SI DESEMBARCA EL EJÉRCITO NAZI, NOS SUICIDAMOS. LEONARD A VIRGINIA WOOLF

El marido de Virginia Woolf, judío, propone a la escritora suicidarse juntos si desembarca finalmente el ejército nazi

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                            Virginia Woolf

Tomado de NEORRABIOSO

Entreactos y Anon fueron tentativas de cribar del tesoro de Inglaterra las acumulaciones del pasado y de transportarlo hasta el presente. Necesitaba, pues, mirar hacia el futuro. Era algo difícil cuando la invasión parecía inminente. Rodmell distaba tan sólo tres millas de Newhaven, donde el noveno ejército alemán hubiera desembarcado de haberse llevado a cabo la “Operación León Marino”. Mientras escribía con fruición en el curso del año 1940, Virginia tuvo que concordar con el temor de Leonard de una ocupación alemana. “Lo menos que podría esperar como judío es “una paliza””, le dijo Leonard. Ella sabía que la mujer de un judío sería enviada a un campo de concentración, pero no encontró otra respuesta que un débil asentimiento a los planes desesperados de Leonard.

“No tendría sentido esperar”, dijo él. “Cerraríamos la puerta del garaje y nos suicidaríamos.” Su primera idea fue que murieran asfixiados, y con ese propósito preparó una provisión de gasolina. En junio compró a Adrian Stepehen una cantidad de “veneno protector” (una dosis letal de morfina).

“No”, escribió Virginia del primer pacto de suicidio. “No quiero que mis ideas acaben en el garaje. Deseo vivir diez años más y escribir mi libro [Entreactos], que como de costumbre revolotea en mi cerebro.” El plan de Leonard era para ella “un final insulso de sentido común; no es comparable a un día de paseo y luego a una velada de lectura ante el fuego”. Se nos antoja extraño que en 1940 fuera Leonard quien propusiera el suicidio a una Virginia bastante refractaria. Él le confesó que, desde alrededor de 1938, la muerte se había convertido en una obsesión.

Virginia contestó que si él moría ella no tendría deseo de vivir. “Pero hasta entonces considerar la vida ¿qué? ¿Excitante? Sí, creo que sí.” Alentó a Leonard para que aceptara esto. Hasta la muerte podría cambiarse “en una experiencia emocionante, como el matrimonio en la juventud”. El placer de su felicidad mutua seguía estimulando su apetito de vivir.

“¿Cuál crees que es probablemente el momento más feliz de toda la vida?”, preguntó a una amiga, Bobo Mayor, como si hablara para sí, y continuó: “Yo creo que es el momento en que una pasea por su jardín, quizá recogiendo unas cuantas flores muertas, y de repente piensa: Mi marido vive en esa casa. Y me ama.”

LYNDALL GORDON, Virginia Woolf: Vida de una escritora, Seix Barral, Barcelona, 1986, traducción de Jaime Zulaika, págs. 352 y 353

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