otras casas festejaban la Nochebuena. La Merce me trató como una más, pero ahora se me antoja que me miro una última vez con aquella mirada entre tímida y pícara que ahora yo traigo a este recuerdo que me atraviesa y que me lleva otra vez a Palomar y a Santiago y definitivamente hasta la foto de esa chiquita morochita, ya vivaz entonces, que me mira, nos mira desde lo más profundo de una familia atravesada por la entrega, la lucha, el dolor y la certeza de una herencia extraordinaria.

Y miro a familias como la nuestra y vuelvo a ver a la familia que fuimos en la militancia de los 70 y a las familias que cada uno por su cuenta y riesgo ha ido armando en estos larguísimos 40 años, y no puedo menos que sentir profunda emoción de la enorme red familiar y militante que hay armada entre las muchas, muchísimas familias que durante todos estos larguísimos y tensos años, buscando la verdad y la justicia, llegamos a estas condenas, que como una vez le oí decir a otra grande de todos los tiempos, Adriana Calvo: estas condenas que vamos logrando no es todo lo que queremos pero si son al menos una caricia para el alma.

Estoy convencida que de este modo seguimos trayéndolos de esos lugares a donde quisieron desaparecerlos, esconderlos. El camino ha sido largo, muy largo. No pocos han quedado en el camino, pero muchos otros se han unido. Los hijos, los nietos, los bisnietos. Otros que sin haber sido tocados por el horror se suman a esta extraordinaria lucha.

Yo ando con la Merce en estos días. La llevo a la playa, le muestro mi vida, le cuento de mis nietos, de mi trabajo, de lo que construí y de los que no alcancé a armar. De mis dolores de entonces y de los de ahora. Ha sido una hermosa y sanadora manera de volver a tenerla. Una maravillosa manera de mirarla a los ojos, a esos ojitos tímidos, pícaros y firmes, y decirle: ahora como entonces soñar con un mundo mejor sigue siendo necesario y posible. Mirá esa familia enorme y amorosa que esperó compacta y unida la sentencia. Sigamos buscando esas caricias al alma, a la memoria.

HASTA AQUÍ EL POST DEL AUTOR DEL BLOG, LO QUE SIGUE ES DE WORDPRES

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