“Y ES LA NACIÓN CIRCO DE GALLOS”, José Martí

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Nueva York, Febrero 17 de 1882

Señor Director de La Opinión Nacional:

Vuela la pluma, como ala, cuando ha de narrar cosas grandiosas; y va pesadamente, como ahora, cuando ha de dar cuenta de cosas brutales, vacías de hermosura y de nobleza. La pluma debiera ser inmaculada como las vírgenes. Se retuerce como esclava, se alza del papel como prófuga y desmaya en las manos que la sustentan, como si fuera culpa contar la culpa. Aquí los hombres se embisten como toros, apuestan a la fuerza de su testuz, se muerden y se desgarran en la pelea, y van cubiertos de sangre, despobladas las encías, magulladas las frentes, descarnados los nudos de las manos, bamboleando y cayendo, a recibir entre la turba que vocea y echa al aire los sombreros, y se abalanza a su torno, y les aclama, el saco de moneda que acaban de ganar en el combate. En tanto el competidor, rotas las vértebras, yace exánime en brazos de sus guardas, y manos de mujer tejen ramos de flores que van a perfumar la alcoba concurrida de los ruines rufianes.

Y es fiesta nacional, y mueve a ferrocarriles y a telégrafos, y detiene durante horas los negocios, y saca en grupos a las plazas a trabajadores y a banqueros; y se cambian al choque de los vasos sendas sumas, y narran los periódicos, que en líneas breves condenan lo que cuentan en líneas copiosísimas, el ir, el venir, el hablar, el reposar, el ensayar, el querellar, el combatir, el caer de los seres rivales. Se cuentan, como las pulsaciones de un mártir, las pulsaciones de estos viles. Se describen sus formas. Se habla menudamente del blancor y lustre de su piel. Se miden sus músculos de golpear. Se cuentan sus hábitos, sus comidas, sus frases, su peso. Se pintan sus colores de batalla. Se dibujan sus zapatos de pelea.

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Así es una pelea de premio. Así acaban de luchar el gigante de Troya y el mozo de Boston.. Así ha rodado por tierra, ante dos mil espectadores, el gigante, inerte y ensangrentado. Así ha estado de gorja Nueva Orleáns, y suspensos los pueblos de la Unión, y conmovido visiblemente Boston, Nueva York y Filadelfia. Aun veo, prendidos como colmena alborotada a las ruedas y ventanas del carro donde les venden los periódicos, a esas criaturillas de ciudad, que son como frutas nuevas podridas en el árbol. Los compradores, en montón, aguardan en torno al carro, que ya anda, arrebatado por el grueso caballo a que va uncido, en tanto que ruedan por tierra, revueltos con paquetes de periódicos, míseras niñas cubiertas de harapos, o pequeñuelas bien vestidas, que ya desnudan el alma, o irlandesillos avarientos, que alzan del lodo blasfemando el sombrero agujereado que perdieron en la lucha. Y vienen carros nuevos, y luchas nuevas. Y los que alcanzan periódicos, no saben cómo darlos a tiempo a los compradores ansiosos que los asedian. Y la muchedumbre, temblando en la lluvia, busca en los lienzos de noticias que clavan en sus paredes los diarios famosos, las nuevas del combate. Y lee el hijo, en el diario que trae a casa el padre, a qué ojo fue aquel golpe, y cuán bueno fue aquel otro que dio con el puño en la nariz del adversario, y con éste en tierra, y cómo se puede matar empujando gentilmente hacia atrás el rostro del enemigo, y dándole con la otra mano junto al cerebro, por el cuello. Y publican los periódicos los retratos de los peleadores, y sus banderas de combate, y diseños de los golpes. Y se cuenta en la mesa de comer de la familia, que este amigo perdió unos cien duros y aquél ganó un millar, y otro otros mil, porque apostaron a que ganaría el gigante, y sucedió que ganó el mozo. Eso era Nueva York la tarde de la lucha. 

