DISPARATE. EDMUNDO ARAY

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Edmundo Aray

1

       Mientras menos creo en Dios, más lo necesito. De esta manera corrió su velo el personaje principal de esta historia, quien ha decidido no revelarme su nombre, por ahora, mucho menos su oficio ni un algo de lo que es capaz de hacer para mantener su existencia en las carillas por venir. Vainas del pudor, aunque doy por cierto que no se ruboriza así no más. Es duro de roer. Prefiere que le llame Disparate, para parecerse al mundo –con toda la cacofonía- o, si se quiere, al país, colmado de disparates.

      Es un personaje aparentemente difícil, pero confío en que ustedes como yo terminaremos siendo amigos, a menos que a ustedes como a mí se nos ocurra el disparate de despreciarlo antes de que sepamos cuánto puede hacer en esta vida de palabreos sin ton ni son. (Palabras, palabras, palabras, tal mi país, blá, blá, blá. No es un decir. Acaso nos regrese al pasado de ayer no más. Acaso, como ayer, Simón, ¿trescientos años no bastan?

2

        Dice tener buenas lecturas, desde Jorge Manrique a Miguel, el de Alcalá de Henares, aunque tiende a ser infiel, pues de pronto los abandona por algún autor de poca monta, algunos afortunados versos o algún personaje que hubiera querido con mejor destino.

3

      En el amor pareciera no ser veleidoso. Gusta estos versos de Manrique: “Por fin de los que desea/ mi servir y mi querer/ y firme fe, / consentid que vuestro sea, / pues que vuestro quiero ser/ y lo seré/ y perded toda la duda/ que tomaste contra mí/de ayer acá, / que mi servir no se muda, aunque vos pensáis que sí, /ni mudará. Lo escucho y pienso que Disparate promete con ardor, aunque ello no sea suficiente como para confirmar fidelidad, si acaso terquedad de amor. 

4

        Escribo de él, no porque me interese su instinto que lo conduce a un sinfín de disparates, sino por la plaga de disparates de todos los días, disparates que han colmado mi resistencia al punto de renunciar a cuanto ocupa a la radio, televisión y prensa. De manera que solo escucho -por cortesía, claro- los disparates que me cuenta mi consorte. Que tampoco los escuchara si no fuese mi enfermera y secretaria, oficios que no estaban contemplados en el acta matrimonial que firmamos para unirnos de por vida –al parecer. Excúseme el lector la digresión, que tal es, pues no pretendo hablar de mí ni de mi consorte, sino de Disparate, quien ya comienza a impacientarse porque no he abordado la balandra de sus dislates y aberraciones, como bien quiere navegar. Pero que no se haga muchas ilusiones. Mi aburrimiento no llega al punto de encaramarme en su multitud de historias, digo, de disparates, para comenzar a dispararlas al lector sin ton ni son, que ya bastante tiene él con los suyos y su entorno, por no contar los que cuentan los medios y él trasiega desde la mañana, al despertar, hasta la noche con su reproche que, de no ser así, moriría de fastidio. Excúseme, lector, no es con usted, que ya bastante tiene con sus penas y amargores.

5

       Disparate es de larga existencia, ha cursado por muchas épocas, no hay desmán que haya dejado de disfrutar, aunque él no tiene conciencia de ellos; suceden –dice- porque es parte de la condición humana, y no le corresponde negarla que si así lo hiciera perdería su razón de vida, su modo de existir con propiedad. Yo le conozco desde mis primeros días, pero aún no he podido establecer en cuál de mis edades fue mayor y gravoso. Muy de cuando en cuando me asaltan unos fríos por las venas, sólo de recordar alguno y/o a la víctima, aunque generalmente he sido yo mismo, pero sólo vengo a descubrirlo mucho tiempo después, aunque lo percibo y sufro como si presente fuera. Mala conciencia. Comencé a alimentarla en el Colegio La Salle, o mejor, me la alimentaron los hermanos curas de ascendencia francesa desde mi tierna infancia. Qué si lo saben las pesadillas que entonces y desde entonces me asaltan con sudores de toda índole, pesadillas que terminan alarmando a mi consorte como si estuviese desprendiéndome de la vida. Susto compartido, no a la manera de Disparate, claro.

6

      De pronto pienso que citar a Lezama Lima aliviaría las alarmas que si ella no perdona, a Disparate le alivian su existencia. La frialdad de la luna aumenta la desazón de sus huesos. ¿O no? Ay de la boca extendida de una boca a otra boca. ¿Acaso es el ave de la flor? Palabra que huye ¿Malandanza? ¿Acaso mi sombra será más breve que mi vida? ¿Acaso la nube que ahora imagino es más larga que el olvido? ¿Tanto vale la palabra como para que traspase al sol? Nada que ver la del mandatario con la del poeta. Por nada, que es mucho, tengo ganas del olvidar. Hablo de mi país, que no de la madre América. ¿Cerraremos la herida? San Mateo está preso después de muerto. San Juan en el mero mero centro del apocalipsis. No siempre cabalga Disparate. Prefiere a Mateo, aunque navega en medio de los clamores de Juan. ¿Contradicciones del evangelio?

7

Danzará la luz, llama del ave, ceniza de la tierra,
la noche y su mentira,
cuanto Disparate no quisiera por nunca jamás:
el sueño irrenunciable.

8

     Tan existe Lezama como Gelman. Tremendo disparate para el señor Disparate. ¿Y si Dios fuera mujer? Tan mujer sería como el hombre. La verdad es valerosa. No hay nada qué hacer, fornicaremos hasta el fin de nuestros días, para pesar de los dedos que aprietan los gatillos.

      – ¿Cómo te quedó el ojo del entendimiento?

      –  Y a ti -responde Disparate- el disparate de la vida.

       – La concha de tu madre, Disparate.

9

Aún así todo sigue igual -tal dice Disparate,
propietario, como se cree de la vida-,
porque Disparate es inmutable como el tiempo.

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