NORMAN MAILER. EL NEGRO BLANCO. LUIS HDEZ. NAVARRO, JUAN FORN

EL NEGRO BLANCO

norman-mailer-2NORMAN MAILER / DDOOSS

Probablemente nunca seremos capaces de determinar el deterioro psíquico que los campos de concentración y la bomba atómica han ocasionado en el inconsciente de casi todos los que estamos vivos en estos años. Por primera vez en la historia de la civilización –tal vez por primera vez en toda nuestra historia–, nos hemos visto forzados a vivir bajo la inhibición de las más pequeñas facetas de nuestras personalidades y con la menor proyección de nuestras ideas, o verdaderamente, en un vaciamiento tal con respecto a nuestras ideas y personalidades que quizás acabe condenándonos a morir como una cifra en una vasta operación estadística en la cual todos nuestros dientes están contados, nuestro pelo a salvo, pero nuestra muerte es anónima, deshonrosa, irrelevante; ya no una muerte que podría esperarse con dignidad como posible consecuencia de las acciones que hemos cometido, sino una muerte deux ex maquina en una cámara de gas o en una ciudad radioactiva. Así, en el centro mismo de la civilización, la civilización fundada sobre la urgencia faustiana de dominar a la naturaleza al adueñarnos del tiempo y por ende, adueñarnos de los vínculos de causa y efecto, en el medio de una civilización económica fundada en la confianza de que el tiempo podría verdaderamente ser sometido a nuestra voluntad, nuestra psiquis fue a su vez sometida a la ansiedad intolerable que sostiene que si no hay razón para morir, tampoco la hay para vivir, y que el tiempo, privado de relaciones de causa y efecto, finalmente va a llegar a su fin.

La Segunda Guerra Mundial puso un espejo frente a la condición humana que cegó a todo aquel que se mirase en él. Por cada diez millones de bajas en los campos de concentración bajo la inexorable agonía y las contracciones de súper estados basados en la siempre insoluble contradicción de la justicia, uno se vio obligado aún a ver que no importaba qué tan derruida y pervertida pudiera devenir, a imagen del hombre, la sociedad que éste había creado, que de manera alguna se asustaba de su creación, de su creación colectiva (al menos su creación colectiva pasada); y que en suma, si la sociedad era tan criminal, ¿quién podría ignorar entonces las cuestiones más ocultas de su naturaleza?

Es peor. Uno apenas puede mantener su valor en tanto individuo y hablar con voz propia; los años en los que uno podía aceptarse complacientemente como parte de una élite al ser radical se han ido para siempre. El hombre intuyó que cada vez que disentía, se le enviaría una notificación de que sería convocado en cualquier año de crisis. No te preguntes luego qué fueron los años de la conformidad y la depresión. El miedo fétido ha salido de cada poro de la vida norteamericana y sufrimos una crisis colectiva de valor. El único valor, con raras excepciones, que hemos atestiguado fue el valor aislado de la gente aislada. 

II

Es en esta desolada escena que el fenómeno tuvo aparición: el existencialista norteamericano, el hipster, el hombre que sabe que si nuestra condición colectiva es vivir bajo el miedo de una muerte instantánea a causa de la guerra atómica, muerte relativamente rápida desde un Estado visto como universconcentrationnaire, o muerte lenta por la conformidad que sofoca todo instinto rebelde y creativo, si el destino del hombre del siglo XX es vivir con la muerte desde la adolescencia hasta la madurez, por qué entonces no iba a ser la única respuesta esperanzadora aceptar los términos de la muerte, vivir en su inminente peligro, divorciarse de la sociedad, existir sin raíces e iniciarse en el viaje no ordinario de los imperativas rebeliones del ser. En suma, tanto si la vida es criminal como si no lo es, la decisión es despertar al psicópata dentro de uno mismo, explorar ese dominio de la experiencia donde la seguridad es aburrimiento y consecuentemente, enfermedad, y al uno existir sólo en el presente, en ese enorme presente sin pasado ni futuro, recuerdos o planes, la vida es la de un hombre que debe seguir hasta ser abatido (“beat”), vida en la que apostar sus energías frente a las grandes y pequeñas crisis de valor y en la que las inesperadas situaciones que hostigan cada uno de sus días todo se reduce a estar en ello (“withit”) o a verse condenado a no moverse (“to swing”). La esencia impermanente del Hip, su brillantez psicopática, se estremece con el conocimiento de que las nuevas victorias que incrementan su poder son consecuentemente nuevas formas de percepción; y así, las derrotas, las nuevas derrotas, atacan su cuerpo y aprisionan su energía hasta encarcelarlo en la atmósfera de los hábitos que no le son propios, en las derrotas ajenas, en el aburrimiento, la desesperación tranquila y la furia helada y muda de la autodestrucción. Uno ha de ser “Hip” o “Square” –alternativa que cada nueva generación que se adentra en la vida americana está empezando a sentir–, uno es rebelde o uno se conforma, uno es un fronterizo en el lado más salvaje de la noche norteamericana o es una celda cuadrada (“Square”), atrapado en el tejido totalitario de la sociedad, condenado a la fuerza del conformismo que lo catapulte al éxito.

Una sociedad totalitaria ejerce demandas enormes en el ánimo de los hombres, y una parcialmente totalitaria ejerce aún más grandes demandas con el fin de que la ansiedad general crezca. Verdaderamente, si uno se persigna en ser un hombre, es frecuente que todas las acciones convencionales precisen de un ánimo desproporcional, de modo que no es accidental que la fuente del Hip sea el Negro ya que éste ha vivido en la frontera lindera entre totalitarismo y la democracia durante dos siglos. No obstante, la presencia del Hip en tanto filosofía proletaria de los submundos de la vida norteamericana se debe al jazz y su aguda entrada en la cultura, su subliminal pero penetrante influencia (en algunos casos consciente, en otros por ósmosis) sobre la generación de la vanguardia, aquella generación de aventureros de la post-guerra que absorbiera la lección de disgusto y desilusión que trajeron los años veinte, la Depresión y la Guerra. Al compartir una descreencia colectiva frente a las palabras de aquéllos que tenían ya demasiado dinero, ya demasiado control, juzgaron igualmente poderoso el descreer en la monolíticas ideas del hombre común, la solidez de la familia y el respetable amor por la vida; y si bien el antecedente intelectual de esta generación podría ser trazado a partir de las más diversas influencias –desde D.H Lawrence y Henry Miller hasta Wilhelm Reich– fue la filosofía de Hemingway la que se creyó más viable: en un mundo fatal –como Hemingway lo dijera una y otra vez–no existe amor ni caridad ni piedad ni justicia a menos que un hombre sepa mantener su valor. Pero aún más precisamente, sería el imperativo categorial hemingwayano de que aquello que te hace sentir bien es, consecuentemente, El Bien, lo que encajara mejor en la necesidad del nuevo aventurero.

Así que no hay duda de que en ciertas ciudades de Norteamérica, como New York, New Orleans, Chicago, San Francisco y Los Ángeles, como en otras ciudades “norteamericanas” como París y México D.F, iba conformándose una nueva generación atraída por lo que el Negro tenía para ofrecer. Y en lugares como Greenwich Village se completaba este ménage-a-trois: el bohemio y el delincuente juvenil se encontraban cara a cara con el Negro. Así el hipster se hizo realidad en la vida norteamericana. Si la marihuana era el anillo de bodas, el primogénito era el lenguaje del Hip, cuyo argot daba forma a estados y sentimientos abstractos que todos eran capaces de compartir, o al menos todos aquellos que fueran Hip, y en esta boda del blanco con el Negro, era éste último quien aportaba la dote cultural.

Todo Negro que se empeñe en sobrevivir ha de hacerlo bajo el peligro desde sus primeros días y ninguna experiencia se le antoja casual; de hecho, ningún Negro puede pasearse tranquilamente por la calle sin la certeza real de que la violencia no habrá de visitarlo en su paseo. Los cameos de seguridad del blanco promedio –la madre, el hogar, la familia, la posición– no constituyen de ninguna forma una broma para el Negro; solamente le son imposibles. El Negro, en suma, tiene la más simple de las alternativas: o bien vivir una vida de humillación permanente o bien ofrecerse al peligro de por vida. En un momento en que la paranoia es tan vital para la supervivencia como la sangre, el Negro debe sobrevivir y crecer siguiendo la necesidad de su cuerpo allí donde le es posible. Al saber en la cárcel de la existencia que la vida es la guerra y nada más que la guerra, el Negro –salvo excepciones– raramente puede costearse las sofisticas inhibiciones de la civilización, de modo que dirige su supervivencia hacia el arte de lo primitivo, vive en el inmenso presente, subsiste por la emoción de otro sábado por la noche, abandona los placeres de la mente por los obligatorios placeres del cuerpo, y en su música le da voz al carácter y a la calidad de su existencia, a su furia y a las infinitas variaciones de alegría, lujuria, languidez, contracción, estremecimiento y desesperación del orgasmo. Si el jazz es el orgasmo, la música del orgasmo, del buen y del mal orgasmo, y si se expresa a través de toda la nación y tiene el poder de comunicar incluso allí donde se lo corrompe, se lo perturba y hasta se lo suprime, si habla sin importarle en qué registros populares para describir estados de existencia instantánea a los que algunos blancos puedan responder, “yo lo siento, así que tú lo sientes también”, se trata definitivamente de un arte de la comunicación. De esta manera, una nueva raza de aventureros se abría paso, aventureros urbanos que naufragaban en la noche buscando la acción a través del código de los negros. El hipster había absorbido la sinapsis existencialista del Negro y desde un punto de vista práctico, podía ser considerado como un Negro Blanco.