¿Y en el campo de la lucha? Fue allá, en tierras del Sur, junto al mar, bajo cedros y robles. No son éstas querellas de bribones, que la ira encona, el azar cansa, y el capricho legisla: son troncos de antemano concertados, en que se dividen-como en las justas antiguas-el campo y la luz, y se determina, como para los caballos de carrera, el peso y el modo de justar y se acuerda en tratado formal y manera minuciosa: que los peleadores pelearán de pie, y sin piedras ni hierros en la mano, ni más que tres espigas de punta redonda y media pulgada de largo en la suela del zapato, y se establece, como mejora de decoro, que aquella vez no muerdan, ni se rasguen la carne con las uñas, ni se dé golpe al que ya tiene una mano y una rodilla en tierra, y a aquel a quien se sujeta por el cuello contra las cuerdas o estacas del circo, que ha de ser prado llano, y no mayor de 24 pies en cuadro, y ha de ostentar al sol, enarboladas en las estacas del centro, los colores de pelea de ambos rufianes, los cuales fueron esta vez arpa, sol, luna y escudo, y águila de anchas alas sobre esfera tachonada de estrellas para el gigante de Troya, y águila que sustenta en las nubes un escudo americano, cercada de banderines de Irlanda y Norteamérica, para el mozo fuerte de Boston. Porque de Irlanda vino a esta tierra, con la poblada numerosa, la bárbara costumbre.

Los tiempos no son más que esto: el tránsito del hombre-fiera al hombre-hombre. ¿No hay horas de bestia en el ser humano, en que los dientes tienen necesidad de morder, y la garganta siente sed fatídica, y los ojos llamean, y los puños crispados buscan cuerpos donde caer? Enfrenar esta bestia, y sentar sobre ella un ángel, es la victoria humana. cain-1880-de-fernand-cormonPero como el Caín de Cormon, en tanto que los aztecas industriosos y los peruanos cultos hacían camino en la cresta de los montes, echaban por canales ciclópeos las aguas de los ríos, y labraban para los dedos de sus mujeres sutilísimas joyas, los hombres de aquellas tierras del Norte, que opusieron a los dardos de los soldados de César el pecho velludo, y las espaldas cubiertas de pieles, alzaban tienda nómada en la tierra riscosa, y comían en su propia piel, ahumada apenas, la res ensangrentada que habían ahogado con sus brazos férreos. Los brazos de los hombres parecían laderas de montaña, sus piernas troncos de árboles, sus manos mazas, sus cabezas bosques. Vivir no fue al principio más que disputar los bosques a las fieras. Más hoy la vida no es montaña áspera, sino estatua tallada en la montaña.

Así se espantan los ojos, como si de súbito se viera pasar por las calles de una ciudad moderna a Caín, de ver cómo las artes de la pintura y de la imprenta lamen sumisas los pies rugosos de estas bestias humanas, y copian y celebran al bruto magnífico, y le espían anhelantes en el instante en que, desnudo el torso montuoso, y encrespado el brazo troncal, ensaya en una bola de cuero, que envía bamboleando al techo de que cuelga por fajilla de cuero, los golpes que ha de dar luego, entre hurras y vítores, en el cráneo crujiente, en los labios hinchados, en el cuerpo tambaleante de su adversario estremecido. Se educan para la pelea, se fortalecen, se consumen en la carne superflua que pesa y no resiste, se recogen en población de campo, en casa apartada, con sus educadores, que les enseñan golpes excelentes, y les prohíben excesos corporales, y los muestran a los que apuestan de oficio, y quieren ver, antes de apostar a su hombre, porque “ellos van de negocio” y deben apostar “al mejor hombre”. Y de negocio también van los peleadores, que jamás se vieron a veces, y van a verse por primera vez en la arena del circo. Pero un chalán ha puesto a los brazos de uno, dos millares de pesos, y un diarista ha puesto a los brazos de otro, dos millares, y ajustan la pelea, la sangrienta pelea, porque no viene mal ganar, rompiendo huesos y sacudiendo en los cráneos los cerebros, los dineros y la fama de “campeón del peso grande de la América”, porque hay menguados que pesan ciento treinta libras, y se baten por la fama de ser los más ricos golpeadores entre los de poco peso; mas hay mancebos que pesan doscientas libras, y éstos lidian por merecer el derecho de campeón entre los de peso grande.

