LA MADRE DE LAS DENUNCIAS DE LA CIA

NOTA: Ya pocos recuerdan que hace 52 años, en agosto de 1964, cuando recién se iniciaban los bombardeos  a Viet Nan del Norte por la aviación estadounidense, el  congresista tejano Wright Patman , mientras  investigaba la evasión de impuestos, descubrió que la J. M. Kaplan Fund, de Nueva York, era en realidad una pantalla de la CIA  para  la guerra cultural  contra la URSS y el Campo Socialista.

Patman  hizo público que representantes de la CIA lo visitaron para mediar en el asunto, lo cual incrementó el interés sobre el tema en aquellos convulsos años.

Entonces se reveló también la existencia de una gran red de instituciones juveniles, estudiantiles y sus sistemas de becas que eran sufragadas por la agencia en todo el mundo. Cualquier coincidencia con la actualidad cubana, por supuesto  que no es coincidencia.

La Revista Ramparts   hizo un extenso reportaje sobre el tema en 1967, el cual puede  considerarse la madre de las denuncias contra la CIA de la época.

Aunque a riesgo de violar  el principio en la red, dejo la versión del aquel texto que sirvió, cuarenta años después, de punto de partida del libro La CIA y la Guerra Fría Cultural, de Frances Stonor Saunders, una investigadora inglesa de tendencia liberal, cuyo  texto — publicado por la Editorial de Ciencias Sociales  en Cuba, en 2003–, requiere con urgencia una nueva edición. JWC (Jorge Wejebe Cobo, autor del blog Cuba es un surtidor).

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LA MADRE DE LAS DENUNCIAS DE LA CIA

SOL STERN / REVISTA RAMPARTS / CUBA ES UN SURTIDOR 


Breve informe sobre la política internacional de los estudiantes. 
Los estudiantes de la C.I.A.  y la guerra fría, con especial referencia a la NSA, CIA, &c. 

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Portada de la revista Ramparts, donde apareció la denuncia.  Véase la parte superior izquierda.

Durante años –se ha dicho que a través del mandato de cuatro presidentes: Truman, Eisenhower, Kennedy y Johnson– la C.I.A. ha controlado, por medio de subvenciones financieras, varias organizaciones culturales, sindicales y jurídicas de los Estados Unidos. Entre ellas se citan asociaciones estudiantiles, el Congreso para la Libertad de la Cultura y las agrupaciones de la central A.F.L.-C.I.O. La información sobre estas actividades la ha ofrecido una gran revista católica, Ramparts, a quien Triunfo ha adquirido los derechos de reproducción exclusiva en España de su ya sensacional reportaje. Se trata de un documento de importancia capital que reproducimos en su totalidad. Al ser conocido en los Estados Unidos, ha provocado un vasto movimiento de inquietud y de indignación por parte de la opinión democrática. Por este texto se revela un capítulo más de las actividades que dentro y fuera de las fronteras norteamericanas desarrolla la poderosa C.I.A., un Estado secreto en el seno del Estado fundado por Jorge Washington.

Siglas usadas en el texto
C.I.A. = Central Intelligence Agency (Agencia Central de Información)
N.S.A. = United States National Student Association (Asociación Nacional de Estudiantes de los Estados Unidos)
U.I.E. = Unión Internacional de Estudiantes
C.E.I. = Conferencia Estudiantil Internacional (I.S.C.: International Student Conference)
I.R.S. = Independent Research Service (Servicio Independiente de Investigaciones)
F.Y.S.A. = Foundation for Youth and Student Affairs (Fundación para Asuntos de la Juventud y Estudiantes)
  1. Un poco de historia
    Ya existían indicios de Guerra Fría en agosto de 1946, cuando 300 estudiantes de 38 países diferentes se reunieron en la Sala de los Artistas, de Praga, con el fin de celebrar el primer Congreso Mundial de Estudiantes. Entre los delegados se encontraban unos 24 americanos (muchos de ellos veteranos de la S.G.M.), en representación de diversas organizaciones juveniles y estudiantiles y de diez de las más prestigiosas universidades del país. En el Congreso, los comunistas constituían una mayoría, y surgieron disputas en torno al papel que debían representar las organizaciones de estudiantes internacionales. No obstante, el Congreso terminó sus tareas en un ambiente de fraternidad, con una apelación a favor de una ulterior cooperación tendente a constituir una organización estudiantil internacional verdaderamente representativa. Este deseo se haría muy pronto realidad con la creación de la Unión Internacional de Estudiantes. Los delegados americanos, a los que se llegó a conocer con el apelativo de «los 25 de Praga», regresaron a casa completamente convencidos de que había que crear una organización nacional que pudiese representar convenientemente a la comunidad de estudiantes de Estados Unidos en el mundo estudiantil internacional. Establecidos como comité organizador, los 25 de Praga solicitaron una conferencia nacional de estos dirigentes estudiantiles, con vistas a la organización de una nueva unión nacional de estudiantes. Y triunfaron en su empeño. En el verano de 1947, una nueva entidad, conocida por el nombre de United States National Student Association (NSA), celebró su Convención Constitucional en Madison, Wisconsin. Por aquel entonces, la atmósfera de la U.I.E. se había vuelto mucho más procomunista que cuando la reunión de Praga. Sin embargo, la ruptura oficial entre la NSA y la U.I.E. no tuvo lugar hasta después del golpe de estado comunista en Checoslovaquia, y como protesta porque la U.I.E. se negó a condenar los malos tratos infligidos por los comunistas a los estudiantes checos.

Finalmente, en 1950, la NSA se reunió en Estocolmo con otros 18 grupos estudiantiles nacionales con vistas a la creación de una nueva organización estudiantil internacional, a la que se denominó «Conferencia Estudiantil Internacional». En el curso de las primeras sesiones, una mayoría abrumadora de delegados se oponía a la concepción de la C.E.I. como «un rival» creado para combatir a la U.I.E. y al comunismo. Los delegados que participaron en la primera Conferencia de la C.E.I. deseaban evitar cualquier polémica de tipo político y, con ello, un nuevo cisma en el mundo estudiantil internacional.

La nueva organización internacional creció de forma impresionante. A mediados de los años cincuenta, más de 55 uniones nacionales de estudiantes pertenecían a la Conferencia (y más de la mitad de los delegados eran de países del «Tercer Mundo»). Además, la C.E.I. tenía ya a su disposición un enorme presupuesto destinado a la asistencia técnica, a la educación y a los intercambios estudiantiles. La C.E.I. empezaba a marcar el paso de la política estudiantil internacional, y la NSA estaba a punto de convertirse en la fuerza más poderosa dentro de la nueva organización internacional.

A medida que fue creciendo la C.E.I., los estudiantes de los países subdesarrollados aumentaron sus presiones para que la organización definiese sus puntos de vista en torno a problemas políticos tan candentes como el colonialismo y el racismo. Y entonces correspondió a la delegación de la NSA hacer de mediador y tratar de convencer a los extremistas de que la C.E.I. debería ocuparse sólo de los problemas de los «estudiantes en tanto que estudiantes».

En cierto sentido, se puede decir que fue precisamente la natural evolución de la C.E.I. la que hizo que aumentaran los problemas. La mayoría de las uniones estudiantiles, adheridas en un principio a la organización por resentimiento contra la U.I.E., fueron separándose de ella gradualmente cuando, en parte por influencia de la NSA, la C.E.I. adoptó también una postura propia de la Guerra Fría. En 1960, las cosas habían empezado a cambiar: la U.I.E decidió realizar gestiones con vistas a una reunificación del movimiento estudiantil internacional, mientras que la C.E.I., con la NSA al frente, adoptó una postura intransigente y poco propicia a la negociación.

En 1960, había más de 400 escuelas afiliadas a la NSA. Sus operaciones eran cada día más numerosas y, consecuentemente, mayor también su presupuesto. Aunque los ingresos procedentes de las cuotas de los miembros constituyentes de la NSA eran más bien reducidos, ésta consiguió el apoyo económico de unas cuantas fundaciones norteamericanas. La mayor parte de los ingresos de la NSA se destinaban a sus operaciones internacionales. La NSA organizaba anualmente seminarios de relaciones internacionales, concedía becas a los estudiantes extranjeros, y aún le quedaba suficiente dinero para los viajes de los miembros de su comisión internacional y de sus representantes en el extranjero. A pesar de la democracia formal de la NSA, eran pocos los contactos entre sus operaciones en el extranjero y sus actividades locales.

