ENFERMOS DE PODER. JOSÉ LUIS ESTRADA BETANCOURT

JOSÉ LUIS ESTRADA BETANCOURT / JUVENTUD REBELDE

Cersei Lannister (Lena Headey).

Ella está convencida de que, como regla, el juego limpio no existe en la política. Algo que también saben muy bien los poderosos que hoy gobiernan el mundo, especialistas en aparentar una cosa y hacer otra: hablan de paz y promueven guerras imperiales; acusan a quienes, según afirman, violan los derechos humanos y potencian un sistema económico que se alimenta de la miseria a la que someten a la mayor parte de la humanidad. Y ni se inmutan.

A esas alturas de la primera temporada de Juego de Tronos pensábamos que la afamada serie de HBO no podría tener otro protagonista que Ned Stark (Sean Bean), el Señor de Invernalia y por demás Mano del rey Robert Baratheon. Apenas podíamos imaginar cuán equivocados estábamos. Ver su cabeza clavada en una pica, después de rodar ensangrentada ante la mirada risueña del aborrecible Joffrey Baratheon (Jack Gleeson), nos empezaba a señalar que esta ficción inspirada en las novelas de George R.R. Martin, y creada por David Benioff y D.B. Weiss, tendría mucha tela por donde cortar.

Samsa Stark (Sophie Turner) junto al bastardo Jon Snow (Kit Harington). Foto: Juventud Rebelde

De hecho, Benioff se apresuró a aclararles a aquellos que entonces se mostraron decepcionados: «Si solo estás viendo la serie por Ned Stark, entonces no estoy muy seguro de qué serie estás viendo», les dijo, e insistió: «Es crucial para nosotros crear un mundo en el que estás constantemente sintiendo miedo por lo que les va a pasar a los personajes. Esa fue nuestra experiencia leyendo los libros».

Y ahora mismo el lector que ya me siguió en mi pasado artículo sobre Juego de Tronos, titulado Cualquiera puede morir, se preguntará a fe de qué este regreso mío sobre el asunto, si antes en aquel afirmé que lo mejor era no encariñarse con ningún personaje en este exitazo lleno de sorpresas debido a los constantes giros del guion de la complicada historia que arrancó en 2011 y ha acaparado atenciones, entre muchas otras razones, por la hábil manera en que aquí se mezclan intrigas políticas con terror, drama, fantasía y suspense con cine bélico e histórico; y que hace honor a la violencia y en lo absoluto es pacata a la hora de adornar con sexo en abundancia no pocas escenas.

La Khaleesi Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) junto a los terribles dothrakis.

Asimismo resalté la extraordinaria producción (totalmente cinematográfica), que no ha escatimado recursos en los momentos de rodar en localizaciones exóticas para recrear escenarios fantásticos pero creíbles, de realizar vestuarios muy cuidados, de utilizar efectos especiales de última generación… Igual reconocí la eficiencia de las actuaciones, pero quedó un tema que abordarlo en estas páginas tal vez resulte interesante: la trama narrativa de Juego de Tronos es una reflexión moderna sobre la esencia del poder (cómo en la lucha por obtenerlo el terror, la violencia, la mentira y/o el dinero se convierten en sus aliados), su legitimidad y los mecanismos para hacerse de él y conservarlo.

El mismo caso del ya mencionado patriarca de los Stark puede servir para intentar explicarme. En esa primera temporada que Ned no logró sobrevivir, sostiene una conversación con el representante de la casa Baratheon, la cual habla a las claras del rol fundamental que ejerce el terror en esta serie que comienza a desarrollarse tiempo después de que Robert, vinculado a los Lannister por su matrimonio con la reina Cersei, se ha situado al frente de los Siete Reinos, después de encabezar la revuelta de una coalición de nobles que desplazó del trono a la dinastía Targaryen.

En dicho diálogo el rey le pide a su Mano que asesine a Daenerys Targaryen (Emilia Clarke), para evitar que dé a luz un descendiente de Khal Drogo (Jason Momoa), líder de los terribles dothrakis, pero Ned se niega. Su honor no le permite matar a una mujer embarazada, a lo cual Robert le dice: «Tengo siete reinos que gobernar. ¿Crees que el honor los mantiene a raya? ¿Crees que el honor mantiene la paz? Es el miedo. El miedo y la sangre».