Para ser existencialista, uno debe ser capaz de sentirse a sí mismo -uno debe conocer su propio deseo, su propia ira, su propia angustia; uno debe conocer el motivo de la frustración de su deseo y saber cómo satisfacerlo. El hombre civilizado puede sólo ser existencialista al forjarse un estilo y abortar ese mismo estilo en la presencia de uno nuevo. Para ser un verdadero existencialista (Sartre, por cierto, admite lo contrario) uno debe ser religioso, ser consciente de un “propósito” –sea cual fuere–; pero una vida dirigida por la fe de uno en la necesidad de acción no es sino una vida confinada a la idea de que el substractum de la existencia es la búsqueda –el misterioso aunque significativo fin–, de modo que es imposible vivir una vida de estas características a menos que las emociones de uno actúen con profunda convicción. Sólo los franceses, alienados más allá de la alienación de su propio inconsciente, pudieron percibir una filosofía existencial sin haberla conocido en absoluto: verdaderamente, sólo un francés, al declarar que la inconsciencia no tiene lugar, puede darse a explorar las delicadas involuciones de ella, la microscópica aunque inefable sensualidad de las frissons del devenir mental, con el objeto de crear luego una teología del ateísmo y en consecuencia aceptar que en un mundo de absurdos, el absurdo existencial es el más coherente.

En el diálogo entre un místico y un ateo, el ateo se posiciona del lado de la vida racional, de la vida no dialéctica, ya que, al concebir la muerte como vacío, no puede desear nada más que más vida, pese a cuán extraño y desesperado pueda esto parecer; su orgullo se afinca en no trasponer su debilidad y su fatiga espiritual en un anhelo romántico para con la muerte, ya que el aprecio por la muerte lo conduciría a elaborar en su imaginación un universo fundado en una estructura de sentido y, consecuentemente, de cierta orquestación moral. No obstante, la virilidad de este argumento puede significar bastante poco para el místico. El místico puede aceptar la descripción del ateo en su debilidad, puede estar de acuerdo en que su misticismo es una respuesta a la desesperación, pero en última instancia, él, el místico, revelaría que ha escogido vivir con la muerte, que la muerte es su experiencia, mientras que el ateo, al evitar la ilimitada dimensión de un profundo desamparo, se vio incapaz de juzgarla de esta manera. La verdadera discusión que el místico debe siempre afrontar es la intensidad de su visión particular y el valor de su argumento depende precisamente de la intensidad de esta visión ya que le ha sido tan extraordinaria que lo privó de toda racionalidad, de todo “océano de sentimientos”, y ciertamente, supo alejarlo de cualquier reducción escéptica que pudiera explicar lo que para él se ha convertido en una realidad aún más real que aquella que sostiene la razón lógica. Su experiencia interior con respecto a las posibilidades de la muerte es su propia razón lógica y al igual que para el existencialista, el psicópata, el santo, el torero y el amante, el denominador común es la ardiente consciencia del presente, o más exactamente, la incandescente consciencia frente a las posibilidades que la muerte ha despertado en todos ellos. Existe ciertamente un agravante de desesperación en aquella condición que incapacita al ser al resistirse al compromiso de la muerte, pero su consuelo no es sino el conocimiento de que aquello que ocurre en cada momento del presente pueda ser bueno o malo, bueno y malo para su causa, para su amor, su acción, su necesidad.

 Este conocimiento es el que alimenta el sentimiento curioso de estar en el mundo del hipster, un callado y especial despertar religioso, sin duda. Pero el elemento que se nos aparece excitante, perturbador y atemorizante quizás, es que los incompatibles han quedado atrás, se han ido a dormir, y que la vida interior y la vida violenta, la orgía y el sueño del amor, el deseo de matar y el deseo de crear, toda una nueva concepción dialéctica de la existencia con cierto gusto por el poder, una oscura, romántica e innegablemente dinámica postura frente a la existencia se abre paso concibiendo a cada hombre y a cada mujer en tanto individuos en movimiento en cada momento de la vida hacia la evolución o bien hacia a la muerte.

III

Tal vez nos resultaría fructífero considerar al hipster como un psicópata filosófico, un hombre interesado no sólo en los riesgosos imperativos de su psicopatía, sino también en codificar, al menos para sí mismo, los supuestos en los que se construye su propio universo interior. Siguiendo esta premisa, el hipster es un psicópata y, a la vez, la negación del psicópata ya que posee el dejo narcisista del filósofo, esa propensión por ahondar en sus motivaciones personales, la cual es ajena al manejo irracional del psicópata. En un país que forja unos nueve millones de psicópatas por año, moldeados en nuestra contradictoria cultura popular –en la que el sexo es el pecado y el paraíso a la vez–, pareciera que hubiese ya lugar para el desarrollo de un psicópata antitético que extrapolara desde su propia identidad, desde la certeza íntima de sentir justa su rebelión, una visión radical del universo que lo separase consecuentemente de la ignorancia general, de los prejuicios reaccionarios y del dubitar del psicópata convencional, habiendo convertido la experiencia inconsciente en conocimiento consciente, el hipster trasladó el foco de su deseo de un gratificación inmediata hacia una amplia pasión en favor de un poder futuro, poder que es la marca del hombre civilizado. Resiste, no obstante, una diferencia irreductible. La clave, para el Hip, reside en la sofisticación de una cultura primitiva en una jungla gigante, y en su atractivo, lo cual está más allá del hombre civilizado. Si hay unos diez millones de norteamericanos que son más o menos psicópatas (y la cifra es apenas modesta), probablemente haya muchos más de cien mil hombres y mujeres que se vean conscientemente como hipsters; pero su importancia reside en su potencial implacable en tanto élite y en un lenguaje que la mayoría de los adolescentes pueden entender instintivamente ya que la intensa visión de la existencia del hipster apunta a la experiencia y al deseo de rebelarse.

Antes que digamos algo más sobre hipster, obviamente hay bastante que decir acerca del estado psíquico del psicópata -clínicamente, la personalidad psicopática. Por razones que sean aún más curiosas que el parecido de las palabras, muchas personas de orientación psicopática confunden a menudo al psicópata con el psicótico. Los términos, sin embargo, son polos opuestos. El psicópata es legalmente insano, el psicótico no lo es; el psicótico es casi incapaz de descargar mediante un acto físico la rabia de su frustración mientras que el psicópata, llevado a su extremo, es virtualmente incapaz de reprimir su violencia. El psicótico habita en un mundo tan brumoso que aquello que está sucediendo en cada momento de su vida no le parece real, en tanto que el psicópata rara vez conoce algún otro tipo de realidad más que el rostro, la voz, el ser mismo de la gente entre la que se encuentra en todo momento. Sheldom y EleanorGlueck lo describen de la siguiente manera:

(…) el psicópata puede ser distinguido de la persona que se desliza o que escala hacia un estado verdaderamente psicopático por la larga y dura persistencia de su actitud antisocial, su comportamiento y la ausencia de alucinaciones, desilusiones, ráfagas de manías, confusión, desorientación y otros dramáticos signos de psicosis.

Robert Lindner, uno de los expertos en la materia, en su libro Rebelde sin causa. Hipnoanálisis del psicópata criminal, presenta parte de su definición así:

(…) el psicópata es un rebelde sin causa, un agitador sin slogan, un revolucionario sin programa; en otras palabras, su rebeldía se dirige a lograr metas que le sean satisfactoriamente personales; es incapaz de esforzarse por el bien de los demás. Todos sus esfuerzos se ocultan detrás de cualquier disfraz para satisfacer sus deseos y anhelos inmediatos. El psicópata, como un niño, no puede postergar los placeres que lo gratifican; éste es uno de los rasgos más característicos que lo describen. No puede esperar la gratificación erótica que convencionalmente se cree que debería preceder al acto de matar: él debe violar. No espera obtener prestigio alguno en la sociedad: sus ambiciones egoístas lo conducen a saltar a los titulares mediante actos atrevidos. Como un hilo rojo, este predominio en el mecanismo de la satisfacción inmediata corre a lo largo del historial de todo psicópata y explica no sólo su comportamiento, sino también la naturaleza violenta de sus actos.

Pero incluso Lindner, quien fuera el más imaginativo y aún el más compasivo de los psicoanalistas que estudiaran la personalidad psicopática, no estaba listo para proyectarse a sí mismo en lo más profundo de la compasión –la cual designaría al psicópata verazmente como a un pervertido y peligroso enclave de este nuevo tipo de personalidad que pudiese convertirse en la expresión central de la naturaleza humana antes del fin del siglo XX. Para que el psicópata pueda poner por encima de la violencia y el amor que la civilización nos ha demandado las inhibiciones contradictorias que lo afectan, y a su vez recordar que no todo psicópata constituye un caso extremo, que la condición psicopática se presenta en un sinfín de personas incluyendo políticos, soldados, columnistas de diarios, presentadores, artistas, músicos de jazz, prostitutas, homosexuales promiscuos y la mitad de los ejecutivos de Hollywood, la televisión y la publicidad, debe considerarse que hay aspectos de la psicopatía que son producto de una determinada influencia cultural.

Lo que caracteriza casi a la totalidad de los psicópatas es que intentan crear en sí mismos un nuevo sistema nervioso. Generalmente, nos obligamos a actuar dentro de un sistema nervioso que fue conformándose desde la infancia y que acarrea, en el interior de su circuito, las contradicciones de nuestros padres y de nuestro medio. Por tanto, muchos de nosotros, somos obligados a compaginar el tempo del presente y el del futuro con los reflejos y ritmos que recibimos del pasado. No se trata solamente del “peso muerto de las instituciones del pasado”, sino verdaderamente del ineficiente y a menudo anticuado circuito nervioso del pasado que asfixia todo nuestro potencial de respuesta frente a las nuevas posibilidades que podrían estimular nuestro crecimiento personal.