En los Congresos de la NSA participaban gran número de estudiantes como delegados de las escuelas miembros. Delegados que apenas si sabían algo de las operaciones realizadas anualmente por los representantes de la NSA en el extranjero. De los asuntos internacionales y de las operaciones del personal internacional de la NSA, se encargaba una élite que con su esotérica experiencia podía manejar a voluntad el resto del Congreso. Los representantes de la NSA en el extranjero y los delegados de la C.E.I. no eran elegidos nunca por el Congreso de la NSA.

La NSA ha mostrado siempre dos caras. Sus programas domésticos, sus congresos y sus reuniones regionales han sido siempre abiertos y espontáneos. Y aunque los dirigentes nacionales de la NSA demostraron de vez en cuando un exceso de precaución, solían hacerse eco de las corrientes de opinión liberales de los estudiantes americanos.

En los años cincuenta, la NSA adoptó posturas mucho más liberales de lo que se hubiese podido suponer a juzgar por la apatía entonces reinante entre los estudiantes. Y a partir de 1960, empezó a contagiarse del ambiente de protesta característico de la vida universitaria  de aquellos años. Apoyó a los estudiantes contra la conscripción, se opuso a la guerra del Vietnam y participó en las luchas en pro de los derechos civiles. Desempeñó un papel decisivo en la formación del Student Nonviolent Coordinating Committee, convirtiéndose en uno de sus más fieles defensores, lo que supuso la afiliación de muchas escuelas en 1961. Sin embargo, muy otra ha sido la imagen de la NSA en el extranjero. A pesar de su retórica liberal, los representantes de la NSA en el extranjero parecían más bien diplomáticos profesionales que estudiantes; había en ellos cierta reserva, casi dureza, que contrastaba desagradablemente con su espontaneidad dentro del país.

A la vista de todo esto, no es extraño que muchas personas, al criticar a la NSA, hayan señalado con sospecha sus operaciones internacionales. Como tampoco lo es el que algunos componentes del ala izquierda de la NSA, como Paul Potter (elegido en 1961 vicepresidente de los asuntos nacionales y, posteriormente, presidente de la organización «Students for a Democratic Sociey»), revelasen que siempre habían sospechado la existencia de unos vínculos especialmente estrechos entre las operaciones internacionales de la NSA y el Departamento de Estado. Pero muy pocos, hasta la fecha, han planteado una cuestión aún más siniestra: las relaciones entre la CIA y la NSA.

  1. I Extraña financiación

Es del dominio público que la CIA tiene unas cuantas fundaciones que utiliza como frentes directos y, a veces, como «conductos» secretos para canalizar su dinero hacia aquellas organizaciones que gozan de su simpatía. Un esquema del radio de acción de esta trama financiera nos la dio el congresista tejano Wright Patman el 31 de agosto de 1964, al anunciar, en el curso de una investigación sobre el empleo de las fundaciones para la evasión de impuestos, que el J. M. Kaplan Fund, de Nueva York, servía de conducto secreto para los fondos de la CIA. Tan pronto como Patman hizo la declaración, varios representantes de la CIA y del International Revenue acudieron a su oficina para celebrar con él una conferencia. Patman estaba, al parecer, satisfecho de los resultados. Sin retractarse de sus alegatos sobre el Kaplan Fund, anunció: «… La CIA no está incluida en esta investigación».

Sin embargo, antes de correr otra vez la cortina del secreto, Patman reveló, por lo menos, un hecho muy significativo. Resultaba que cierto número de Fundaciones habían contribuido al Kaplan Fund durante los años decisivos del 1961 al 63, cuando dicho Fondo estaba al servicio de la CIA. Cinco de estas fundaciones ni siquiera estaban en la lista de las exentas de impuestos del International Revenue Service. Eran éstos: el Borden Trust, el Price Fund, el Edsel Fund, el Beacon Fund, y el Kentfield Fund. De todo lo cual se deducía que alguna de las cinco fundaciones, si no todas, era el canal por el que el dinero de la CIA pasaba a los cofres de la fundación Kaplan.

En una conversación sostenida recientemente con el presidente de una prominente Fundación de Nueva Inglaterra, que prefirió quedar en el anonimato, Ramparts pudo averiguar el sistema por el que la CIA se vale para sus fines de fundaciones legítimas con intereses liberales. «Yo no quería ver mi Fundación arrastrándose por el fango de la CIA. En 1965, dos hombres de la CIA trataron de establecer contacto con nosotros. Pidieron permiso al presidente de la Fundación para examinar la lista de las organizaciones por ella subvencionadas. El presidente les enseñó la lista que habían solicitado, y los agentes de la CIA le comunicaron que había varias organizaciones a las que también ellos querían prestar su apoyo. «Buscamos una alternativa al comunismo y deseamos apoyar los programas de terceras fuerzas, lo que sería imposible si se supiese que este apoyo procede de una fuente gubernamental».

Los hombres de la CIA propusieron entonces subvencionar a algunas de las organizaciones de la lista y sugirieron que podía extenderse este apoyo económico a otras organizaciones.

Los agentes prometieron que, si se aceptase tal arreglo, ellos podían canalizar el dinero de la CIA hasta la fundación, sin que llegase nunca a descubrirse su procedencia. Adujeron que ya tenían bastante experiencia.

Sin embargo, el presidente llevó la propuesta directamente a la junta y ésta rechazó por una mayoría de cuatro a uno. ¿La razón? Según el presidente, «un sentido de la moral muy del siglo pasado. No nos gustaba lo secreto del asunto.»

Los fondos que, según la investigación de Patman, no eran sino canales de la CIA, pueden ayudarnos a comprender el porqué de parte de los ingresos de la NSA. Como se ve, están extendidos por todo el país (Borden, en Filadelfia; Price, en Nueva York; Beacon, en Boston; Kentfield, en Dallas, y Edsel, últimamente, en San Francisco). Un reportero de Ramparts, que se decidió a comprobar las direcciones indicadas por las Fundaciones, se encontró con que muchas veces no se trataba más que de un pequeño despacho de abogado en el que nadie deseaba hablar de los Fondos. Dos Fundaciones que han financiado parte de los programas internacionales de la NSA –la J. Frederick Brown Foundation y la Independence Foundation, han estado recibiendo contribuciones regulares de cuatro de los Fondos relacionados con la CIA: Price, Borden, Kentfield y Edsel. Las fundaciones Frederick Brown e Independence tienen su sede en la misma dirección: 60 State Street, Boston, donde también está ubicada la prestigiosa firma jurídica Hale and Dorr. Paul F. Hellmuth, conocido procurador de Boston y miembros de Hale and Dorr, y David B. Stone, hombre de negocios y filántropo de Boston, son los administradores de la Independence Foundation. Hellmuth sólo administra la J. Frederick Brown Foundation.

De las dos, la J. Frederick Brown es la menos importante como fuente de gran parte de los ingresos de la NSA. Su contribución a la NSA, fue, en 1963, de 3.300 dólares solamente. Al mismo tiempo subvencionó, entre otras organizaciones con intereses en el extranjero, a la «American Friends of the Middle East» (Amigos Americanos del Oriente Medio). En un artículo publicado en «The Nation» (9 de mayo de 1966), Robert G. Sherrill aventuraba la hipótesis de que la «American Friends» tuviese algo que ver con la CIA. Alegato que no negó ningún funcionario de la Administración.

Por lo que respecta a la NSA, la Independence Foundation es el más importante de los dos intereses de Mr. Hellmuth. La Independence fue declarada exenta de impuestos en 1960. Desde entonces, la mayor parte de sus fondos proceden de otros trust y Fundaciones. En 1962, por ejemplo, la Independence Foundation recibió un total de 247.000 dólares, de los que sólo 18.500 procedían de particulares o de corporaciones; el resto era de otras Fundaciones. Y de ese resto, 1.000.000 de dólares constituyen la aportación de los cuatro Fondos citados en la investigación Patman.