boston-siglo-xix-2Y no bien se publica que se ha ajustado la batalla, hácense cargo del peleador los que le “educan”, que se llaman “sus segundos”, e impiden que por el beber o el mocear comprometa “el hombre de pelea” la ganancia del que ha puesto dinero “a su espalda”. Y es la nación circo de gallos. Van los dos hombres enseñándose por los pueblos, y peleando con guantes, desnudos de cinto arriba, en teatros, plazas y tablados de cantina, donde ondean sus colores, y narran sus hazañas, y palpan sus músculos y balancean las condiciones de ganancia o pérdida, antes de cruzar con el jugador vecino la apuesta de dinero. Créanse bandos en las poblaciones, que suelen parar en que ambos contendientes saltan, revólveres al aire y cuchillos en alto, al circo o al tablado: y Troya, que ama a su gigante, que es dueño de un teatro, y padre de familia, y pródigo de fama, como buen rufián, arde en celos de Boston, que está orgullosa de su bestia, porque no se ha puesto hombre en frente del mozo bostonés que no haya caído ensangrentado en tierra. No se pregunte quién lo impide, que cuando acontece en plazas públicas, un mes tras otro mes, no lo impide nadie. Hay leyes, mas como en México, donde prohíben las lidias de toros, buenas para hacer toros de los hombres, en el recinto de Tenochtitlán, y dejan las que haya en el pueblecillo cercano de Tlalnepantla, donde un tiempo oró en su torre alta el gran Netzahualcoyotl, poeta, rey y capitán excelso, y hoy desjarretan brutos: vestidos de toreros de comedia, hombres nacidos, por la grandeza de la tierra que los cría, a más glorioso empleo.

Cuando se acerca el día fijado para el combate, como cada Estado tiene ley diversa, y abundan entre los hombres distinguidos, que hacen las leyes, los abominadores de esta pelea de hombres, suelen los pugilistas andar de salto en salto, en fuga de las cárceles. Mas hallan siempre Estados que los amparen, y allí, es fiesta pública. Vienen los trenes, de comarcas lejanas, cargados de apostadores, que ponen punto a sus negocios, y dejan sin padre sus casas, por venir a centenares de millas, a apiñarse en la muchedumbre vociferadora que con el rostro encendido y las manos en alto, y el sombrero a la nuca, rodeará en la mañana anhelante, el circo de la lidia. Son banqueros, son jueces, son graves personas, miembros de las iglesias de su pueblo, son jóvenes ricos, de dinero que debiera trocarse en yugo para sus frentes: no son sólo bribones ni chalanes. Hay en toda ciudad un centro de estos juegos, y en algunas ciudades muchos centros. Cada agrupación envía sus diputados; cada postor que puso precio, envía su hombre a ver; cada amador del ejercicio va a gozarse en sus lances. No tienen cierre las puertas de los hoteles y cantinas. Los hijos pródigos del azar asombran con su fausto, y los boxeadores de oficio con sus fuertes músculos, a las damas y damiselas de la villa, que no apartan de ellos los ojos, como de seres aborrecibles, sino que les miran con curiosidad y con regalo, como a hombres magnos y seres de privilegio.

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En Nueva Orleáns, en cuyas cercanías fue este combate, se abrieron las bolsas viejas, muy atadas desde los tiempos de la guerra terrible, para poner los ahorros mohosos a la bravura de los jayanes. Las calles parecían corredores de casas; y el suceso, suceso de familia. Todo era chocar de vasos, hablar en voces altas, discutir en tiendas y plazas los méritos de los mozos, en cohorte ir a saciar los ojos avarientos en la espalda robusta, el hombro redondo, y la cadera desenvuelta de los atletas. Y volvían los unos, mohínos porque su jayán tenía demasiada carne sobre las costillas, y los otros alborozados porque su hombre era todo huesos y músculos. Iban los médicos en grupos, a ver aquel ejemplar rico de bruto humano. Y las damas iban a poner su mano delgada en la mano huesosa de los héroes.