A lo largo de la historia moderna, la “sublimación” fue posible: a expensas de expresar sólo una pequeña parte de nuestro ser, éste podía expresarse con intensidad. Pero la sublimación depende de un razonable tempo histórico. Si la vida colectiva de toda una generación se ha movido demasiado rápidamente, el “pasado” por el que los hombres y las mujeres de esa generación funcionan no es, digamos, de una extensión de treinta años, sino de unos cien o doscientos años estimativamente. Es así que el sistema nervioso se tensiona bajo la posibilidad de ciertos compromisos de sublimación, especialmente desde que los requisitos para la sublimación de los valores de clase media han sido destruidos en nuestro tiempo, al menos en tanto valores que nos conformen libres de dudas o confusiones. Frente a tal crisis de aceleración de los tiempos históricos y el deterioro de valores, la neurosis tiende a ser reemplazada por la psicopatía y el ascenso del psicoanálisis (que sólo unos diez años atrás ya prometía convertirse en una fuerza directa superior) ha disminuido dada su incapacidad congénita para lidiar con pacientes más complejos, más experimentales y más atrevidos que los que suponía el análisis mismo. En la práctica, el psicoanálisis al día de hoy no ha devenido más que una suerte de hemorragia. El paciente no cambia con el tiempo y las fantasías infantiles que se le piden exteriorizar, están condenadas a agotarse frente a la reacción sin respuesta del analista. El resultado para muchos pacientes es una disminución, un apesadumbramiento de sus vicios y sus cualidades más interesantes. El paciente, de hecho, no percibe un cambio sino una prevención –logra ser menos bueno, menos malo, menos brillante, menos voluntarioso, menos destructivo, menos creativo. De esta manera, llega a conformarse con la intolerable sociedad contradictoria que hubo de crear su neurosis en un principio. No puede más que conformarse con el asco, ya que no posee la pasión para sentir asco con intensidad.

El psicópata, notoriamente, es difícil de analizar ya que la decisión fundamental de su naturaleza es intentar vivir su fantasía infantil, y en esta decisión (dada la alternativa del psicoanálisis) hay buena parte de conocimiento instintivo.

Existe así una dialéctica para el cambio de naturaleza, la dialéctica que impone todo método psicoanalítico: el conocimiento de que, con el fin de cambiar los hábitos del momento, se debe volver a la fuente de su creación; así es como el psicópata explora en retrospectiva el camino del homosexual, del obseso, del drogadicto, del violador, del ladrón, e intenta rastrear ejes paralelos a la violencia y a las contradicciones sin sentido que frecuentemente se conocen siendo niño. Al enfrentar una situación paralela a la que atraviesa, tiene la oportunidad de actuar como nunca lo había hecho antes y, en caso de satisfacer la frustración, debe pasar al sustituto simbólico que supone la cárcel del incesto. Dejando que se exprese el niño interior, puede aliviar la tensión de los deseos infantiles y liberarse para recomponer su sistema nervioso al menos un poco. Al igual que el neurótico, el psicópata busca una oportunidad para volver a crecer, pero sabe instintivamente que expresar un impulso prohibido de manera activa es mucho más beneficioso que meramente confesar el deseo en la seguridad del consultorio médico. El psicópata es básicamente ambicioso, tanto como para cambiar su retorcida y brillante concepción de una posible victoria en vida por algo lúgubre, si siente el agotamiento calmo que produce el diván del analista, de manera que su viaje de asociaciones al pasado vive en el teatro del presente, y el sujeto existe sólo para esas ampulosas situaciones en las que sus sentidos están tan vivos que puede estar activamente consciente de lo que son sus hábitos hasta incluso llegar a avizorar la forma de cambiarlos. La fuerza del psicópata consiste en que sabe (mientras la mayoría de nosotros podemos sólo presumirlo) lo que es bueno y lo que es malo para él en esos instantes en los que un viejo y atroz hábito ha sido de tal manera atacado por la experiencia que su potencial se presta a cambiarlo, reemplazando un miedo vacío y negativo de acción exterior aun si –y aquí obedezco a la lógica del psicópata extremo– el miedo es hacia sí mismo y la acción, el asesinato. El psicópata asesina –si tiene el coraje de hacerlo– más allá de la necesidad de purgar su violencia, ya que es al no poder vaciar su odio que no puede amar, y su ser se congela tras una implacable cobardía autodestructiva. (Por supuesto, huelga decir que hace falta cierto coraje en dos bravucones de dieciocho años para llegar a golpear a un kiosquero, pero verdaderamente el acto –incluso bajo la lógica del psicópata– no trae aparejado para con la víctima una terapéutica que nos haga considerarlo igual a la psicopatía. De todas maneras, es necesario cierto coraje, pero no sólo para que uno llegue a asesinar a un débil viejo de cincuenta años, sino también para violar una institución o una propiedad privada, entrar en conflicto con la policía y así meter en nuestra vida un peligro hasta entonces inédito. El bravucón, por tanto, desafía lo desconocido, de modo que no importa qué tan brutal sea el acto, nunca es enteramente cobarde.)

En suma, el drama del psicópata es la búsqueda de amor. No la búsqueda del amor en un individuo, sino de un orgasmo siempre más apocalíptico que el anterior. El orgasmo es su terapia y sabe dentro de su ser que un buen orgasmo abre el camino y un mal orgasmo lo obstaculiza. Pero en esta búsqueda, el psicópata se convierte en la encarnación de las extremas contradicciones de la sociedad que hubo de formar su carácter y es el orgasmo apocalíptico el que a menudo se muestra tan remoto como el mismo Santo Grial, ya que todo tipo de tapujos de violencia anidan en su propia necesidad y en los desquites que existen en los hombres y mujeres entre los que vive su vida. De modo que, aun desagotando su odio en un acto u otro, las condiciones de su vida vuelven a restablecer su odio hasta que el drama de su accionar cobra un parecido casi irónico con un rana que intenta saltar fuera del pozo sólo para luego volver a caer en él.

Algo resta decirse acerca de la búsqueda del buen orgasmo: cuando uno vive en un mundo civilizado y aun así no puede disfrutar del néctar cultural de él, ya que las paradojas en las que se ha fundado exigen que se sostenga una reserva inculta y alienada de material humano explotable, la lógica de devenir un marginado sexual (si las raíces psicológicas de uno yacen en esa reserva) consiste en que uno tiene al menos la oportunidad de competir por no ser psíquicamente insano en tanto se mantenga vivo. Por tanto, no es accidental que el psicópata sea aún más común que el Negro. Detestado por su medio y, en consecuencia, detestado por su propia persona, el Negro se vio forzado a explorar la moral salvaje de la vida civilizada que el Square condena alternativamente delincuencial, malvada, inmadura, mórbida, autodestructiva o corrupta. (En realidad, los términos tienen igual peso. En dependencia del lente cultural con el que el Square sostenga su universo, lo “malvado” y lo “inmaduro” se ven como términos de condena igualmente fuertes.) Pero el Negro, al no verse privilegiado de gratificar su autoestima con la embriagadora satisfacción de una condena categorial, escoge moverse en cambio en otra dirección en la que todas las situaciones son idénticamente válidas, y en la peor de las perversiones, en la promiscuidad, en el mundo proxeneta, de la drogadicción, la violación, los navajazos y la rotura de botellas, el Negro descubre y elabora una moralidad de los confines, una diferenciación ética entre el bien y el mal en cada actividad humana, desde el buscavidas (opuesto al vago) hasta el poco fiable traficante o la prostituta. Agreguen a esto el ingenio del lenguaje, las abstractas y ambiguas alternativas por las que, dado el peligro de la opresión, han aprendido a hablar (“Bueno, ya, hombre, estoy buscando una gatita que me caliente”) y agreguen además la profunda sensibilidad del Negro jazzman, quien fuera el mentor cultural del pueblo, lo que ayuda a creer que el lenguaje del Hip, cuya evolución se da desde la astucia y se forma a través de una experiencia intensa, logra apartarse del argot blanco que hubo de conformarse entre los soldados de igual manera, al punto de poder diferenciar en el énfasis de palabras como “ass” o “shit” los diversos estados de ánimo del hombre enrolado. Lo que hace especial al lenguaje del Hip es el hecho de que no puede enseñarse dado que si uno no comparte ninguna de las experiencias de euforia o agotamiento de las que se vale para describir, parece ser meramente vulgar o irritante. Se trata de un lenguaje pictórico, pero pictórico en tanto arte subjetivo, imbuido de una dialéctica de pequeños pero intensos cambios, un lenguaje del microcosmos, ya que asume las experiencias inmediatas de cada hombre que pasa y magnifica la dinámica de sus movimientos, no específica sino abstractamente, de modo que pueda verse más como un vector en una red de fuerzas que como un personaje estático en una campo de cristalizaciones (el cual es el punto de vista del snob). Pero tomemos por caso, hay una dificultad enorme en tratar de encontrarle un substituto hip a la palabra “Stubborn” (tenaz, terco). Lo mejor que podría ocurrírseme sería: “Esa gata nunca se saldrá del surco, viejo”. Pero surco implica movimiento, pero sin desplazamiento alguno. Realmente no hay manera de describir a alguien que no se desplaza en absoluto. Incluso un cretino ha de hacerlo, aún con los movimientos más exasperantes de los gatos más fríos.

IV

Como los niños, los hipsters van detrás de los dulces y su lenguaje es una colección de indicios sutiles hacia el éxito o hacia el fracaso en la búsqueda del placer. Tácita aunque obvia es la sensación social de que no hay suficientes dulces para todos. De modo que los dulces están destinados al victorioso, al mejor, al hombre que más sabe sobre cómo hallar su energía y cómo no perderla. El énfasis está puesto en la energía dado que el psicópata y el hipster no son nada sin ella y que no tienen la protección de una posición o clase con la que contar cuando ha ido demasiado lejos. El lenguaje del Hip es enérgico, cómo hallar y cómo no perder la energía. Pero veamos. Mientras que yo he anotado quizás una docena de palabras, el Hip probablemente las haga durar con un mínimo de variación. Las palabras son man, go, put down, make, beat, cool, swing, with it, crazy, dig, flip, creep, hip, Square. Todas sirven para una larga variedad de propósitos y el matiz de la voz es el matiz conveniente a la situación para diferenciar contextos sutiles. Si el hipster se mueve a través de la noche y a través de su vida en una constante búsqueda y vislumbre de una Mecca a través de diversas experiencias (Mecca en tanto orgasmo apocalíptico) y si todos quienes habitan en el mundo civilizado son al menos en un pequeño grado lisiados sexuales, el hipster vive con el conocimiento de dónde puede hallarse sexualmente lisiado y dónde sexualmente vivo, y las facetas de la experiencia por las que la vida se le presenta se comprometen cada día, se desligan o se abortan tanto como sus necesidad y su humanidad lo prevén posible. Dado que la vida es un concurso en el que generalmente el victorioso se recupera rápidamente y el perdedor tarda en sanar, surge una competición de exploradores que colisionan permanentemente, competición en la que uno debe avanzar o bien pagar el precio de seguir siendo el mismo (pagar con enfermedad, depresión, angustia por la oportunidad perdida) pero siempre pagar o avanzar.