Entre 1962 y 1965, la NSA recibió de la Independence 256.483,33 dólares como donativos para sus programas internacionales. La mayor parte de esa suma se utilizó para sufragar los Seminarios Internacionales de Relaciones Universitarias, «extravagancias» anuales que servían como campos de entrenamiento para los futuros dirigentes internacionales de la NSA.

La NSA sigue dependiendo en gran parte de la generosidad de la Independence. El edificio en que está instalado actualmente el cuartel general de la NSA ha sido cedido por quince años y libre de rentas a esta organización.

Poco después de que, en otoño del 65, la NSA se trasladase a sus nuevas oficinas de Washington, un reportero del «Washington Post» que estaba escribiendo, a la sazón, un artículo sobre la NSA, preguntó a su presidente, Phil Sherburne, quién era el que pagaba las rentas del edificio. Sherburne se negó a divulgar esta información. Claro está que aquel velo de misterio en torno a los nombres de los benefactores no nos debe extrañar en absoluto. De hecho, la NSA no ha rendido nunca cuentas de sus ingresos o sus gastos, ni siquiera en sus congresos.

La Independence Foundation ha apoyado las operaciones de la NSA en el exterior por otros medios indirectos. Por ejemplo, concediendo becas a antiguos funcionarios de la NSA, becas por un importe de unos 3.000 dólares anuales. El objeto de estas becas era permitir que ex funcionarios de la NSA actuasen como representantes en el extranjero, lo que les facilitaba los contactos con las uniones estudiantiles de otros países, pudiendo actual, de esta forma, como agentes libres de la NSA.

En teoría, los representantes en el exterior habían de estar destacados en universidades extranjeras, pero solamente en teoría.

La Independence no ha limitado su generosidad a la NSA. En el período entre 1961 y 1965 dicha Fundación gastó más de 180.000 dólares en la financiación de una interesante operación, conocida bajo el nombre de Independent Research Service (Servicio Independiente de Investigaciones). Era esta la organización que les hizo la vida imposible a los organizadores de los festivales mundiales de la juventud, dominados por los izquierdistas, y que se celebraron en Viena (1959) y en Helsinki (1962). El Independent Research Service envió al Festival a una delegación compuesta por varios centenares de americanos jóvenes para contrarrestar a los comunistas. El IRS sufragó los gastos de todos lo delegados y envió a un grupo de jazz, organizó una exposición de famosos pintores americanos y financió un periódico diario, editado en cinco idiomas.

Aunque era postura oficial del Congreso de la NSA no asistir a los festivales de la juventud, varios funcionarios y ex funcionarios sobresalientes de la NSA participaron plenamente en las actividades desarrolladas por el IRS en Viena y Helsinki. Cuando se celebró el Festival de Helsinki era director del IRS Dennis Shaul, que, poco después, fue elegido presidente de la NSA.

Shaul recibió también, en 1964, una de las «becas» de la Independence.

Cuando un reportero de Ramparts preguntó a Mr. Hellmuth por las actividades y las fuentes de ingresos de su Independence Foundation, éste, hombre generalmente muy abierto, se negó a divulgar las direcciones o cualquier otro tipo de información que tuviese algo que ver con el dinero recibido por sus dos Fundaciones. Sin embargo, Hellmuth se explayó sobre su amistad con varios funcionarios de la NSA.

Otra de las Fundaciones que han aportado a la NSA es la de Sidney and Esther Rabb Charitable Foundation, de Boston. Es sorprendente la similitud entre la Rabb Foundation y el J. M. Kaplan Fund. Rabb, al igual que Kaplan, es un hombre de negocios, de origen judío, y muy conocido en los círculos demócrataliberales del país. Se ha podido comprobar que hasta 1963, la Rabb Foundation tuvo solamente una fuente de ingresos: el propio Rabb. Y hasta este año, los donativos procedentes de dicha Fundación fueron mínimos y dedicados, casi en su totalidad, a obras de beneficencia locales.

Pero en 1963, llegaron a la Fundación Rabb dos contribuciones procedentes del Price Fund de Nueva York –una de los fondos a que alude la investigación de Patman, y la otra, de un contribuyente a las Fundaciones J. Frederick Brown e Independence–. Los donativos eran por un importe de 25.000 y 15.000 dólares, respectivamente. Y ese mismo año, la Rabb Foundation hizo, a su vez, dos importantes donativos por las mismas cantidades, precisamente, uno de 25.000 dólares a «Operations and Policy Research Incorporated», organización de estrategia orientada hacia la Guerra Fría; y otro, de 15.000 dólares, a la Fundación Fairfield. La Fairfield ha contribuido, por su parte, en varias ocasiones, a los fondos del Congreso por la Libertad de la Cultura, que según «The New york Times», había sido ya subvencionado en varias ocasiones por la CIA.

Durante 1964 la Rabb Foundation volvió a recibir contribuciones, esta vez procedentes de tres Fondos, y a efectuar después desembolsos de cantidades equivalentes. Recibió 25.000 dólares del Tower Fund e hizo después un donativo de 25.000 dólares también a la International Development Foundation, ente que se ha encargado, entre otras cosas, de la organización, en Latinoamérica, de uniones anticomunistas de campesinos. Participó de forma activa en la República Dominicana durante el periodo de revoluciones de este país. La Rabb Foundation recibió asimismo una contribución por un total de 20.000 dólares, procedentes del Appalachian Fund, y en ese mismo año hizo un desembolso de 20.000 dólares también a favor de la Sociedad Americana de Cultura Africana. Por último, la Rabb Foundation recibió 6.000 dólares del Price Fund, y en el curso del mismo año donó (parece hasta increíble) 6.000 dólares a la NSA, para ayudarla a superar un déficit. En 1965, Rabb hizo, por lo menos, otro donativo a la NSA por valor de 5.000 dólares.

No siempre es fácil obtener información en torno a las Fundaciones que han subvencionado las operaciones internacionales de la NSA. Tomemos como ejemplo a la San Jacinto Foundation. En el pasado, la San Jacinto no sólo ha contribuido con ingentes cantidades de dinero al programa internacional de la NSA, sino que también ha apoyado con sus importantes donativos el programa presupuestario de la ISC. Ha sido, especialmente, generosa, al financiar The Student, publicación de la ISC, editada en cinco idiomas y que se distribuye por todo el mundo, en su calidad de arma anticomunista.

Otro hecho de interés referente a la San Jacinto Foundation es que, al igual que la J. Frederick Brown Foundation, aquélla ha contribuido a los fondos de la organización «Amigos Americanos del Medio Oriente», sospechosa de pertenecer a la CIA.

Sin embargo, nadie en la NSA o en la C.E.I. parece tener la menor idea de lo que es la San Jacinto Foundation, de quiénes son sus directores y de dónde procede su dinero. La San Jacinto, al parecer, ha conseguido evitar los informes que exige la ley a todas las Fundaciones exentas de impuestos. La San Jacinto no está registrada en la oficina de distrito del International Revenue Service, de Austin (Servicio de Rentas Internacional), ni en la secretaría del Estado, de Tejas.

La San Francisco recibe su correspondencia en las oficinas de F. G. O’Conner, situadas en el edificio San Jacinto, de Houston. Mr. O’Conner es secretario de la Fundación. Al ser interrogado sobre la Fundación por un corresponsal de Ramparts, Mr. O’Conner, sesenta y tantos años, pelo blanco, aspecto distinguido, replicó: «Es una Fundación privada y cerrada, nunca quiso ni quiere publicidad».

Pero el principal apoyo de las operaciones de la NSA en el exterior lo ha brindado, desde su fundación, en 1952, la «Fundación para Asuntos de la Juventud y de los  Estudiantes», de Nueva York (FYSA). Esta, a diferencia de la Independence y la San Jacinto, si tiene sus oficinas propias, un equipo de trabajo y una junta directiva extremadamente respetable.

En el curso de los últimos años, la FYSA ha engrosado con cientos de miles de dólares anuales el tesoro de la NSA. La cifra que cubre el periodo desde octubre de 1965 hasta octubre de 1966 es de 292.753,60 dólares. Esta suma incluía un donativo de administración general por un importe anual de 120.000 dólares y la financiación de la revista de la NSA, The American Student, así como la participación de estudiantes extranjeros en los congresos de la NSA, proyectos de asistencia técnica, &c. De estos fondos procedía también la contribución de la NSA a la C.E.I.

