EL REINO DEL LENGUAJE. EDMUNDO ARAY

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Ramón Palomares

Tiempo de estallidos apocalípticos, y, al mismo tiempo, tiempo de génesis. Los  Sardianos, que buscaron su piedra en el discurso de San Juan,  izaron los años de 1957 y 1958 con el trabajo de calle contra la dictadura, y en el trabajo con la palabra, deslumbrados por ella, por sus infinitas posibilidades de revelación. Algunos salieron de la cárcel para juntarse con el pueblo en el festejo, como para celebrar luego la publicación de Las hogueras más altas, libro de cuentos de Adriano González León,   El Reino, de Ramón Palomares, y la novela Los pequeños seres, de Salvador Garmendia. Todos  –poetas, narradores, críticos y ensayistas en ciernes, pintores– en un solo haz, en una sola banda, en un movimiento de alto vuelo y muchos bares. Volcados, ciertamente, a una revisión de valores, a superar, sin dar cuartel, a los espantajos políticos, culturales, humanísticos y sociales. Sardio, sí, conformó “una generación cuya afinidad de ideas e intereses intelectuales, propició un espacio cultural insistentemente polémico y cuestionador”.

No eran estrechos los navíos, menos para Ramón Palomares, quien llegaba de la “tierra de nubes” y un magnífico  avío en los que asomaban el verso provenzal, la poesía precolombina, la voz andina, la palabra de  silbido interior, parecida a la neblina, a las incandescencia  de los poetas del Siglo de Oro como de la palabra que es verso en la voz de Escuque. Sobre todo con su propio, sorprendente modo del decir, audaz, único, deslumbrante. Ya Palomares se había anunciado con  poemas en la página literaria de El Nacional, estimulado por Mariano Picón Salas y el incontenible Adriano. Y he aquí un acontecimiento soberano: El Reino. Son muy altos los elogios, de encarnadura la crítica. Metido en la grandeza del mundo –escribirá Guillermo Sucre, en agosto de 1958 –, atento a los más puros hallazgos del hombre en la tierra, surge con un ímpetu embriagador y saludable en medio de las monsergas líricas y los remedos épicos de gran parte de la poesía venezolana.  Su idioma poético juega con las más variadas posibilidades, elíptico y directo al mismo tiempo, real y místico; renueva los giros más prosaicos y los prestigia con una gracia y una ternura inusitadas. 

Poesía de una desbordante pureza, inaugura un modo de sentir y de representar ámbitos no recorridos hasta entonces, ungidos por la palabra primigenia, ancestral. Ámbitos de la fabulación, de las vertientes más puras del lenguaje.

El Reino fusiona al hombre de todos los días con los elementos de la naturaleza, los fantasmas, la  tradición oral; surge de la raíz y a ella va por vía del sortilegio. Suya es la palabra campesina, impregnada de ríos y pájaros y mudanzas del encanto.

Algo más: el verbo adquiere una dimensión desconocida en el país y en el continente, deslumbra el verso, la palabra adquiere una nueva, insólita entidad, garra pura, omnipresencia de una energía creadora resplandeciente, de abrumadora belleza. Poesía de alta tensión es la Elegía a la muerte de mi padre. Toma ahora el jarro de dulce leche/y tíralo al viento para que al regarse/salpique de estrellas la tiniebla. /Pero aquel cuerpo que como una piedra descansa/húndelo en la tierra y cúbrelo/y profundízalo hasta hacerlo de fuego/y que el pavor se hunda con sus exánimes miembros/y que su fuerza descoyuntada desaparezca/como en el mes de mayo desaparecen algunas aves/que se van, errantes, y nadie las distinguirá jamás. /La joven vestida de primavera se ha marchado, /inconstante, como los aires, como las palomas, /como el fuego triste que ilumina las noches.

Poema desgarrador, de un ímpetu desconocido. Asistimos a una ceremonia secreta, desgarrada, hendida en el abismo de la existencia. Así pues:/Que tus manos no muevan más esos cabellos, /que tus ojos no escrudiñen más esos ojos,/pues se cansa el caminante que en la cumbre se detuvo/y que el camino no pudo determinar su fin./Pon sobre los lechos tela limpia,/arrójate como el vencido por el sueño/y como si fueras sobre los campos, sobre los mares,/sobre los cielos, y más, más, y más aún:/Duérmete, como se duerme todo,/pues el limpio sueño nos levanta las manos y/nos independiza/de esta intemperie, de esta soledad,/de esta enorme superficie sin salida.

He aquí a un virtuoso, de una madurez sin precedentes. Poeta de vivencias genuinas. Palomares dirá: Preciso referirme a lo vivido. Necesitaba romper los cristales del otoño, buscar, buscar, ensayar una propuesta estética diferente, de personal hondura.

Digo Ramón Palomares, y pronuncio a un místico de la poesía, que en  oficiante poesía mística se revela; sacerdote de la metáfora, como de las raíces míticas.  Universo mágico que comparte su existencia con la realidad, oculta, inexplorada.  Sus muertos viven, hablan, musitan, encarnan.

Que la poesía de Ramón Palomares surja unida en la forma y frescura a la más íntima veta de la poesía tradicional española, al modo de los juglares medievales, y próximo a la espontaneidad del Romancero, no es contrario al hecho de que en ella se exprese de manera medular y certera el espíritu de la región andina venezolana. Cierta la palabra de Eva Guerrero, pero subrayamos que las raíces discursivas de sus versos están en el canto y en la narración oral (andina), de arraigada tradición, que de su tierra de nubes vienen, de los pobladores de Escuque y de Boconó.

Doy paso a la nostalgia, al compañero de viajes que una mañana encontré al salir de la iglesia catedral de Lucca. ¿Qué hacías tan de mañana? –le pregunté. Lo mismo que tú harás –me respondió-, besar a hurtadillas a Ilaria dei Carreto.

La solemnidad le acompañó en vida como en la creación poética, un espíritu augusto, de hábito ritual, tan devoto del gesto como del lenguaje.

He aquí a un poeta de un flamante verbo original,  riguroso, excelso, voz profunda, única, raíz de pueblo, altiva como las montañas de su tierra de nubes más allá del azul. Su poesía es un auténtico estremecimiento. Voz plena del habla castellana. palomares-el-reino

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