Por tanto, uno encuentra palabras como go (“sigue”) o makeit (“hazlo”) o withit (“en ello”) y swing (“moverse”): “Go“, en el sentido de que, luego de horas o días o meses o años de monotonía, aburrimiento y depresión, uno tiene finalmente su oportunidad, ha acumulado suficiente energía para enfrentarse a ella con todo el talento necesario para arrojarse (“flip”) hacia arriba o hacia abajo; uno ya está listo para ir (“go“), listo para apostar. El movimiento siempre es preferido frente a la inacción. En él, el hombre tiene una oportunidad, su cuerpo se calienta, sus instintos se agilizan y cuando la crisis llega -en forma violenta o afectiva- puede hacerlo (“makeit“), puede ganar, puede liberar un poco más de energía ya que se odia un poco menos, puede mejorar su sistema nervioso, puede intentarlo una vez más, más rápido esa próxima vez, con más ímpetu, y así hallar más gente con las que poder moverse (“swing“), en tanto que moverse es comunicarse, es congeniar el ritmo del propio ser al de un amante, un amigo, o una audiencia y de igual manera, ser capaz de sentir el ritmo de la respuesta. Moverse al ritmo del otro es enriquecerse –el concepto de aprendizaje subterráneo del Hip consiste en que no se puede entender verdaderamente hasta llegar a que uno contenga el ritmo implícito de la materia o de la persona en cuestión. Pongamos por ejemplo, recuerdo que una vez escuché a un Negro en una fiesta sostener una discusión intelectual de media hora con una chica blanca que sólo unos años atrás había acabado la universidad. El Negro, literalmente, no sabía leer ni escribir pero tenía un oído extraordinario y un fino sentido del mimetismo. Así que mientras la chica hablaba, él detectaba las incertidumbres particulares de su discurso y en un agradable (y suavemente sureño) acento inglés, respondía a todas las facetas de sus dudas. Cuando ella acabó el relato de lo que pensaba que era una idea muy bien articulada, él le sonrió tímidamente y le dijo, “hay otra dirección, ¿no crees?”, “Bueno, no,” tartamudeó ella, “ahora que vuelves a ello, hay algo que me parece desagradable,” y arremetió nuevamente unos cinco minutos más. Por supuesto, el Negro no estaba aprendiendo nada acerca de los méritos y deméritos de la discusión, pero aprendía bastante de un tipo de chica con el que nunca se había encontrado antes y que eso era lo que quería. Al ser incapaz de leer y escribir, apenas podía interesarse en ideas como interesarse en la misma humanidad, de modo que se abstenía de obedecer a cualquier tipo de precisión o de imprecisión en el lenguaje de la chica y, en cambio, se disponía a sentir su carácter (y el valor de su tipo social) al moverse en el matiz de su voz.

Así que moverse (“swing“) es ser capaz de aprender y aprender implica un paso hacia la acción, hacia la creación. Lo creado es infinitamente menos importante para la creencia del hipster que el hecho mismo de hacerlo, ser capaz de echar mano a lo que sea, incluso a una autodisciplina. Lo que debe hacer luego es hallar su valor en el momento de la violencia, o conseguirlo igualmente en el acto del amor, encontrar un poco más de sí mismo, crear algo más entre él y su mujer, o de hecho, entre él y un amigo (dado que muchos hipsters son bisexuales), pero lo primordial, lo imperativo, es la necesidad de hacerlo ya que, en el hacer, uno forma un nuevo hábito, desentierra un nuevo talento que la vieja frustración antes negaba.

Tanto si eres un holgazán (la peor palabra para el Hip – “goof“) o si recaes en el ser de un niñito asustado, como si te arrojas y pierdes el control, revelas la más débil, oculta y femenina parte de tu naturaleza, por tanto es más difícil que vayas a moverte otra vez y tus oídos estarán menos vivos, tu hábito al derroche de energía a la larga se confirma y al final ya estás bastante lejos de estar en ello (“withit“). Pero estar en ello es obtener la gracia, es acercarse a los secretos de esa inconsciente vida interior que ha de nutrirte si te prestas a oírla, la manera de estar más cerca de ese Dios que cada hipster cree localizado en los sentidos de su cuerpo, ese tramposo, despojado y en sentido alguno megalómano Dios que es ello, que es la energía, la vida, el sexo, la fuerza, el prana del Yoga, el órgano reichiano, la sangre lawrenceana, el bien hemingwayano, el vigor shaviano; “ello”; no el Dios de las iglesias sino el inalcanzable susurro del misterio que conlleva el sexo, el paraíso de energía ilimitada y la percepción que reside más allá de la nueva ola que trae el nuevo orgasmo.

A lo que cualquier gato replicaría, “Crazy, man!” ya que, después de todo, lo que puedo ofrecer es una hipótesis, nada más, y no hay hipster vivo que no haya sido absorbido por sus propias y tumultuosas hipótesis. La mía interesa, mi forma de salir (en la avenida del misterio que lleva a “ello”) aunque sólo sea un gato en un mundo de gatos gélidos y todo lo interesante sea loco (“crazy“) o al menos es lo que dirían todos los Square que no saben cómo moverse.

(Y aun loca es la ironía protectora del hipster. Al vivir con preguntas y no con respuestas, él es tan diferente en su aislamiento y en el objetivo lejano de su imaginación de casi todos con los que lidia en el mundo exterior de los Square, y a su vez, se encuentra generalmente con la animosidad, la competencia y el odio en el mundo del Hip, es decir que su aislamiento está siempre en peligro de volverse sobre sí mismo y dejarlo verdaderamente así, loco.)

Sin embargo, si estás de acuerdo con mi hipótesis, si como cualquier otro gato buscas una salida (“a wayout“), y estamos todos en el mismo surco (y podemos ver el universo como series de rayos que se extienden desde un centro) simplemente lo captas (“digit“). Dado que ni el conocimiento ni la imaginación llegan fácilmente sino que se entierran en el dolor de una olvidada experiencia personal, uno debe intentar hallarlo, uno debe ocasionalmente extenuarse por captarlo en el interior del ser con el fin de percibir lo que hay fuera de él. Y verdaderamente, hace falta captar lo más que se pueda, ya que si no lo captas pierdes tu superioridad por sobre los Square y estás menos próximo a ser cool (es decir, estar en control de la situación ya que te mueves allí donde no lo hacen los Square, o permitirte la entrada consciente al dolor, la culpa, la vergüenza o el deseo, entrada que los demás no tienen el valor de enfrentar.) Ser cool significa estar dotado, y si estás dotado es más difícil que el gato que esté cercano a ti logre abatirte (“putdown“). Por supuesto, uno difícilmente pueda puede dejar que ésto suceda, o bien uno es ya alguien abatido (“beat“), ya que ha perdido la confianza, ha perdido la voluntad y se encuentra impotente frente al mundo de la acción y próximo al degradante salto que lo haría convertirse en un extraño (“queer“), o verdaderamente próximo a la muerte; por tanto, volver a recobrar la energía para intentarlo una vez más se vuelve más difícil ya que una vez un gato se encuentra abatido no tiene nada que dar y nadie ya se interesa en tratar de hacerlo (“makeit“) con él. Éste es el terror del hipster -ser abatido (“to be beat“)- dado que una vez que el dulce del sexo lo ha desolado, él debe continuar y no abandonar la búsqueda. Huelga decir que no está garantizado que el hipster vaya a envejecer con gracia; ha sido capturado muy temprano por el viejo sueño del poder, la fuente dorada de Ponce de León, fuente de la juventud donde todo el oro reside en el orgasmo.

Ser beat, por tanto, es haber sido capaz de arrojarse (“flip“) y consuma algo que va más allá de la experiencia personal, imposible de anticipar –de hecho, en el vocabulario corriente del Hip, existe otro significado para flip, mientras que yo aquí sólo lo he confinado a sólo unas cuantas connotaciones. Como en todos los vocabularios primitivos, cada palabra es primordialmente un símbolo y sirve a docenas o cientos de funciones de comunicación; en la dialéctica instintiva por la que el hipster percibe su experiencia, se ejecutan continuamente diferenciaciones instantáneas de la existencia en las que uno está siempre en movimiento hacia algo más o retrayéndose hacia algo menos.

V

Es imposible concebir una nueva filosofía hasta que ésta se exprese por un nuevo lenguaje que le sea propio, pero un nuevo lenguaje popular, al tiempo que contiene una nueva filosofía, puede no necesariamente presentar su filosofía de forma abierta. Podemos entonces preguntarnos qué hay de único en la cosmovisión del Hip que hace que su argot se eleve por sobre los transitorios antojos verbales de la bohemia y el lumpen proletariado.

Quizás la respuesta esté en el elemento psicopático del Hip, el cual no parece tener interés alguno en la observación de la naturaleza humana, o mejor dicho, en juzgar a la naturaleza humana a partir de una serie de estándares concebidos a priori con respecto a la experiencia, estándares lógicamente heredados del pasado. Al tiempo que el Hip avizora de inmediato en cada respuesta una nueva alternativa y una nueva pregunta, su énfasis se aloja en la complejidad más que en la simplicidad -complejidad de un lenguaje que precisa del esclarecimiento de la voz y las articulaciones del rostro y el cuerpo, sin los que devendría irremediablemente incomunicativo. Dado este énfasis, el Hip abdica toda responsabilidad moral convencional ya que refuta que el resultado de nuestras acciones sea previsible, en razón de que no nos es posible saber si hacemos bien o mal, y más aún, en el sentido joyceano de bien y mal, no nos es posible siquiera saber con certeza sobre esta imprevisibilidad o sobre la energía que le conferimos a nuestras acciones ya que, en última instancia, en caso de hacerlo, no tenemos idea alguna de lo que ellas llegarían a hacer con esta energía.