Era evidente que Ned Stark tenía que morir, alguien como él se las vería complicada en un mundo lleno de intrigas y conspiraciones, en donde su honor y lealtad no tendrán cabida. Una dura verdad sobre el precio del honor y de la moralidad en un mundo donde no todos poseen valores que nos puedan llenar de orgullo, intentaba explicarles Weiss a quienes se quedaron con la boca abierta. «No es un simple mensaje de redención, donde te sacrificas y lo salvas todo. Muchas veces el sacrificio termina siendo inútil», reafirmaba el reconocido showrunner, tomando como patrón la vida misma.

Para cuando Ned Stark dejó de existir en Juego de Tronos, ya hacía rato que al rey Robert le habían arrebatado la vida. Como ya sabemos, justo fue ese el detonante del nudo argumental principal de esta producción televisiva que cuenta con una legión de seguidores en las redes sociales. Se iniciaba un largo período de inestabilidades y guerras en un Poniente cuya sociedad respira bajo la sombra del miedo: aprensión por el crudo y mortal invierno que se avecina, y porque desconoce qué le puede esperar más allá del Muro. Aquí los protagonistas no escatiman medios para asirse al poder. Todo vale. Son personajes magníficamente diseñados, cuyos caracteres pueden definirse por el modo como se lo disputan.

En ese camino, Juego de Tronos también resulta muy interesante, por el gran impacto social que puede ejercer a la hora de interpretar el sentido y origen del poder (incluso mucho más que cualquier ciencia política) en su creciente ejército de fans. Los televidentes han podido apreciar, por ejemplo, que el sádico y despótico rey Joffrey Baratheon creyó que podía continuar con sus atrocidades confiado en que sería eterno en el Trono de Hierro, porque se sentía representante legítimo del poder, y terminó fatal. Muy distinto a lo que le ha sucedido a la Khaleesi Targaryen, quien pronto interiorizó que la legitimidad no da el poder, sino el hecho de contar con ejércitos poderosos y armas destructivas (los dragones) que utilizar cuando sea necesario sin pensarlo dos veces. Daenerys, quien conoce lo que significa el yugo y se «olvidó» de la pureza de su sangre, tomó conciencia de que para sobrevivir es imperioso tener el mando, convertirse en líder, aunque se halle en el bando de quienes quieren acabar con las cadenas. Su poder nace de su indignación por la injusticia.

Mientras tanto, la ambiciosa y frecuentemente antipática Cersei (fabulosa en su papel Lena Headey) se ubica en el lado opuesto de Khaleesi. También inteligente, hermosa y sensual como aquella, tiene su principal atributo en su capacidad camaleónica, en ese don suyo de poder adaptarse a lo que venga, de crear su propio mecanismo de resistencia. Bueno, la verdad es que la asiste otro igual de significativo: no se da el lujo de desaprovechar ninguna oportunidad para desatar intrigas políticas, para manipular a su antojo a quien atrapa con sus encantos y de controlar a su modo muy particular el Trono de Hierro.

Cersei, que puede ser supercruel con Samsa Stark (Sophie Turner) o con su hermano Tyrion (Peter Dinklage), el diferente, el «gnomo» que al nacer provocó la muerte de su progenitora, sin embargo, es una madre que lucha hasta con los dientes por sus hijos. Y ahí radica otro de los «secretos» de la acogida de Juego de Tronos: en esta atractiva serie (que a veces se dispersa o se pierde por el exceso de subtramas) la historia no está dividida entre el bien y el mal, sino que el enfrentamiento se produce entre personajes que consiguen conectarse con los espectadores, pues se les parecen.

Cersei Lannister (Lena Headey).

Ella está convencida de que, como regla, el juego limpio no existe en la política. Algo que también saben muy bien los poderosos que hoy gobiernan el mundo, especialistas en aparentar una cosa y hacer otra: hablan de paz y promueven guerras imperiales; acusan a quienes, según afirman, violan los derechos humanos y potencian un sistema económico que se alimenta de la miseria a la que someten a la mayor parte de la humanidad. Y ni se inmutan.

Rumores

Muchos pensaban que Jack Gleeson se había traumatizado con su personaje del despiadado rey Joffrey cuando anunció su retiro de la actuación tras su salida de Juego de Tronos, pero en 2015 se supo que el actor se estaba ocupando del montaje de su propia compañía de teatro. Al parecer, informa el sitio www.culturaocio.com, Gleeson quería retirarse sobre todo de la fama.

HASTA AQUÍ EL POST DEL AUTOR DEL BLOG.

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