UN HOMBRE SIN PATRIA (fragmentos). KURT VONNEGUT

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El escritor norteamericano Kurt Vonnegut.

Yo vengo de una familia de artistas. Y aquí estoy, ganándome la vida con el arte. No ha habido rebelión. Es como si hubiera heredado la gasolinera Esso de la familia. Todos mis antepasados se dedicaron al arte, así que yo no hago más que ganarme la vida siguiendo la tradición familiar.

Sin embargo, mi padre, que era pintor y arquitecto, se quedó tan tocado por la Depresión, una época en que no conseguía ganarse la vida, que creyó que sería mejor para mí que no me dedicara al arte. Me quería alejar de él porque había descubierto que era una forma absolutamente inútil de producir dinero. Me dijo que sólo podría ir a la universidad si era para estudiar algo serio, algo práctico.

En Cornell estudié química porque mi hermano era un prestigioso químico. A los críticos les parece que uno no puede ser un artista de verdad si ha tenido formación técnica, como en mi caso. Me consta que los departamentos de literatura inglesa de las universidades, sin darse cuenta de lo que hacen, tienen la costumbre de inculcar aversión por los departamentos de ingeniería, de física y de química. Y esta aversión, diría yo, se transfiere a la crítica. La mayor parte de nuestros críticos han salido de los departamentos de literatura y todos ellos muestran mucha desconfianza ante cualquiera que se interese por la tecnología. Bueno, la cuestión es que estudié química pero siempre acabo dando clases en departamentos de lengua inglesa, de modo que he incorporado el pensamiento científico a la literatura. No es algo que se me haya agradecido mucho. 

Se me considera un escritor de ciencia ficción desde que alguien decretó que yo era un escritor de ciencia ficción. Yo no quería que me catalogaran como tal, por lo que me pregunté cuál era mi ofensa para que no se me considerara un escritor serio. Llegué a la conclusión de que era porque escribía sobre tecnología, y la mayoría de los escritores estadounidenses de prestigio no saben nada sobre tecnología. Me catalogaron como escritor de ciencia ficción por el simple hecho de que escribí acerca de Schenectady, Nueva York. Mi primer libro, La pianola, trataba sobre Schenectady. Allí sólo hay fábricas enormes y nada más. Mis colegas y yo éramos ingenieros, físicos, químicos y matemáticos. Y cuando escribí acerca de la Compañía General Eléctrica y Schenectady, a los críticos que nunca habían estado allí les sonó a fantasía futurista.

Creo que las novelas que obvian la tecnología falsean tan gravemente la vida como lo hacían los Victorianos al obviar el sexo.

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En 1968, el año en que escribí Matadero cinco, ya había llegado a la madurez necesaria para escribir acerca del bombardeo de Dresde. Fue la mayor masacre de la historia de Europa. Por supuesto que sé lo que pasó en Auschwitz, pero una masacre es algo que ocurre de pronto, la matanza de muchísima gente en muy poco tiempo. En Dresde, el 13 de febrero de 1945, unas 135.000 personas murieron en una sola noche por el bombardeo incendiario británico.

Fue un disparate absoluto, una destrucción absurda. Toda la ciudad quedó calcinada, y fue una atrocidad de los británicos, no nuestra. Enviaron bombarderos nocturnos que llegaron y quemaron completamente la ciudad con un nuevo tipo de bomba incendiaria. El fuego consumió todo lo orgánico, excepto el pequeño grupo de prisioneros de guerra al que yo pertenecía. Fue un experimento militar para ver si era posible reducir una ciudad entera a cenizas regándola con bombas incendiarias.

Como prisioneros de guerra, claro está, acumulamos mucha experiencia con alemanes muertos: los desenterrábamos de los sótanos donde se habían asfixiado y los llevábamos hasta una enorme pira funeraria. Pero tengo entendido (yo no lo vi) que descartaron aquel procedimiento porque era demasiado lento y, naturalmente, la ciudad estaba empezando a oler bastante mal, así que mandaron a gente con lanzallamas.

Ignoro por qué no nos mataron a nosotros, a nuestro pequeño grupo de prisioneros de guerra.

En 1968 yo era escritor. Un escritor de segunda. Habría sido capaz de escribir cualquier cosa con tal de ganar dinero. Y, qué demonios, ya que lo había visto, lo había vivido, escribiría acerca de Dresde en un libro de segunda. De esos con los que luego hacían una película donde Dean Martin, Frank Sinatra y su panda harían de nosotros. Me puse a escribirlo, pero no daba pie con bola. Sólo me salía mierda.

Total, que me fui a casa de un amigo, Bernie O’Hare, que había sido compañero mío. Nos pusimos a recordar anécdotas de la época que pasamos como prisioneros de guerra en Dresde, cosas de tipos duros y tal, que podían servir para hacer una peli de guerra de la leche. Hasta que su mujer, Mary O’Hare, acabó por explotar y nos dijo: «En aquel entonces no erais más que chiquillos».

Y eso es cierto de los soldados. Es verdad que son chiquillos. No son estrellas de cine. No son John Wayne. Así que, habiendo descubierto la clave, por fin me sentía libre para contar la verdad. Éramos niños, y el subtítulo de Matadero cinco acabó siendo La cruzada de los niños.

¿Por qué tardé veintitrés años en escribir sobre lo que había vivido en Dresde? Todos habíamos vuelto a casa con batallitas que contar y, de una manera u otra, todos queríamos sacar algún beneficio de ello. Además, lo que Mary O’Hare en realidad nos estaba diciendo era: «¿Por qué no contáis la verdad, para variar?».

Tras la primera guerra mundial, Ernest Hemingway escribió un relato llamado El regreso del soldado, que hablaba sobre la gran falta de tacto que suponía preguntar a un soldado recién llegado a casa lo que había visto. Creo que mucha gente, yo incluido, se cerraba en banda cuando un civil le hacía preguntas sobre el campo de batalla, sobre la guerra. Eso era lo que se estilaba. Ya saben que una de las formas más impactantes de contar una batallita es negarse a contarla, claro. De este modo, los civiles tendrían que imaginarse todo tipo de proezas.

Sin embargo, yo diría que la guerra de Vietnam, nos liberó a mí y a otros escritores porque hizo que el liderazgo y los motivos de nuestra nación parecieran incoherentes y, en suma, estúpidos. Al fin podríamos hablar de las cosas horribles que les habíamos hecho a la peor gente imaginable, los nazis. Y lo que yo había visto, lo que tenía que contar, dejaba a la guerra en muy mal lugar. Ya saben, la verdad puede tener mucha fuerza. Y es que no te la esperas.

Por supuesto, otro motivo para no hablar de la guerra es que es inefable.

Fuente: Un hombre sin patria., de Kurt Vonnegut. (A Man without a Country), Traducción: Daniel Cortés Corona.

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