Por tanto, los hombres no son vistos como buenos o malos –que son buenos-y-malos es tomado como un hecho–, sino más bien como una colección de posibilidades, algunas más posibles que otras (visión del carácter implícito del Hip) y así algunos seres humanos son considerados más capaces que otros al alcanzar más posibilidades en menor tiempo, siempre y cuando -y en esto consiste la dinámica del Hip- su carácter personal sepa moverse (“swing“) en el momento adecuado. Es aquí donde el sentido que el Hip da al contexto se diferencia abiertamente de aquel que le da el Square.

El Hip ve al contexto como aquello que domina al hombre ya que concibe a su carácter como menos significativo que el contexto en el que debe funcionar. Dado que, de manera arbitraria, la exigencia al completar una acción en contexto desfavorable es cinco veces mayor que en un favorable, el carácter del hombre no es nada sin el contexto en el que actúa, ya que el éxito o fracaso de una acción en un contexto dado recae inevitablemente sobre su carácter y en consecuencia afecta su accionar en contextos futuros. En líneas generales, lo que parece dominar tanto al carácter como al contexto no es sino la energía disponible en el momento mismo en que ambos entran en juego de forma intensa. Al ser visto el carácter como lo perpetuamente ambivalente y dinámico, éste entra en una relatividad absoluta en la que no existen otras verdades más que las verdades aisladas que cada uno siente a cada instante de la existencia. Para adentrarnos quizás en un injustificada extrapolación metafísica, es como si el Universo, que siempre ha existido conceptualmente como un hecho (inclusive si el hecho fuera el Dios de Berkeley), hecho cuyo objeto la filosofía y la ciencia se disponen a revelar, se convirtiera en una realidad versátil cuyas leyes se rehiciesen a cada momento en manos de todo aquel que se encuentra vivo y muy en particular en manos de aquellos que se encaminan hacia una nueva cumbre medieval en la que la verdad no consiste en lo que uno hubo de sentir ayer o lo que espera sentir mañana, sino básicamente en lo que uno siente en el clímax permanente del presente. Consecuencia de este cambio es el divorcio del hombre y sus valores, la emancipación del ser frente al Súper-Ego de la sociedad. La única moralidad del Hip (moralidad, por supuesto, de lo que siempre presente) consiste en hacer lo que uno siente cuando sea y allí donde sea posible, y así –aquí empieza la guerra entre el Hip y el Square– abrir los límites de lo posible en uno para uno mismo solamente, ya que ésa es su verdadera necesidad. Al separar las arenas de lo posible, uno las separa recíprocamente para los demás, de modo que el cumplimiento nihilista de los deseos de cada hombre contiene su antítesis de cooperación humana.

Si la ética se reduce a conocerse uno mismo y por uno mismo, lo que hace radicalmente diferente al Hip de la moderación socrática y su inflexible respeto conservador por la experiencia del pasado, es que la ética del Hip es la inmoderación, adoración infantil por el presente, entendiendo a la vez que el respeto por el pasado significa que uno debe respetar sus horrendas consecuencias en tanto crímenes colectivos cometidos por el Estado. Es esta adoración por el presente lo que afirma al Hip dado que lo fundamental de su lógica supera aún la inolvidable solución del Marqués de Sade frente al problema del sexo, la propiedad privada y la familia, bajo la cual todos los hombres y mujeres tienen derecho absoluto, aunque temporario, sobre los cuerpos de sus iguales. El nihilismo del Hip propone como tendencia básica que cada restricción social y cada categoría sea removida amparándose en la afirmación implícita de que el hombre es capaz de probarse más creativo que criminal y que, de esta manera, puede conseguir no autodestruirse, lo que separa ampliamente al Hip de las filosofías autoritarias que hoy día llaman tanto la atención al espíritu liberal y conservador – la idea de que, a mediados del siglo XX, se ha perdido toda fe en el hombre y que el llamado de la autoridad no debe sino refrenarnos. La afirmación del Hip, a no importa qué precio de violencia individual, se vuelca a devolvernos a nosotros mismos, y se presenta como una afirmación bárbara, ya que conlleva la idea pasional de que los actos de violencia individual serán siempre preferidos a la violencia colectiva ejercida por el Estado, lo cual exige cierta fe en las posibilidades creativas del ser al afrontar cada acto de violencia como una catarsis que prepare su evolución.

De índole diferente es la idea de que el deseo de una libertad sexual absoluta del hipster contenga una concepción genuina de un mundo diferente; y deviene sólo posible en tanto que el hipster, al convivir con su odio, pueda ser parte de una elite de cofrades revoltosos preparados para seguir al primer líder magnético cuya visión del asesinato en masa logre consumar un lenguaje que sostenga sus emociones. Pero dada su condición de marginal psíquico, el hipster es igualmente candidato de la más radical y reaccionaria de las revueltas ya que, en tanto su crisis vaya profundizándose, podría llegar a una comprensión tal del horror que produce la sociedad que desviaría el objeto de su aventura sexual hacia la implacable animosidad social que se construyó negándolo, y así alcanzar la misma amarga comprensión frente a la lenta inhumanidad del poder conservador que hubo de controlarlo por dentro y por fuera, que la de cualquier otro rebelde corriente al afirmar su callada disensión a través de la frustración que las oportunidades negadas y los años de penurias hubieron de producirle. Al ser de tal forma controlado, negado y reducido al desgaste de la conformidad, el hipster podría verdaderamente llegar a ver que su condición no es sino una exageración de la condición humana y que, de hecho, si él aspira a ser libre, todos en consecuencia, deberían serlo. Es posible a la vez que, al darse tal énfasis en el valor frente al momento de la crisis, éste contenga en sí mismo (al igual que aquello que explica su existencia) el deseo de llevar la vida más allá de lo que siempre ha sido. Obviamente, no podemos especular agudamente cuál será el futuro del hipster. Sin embargo, una posibilidad se yergue frente a otras: la idea central de que el crecimiento orgánico del Hip depende en gran medida de la emergencia del Negro como una fuerza dominante en la vida americana. Dado que el Negro sabe más que el blanco sobre el horror y el peligro de la vida, es probable que, en caso de lograr una igualdad, pueda poseer una superioridad potencial, superioridad tan temible que el miedo mismo devenga el trasfondo dramático de la política local. En tanto que para toda política conservadora el miedo reside en lo imprevisible de las consecuencias, la igualdad del Negro partiría en dos la psicología, la sexualidad y la imaginación moral de cualquier blanco.

Con la posible emergencia del Negro, el Hip irrumpiría como una rebelión psíquica cuyos imperativos sexuales avasallarían la fundación anti-sexual de todo poder establecido en Norteamérica, e introduciría tal animosidad en la atmósfera, tales antipatías y tantos nuevos conflictos de interés que el vacío significado de la hipocresía del conformismo masivo no podría ya sostenerse. Tiempos de violencia, de nueva histeria, confusión y rebelión reemplazarían probablemente a la era del conformismo. En ellos, podría darse el caso de que el liberal se dispusiera a probar que verdaderamente cada tendencia tiene lugar en la armonía de la vida americana, por lo que el Hip sólo acabaría siendo absorbido como una colorida figura en el paisaje; pero si no fuese así, y lo económico, lo social, lo psicológico y finalmente lo moral entran en crisis junto con la emergencia del negro, la armonía se corroboraría insoportable y una nueva era devendría en la que se depondrían las recetas de todo político y millones de liberales habrían de afrontar, en los términos de una cosmovisión de la naturaleza humana que nunca quisieron aceptar, los dilemas que tan exitosamente habían eludido en el pasado.

Para tomar como ejemplo la abolición de la segregación en las escuelas del Sur, es bastante probable que el reaccionario vea la realidad de manera más cercana que el liberal al argumentar que el problema más complejo no es la abolición sino el mestizaje (como radical que soy me encuentro por supuesto en dirección opuesta a los Consejales Blancos -creo obviamente que es un derecho absoluto que el Negro se funda con el blanco, y que el mestizaje sería más que suficiente para cambiar la vida). Pero para el liberal promedio, cuya mentalidad ha sido embotada por la hipocresía del comité de liberales profesionales, el mestizaje no es un problema ya que se le ha dicho que el Negro no lo desea. De modo que, con su llegada, el mestizaje provocaría un terror comparable quizás al desarreglo que produjera la caída de los íconos estalinistas en los comunistas norteamericanos. El norteamericano comunista sostenía el mito de Stalin por razones que muy poco tenían que ver con la política, sino más bien con una cierta necesidad psíquica. En este sentido, una necesidad psíquica de iguales magnitudes es lo que lleva al liberal a pensar que el Negro y aún al reaccionario blanco del Sur, fundamental e igualmente gente como él, devendrían buenos liberales también si les fuese dado el ser alcanzados por una justa razón liberal. Lo que el liberal no puede llegar a admitir es el odio oculto detrás de la piel de una sociedad tan injusta que la suma de violencia colectiva alojada en la gente es tal vez ya incapaz de ser detenida. De modo que si uno quiere un mundo mejor, es mejor que contenga el aliento ya que un mundo peor llegará antes, mundo cuyo dilema consiste en que, frente a tal situación de odio, éste ha de volcarse nihilísticamente sobre sí mismo o bien caer en las manos frías y asesinas de un estado totalitario.

VI

Más allá de los horrores que ha provocado, el Siglo Veinte es ampliamente interesante dada su tendencia a reducir la vida a sus últimas alternativas. Uno puede bien preguntarse si la próxima guerra será entre blancos y negros, hombres y mujeres, feos y bellos, saqueadores y gerentes, o rebeldes y opresores. Lo que, por supuesto, ha llevado la especulación más allá de donde aún la especulación es algo serio y aún la desesperación por la monotonía y el desconsuelo del futuro, y se ha vuelto tan arraigado en el espíritu radical que éste está en peligro de abdicar toda imaginación. Aquello que siente el hombre es el impulso por un esfuerzo creativo, y si un instinto ajeno –aunque nada apasionado– para con el sentido de la vida ha surgido tan inesperadamente de gente virtualmente iletrada, es debido a que proviene de las condiciones más intensas de explotación, crueldad, violencia, frustración y ansia de poder, pese a ser la insurgencia de gente que sigue aún siendo torturada en vida.