Toda la ciudad parecía de viaje en la noche que acabó en la madrugada de la marcha. En sillas, y en sofás y de codos en los balcones, dormían, temerosos de que partiese el tren sin ellos, los que habían comprado, a cambio de diez pesos, el derecho de ver la anhelada lucha. Vaciaban en los mostradores de los hoteles, porque no se las robasen en el camino, las joyas, a que son los rufianes muy aficionados. Y allá va al fin, cruzando los llanos pantanosos de la Luisiana, el tren veloz con los peleadores, con sus segundos, con la esponja y menjurjes de curar, con los dineros de la lidia, con sus vagones repletos, techados de gente, rebosada de los carros. Allí el beber; allí el vocear; allí el proponer apuestas y aceptarlas. Allí el decir que un buen peleador ha de tener arrojo, agilidad y resistencia. Allí al hacer memoria de cómo en otros tiempos se libraban al vigor del puño las contiendas electorales de los neoyorquinos; cómo un Mc Coy mató en el circo a un Chris Lilly; cómo cuando Hyer venció a Sullivan, en “pelea de huracán se encendieron luminarias en Park Row”, que es la calle vieja y famosa, que da hoy al costado del correo, y se leyó por largo tiempo en un gran lienzo transparente: “Tom Hyer, campeón de América”. Era allí el recordar entre sorbos de pócimas ardientes, que Morrisey dejó a Heenan por muerto; que cuando Jones peleó con Mc Coole recibió de él tal golpe en la frente, que rodó al suelo, víctima de náuseas y como con el cerebro desquiciado; y que Mace era un gran golpeador, que braceaba como aspa de molino, y quebró de un buen golpe el cuello de Allen. ¡Y el sol entraba a raudales por las ventanillas de los carros!

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Ya en el lugar de la pelea, que fue la ciudad de Mississippi, estaban llenos de gente los alrededores del sitio elegido para el circo, y a horcajadas los hombres en los árboles, y repletos de curiosos los balcones, y almenados de espectadores los techos de las casas. Vació el tren su carga. Se alzó el circo en el suelo, y otro circo concéntrico, entre los que podían vagar los privilegiados; cantando alegres, se sentaron por la arena en batallón gozoso los cronistas, que cuando se pobló el aire de hurras, y fueron todas las manos astas de sombreros, era que venían el huraño Sullivan con su calzón corto y su camiseta de franela verde, y el hermoso Ryan, el gigante de Troya, en arreos blancos. En el circo, había damas. Y a la par que los jayanes se dieron las manos y ponían a hervir la sangre que iba a correr abundosa a los golpes, encuclillados en el suelo, contaban los segundos los dineros que se habían apostado a los dos hombres. ¿A qué mirarlos? A poco, ruedan por tierra; llévanlos a su rincón, y báñanles los miembros con menjurjes, embístense de nuevo, sacúdense sobre el cráneo golpes de maza; suenan los cráneos como yunque herido; mancha la sangre las ropas de Ryan, que cae de rodillas, en tanto que el mozo de Boston, saltando alegre y sonriendo, se vuelve a su “esquina”. Atruena el vocerío, álzase Ryan tambaleando; le embiste Sullivan riendo; ásense de los cuellos y estrújanse los rostros; van tropezando a caer sobre las cuerdas; nueve veces se atacan: nueve veces se hieren; ya se arrastra el gigante, ya no le sustentan en pie sus zapatos espigados, ya cae exánime de un golpe en el cuello, y al verlo sin sentido, echa al aire la esponja, en señal de derrota, su segundo. Se han cruzado $300,000, apostados en todas las ciudades de la nación a la pelea de estos dos mozos; se han alquilado hilos de telégrafo para dar cuenta menuda a todos los vientos de los detalles de la lidia; han recorrido las calles de las grandes ciudades, muchedumbres ansiosas que recibieron con clamores de aplausos, o ruidos de ira, la nueva del triunfo; se ha celebrado con músicas y fiestas al bostonés victorioso; y se exhiben de nuevo en circos y cantinas, agasajados y regalados, el mozo y el gigante. ¡Aún está roja y castigada de los pies, en la ciudad del Mississippi, la arena de la mar! Es este pueblo como grande árbol: tal vez es ley que en la raíz de los árboles grandes aniden los gusanos. (Pág. 253-259)

marti-2JOSÉ MARTÍ

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