Además, la FYSA se encargaba siempre de cubrir cualquier déficit que registrara la NSA y, actualmente, la FYSA sigue concediendo «becas» a ex funcionarios de la NSA para que puedan realizar estudios en el extranjero.

La FYSA es asimismo el principal canal de que se valen los Estados Unidos para apoyar económicamente a aquellas uniones nacionales de estudiantes que gozan de la simpatía de la directiva de la NSA. Y la FYSA ha sido prácticamente la única fuente de apoyo exterior, si se exceptúa a la misteriosa San Jacinto Foundation, con que ha contado siempre la ISC para sus programas. Entre 1962 y 1964, como demuestran los anales de la ISC, estas dos fundaciones solamente (sobre todo la FYSA) aportaron más del 90 por ciento del presupuesto de los programas de la ISC, presupuesto astronómico de 1.826.000 dólares. Sin el apoyo de la FYSA, la ISC sería literalmente impotente en tanto que organización internacional.

El secretario ejecutivo de la FYSA es Harry Lunn, de unos treinta años, alto, de rostro rubicundo y con poco pelo en la cabeza, que, en su época de presidente de la NSA, hizo varias peticiones de donativos a la Fundación que ahora dirige. Lunn negó rotundamente la sugerencia de que su Fundación estuviese encargada de canalizar el dinero que la CIA destinaba a la NSA. Sin embargo, no quiso hacer para esta revista un informe económico.

Terminada su presidencia de la NSA (1954-1955), Lunn formó parte de una delegación enviada por la C.E.I. al Sudeste de Asia. Posteriormente trabajó en el Departamento de Defensa Norteamericano. Después estuvo empleado en la Embajada de USA en París y en la Agency for International Development (Agencia para el Desarrollo Internacional), participando en la preparación de los programas de la Alianza para el Progreso. En 1965 pasó a la FYSA. Lunn tomó parte también, mientras trabajaba en el Departamento de Defensa, en las actividades desarrolladas por el Independent Research Service (un organismo radicalmente anticomunista) en el festival de la Juventud de Viena de 1959.

La carrera de Lunn sirve para explicar las íntimas relaciones existentes entre la NSA, la política estudiantil internacional y la Guerra Fría. Y es vivo ejemplo de un «slogan» que había en el antiguo cuartel general de la NSA en Filadelfia: «El dirigente estudiantil de hoy es el dirigente político de mañana».

III. Una conversación extraordinaria.

La escena: un restaurante, estilo continental, con muy pocas luces en el interior, en la Connecticut Avenue de Washington D. C. Era un mediodía de la tercera semana del mes de marzo del 66 y, en una de las mesas, se estaba celebrando una conversación que iba a dar como resultado la revelación de las infiltraciones de la CIA en la NSA, infiltraciones que habían empezado quince años antes.

En la conversación participaban dos personas. Una de ellas, Phil Sherburne, presidente de la NSA de 1965 a 1966. De constitución atlética, rubio, con gran autodominio, la presidencia de la NSA no era sino la más reciente etapa en su meteórica carrera en el campo de la política estudiantil. Su interlocutor era Michael Wood, veintitrés años, jefe del departamento de desarrollo de la NSA. Wood había hecho también una rápida carrera. Salió del Pomona College como «senior», para trabajar en Watts en pro de los derechos civiles. Uno de los proyectos realizados por él a tal fin llamó la atención de un funcionario de la NSA. En la primavera de 1965, Wood fue nombrado consultor de la NSA para convertirse, al poco tiempo, en director del departamento de desarrollo de la NSA. Además de recaudar fondos para la NSA, Wood ayudó a Sherburne a llevar a cabo nuevos programas, siendo incluso consultado por funcionarios de la Casa Blanca en torno a las propuestas presidenciales de reclutamiento y edad mínima para poder ejercer el derecho de votación. Llegó incluso a recibir una carta de Douglas Cater, ayudante especial del Presidente, en la que le felicitaba por sus excelentes informes.

Wood se había reunido con Sherburne en aquel restaurante de Washington porque estaba preocupado. No había encontrado nada más que obstáculos en sus intentos por recaudar fondos para la NSA. Le había molestado especialmente la falta de interés de los demás miembros del equipo internacional de la Asociación por todo lo referente a la recaudación de fondos de Fundaciones nacionales. Las cantidades de dinero necesarias ascendían muchas veces a cientos de miles de dólares, y, sin embargo, las propuestas sometidas a las Fundaciones que prestaban su apoyo al programa internacional de la NSA se hacían siempre muy a la ligera. Además se quejaba porque el presidente Sherburne negociaba con las Fundaciones sin contar con Wood.

Después de seis meses de aguantar todo esto, Wood le dijo a Sherburne, con el que había intimado bastante, que, o bien se le hacía enteramente responsable del programa de recaudación de fondos, o se vería obligado a dimitir. Fue entonces cuando Sherburne le invitó a un íntimo almuerzo-conferencia. Ahora transcribiremos lo que, según Wood, se discutió en aquella ocasión y en otras subsiguientes:

Sherburne empezó por hablarle a Wood de «ciertos lazos existentes ante la NSA y diversas agencias gubernamentales encargadas de las relaciones internacionales», de todo lo cual Wood no sabía ni palabra. Esta era, le explicó Sherburne, la razón por la que él, Wood, no podía tener enteramente la responsabilidad de las recaudaciones de fondos de la NSA. Wood se mostró sorprendido. «¿Quieres decir la CIA?», le preguntó a Sherburne. Y éste hizo una señal afirmativa con la cabeza. A continuación, Sherburne le dijo a Wood que, en realidad, al nombrarle para el cargo de jefe de departamento de desarrollo tenían que haberle informado de las relaciones entre la NSA y la CIA y que si no lo habían hecho era porque algunos miembros de la NSA, así como los agentes de la CIA, no le consideraban digno de confianza, desde el punto de vista político. Además de haber trabajado en pro de los derechos civiles, Wood había adquirido cierta reputación de radical. Y como no se le podía hablar de las relaciones con la CIA, tampoco era conveniente que supiese ciertas cosas referentes al financiamiento de la NSA.

Sherburne expresó a Wood la esperanza de que todo lo que se había hablado durante el almuerzo quedase entre ellos. Si se lo había contado a Wood era porque no quería que se marchara de la NSA. Más tarde explicó que prefería tener un amigo en quien poder confiar y con quien discutir, mejor que con los otros componentes de la directiva de la Asociación, las relaciones entre ésta y la CIA.

La CIA, dijo Sherburne, había conseguido inmiscuirse por primera vez en las operaciones internacionales de la Asociación en la primera mitad de los años cincuenta. Desde entonces, prácticamente todos los presidentes y los vicepresidentes para asuntos internacionales de la organización habían sabido las relaciones con la CIA y habían aceptado cooperar con ella.

Shetburne dijo también que la mayor pare de las Fundaciones que subvencionaban las operaciones internacionales de la NSA no hacían sino pasar el dinero de la CIA. Más aún, algunas de estas Fundaciones cubrían todos los déficits anuales de la NSA y habían incluso financiado la adquisición, por parte de la NSA, de las nuevas oficinas nacionales de la Asociación en Washington. Esto explicaba todo el misterio en torno a la adquisición y a las rentas de las nuevas oficinas nacionales de la NSA en Washington.

Entre las Fundaciones encargadas de pasar los fondos de la CIA, Sherburne mencionó, según Wood, a la Independence Foundation, a la San Jacinto Foundation, a la Foundation for Youth and Student Affairs (Fundación par Asuntos de la Juventud y los Estudiantes), a la Sidney and Esther Rabb Foundation y a la J. Frederick Foundation. Sherburne no tenía noticia, sin embargo, de que el dinero de la CIA pasase por la Ford, la Rockefeller, la Asia Foundation o por otros grupos financieros de los que la NSA había también recibido subvenciones en el pasado.