De manera que es probable que sea el Negro quien se sujete mejor a una verdad del tamaño de un elefante que el radical; y si esto es así, el radical humanista no podría más que anidar en el fenómeno. Dado que un tiempo revolucionario debería estar acercándose una vez más, una diferencia crucial parece asentarse si alguien ha ya delineado el calculus neomarxista que se emplea en comprender cada circuito y proceder social como las comunicaciones de la energía humana toda –calculus capaz de traducir las relaciones económicas del hombre en relaciones psicológicas y luego, de igual manera, las relaciones productivas en relaciones sexuales, hasta que las crisis del capitalismo del Siglo Veinte sean al fin comprendidas como las adaptaciones inconscientes que ejerce una sociedad para resolver el desequilibrio económico a expensas de un nuevo desequilibrio de raíz psicológica. Está aún más allá de nuestra imaginación concebir el trabajo al que se liga el drama de la energía humana; y aún una teoría de sus corrientes sociales y sus disipaciones, sus condenas, sus expresiones y sus pérdidas trágicas, teoría que describa la gigantesca síntesis de la acción humana en donde el cuerpo del pensamiento marxista, y particularmente la grandiosa épica de El Capital (aquella fundamentada psicología en el acercamiento al misterio de la crueldad social, tan simple y práctica como para decir que somos un cuerpo colectivo de humanos cuya energía vital es desperdiciada, desplazada y procedentemente robada mientras pasa de unos a otros), encuentre su lugar en un visión de la injusticia e injusticia humana aún más gloriosa y más crucial, de los procesos íntimos e institucionales que acarrean a todas nuestras creaciones y desastres, nuestra evolución, rebelión y agotamiento.

Traducción: Martín Abadía

Nota acerca de la traducción: dado que, entre otras, una problemática lingüística ocupa a El Negro Blanco, en muchos casos los términos escogidos no son los que se me revelaron como más indicados. No obstante, para ciertas voces del inglés que cobran múltiples significados en la jerga de la Beat Generation –y aún en nuestra lengua– me dejé llevar por la traducción que creí más apropiada en función del texto de Norman Mailer. De todas formas, para estos casos, he adjuntado entre paréntesis el término original en inglés.

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LA RESURRECCIÓN DE NORMAN MAILER

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LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO / LA JORNADA SEMANAL

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Norman Mailer con Muhammad Alí en 1965

EL CONSERVADOR DE IZQUIERDA

Marzo de 1949. La pluma y la espada se batieron de nuevo. La segunda guerra mundial había ya concluido y la Guerra fría ordenaba el nuevo panorama geopolítico mundial. En el nombre de la libertad de expresión y la democracia liberal, Occidente procuraba frenar el avance del comunismo. Escritores, intelectuales y artistas se enfrentaron en el cuadrilátero de la otra Guerra fría: la cultural.

Como parte de esta guerra, en el hotel Waldorf, enclavado en Nueva York, comenzó una batalla central: la Conferencia Cultural y Científica para la Paz Mundial , organizada por el Consejo Nacional de las Artes, Ciencias y Profesiones. Amantes de la paz, distinguidos rojos y sus compañeros de ruta se dieron cita allí para deliberar sobre la paz, la distensión y el futuro de la humanidad. Personalidades como Leonard Bernstein, Dashiell Hammett y Lillian Hellman encabezaron la primera línea de fuego.

Objetando el evento simultáneamente a su realización, se instaló, en el piso de arriba del mismo hotel, un contracomité internacional, en el que participaban intelectuales de la talla de Karl Jaspers y André Malraux. Los detractores denunciaron la Conferencia como una tapadera de los intereses soviéticos organizada por la Cominform.

El ambiente era caldeado y polémico. Uno de los asistentes a la Conferencia , el joven escritor Norman Mailer, sorprendió a ambos bandos al acusar tanto a la Unión Soviética como a Estados Unidos de tener políticas exteriores agresivas que reducían las posibilidades de la coexistencia pacífica. Dijo allí: “Mientras exista el capitalismo, habrá guerra. Hasta que no tengamos un socialismo, honrado y justo, no habrá paz [ … ] Todo lo que un escritor puede hacer es decir la verdad tal y como la ve, y seguir escribiendo.”

Apenas un año antes, Mailer había publicado Los desnudos y los muertos, una novela de más de mil páginas sobre la segunda guerra mundial que mereció grandes elogios y lo convirtió en una celebridad literaria. Fue escrita utilizando como materia prima las cartas que desde el frente de guerra al que fue enviado en el Pacífico escribió a Beatrice Silverman, su primera esposa. Escrita en apenas quince meses, la obra fue comparada con Guerra y paz, de Leon Tosltoi.

Aquella intervención de Mailer, de escasos veinticinco años de edad, dibujó algunos de los rasgos centrales de su carácter, que lo acompañarían hasta su muerte. Su vocación polémica, su espíritu contestatario, su ímpetu argumentativo, su vitalismo, estaban allí presentes.

Meses después, en abril de 1949, la revista Life publicó un artículo a doble página en el que arremetía contra los incautos estadunidenses que coqueteaban con el comunismo. Cincuenta fotografías tamaño pasaporte ilustraban la publicación. Allí estaban, entre otras, las imágenes de Marlon Brando, Charles Chaplin, Arthur Miller y Norman Mailer. Comenzaban a soplar de lleno los vientos de lo que sería el macartismo.

Autodefinido con el oxímoron de “conservador de izquierda”, durante años marxista a su manera y ateo, distanciado de la izquierda partidaria de su país, descubrió en Carlos Marx, sin compartir su ideología e incapacitado para juzgar su concepción de la economía, un estilo de pensamiento marcado por el rigor y la severidad. Encontró en 1959 en El capital el libro más importante en su vida, además de “la primera de las grandes psicologías que abordaron el misterio de la crueldad social con tanta sencillez y sentido práctico como para decir que somos un cuerpo colectivo de seres humanos cuya energía-vida es derrochada, desplazada y sistemáticamente robada a medida que pasa de uno de nosotros a otro”.

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Foto tomada de: www.goodreads.ca

La disyuntiva existencial en la que se ubicó fue la misma que postuló en su ensayo El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster: “Se es hipster o convencional (la alternativa que empieza a sentir cada nueva generación que accede a la vida norteamericana), se es rebelde o se es conformista, se es hombre de frontera en el Salvaje Oeste de la vida nocturna de Estados Unidos o se es una célula convencional más…”Entrevistado años más tarde por el periódico El País, recordó que durante su campaña electoral para la alcaldía de Nueva York en 1969 enarboló un lema muy a tono con su carácter: ni la derecha ni la izquierda tienen la razón y el centro es un desastre. El centro –dijo– son las corporaciones, y el corporativismo está cambiando el estilo del mundo, sometiéndonos a todos a un molde único. Es la cultura del mal, de las superautopistas y el plástico.

Sin embargo, al final de su vida estableció con la religión una experiencia “interna y personal” y creyó en Dios no todo poderoso y en la existencia del Mal. “Me gusta –-declaró a la DPA-– creer en el Diablo, porque así me puedo explicar la existencia del mal.”

Eso no le impidió ser un detractor implacable de la presidencia imperial de su país. En su libro Why are We at War?, acusó a Estados Unidos de ser una superpotencia arrogante con tendencias fascistas, y tildó a George W. Bush de ex alcohólico teledirigido por conspiradores imperialistas. Para él, el hombre de la Casa Blanca era “un necio sin fisuras” y “el presidente más estúpido que hemos tenido”.

EL HOMBRE DE LOS EXCESOS

Norman Mailer nació en 1923 en el seno de una familia de inmigrantes judíos en New Jersey. Creció en Brooklyn. Estaba dotado de una excepcional inteligencia: poseía un IQ de 165. Amante de los aviones, estudió mecánica aeronáutica en Harvard. Trabajó en un hospital psiquiátrico, donde recabó material para su primera novela, A Transit to Narcissus.

Durante la segunda guerra mundial fue enviado al Pacífico. Fue cocinero del ejército estadunidense en Japón. Allí experimentó lo que en alguna ocasión calificó como la peor experiencia de su existencia y la más valiosa. La guerra fue su obsesión.

Pugilista en el pleito por la subsistencia, peleó dentro y fuera del cuadrilátero de la vida, y llevó a la literatura algunos de los más logrados relatos sobre el box. De las primeras peleas, forma parte la paliza que un grupo de pandilleros le propinó cuando el escritor se agarró a golpes con ellos porque le dijeron que su french poodle parecía maricón. A las acometidas literarias pertenece El combate, escrita en 1975, crónica del combate entre Muhammad Alí y George Foreman por el título mundial de boxeo.

Novelista, poeta, ensayista, reportero de Angora, activista político, aspirante a alcalde de Nueva York, guionista y fracasado director de cine, escribió, con una prosa espectacular, treinta y nueve libros. Realizó, sin mucho éxito, películas experimentales. Muchos de sus textos fueron publicados en Village Voice (el semanario neoyorquino que ayudó a fundar), Harper´s LifePlayboy New Yorker.

Odiaba los relojes digitales, el olor a farmacia, la textura de las camisas de poliéster, la arquitectura moderna, el papel de cera de las hamburguesas de McDonalds, el aire de verano cuando el tráfico se atasca, el sabor de los vasos de plástico llenos de whisky con soda…

mailer-3Aficionado al jazz, bebedor consistente, consumidor de marihuana durante dos décadas, crítico del LSD, opositor a la guerra, vividor exigente de sus propios excesos, practicante de la libertad sexual, prefiguró muchos de los rasgos centrales que años después adquiriría la contracultura. “Creo –afirmó en una de sus últimas entrevistas– que he ejercido cierta influencia en la conciencia de nuestro tiempo, pero no la he cambiado.”

