MARIO ROMEU. SILVIO RODRÍGUEZ

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Mario Romeu

SILVIO RODRÍGUEZ / SEGUNDA CITA

Para Belinda, Mayito y Rosalía.

Cuando transcurría mi último año de servicio militar, que fue en la revista Verde Olivo, se apareció en mi unidad Guillermo Rosales, un amigo escritor de mis tiempos en el semanario Mella, y me hizo pedir permiso para ausentarme del mando.  El me había prometido llevarme a casa de “una muchacha que hace canciones, como tú”.

No recuerdo si agarramos una guagua o fuimos a pie. El lugar de destino hacía esquina en 17 y D, en el arbóreo barrio de El Vedado. Había que subir desde la calle hasta un amplio portal para llegar a la puerta, que estaba abierta. Guillermo tocó por cortesía, pero entró con confianza porque su familia y la de esa casa eran viejas amigas. La amable señora que nos recibió se llamaba Rosalía. Nos invitó a sentarnos y nos dijo que enseguida llamaba a su hija.

La muchacha que apareció era una adolescente delgada, con el pelo partido en dos por una raya que parecía un camino perfecto en un trigal, y se sentó recatadamente en un sofá que había a la derecha de la puerta de entrada. No recuerdo las presentaciones. La mamá de la chica, la única persona mayor de la escena (y aclaro que en realidad no era tan mayor), nos dejó solos a los jóvenes. Belinda, que así se llamaba la muchacha, evidentemente era tan tímida o más que yo y, luego de frases retraídas de ambas partes, sacó una guitarra y me la puso en las manos y me pidió que cantara alguna de mis canciones.

Por supuesto, yo iba vestido de militar y con mis enormes botas rusas. Y como una habichuela verde enroscada en si misma, al principio con vergüenza pero cada vez embullándome más, como solía sucederme, empecé a dejar salir lo que iba recordando: algunos temas recientes, como Quédate, y otros de unas semanas atrás, como En busca del tiempo perdido o El viento eres tú.

Cuando llevaba un rato cantando, detrás de Belinda se asomó un hombre de unos cuarenta años, algo escaso de cabellos y con unos brillantes ojos azules, que me soltó sin más: “Y esas canciones que tu cantas ¿de quién son?”… Aquella pregunta me congeló. Y antes de responder que las canciones eran mías, mi acelerada cabecita se dijo como en vértigo: ¿será que se parecen a otras canciones?, ¿será que yo las he escuchado y no son más que plagios?… ¿será…? Pero aún así me atreví a decir que mis canciones eran mías, o cuando menos yo pensaba que lo eran.

Y aquel señor bastante alto y gentilmente intimidante, después se disculpó: dijo que estaba en camiseta porque tenía un problema en la columna, porque se había tirado en un catre tieso al que acudía siempre que estaba en crisis. Decía esto y se sentaba frente a un piano que había en el rincón más alejado de sala, y allí empezó a tocar, una tras otra, las canciones que yo acababa de cantarle a su hija, canciones que apenas había escuchado mi madre, mis amigos más cercanos y algunos compañeros de armas que no tenían más remedio que soportarme en mis lamentables noches de encierro. Al final, se volvió hacia mi y me dijo: “Ya sé que en esta parte no era exactamente así. ¿Qué acorde era?, ¿este o este?…”

Aquel señor, según supe después, se llamaba Mario Romeu y era conductor de la orquesta de la radio y la televisión, además de director musical de varios de los programas televisivos más importantes del momento.

Después de esa noche, aquel genio increíble acabó aprendiéndose algunas de mis canciones mucho mejor que yo, y descubriéndoles adentro criaturas que yo no imaginaba que llevaban. Y no mucho después, cosa que no me canso de contar, acabó sentándome ante las cámaras de la televisión, gesto supremo que selló mi suerte.

Mario, vástago de la portentosa familia Romeu, había sido un niño prodigio que ganó una beca en un exquisito instituto musical norteamericano, a donde lo mandaron sus padres, hasta que unos meses después no soportó la soledad y se apareció en La Habana. Frank Fernández me contó que cuando estuvo en Cuba Víctor Merzhanov, el gran instrumentista y pedagogo ruso, quedó prendado de la excelencia pianística de Mario y hasta quiso llevárselo a Moscú.

Su proverbial miedo escénico solo le permitía tocar en público envuelto en sombras, como cuando hacía aquel extraño programa en contrastado blanco y negro que dirigía Cardentey: “En el atardecer”, donde Mario inventaba atmosferas insólitas desde un órgano Hammond. Tiempo después me lo encontré en el club nocturno Imágenes, haciendo brillantes y solitarias tandas. Más de una vez me propuse llevar una pequeña grabadora, pero no me atreví.

Hace unos pocos años Belinda un día me lo trajo a Ojalá, para con el pretexto de probar el piano grabarle algunas cosas. Hicimos varias sesiones, pero no se encontraba a gusto, o acaso sospechaba lo que le estábamos haciendo y pasaba de súbito de un tema a otro, o terminaba abruptamente las ideas que había comenzado. En ese sentido Mario Romeu fue un genio inatrapable. Sin embargo nada le complacía más que rememorar cualquier melodía para una visita súbita, como las que yo mismo acostumbraba.

Anoche Mario se nos fue. Según algunas cuentas tenía 92 años. Para mi tenía siglos; para mi todavía los tiene y seguro anda por algún discreto rincón del universo, llenándose de música como un gran agujero luminoso tragador de energías, preparando nuevos deslumbramientos desde su fértil timidez.

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