Sherburne habló de la injerencia de la CIA en la política estudiantil internacional como de un hecho consumado, arguyendo, al mismo tiempo, que, de todas formas, las subvenciones de la Agencia eran indispensables para la Asociación Nacional y que, aunque no se podía decir que las relaciones con aquélla fuesen precisamente deseables, tenía serias dudas de que la NSA pudiese conseguir por otro lado tan ingentes sumas de dinero como recibía de la CIA. Además la Agencia había prestado su apoyo a muchos programas liberales de la NSA en el extranjero. Por todo lo cual, Sherburne opinaba que la ruptura de dichos lazos traería consigo un desastre económico para la NSA.

La CIA se interesaba casi exclusivamente por los programas internacionales de la NSA. Ninguno de los funcionarios de la NSA que se ocupaban del programa nacional de la Organización tenía nada que ver con la CIA y eran en realidad muy pocos, si es que había alguno, los que tenían noticia de dichas relaciones. Además no resultaba tan difícil mantener secreta su existencia, ya que, desde 1947 hasta 1960, los departamentos nacional e internacional de la NSA estuvieron en dos ciudades distintas.

En el curso de sus frecuentes conversaciones, Sherburne fue dándole a Wood una explicación parcial del argot utilizado por los agentes de la CIA destacados en la NSA para hablar de las relaciones entre ambos organismos en locales semipúblicos. La CIA en la «firma», no utilizándose jamás la palabra Agencia. No se decía que tal persona era un agente sino que era «ingenioso»; y a los que trabajan como burócratas en la Agencia se les llamaba «muchachos». Muchos de los miembros importantes de la NSA tenían apodos especiales. El nombre en clave de Sherburne era Mr. Grants (Mr. Donativos) (por la facilidad con que conseguía siempre los fondos).

Sherburne reveló a Wood que antes de iniciar en el secreto a un funcionario de la comisión internacional de la NSA, la Agencia encargaba a un ex funcionario de la NSA de comprobar si era digno de confianza. Luego se le invitaba a comer en algún restaurante. Sus anfitriones eran siempre alguna de sus compañeros, ya iniciado, y un agente de la CIA. Los contactos de la NSA se establecían siempre con el Departamento de Planificación de la División número 5 de Acción Secreta. De este modo, el «ingenioso» en potencia creía que sus anfitriones no eran sino un compañero suyo y un alumno de la NSA. Durante el almuerzo, éstos le decían que había ciertas cosas que debía saber, relacionadas con las actividades del equipo internacional, pero que como afectaban a la seguridad del país tenía que firmar previamente un voto de «seguridad nacional».

Si firmaba la declaración jurada por la que se comprometía a guardar silencio sobre cualquier información que se divulgase, se le hablaba de las relaciones con la CIA y se le pedía que cooperase.

Todo lo cual implicaba naturalmente que si a cualquier miembro del equipo internacional se le ocurriese decir algo sobre estas relaciones, se le impondría inmediatamente un severo castigo legal. De este modo, los oficiales internacionales no podían admitir la existencia de tales lazos con la CIA, ni siquiera hablando con otros miembros de la NSA, Sherburne fue el que abrió la primera brecha en un muro de silencio que tenía ya quince años.

Para los programas exteriores de la NSA, uno de sus funcionarios «ingeniosos» consultaba con un representante de la Agencia. Y todos los gastos de organización de congresos así como los gastos de viaje de los delegados eran sufragados entonces por medio de las Fundaciones utilizadas por la CIA para canalizar sus donativos.

Tan íntimas eran las relaciones entre la CIA y el programa internacional de la NSA, que la Agencia utilizaba este organismo como instrumento de su política exterior. Un ejemplo lo tenemos en una historia que Sherburne contó a Wood durante una de sus conversaciones. Una vez, siendo ya presidente, Sherburne tuvo que asistir a unas sesiones de la International Student Travel Conference en Estambul. Se había hablado ya mucho en los medios de la NSA sobre un posible contacto bilateral con uniones estudiantiles de los países del bloque soviético. Sherburne pensaba que su viaje a Turquía le daría una buena oportunidad para entablar negociaciones con estudiantes soviéticos, con vistas a posibles intercambios. Sherburne envió un cable a la Unión Nacional Soviética de Estudiantes en el que les comunicaba su asistencia al congreso de Estambul, pidiéndoles permiso, al mismo tiempo, para trasladarse a Moscú  con el fin de reunirse allí con los representantes de la citada organización estudiantil soviética. Pero la CIA se enteró del telegrama de Sherburne y reprendió a éste por no haber consultado antes a la Agencia. Un agente de la CIA le explicó a Sherburne que como para la KGB (la «CIA» soviética), la NSA seguía las directrices del gobierno norteamericano, el gesto de Sherburne podían interpretarlo como un cambio oficial en la política seguida por la CIA en lo referente a contactos estudiantiles bilaterales. Así es que ni siquiera a Sherburne, que era presidente de la Asociación Nacional de Estudiantes de los Estados Unidos, le permitieron tomar medidas diplomáticas sin haber consultado previamente a la Agencia.

La Unión Soviética ha dedicado siempre sumas considerables a los programas de cooperación con grupos estudiantiles, especialmente en los países subdesarrollados. El instrumento de que disponía la CIA para contrarrestar los esfuerzos de los Soviets era la NSA, a través de sus lazos con la International Student Conference. En la Secretaría General de la C.E.I. había siempre antiguos funcionarios «ingeniosos» de la NSA.

Y la NSA, con la ayuda de la CIA, podía desempeñar un papel importante al cooperar con las uniones nacionales de estudiantes de otros países que gozaban de su simpatía. Ninguna otra unión de estudiantes del Mundo Occidental recibe subvenciones como las de la NSA.

La Unión de Estudiantes Canadienses, por ejemplo, trabaja con un presupuesto anual de, aproximadamente, 14.000 dólares, cantidad que procede, en su totalidad, de las cuotas de sus miembros. La NSA, con sus fondos casi ilimitados, pudo llevar a cabo todo un programa de diplomacia exterior.

Desde luego, la CIA se interesaba también por todo tipo de informes secretos. Los «ingeniosos» del equipo internacional de la NSA solían transmitir a la Agencia informes referentes a los dirigentes estudiantiles extranjeros. Toda esta información ayudaba a la CIA a evaluar las tendencias políticas de futuros dirigentes políticos en partes críticas del mundo.

Uno de los argumentos que utilizó la CIA para engañar a la NSA era que no por suministrar este tipo de informes iba a violar la NSA sus principios de política exterior. A la CIA le interesa cualquier alternativa al comunismo en las regiones subdesarrolladas del mundo, aunque la única alternativa sea una izquierda moderada. A los «ingeniosos» de la NSA se les decía que, al trabajar con la CIA, ayudaban al gobierno en el planteamiento de una política exterior cada vez más inteligente.

Así, por ejemplo, un funcionario internacional de la NSA visitó, por encargo de la CIA, a algunos grupos estudiantiles españoles de la oposición. El citado funcionario participó en un mitin de protesta y fue encarcelado por la policía española, que le mantuvo incomunicado durante tres días. Anteriormente, el mismo funcionario había estado en la República Dominicana, poco después de la intervención de Estados Unidos en los sucesos de aquel país. De allí trajo un informe sobre los contactos por él establecidos con estudiantes universitarios que habían participado en la guerra civil luchando al lado de los constitucionalistas.

Para la NSA los lazos con la CIA eran unos lazos muy cómodos. Estas relaciones significaban, ante todo, mucho dinero, y además le daban a uno la impresión de estar realizando una labor importante. Estas relaciones significaban también innumerables viajes por el extranjero, y, lo que es aún más importante, no por su causa parecían renunciar los miembros de la NSA de sus convicciones políticas. Las relaciones con la CIA suponían asimismo algo más personal. Los funcionarios de la NSA conseguían fácilmente prórrogas en el servicio militar. Estas prórrogas, concedidas «por ocupar cargos vitales para los intereses nacionales» solían prolongarse mientras el funcionario trabajaba para la NSA; luego si éste asistía a una Universidad podía conseguir ulteriores prórrogas.