Su obra es un exuberante mural de la vida estadunidense de la segunda mitad del siglo pasado. Analizó la sociedad, la política y la mitología de su país natal mucho más certeramente que muchos científicos sociales. Su relación con su patria fue similar a la de un matrimonio. “Amo a este país. Lo odio. Me enfado con él. Me siento próximo a él. Me fascina. Me repele. Y es un matrimonio que ha estado funcionando durante unos cincuenta años de mi vida de escritor, ¿y qué ha sucedido durante este tiempo? Que ha ido a peor. Ya no es lo que era”, y añadía: “Estados Unidos es un lugar más zafio, más barato, más burdo, más feo en tono, y creo que se está dando una aceptación más natural del fascismo por parte de una gran parte de la población.”

Como bien supo y escribió, fue acusado de haber despilfarrado su talento, de entregarse a un exceso de actividades, de empeñarse con demasiada conciencia en convertirse en famoso, de actuar teatralmente en los límites y en el centro de su propia leyenda pública. Tanto así que en la película satírica El dormilón, del cineasta Woody Allen aparece un científico diciendo: “Este es un retrato de Norman Mailer. Legó su ego a la Facultad de Medicina de Harvard.” Nadie, sin embargo, puede inculparlo de no haber vivido intensamente su vida ni de haber hecho de la literatura el centro de su existencia.

Tom Wolf, su colega y rival en la aventura de forjar el nuevo periodismo, quien aseguraba que el hecho que siempre había limitado seriamente al novelista era que “nunca fue capaz de escribir diálogos convincentes”, reconoció, en homenaje póstumo, que “Norman tenía una gran personalidad. Era una fuente de energía tremenda para todo el mundo literario, era un motor, un generador. No le faltaba ego, pero hacía que todo el asunto pareciera encantador”.

MUJERES DIVINAS

Era el año de 1960 y la fiesta terminaba. Adele Morales, segunda esposa de Norman Mailer, en papel de torero, lo retó diciéndole: “Aja toro, aja. Venga, mariquita, ¿dónde están tus cojones? ¿O es que la puta de tu querida te los ha cortado, cabronazo?” El escritor, ahogado en alcohol, entonces candidato a la alcaldía de Nueva York, respondió clavándole en la espalda un abrecartas.

Cuarenta años más tarde Mailer dijo sobre el incidente: “Cambió toda mi vida. Es el único acto que lamento y lamentaré el resto de mi vida cuando lo recuerdo. Y se produjo por la forma de vida que llevaba. No tengo dudas sobre esto. Lo que sucedió fue que me estaba haciendo más y más violento.”

Mailer escapó de la prisión gracias a Adele. Ella se negó a cooperar con el fiscal y el escritor fue castigado con una pena carcelaria que pagó en libertad bajo fianza, después de haber pasado tres semanas en una clínica para enfermos mentales. Los médicos pensaron en aplicarle electrochoques, pero un siquiatra lo diagnosticó como esquizofrénico paranoico y lo dejo libre.

Su matrimonio tenía poco de convencional. La tarjeta de invitación a la boda fue un pene que se extendía en la medida en la que la tarjeta se iba abriendo. Participaban en orgías y cuartetos. El alcohol alimentaba los excesos. En una ocasión, Mailer le confesó a su mujer que se había acostado con un travestido. Ella no le permitió que la tocara más. Finalmente se divorciaron.

A pesar de la generosidad con la que ella se comportó con su marido durante el proceso legal, Adele se convirtió en una máquina de resentimiento en su contra. Su venganza final fue la escritura de su autobiografía, La última fiesta, donde revela la vida disipada de aquellos años, sin ocultar un ápice de su rencor. “Durante cien domingos –-escribió-– me desayuné leyendo The New York Times, y enterándome de que tenía una nueva esposa, otro libro, más fama, el premio Pulitzer, contratos millonarios, uno de los anticipos más grandes a cuenta de un libro desde la época de Hemingway, en suma una lluvia de bendiciones mientras cicatrizaban mis heridas. No cabía duda de que Fausto recogía las recompensas de su contrato con el diablo. Yo lo sabía, porque estaba presente cuando lo firmó.”

El novelista tuvo con las mujeres relaciones apasionadas y conflictivas. Lo amaron, lo detestaron o las dos cosas al mismo tiempo. Se casó seis veces y tuvo nueve hijos. Una aventura que resultó ser una pesada carga financiera por concepto de pensiones, y un acicate para escribir para conseguir dinero.

Machista acérrimo, atrajo el odio feroz del movimiento feminista, que vio en su obra y sus opiniones una afrenta. Muchos de sus personajes mujeres son androfóbicas por naturaleza. En su libro El prisionero del sexo, un gran éxito de ventas y panfleto central en la guerra de los sexos de comienzos de los setenta, acusó a las féminas de “usar anticonceptivos por odiar a los hombres”. Las feministas descargaron sobre él los amargos dardos de la crítica. Kate Millet, una de las principales figuras de este movimiento en Estados Unidos, no dudó en calificarlo como el último cerdo patriotero.

Mailer no tuvo empacho alguno en escribir que “la revolución feminista ha convertido a la mujer en ese tipo de hombre que a mí me entristecía cuando era joven. Ése que tenía que trabajar de nueve a cinco de manera aburrida y nunca era dueño de su destino. Ahí es donde acabó su revolución, su asalto al poder”.

LA DESMESURA COMO PROYECTO LITERARIO

Impetuoso, excepcional, preciso en su escritura, Mailer fue una formidable máquina de mecanografiar. “Creo escribir –dijo– para un público que carece de tradición para medir su experiencia, pero posee la intensidad y claridad de su vida interior. Para ese público me gustaría ser suficientemente bueno como escritor.”

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Norman Mailer, durante su campaña para alcalde de Nueva York, 1969 Foto: Neal Boenzi

En Los ejércitos de la noche, la deslumbrante obra sobre la marcha hacia el Pentágono contra la guerra de Vietnam, del 21 de octubre de 1967, ejemplo notable del periodismo participante, galardonado con los premios Pulitzer y Nacional de Novela, el escritor es, simultáneamente, reportero y protagonista. La voz relatora central recae en un Mailer ubicuo, mientras que el Mailer activista habla en tercera persona gramatical.Practicante de la libertad expresiva radical, el artista utilizó una gran variedad de voces en sus textos. No dudó, por ejemplo, en recurrir a todo tipo de personas gramaticales para contar sus relatos. En su ensayo Un fuego en la luna se refirió a sí mismo como Acuario, en El prisionero del sexo como El Prisionero y en Miami y el sitio de Chicago es el reportero.

En La canción del verdugo, premiada también con el Pulitzer, donde cuenta una parte de la vida del reo y asesino Gary Gilmore, Mailer contiene su yo y echa mano de la omnisciencia verbal para generar un efecto de aparente neutralidad narrativa. En lugar de utilizar digresiones efectistas, arma un relato con materiales perfectamente ensamblados.

Sobre este uso de las distintas voces narrativas en su obra apunta: “No es fácil escribir en primera persona sobre un personaje que es más fuerte y más valiente que tú. Pero hay que hacerlo, porque si todos tus personajes tienen tu mismo nivel, no te enfrentas a temas más importantes.”

Su obra diluye las fronteras entre realidad y ficción. Periodismo y literatura, novela y reportaje, biografía y reportaje literario, literatura y ciencia social se funden y confunden en sus escritos. No en balde el subtítulo de Los ejércitos de la noche es La Historia como novela. La novela como Historia.

Simultáneamente novelista, historiador y periodista, utiliza las herramientas de la escritura de ficción para contar la realidad. “Por motivos de verosimilitud –-afirmó sobre El fantasma de Harlot, su monumental libro sobre el aparato de inteligencia de Estados Unidos-– sostendré que mi CIA imaginativa es más real que casi todas las experimentadas personalmente.”

Autor famoso en función de reportero, Mailer asegura que “un buen periodista es alguien que todavía tiene que decirle a uno la verdad en privado; tiene la mirada brillante y puede contar diez buenas historias en la barra de un bar”.

Su incursión en el periodismo, empero, está marcada centralmente por su vocación de novelista. Según él, el flash del periodista sirve para registrar mejor a los muertos en un accidente de carretera, pero no para mucho más.

En la ficción hay menos aire estancado y en general más luz. “Casi todo lo que he escrito –advirtió– deriva de mi sentido de valor de la ficción.”

Consideraba que no había nada peor que tener mucho estilo. “Creo –dijo– que en mi obra he ido a los opuestos del estilo. Se muestra de lo mejor en Un misterio americano y prácticamente no existe en La canción del verdugo, porque el material de este libro es prodigioso.”

Para Mailer el propósito del arte es intensificar y exacerbar la conciencia moral de la gente: “Pienso, en particular que la novela, cuando es buena, es la forma más moral de las artes, porque es la más inmediata, la más insoportable, si usted quiere. De la que es más difícil escapar. La novela nos cambia la vida.”

Más allá de su prolífica producción, la práctica del oficio no le resultaba necesariamente fácil. En una extensa entrevista concedida a dos periodistas franceses confesó: “Escribir te destroza el cuerpo; te sientas ahí en la silla, hora tras hora, y sudas tinta para sacar unas pocas palabras.”

Para escribir, el novelista elaboraba un montón enorme de notas antes de comenzar. Leía mucho sobre los asuntos colaterales de la historia y pensaba mucho en ello hasta cultivarlo. Tuvo una sola regla para redactar: decirse a sí mismo que se iba a sentar a escribir al día siguiente. “Mediante esa declaración estás pidiéndole ya a tu subconsciente que prepare el material”, confesó.

En el tramo final de su vida no se hacía muchas ilusiones sobre la influencia de la escritura en el mundo contemporáneo. “Cuando era joven los escritores solíamos pensar que las novelas podrían cambiar el mundo, pero no, es la televisión la que lo cambia.” Y añadía: “Hace tiempo que las humanidades y los intelectuales han sido relegados. Sólo importan los factores económicos. La opinión de los intelectuales disidentes no llega al gran público. Por supuesto que puedo decir lo que me dé la gana, pero eso no quiere decir que los medios de comunicación de masas se vayan a hacer eco de mis palabras. Nadie me invita a comparecer en las grandes cadenas de televisión; a lo más que puedo aspirar es a aparecer en un programa minoritario, en cable.”

MUERTE, LIMBO Y RESURRECCIÓN

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Norman Mailer y su esposa Adele en Nueva York, 1960 Foto: Anthony Camerano

Al llegar, el limbo estaba allí para enfrentarlo cara a cara con los pecados para los que no hay lágrimas: “Su propia y despreciable colaboración con la máquina-nausea de millones de células, esa asesina de Cristo de la época: la televisión.” Mailer se estremeció “recordando en cuántas ocasiones, con cada uno de sus nueve hijos, había cerrado las puertas de su propia resistencia a la televisión y permitido que los jodidos peques siguieran mirando la pantalla porque eso los calmaba.”El 10 de noviembre de 2007, a consecuencia de una insuficiencia renal, falleció Normal Mailer. Tenía ochenta y cuatro años. Inicialmente fue enviado al limbo, según escribió en su relato “Después de la muerte, el limbo”, publicado en 1998. Su pecado fundamental –como el de todos los que aterrizan allí– fue no haber empleado más sustancia del alma que la requerida por las exigencias de la vida; fue el castigo por toda hora vaciada del deseo nuevo e intenso de ser utilizada.

Su siguiente estación en el más allá fue, según él mismo elucubró en una entrevista, encontrarse con un ángel monitor que le dijo:

–Sr. Mailer, estamos muy complacidos de conocerlo. Estábamos esperando su llegada. Déjeme decirle las buenas noticias, absolutamente buenas: ha sido seleccionado para la reencarnación.

–Ay, gracias –le respondió él–, sí, realmente no quería irme a la paz eterna.

–Entre nosotros –reviró el ángel– le digo que la paz eterna no es del todo necesaria; tiende a volverse monótona. Pero lo importante es que usted reencarnará. ¿Qué quisiera usted ser en su siguiente vida?

–Bueno, creo que un atleta negro –dijo el escritor–. No me importa dónde me ponga, yo buscaré el éxito, y sí, quiero ser un atleta negro.

–Mire, Mailer tenemos tantas peticiones. Y todo el mundo quiere ser un atleta negro en su siguiente vida. No sé si podamos… déjeme ver qué puedo hacer… –aseveró abriendo su libro enorme de reservas–. Bueno, aquí dice que usted se reservó para ser cucaracha. Y también le tengo noticias: será la cucaracha más rápida de toda la calle.

Así que la próxima vez que veamos a una cucaracha correr velozmente, habrá que tener cuidado en no pisarla, no vaya a ser que se trate de la reencarnación del novelista. O, quién sabe, quizás el escritor haya convencido finalmente al ángel de ser un deportista. Así que si en las Olimpiadas de 2020 un atleta negro sube al podium de vencedores a recibir su medalla y comienza a hacer declaraciones desmesuradas a la prensa, habrá que sospechar que, en el más allá, Mailer se salió con la suya.

17 de febrero de 2008

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forn-1UN MARTILLAZO PARA EL AMIGO

forn-2JUAN FORN / PÁGINA 12

Eran jovencitos los dos cuando se conocieron en París, en 1956, en un departamento abarrotado de gente, y los demás invitados les dieron espacio y se arracimaron alrededor esperando el gran enfrentamiento. Ninguno de los dos superaba el metro sesenta, pero uno era blanco y morrudo como un Kohinoor y el otro era un negro puro ojo, flaquito como una nena. Eran las dos mentes más brillantes y afiladas de su generación, y los dos lo sabían. Norman Mailer miró a James Baldwin y le preguntó si ser negro, pobre y puto era una ventaja o una desventaja como escritor. Baldwin le contestó con su famosa voz envolvente (Langston Hughes dijo una vez que Baldwin usaba las frases como el mar usa las olas): “Me he pasado la vida mirando al hombre blanco norteamericano igual que tú, Norman, tú para competir y yo para sobrevivir, pero los dos queremos lo mismo: joderlo bien jodido”. Se hicieron amigos al instante, para la decepción general. Mailer estaba escribiendo El negro blanco: decir que estaba interesado en la potencia sexual negra es poco (en sus páginas llegaría a afirmar que ése era el punto neurálgico del odio racial en su país) y en aquellos meses con Baldwin en París pudo hablar de lo que nunca antes se había atrevido a hablar con un negro, o con cualquier otro hombre.

Un año después, ya de vuelta en Nueva York, publicó el libro donde famosamente sostenía que el hipster blanco era el nuevo negro, igual de paria, igual de lumpen, y que ambos se alzaban contra lo mismo, esa sociedad que los alienaba. Baldwin se guardó la opinión. Año y medio después, Mailer publicó Advertencias a mí mismo. En uno de los capítulos ajusticiaba a todos los escritores de su generación, de a uno por párrafo. Baldwin seguía en París, leyó el párrafo que le correspondía en casa de Jim Jones, de un ejemplar que acababa de traer William Styron de Nueva York. “Uno querría a veces entrarle a martillazos al cristalino domo de su ego y reducirlo a lo que habría de ser el manojo de nervios más mágicamente atormentados de nuestro tiempo. Hasta que eso suceda, está condenado a ser un escritor menor”, decía Mailer de él, pero Baldwin volvió a callar. Y entonces la lucha por los derechos civiles en el Sur se puso caliente y Jimmy B sintió que tenía que volver o dejar de opinar desde afuera. Volvió, recorrió el Sur y escribió para Esquire su ensayo “El chico negro mira al chico blanco”, que debía leerse, dijo, como una carta de amor: la historia de su amistad con Mailer, y lo que dejaba ver sobre la relación entre los blancos y los negros en Estados Unidos.

A diferencia de Mailer, decía, él no había estado en la guerra, pero “creo saber cosas sobre la masculinidad norteamericana que la mayoría de los hombres de mi generación desconoce porque no han sido amenazados por ella como lo he sido yo”. También decía que lo aciago de tratar de transmitir a un hombre blanco la realidad de la experiencia negra pasaba menos por el asunto del color que por la relación que tenía ese hombre con su propia vida: “El verá en tu vida sólo lo que es capaz de enfrentar en la suya”. El negro blanco, según Baldwin, decía más sobre las fantasías y represiones del hombre blanco que acerca de lo que significaba ser negro. Pero lo más alarmante era el afán con que Mailer (aquel a quien consideraba su igual en el mundo, aquel que le había dado el Gran Martillazo al ego) se mimetizaba con gente “tan evidentemente inferior a él, como Kerouac y sus suzukis del ritmo, en su glorificación del orgasmo como táctica infantil para evitar los terrores de la vida y del amor”. (Kerouac había escrito en Los vagabundos del dharma: “Caminé entre las luces del distrito de color de Denver y deseé ser negro, sentí que lo mejor que tenía para ofrecerme el mundo blanco no era éxtasis suficiente para mí, no era suficiente vida, color, dolor, nervio, música, no era suficiente noche para mí”.)

Ese ensayo fue el primero de una serie extraordinaria que reuniría en el libro Nadie sabe mi nombre, donde están las famosas frases “El sufrimiento tiene el número de teléfono de todos” y “Este mundo ya no es blanco y no volverá a ser sólo blanco nunca más”. Mientras la revista Time lo ponía en la tapa, el FBI descubría en sus grabaciones clandestinas de Martin Luther King y Malcolm X que los jóvenes radicales negros no confiaban en Baldwin (King decía: “Es más homosexual que negro”; el pantera negra Eldridge Cleaver decía que Baldwin era una aberración racial cuyo frustrado y secreto anhelo era que el hombre blanco le diera un hijo). Casi al mismo tiempo Baldwin descubrió que, por primera vez en su carrera, el número de ensayos que había publicado en un año era menor al número de entrevistas que había concedido. Para cualquier otro escritor menos proclive al autoengaño, no hubiera representado gran cosa, pero Baldwin entendió algo inequívoca y silenciosamente. En el ensayo que le había dedicado a Mailer decía: “Uno de los riesgos del escritor norteamericano es convertirse en una personalidad. En América, o eres un éxito o eres un fracaso, no hay nada en el medio, y si eres un éxito la leyenda empieza a opacar tu trabajo. Vives en una cámara de eco, como Norman. Pero lo que se supone que debe hacer un escritor es escribir. En la arena pública, hay que sonar como si uno supiera de qué está hablando. Frente a la máquina de escribir, en cambio, uno no sabe qué está haciendo y sabe que no lo sabe. El momento en que un escritor lleva la persona pública a la máquina de escribir, está terminado”.

Baldwin vivió casi veinte años más, pero como si hubiera dado su obra por terminada. Siguió publicando ocasionalmente, pero él mismo se consideraba whisky aguado (“Por supuesto, incluso el whisky aguado es mejor que nada, pero no por eso voy a engañarme”). En la introducción a sus ensayos completos (El precio del boleto) decía: “Tuve que hacer las paces con unas cuantas cosas en mi vida, entre ellas con mi inteligencia. Uno no comprende que es inteligente hasta que eso lo mete en problemas. Y de nada sirve tener gran fuerza de voluntad. Es un gran error malentender la naturaleza de la voluntad; en las zonas importantes de la vida, la voluntad tiende a traicionar a la inteligencia, sea por exceso o falta. Lo que es crucial entender es que toda estructura mental que erija un escritor es no sólo su fortaleza; también es su cárcel, porque ni siquiera a su pesar puede dejar fuera a su conciencia”.

Antes de morir, Baldwin tuvo un último encuentro con Mailer. Este le preguntó qué recordaba del día en que se conocieron. “Tú me confesaste que lo que más te interesaba en el mundo era entender cómo funcionaba el poder”, dijo Baldwin. “Y tú me contestaste que lo que más te interesaba de la literatura era el ser humano como tal, no el ser humano como símbolo”, dijo Mailer. Baldwin se rió y dijo: “Bueno, déjame decirte que sé bien cómo ha funcionado el poder conmigo y nunca me hice la menor ilusión acerca de mi capacidad para manipularlo”. El viejo Norman contestó socarronamente: “Pues déjame decirte, Jimmy, que tú y yo nos convertimos hace un buen rato en meros símbolos de lo que éramos en aquel departamento en París en 1956”.

22 de noviembre de 2013

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