Para la consecución de las mencionadas prórrogas, el presidente de la NSA solía enviar una carta a la oficina local de reclutamiento, en la que les comunicaba que los servicios de tal funcionario eran necesarios y de interés nacional. Estas cartas incluían siempre un párrafo (muy típico en la Guerra Fría) referente a la lucha llevada a cabo por la NSA contra el comunismo: «La NSA es, en gran parte, responsable de la creación y el mantenimiento de la Conferencia Estudiantil Internacional, fundada en 1950 para combatir a la Unión Internacional de Estudiantes dominada por los comunistas. Más de cincuenta países, es decir, casi todos los estados de este lado del Telón de Acero que tienen una unión nacional propia, participan regularmente en los trabajos de la Conferencia».

Durante el año 1965-1966 se produjo una escalada en la guerra del Vietnam, y  los funcionario de la NSA sintieron verdadero pánico al enterarse de que también ellos serían alistados. Sherburne llevó el asunto directamente a la Junta Presidencial de Revisión del Servicio Selectivo y fue a ver también al general Hershey. Resultado: no se reclutó a ningún funcionario de la NSA, fuera o no «ingenioso».

  1. El presidente se rebela

Cuando la CIA se decidió a introducir a Phil Sherburne en el círculo de los «ingeniosos» no sabía lo que le esperaba. Sherburne es un tipo al que no le gusta recibir órdenes de nadie. Y este carácter suyo tan particular provocó muy pronto disputas con los mecenas de la NSA. No sólo rompió Sherburne el secreto de la CIA sino que al mismo tiempo, decidió luchar para conseguir que la NSA tuviese autonomía propia en cuanto a la programación de sus actividades internacionales.

En sus relaciones con la Agencia, Sherburne se mostró en un principio amable, pero, al mismo tiempo, reservado. Aceptaba de buen grado el apoyo económico de la CIA y estaba dispuesto a consultar con ella los asuntos de interés común, pero fue el primer presidente de la NSA que solicitó para sí el control absoluto de los programas internacionales de la Asociación. Antes de Sherburne eran funcionarios de la NSA y agentes de la CIA los que se encargaban conjuntamente de estudiar los programas internacionales-becas, intercambios universitarios, conferencias, &c., &c.

Pero la Agencia opuso resistencia a las reformas de Sherburne e intentó presionarle a través de sus Fundaciones. Por primera vez desde hacía años algunas de dichas Fundaciones. Por primera vez desde hacía años algunas de dichas Fundaciones, como la FYSA y la San Jacinto, tardaron bastante en conceder sus subvenciones. Pero Sherburne respondió al desafío negándose a soltar los fondos (de la FYSA) destinados a pagar las cuotas de la Conferencia Estudiantil Internacional. Por fin se llegó a un compromiso. Sin embargo, según le dijo Sherburne a Wood, en la División num. 5 de Acción Secreta se enfadaron tanto con el joven rebelde que pensaron romper radicalmente las relaciones con la NSA.

Los esfuerzos de Sherburne por conseguir cierto grado de independencia influyeron, sin embargo, en la economía de la NSA. Antes de aquel roce con la CIA cualquier déficit que tuviese la Asociación Nacional de Estudiantes lo cubría inmediatamente la FYSA o cualquier otra Fundación. En el periodo 1962-1963 la NSA registró, tras una desastrosa empresa económica con una cooperativa de libros, un déficit de aproximadamente 70.000 dólares. La NSA apeló primero a la generosidad de sus alumnos, pero apenas si consiguió algo. Sin embargo, con ayuda de varias Fundaciones dependientes de la CIA y de diferentes particulares, la NSA pudo pagar su deuda en un plazo de dos años solamente. Lo mismo ocurrió con los gastos a que dio lugar el traslado de las oficinas de la Asociación a Washington. (Solamente los muebles y otras novedades instaladas allí importaron más de 35.000 dólares.) En aquella ocasión, la FYSA concedió a la NSA un donativo de 15.000 dólares y dos particulares, Thomas Millbank y George Baker le hicieron sendos donativos de 10.000 y 5.000 dólares, respectivamente. Millbank y Baker son dos hombres de negocios establecidos en New York, ambos miembros del Racquet and Tennis Club.

Fueron estos mismos hombres los que, en cierta ocasión, se unieron a la FYSA para conceder una subvención de 18.000 dólares a la C.E.I. con motivo de una conferencia de estudiantes latinoamericanos. Cuando un representante de esta revista le preguntó al señor Millbank por qué se interesaba por la NSA y por la política estudiantil internacional, el citado señor, antiguo asistente del agregado naval en la Embajada norteamericana en El Cairo, no dijo más que: «Eso a usted no le importa» y colgó el teléfono.

Al finalizar un año de relativa independencia, Sherburne se encontró con un déficit de aproximadamente 35.000 dólares, que nadie parecía dispuesto a subsanar. Y el déficit continúa. A la «firma» no le gustan los hijos rebeldes.

Después de un año de disputas con la CIA, Sherburne se dio cuenta de que era completamente imposible mantener para con aquélla una postura, al mismo tiempo, independiente y cordial. En un intento por conseguir nuevos fondos que liberasen a la NSA de su dependencia económica de la CIA, Sherborne se decidió, en julio de 1966, a hacer una visita al vicepresidente Humphrey. Humphrey había demostrado siempre gran cordialidad hacia La NSA. En 1965 había pronunciado un discurso en el Congreso Nacional de la Asociación. Era además la segunda vez que Sherburne se entrevistaba con él. Sherburne le contó al vicepresidente todo lo referente a las relaciones de su organización con la CIA y a la crisis económica de aquélla.

Humphrey le prometió que trataría de conseguir, para la NSA, otras fuentes de subvenciones que fueran independientes.

Humphrey mantuvo su promesa y escribió, entre otros, a Roger Blough, presidente del Sindicato del Acero estadounidense; a David Rockefeller, del Chase Manhattan Bank, y a Henry Ford.

En una de las cartas (la enviada a Roger Bough), Humphrey escribía:

«Me ha impresionado favorablemente el trabajo desarrollado en el curso de los últimos años por la Asociación Nacional de Estudiantes. Conozco muy bien a los funcionarios de la Asociación.

Como ocurre siempre con organizaciones de este tipo, la NSA ha sufrido continuas crisis económicas.

Creo que esta organización podrá encontrar un apoyo en el sector privado, que le permita continuar su trabajo independientemente y con el mejor espíritu de iniciativa privada.

A pesar de la intercesión de Humphrey, la NSA no consiguió «del sector privado» más que unos pocos centenares de dólares. Así es que la NSA participó en el Congreso de 1966, con el déficit aún a sus espaldas y sus relaciones con la CIA peor que nunca. Sin embargo, Sherburne rechazó las repetidas sugerencias de Wood en el sentido de que debía hacer una ponderada declaración pública sobre las relaciones entre la NSA y la CIA.

A pesar de esto, Sherburne había realizado ya notables progresos en lo referente a la liberalización de la NSA. Por primera vez en el curso de varios años, se eligieron funcionarios nacionales de la NSA completamente ajenos los lazos con la CIA. Lo único que preocupaba a los nuevos funcionarios era lo que sabían del pasado de la organización, así como su enorme déficit económico, porque resultaba que los amigos de Humphrey en el sector privado no estaban tan interesados en apoyar a la NSA como lo había estado hasta entonces una parte no pública de ese mismo «sector público».

  1. Epitafio para una travesura

Después de aquel primer año de travesuras con la CIA, Phil Sherburne fue a estudiar derecho a la Harvard Law School. Estaba en Cambridge cuando Ramparts le llamó, a principios del mes pasado, para ver cómo reaccionaba a las revelaciones de Mike Wood. «Preferiría no decir nada hasta que tenga tiempo de leer el artículo detenidamente… –dijo en voz baja–. Creo que el artículo debería discutirlo la presente administración de la NSA y que es preferible que lo que deba decir lo trate antes con ellos». Cuando le preguntaron que si había firmado una declaración jurada, contestó, después de una pequeña pausa, que de momento no quería hacer ningún comentario.

Sherburne estaba sujeto a enormes presiones, no sólo por lealtad permanente hacia la NSA, sino también por parte de la CIA. Esta organización se había vuelto rabiosamente contra él por haber hablado a Wood, y trataba de intimidarle para que desmintiese públicamente la historia de Wood.

Hacia mediados de enero, los oficiales de la NSA y Sherburne se enteraron de que Michael Wood había pasado su información a Ramparts. Sherburne llamó a Wood para que fuese a verle a Boston y allí intentó durante todo un día convencerle para que se retractara. Luego, ambos se trasladaron a Washington, en donde, durante cuatro días más, discutieron encarnizadamente el asunto con dos de los oficiales nacionales de la NSA, un miembro de la directiva de la NSA y un antiguo vicepresidente de asuntos nacionales de la organización. En las conversaciones celebradas en Washington, los oficiales de la NSA intentaron convencer a Wood por todos los medios para que no transmitiese la información a esta revista. Wood se negó a ello, instando, por el contrario, a los oficiales a confirmarla públicamente para que de este modo quedase a salvo la dignidad de la NSA. Los oficiales no quisieron comprometerse.

Siguieron dos semanas de acaloradas disputas y reuniones urgentes en el cuartel general de la NSA. Oficiales de la NSA visitaron a varios alumnos famosos de la organización, entre ellos a Douglas Cater de la Casa Blanca, para pedirles consejo. Por lo menos uno de los oficiales fue a la Agencia directamente. El funcionario de la CIA con quien estableció contacto era un antiguo presidente de la NSA. En la Agencia ocupaba un cargo en el Departamento de Asuntos Internacionales. En cierto momento, reunido todo el equipo, se les habló de las afirmaciones de Wood, negándose categóricamente su veracidad. Se sugirió, por el contrario, la hipótesis de que Wood había inventado esta historia para vengarse de la NSA; tras haber perdido el puesto de director de Desarrollo. Finalmente, fue convocada otra reunión en la que, esta vez sí se admitió la veracidad de lo divulgado por Wood. Mientras tanto, en la costa occidental, dos redactores de Ramparts hablaban con Ed Schwartz, vicepresidente de Asuntos Nacionales de la NSA. Este estuvo trabajando en Berkeley en la clandestinidad como negociador y consejero político durante la crisis universitaria californiana provocada por el despido de Clark Kerr. Parece ser directa e irónica consecuencia de la política de la Guerra Fría, el que Schwartz tuviese que abandonar sus actividades liberales en Berkeley y cruzar la Bahía para discutir la cooperación entre su organización y la CIA. En ningún momento de aquella larga y agotadora discusión nocturna con Schwartz negó éste la existencia de tales relaciones entre la NSA y la CIA. Sin embargo, arguyó que la revelación de tales lazos podría ocasionar a la NSA más daños que beneficios. Luego parece que dijo algo así como que además perdería su prórroga en el servicio militar. Días más tarde, otro redactor de Ramparts mantuvo en Washington una conversación casi idéntica con otros dos oficiales de la NSA. Esta conversación se desarrolló en el cuartel general de la NSA, nuevo edificio de ladrillo de cuatro pisos, estilo colonial, en un tranquilo barrio residencial de la ciudad. Sobre la mesa del presidente, Gene Groves, había una fotografía dedicada de Hubert Humphrey. Con Groves estaba Rick Stearns, vicepresidente para Asuntos Internacionales. Durante la conversación, ni Stearns ni Groves negaron que no hubiesen habido relaciones en el pasado, entre la NSA y la CIA, pero sostuvieron que todas las subvenciones actuales procedían de fuentes legales y, sin embargo, en el actual presupuesto de la NSA figuran donativos procedentes de la FYSA por valor de 56.673,30 dólares. Cuando le preguntaron a Sterns si negaba rotundamente que hubiese habido contactos con la CIA durante su mandato, éste movió la cabeza negativamente. Stearns y Groves mantuvieron que la revelación de las relaciones habidas con la CIA tendrían un efecto desastroso para la NSA. Ello les pondría e un tremendo apuro político. Si admitían públicamente la existencia de dichas relaciones, la imagen de la NSA quedaría desacreditada dentro y fuera del país, y ellos perderían así la oportunidad de recibir préstamos de otras instituciones del gobierno. Además, la directiva de la NSA temía también que la CIA quisiese vengarse del agravio. Habiendo callado todo lo referente a la CIA desde el instante en que fueron elegidos para ocupar cargos en la dirección de la NSA, se pusieron en acción para minimizar los efectos de la revelación pendiente. El presidente de la Asociación Nacional, Gene Groves, se trasladó en avión a Leiden, para allí entablar conversaciones urgentes con los líderes holandeses de la ISC. Groves volvió convencido de que la NSA tenía que confirmar sus relaciones con la CIA, pero, a propuesta de sus colegas de Leiden, darían la menor cantidad posible de detalles.

Siempre ha habido entre los americanos mayores de edad cierta simpatía hacia el trabajo realizado por esos jóvenes de la Asociación Nacional de Estudiantes de Estados Unidos. A la NSA parecía caracterizarla, al mismo tiempo, el idealismo de los organizadores de comunidades, el de los activistas de la FSM y el de los miembros del Peace Corps, todo ello unido al sentido práctico propio de los jóvenes ejecutivos.

La cualidad que los miembros de la NSA más estimaban en esta organización era su independencia, especialmente su independencia de los controles gubernamentales. Era ésta la cualidad que distinguía a la NSA de otras organizaciones similares en el mundo comunista. Esta cualidad era en parte real, pues ninguno de los estudiantes miembros sabía que la NSA tuviese conexión con la CIA.

Fueron muchos los argumentes expuestos por la directiva de la NSA a favor de que las relaciones entre la CIA y la NSA siguiesen manteniéndose en secreto, y muchos otros argumentos similares sirvieron para reprochar a Michael Wood por haber divulgado esta información. De todas las razones expuestas por Steans y Groves al editor de Ramparts, en Washington, la más dramática, repetida una y otra vez, es la siguiente: Si se publicase la historia no se perjudicaría sólo a la NSA sino también a la CIA. La División num. 5 de Acción Secreta no se dedicaba, después de todo, a asesinar a izquierdistas sino que apoyaba a grupos liberales como la NSA, grupos con programas internacionales que podían servir perfectamente como modelo de intercambios culturales de diferentes países.

Puede que la NSA fuese anticomunista, pero nadie podía afirmar que su anticomunismo fuese más militante o más mezquino que el del americano medio. No, en absoluto. Y de este modo, la revelación de los lazos existentes entre ambas organizaciones, perjudicarían al ala culta liberal e internacional de la CIA. Los congresistas conservadores, como L. Mendel Rivers, del House Armed Services, suprimirían instantáneamente los fondos destinados a altos fines y los partidarios de la línea dura habrían demostrado tener razón al afirmar que la Agencia no debería dedicar grandes sumas de dinero para ayuda de los estudiantes liberales, sea cual sea la información que pueda recibir a cambio. Este enfermizo y tortuoso razonamiento orwelliano no necesita explicación. Sin embargo, es extraordinario y aterrador que pudiesen formularlo fácilmente los jóvenes liberales de talento que dirigen la NSA. Se podría pensar que la idea de un «ala ilustrada» de la CIA es obviamente contradictoria. Sin embargo, la aceptación y el apoyo de esta idea por parte de toda una generación de estudiantes indica bien a las claras qué profundas raíces ha echado la corrupción en nuestra sociedad y cuánta deshonestidad se tolera con el pretexto de la Guerra Fría.

Sol Stern
Con la colaboración especial de Lee Webb, Michael Ansara y Michael Wood. 

Un epílogo…

Decidí divulgar esta historia después de infinitos titubeos. Phil Sherburne, cuya confianza personal he traicionado, era un amigo íntimo. Aunque disentíamos en muchas cosas, especialmente en el modo de tratar con la CIA, creo que actuó con una dignidad poco frecuente entre aquellos que conocían los hechos cuando llegó la hora de poner fin a las relaciones de la NSA. Además, yo sigo teniendo fe en la NSA y siento aún un profundo respeto por la postura progresista que ha adoptado esta organización en el mundo universitario a lo largo de los últimos veinte años.

Durante largo tiempo la Asociación Nacional de Estudiantes ha defendido una «Universidad libre en una ciudad libre». Sus resoluciones en materia de libertades políticas y sociales son de extraordinaria calidad. Es además tradicional su incondicional apoyo a una democracia abierta y libre y su defensa de las libertades civiles ha sido siempre extraordinariamente firme. Sin embargo, debido a sus relaciones con la CIA, los dirigentes de la NSA han estado saboteando esos principios durante quince años.

Esta historia es sólo un ejemplo de la corrupción de la CIA. Cuando supe por primera vez de las infiltraciones de la Agencia en la NSA me enteré al mismo tiempo de que la CIA se había estado infiltrando igualmente en otras organizaciones. Algunas se mencionan en este artículo, pero muchas son las que han tenido que ser omitidas. En una época en la que la única vía de acceso que tiene el hombre medio a los altos centros en donde se toman todas las decisiones, es a través de las instituciones privadas, es vital para el buen funcionamiento de una democracia que sus deseos tengan una acogida favorable en estas organizaciones. El espectro que representa la infiltración de la CIA en las instituciones domésticas horrorizará sin duda a todos aquellos para los que una libre discusión es elemento esencial de una democracia representativa. Todos aquellos que trabajamos para la NSA en el curso de 1965-66 experimentamos una extraña sensación de liberación personal. A pesar de estar comprometidos en muchos de los movimientos universitarios y políticos del momento, gozábamos de completa libertad de movimiento en las esferas más altas del poder establecido. Si bien es verdad que los que ocupaban los puestos de mando no simpatizaban siempre con nuestros fines, no por eso dejaban de escucharnos y, a veces, hasta lográbamos convencerlos. Todos nosotros nos sentíamos ciudadanos con plenos derechos y pedíamos actuar con toda libertad sin necesidad de comprometer nuestros principios. Aquella movilidad y aquella capacidad de influencia eran propias de cualquier unión nacional de estudiantes y cuando me enteré de que esta influencia había sido comprada mediante un compromiso tan tremendo, tuve conciencia de lo impotentes que éramos en realidad.

Por lo doloroso que es siempre discutir públicamente cuestiones tan escabrosas, muchas veces he pensado que hubiera sido mejor que no hubiese nunca sabido la verdad. Y sin embargo, eludir la verdad, por dolorosa que ésta sea, equivale a actuar irresponsablemente. En honor a la verdad sea dicho, no obstante, que ha habido siempre miembros de la comisión internacional de la NSA ignorantes por completo de dichas relaciones. Desgraciadamente, no podemos defenderlos a todos ellos y así, muchos tendrán quizá que sufrir las consecuencias de los actos pasados de la NSA. Quisiera aclarar, sin embargo, que Gregory Dehn, Gilbert Kulick y Marcia Casey no sabían absolutamente nada de dichos lazos. Estoy seguro también de que la señora Isabel Marcus Welsh, vicepresidente para los asuntos internacionales en el periodo 1959-60, ignoraba todo lo referente a dichas relaciones.

Para los miembros de la NSA que, como yo durante algún tiempo, sabedores de los lazos con la CIA, prefirieron callar, las peores consecuencias son de índole moral. Tan sólo un número muy reducido de los miembros de la directiva de la NSA eran acérrimos y cínicos partidarios de la Guerra Fría, a los que agradaba el trabajo con la CIA. El resto, sin embargo, eran fervientes liberales a los que dolía tener que trabajar para dos amos. Estoy seguro que todos ellos han sentido, de vez en cuando, dentro de sí mismos el conflicto moral provocado por la discrepancia entre sus actos y sus principios liberales.

Quizá lo peor para ellos haya sido la necesidad de ocultar siempre algo en presencia de aquellos funcionarios de la NSA que ignoraban la existencia de aquellas relaciones y verse obligados a inventar continuamente embustes, a presentar excusas y a eludir cualquier pregunta comprometida. Quizá resulte sencillo para un profesional de la CIA que cree sinceramente en un anticomunismo a toda costa, reprimir, sin ocasionar con ello perjuicios demasiado graves, ese instinto básico de la juventud, la franqueza para con los amigos. Pero para el funcionario medio de la NSA, perteneciente a una generación que trata instintivamente de desenmascarar la hipocresía, el compromiso resulta doloroso en extremo. Muchos han llegado a sufrir las más angustiosas formas de esquizofrenia emocional, parte, todo ello, del tributo humano a una operación cínica y anónima del espionaje internacional.

Michel Wood
San Francisco. Febrero 1967

…Y un juicio

En la novela con clave Los Mandarines, de Simone de Beauvoir, hay un pasaje en el que el Departamento de Estado trata de «ayudar» a Henri Perron (en el que se ha querido ver a Camus), ofreciéndole el papel necesario para la publicación de su revista, con la única condición de que ésta se mantenga en una línea independiente y neutralista. Perron rechaza la «ayuda», pues piensa que lo que intentan es impedirle que critique los métodos fundamentales de la política exterior americana. Para proteger y salvaguardar su libertad rechaza también la ayuda proviniente de fuentes comunistas. Pero los dioses juegan con los hombres y con sus ideales y así, durante algún tiempo, la revista recibe subvenciones de un hombre que ha robado oro a dentistas que colaboraron con los nazis. Es difícil vivir en el mundo con las manos limpias, quizá porque somos egocéntricos y sobreestimamos siempre nuestro propio trabajo. Nuestros proyectos son para nosotros siempre más importantes que las razones por las que las iniciamos. Por ejemplo, no consta en Tora ni en la Constitución que las instituciones educativas tengan que convertirse forzosamente en frentes del gobierno, en fuentes de toda esa retórica característica de la Guerra Fría y en fábricas de bombas de hidrógeno. Los dirigentes de la NSA no tenían por qué aceptar el dinero. Nadie les obligó a ello. Sin embargo, para el joven graduado universitario de hace quince años, que fuese al mismo tiempo «dirigente estudiantil», no había nada tan embriagador como el verse requerido por la CIA para cooperar con ella en el Gran Esfuerzo Nacional. Por otra parte, éste era el camino del éxito: viajes, diversiones, dinero y puestos en el gobierno o en las Fundaciones. Para los dirigentes estudiantiles de mi generación (es decir, de hace diez años aproximadamente) era en verdad un camino seguro para triunfar en la vida. ¿Y qué ocurrió? Que se convirtieron en instrumentos de la Guerra Fría.

He tratado de averiguar qué razones pueden haber inducido a la CIA a apoyar a una organización estudiantil americana. Después de todo, cuesta mucho trabajo y dinero montar organizaciones como los frentes que solían utilizar los comunistas para conseguir sus propósitos. Como mejor se puede llegar a comprender los móviles de la CIA al obrar de ese modo, es considerándola por encima de todo una institución comercial que compra, alquila y vende a las personas. Sin embargo, después de examinar los motivos y propósitos de la CIA vemos que hay en todo ello un fondo de inmoralidad tan grande como en la operación de la Bahía de Cochinos, en los sobrevuelos de U-2 y en el asunto de Guatemala.

Nos queda la triste realidad de un generación que intentó corromper a los jóvenes, comprándolos y alquilándolos a voluntad. (Ahora que se ha abierto una pequeña brecha, ¿no deberíamos obligar a la CIA a que nos rinda cuentas de sus fondos? ¿Cuánto dinero se embolsan los propios funcionarios de la Agencia?) Nos queda también la realidad de miles y miles de jóvenes americanos que participaron en conferencias en los más lejanos países del globo y que estudiaron con becas de la NSA, y que, sin saberlo, fueron miserablemente utilizados por la CIA como agentes.

Además, ¿cómo vamos a presentarnos ahora ante todas aquellas naciones que nos creyeron cuando dijimos que nuestras organizaciones estudiantiles eran «libres» y, por lo tanto, diferentes de los grupos juveniles dirigidos por los comunistas? La CIA debe disculparse ante los inocentes universitarios de la última generación.

Mareus Raskin
Director asociado del Institute for Policy Studies.

 Tomado de  http://www.filosofia.org/hem/dep/tfo/9670304a.htm

so-stern

Sol Stern (1935), el autor fundamental de esta investigación, es un periodista norteamericano de polémica trayectoria.

HASTA AQUÍ EL POST DEL AUTOR DEL BLOG.

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