LAS NOVELAS TONTAS DE CIERTAS DAMAS NOVELISTAS. GEORGE ELIOT

GEORGE ELIOT (Mary Anne Evans)*

INTRODUCCIÓN (a cargo de Gabriela Bustelo)

DESMONTANDO EL ETERNO FEMENINO

Este ensayo —que la editorial Impedimenta publica por primera vez en español— es tan rabiosamente moderno que al leer algunos de sus párrafos cuesta creer que se escribieran antes de inventarse la bombilla. Su autora, George Eliot, está considerada una de las cuatro grandes figuras de la narrativa inglesa, junto con Jane Austen, Henry James y Joseph Conrad. Mujer de ideas claras y temperamento fuerte, lo primero que llama la atención sobre ella es su seudónimo masculino, que se puso, según explicó ella misma, para conseguir que su literatura se tomara en serio. En el siglo XIX las mujeres firmaban sus obras sin el menor problema, pero lo que Mary Ann Evans pretendía con su nombre-tapadera era huir del estereotipo de las escritoras de sus tiempos, que solo le parecían capaces de producir tontorronas novelas románticas. Con este furibundo opúsculo contra la trivialidad de la literatura femenina, George Eliot se posicionó claramente en contra de la mayoría de sus autoras coetáneas. Si en sus tiempos logró ocasionar un revuelo, hoy genera un fervor que va en aumento año tras año. Reeditado constantemente en Inglaterra y en Estados Unidos, tiene tal éxito que las obras criticadas por Eliot, pese a ser novelas rosas muy menores, se estudian hoy en los cursos de escritura, según cuenta con sorna William S. Peterson, crítico literario del New York Times.

George Eliot nació en 1819 en el pequeño pueblo de Chilvers Coton (Warwickshire), cuyos habitantes le sirvieron de inspiración para sus mejores novelas. Hija de un carpintero que ascendió a mayoral de finca, estudió en la escuela local de Nuneaton y después en un internado de Coventry. A los 17 años, tras la muerte de su madre y el matrimonio de su hermana mayor, regresó a casa para cuidar a su padre. Obligada a dejar los estudios, a partir de entonces fue autodidacta, pero su padre le dio una estricta formación religiosa, contra la que se rebelaría en 1841, cuando empezó a leer las obras racionalistas que marcarían de por vida su pensamiento. 

Su primer trabajo literario fue la traducción, oficio en el que se inició con la Vida de Jesús del teólogo alemán David Strauss, y que compaginaría durante el resto de su vida con la escritura y el periodismo. En 1851 viajó durante dos años por Europa y a su regreso empezó a reseñar libros para la revista Westminster Review. Al convertirse en subdirectora de la publicación entró en contacto con las principales figuras literarias de la época: Harriet Martineau, John Stuart Mill, James Froude, Herbert Spencer y George Lewes. Conocer a Lewes, filósofo, científico y crítico, fue uno de los acontecimientos más importantes de su vida. Se enamoraron y decidieron vivir juntos a pesar de que Lewes estaba casado y no podía divorciarse. Sin embargo, Eliot consideró su larga y feliz relación con Lewes como un matrimonio.

Esta circunstancia también fue determinante en su decisión de adoptar un seudónimo masculino, pues era un medio eficaz para evitar el escándalo en torno a su convivencia con un hombre casado, situación que se prolongaría durante 20 años largos. En la sociedad victoriana las relaciones extramaritales estaban a la orden del día, como en todas las épocas de la humanidad, pero los coetáneos de Eliot —Wilkie Collins, por ejemplo— llevaban sus devaneos con discreción. Lo rompedor de la pareja Lewes-Eliot fue el hecho de que vivieran juntos sin el menor disimulo. En el alias de la autora hay un enternecedor detalle romántico, o tal vez un ansia de sacralizar ese amor ilegítimo, pues el «George» era, obviamente, en honor al nombre de pila de Lewes. En su vida no literaria, sin embargo, la autora empleaba el nombre de Marian Evans Lewes, ya que se consideraba, como hemos dicho, la esposa del hombre con quien compartía techo.

La autora de Las novelas tontas de ciertas damas novelistas no fue, por tanto, una persona corriente. George Eliot, que decidió otorgarse a sí misma una libertad mucho mayor de la que le hubiera correspondido en la Inglaterra victoriana, formó parte del círculo intelectual más avanzado de su país, logró forjarse una carrera literaria cuyo prestigio pervive hoy y, por si esto fuera poco, tuvo relaciones sexuales abiertas con un buen número de hombres. Middlemarch, su novela más conocida, es uno de los puntales de la literatura británica, hasta el punto de que autores de la talla de Martin Amis y Julian Barnes la consideran la mejor novela escrita en inglés.

Pero la obra cumbre de Eliot es, como las otras doce que escribió, una novela costumbrista inseparable de su tiempo. El asunto de la literatura femenina que se trata en este ensayo, sin embargo, está absolutamente al día. ¿Quién escribe mejor, un hombre o una mujer? ¿Hay «temas femeninos» y «temas masculinos»? ¿Por qué se sigue vendiendo la novela rosa? ¿El fin último de la literatura es el entretenimiento o el arte? ¿Las mujeres leen más o leen peor? Todas estas preguntas, que intentan responder hoy periodistas y escritores del mundo entero, son las mismas que abordó Eliot con una pasión casi cruel en esta ingeniosa pieza publicada en la revista Westminster Review en 1856.

Dicho esto, dejémosla a ella que nos responda a la pregunta más obvia. ¿Qué es una novela tonta? Eliot lo deja bien claro desde el principio. Se trata de un género con muchas subespecies que, según la calidad concreta de la tontería que predomine en ellas, pueden ser superficiales, prosaicas, beatas o pedantes. Pero la amalgama de todas estas subespecies variopintas produce un género —basado en la fatuidad femenina— donde pueden incluirse la mayoría de estas novelas, que podríamos llamar del estilo de «artimaña y confección». Más adelante, cuando el texto alcanza su punto de ebullición, por así decirlo, Eliot puntualiza el concepto con mordacidad. Tras admitir que podría parecer una impertinencia calificar de «tonta» a una novela, asegura tajantemente que este epíteto se emplea con conocimiento de causa, «pues la modalidad más traviesa de la tontería femenina es la modalidad literaria, porque tiende a confirmar el prejuicio popular contra una educación femenina más sólida».

No hace falta mucha imaginación para localizar el género de «artimaña y confección» del siglo XXI, pues se conserva casi idéntico —con las correspondientes actualizaciones sociales, culturales y tecnológicas propias de nuestra época— al descrito por George Eliot. No en vano el género más comprado, leído y escrito por mujeres es el que siempre se ha llamado despectivamente «novela rosa», desde la gama supuestamente intelectualizada al estilo de Isabel Allende hasta las novelas de Helen Fielding (El diario de Bridget Jones) o de Candace Bushnell (Sexo en Nueva York). Una de las quejas de Eliot —que, como hemos mencionado, nació en un hogar de clase media-baja— hace referencia a la insistencia de las autoras de novela tonta en describir las absurdas peripecias de la alta sociedad, cosa que reduce el mundo a una élite que tal vez sea la menos interesante: Si en sus narraciones produce un asombro constante la falta de verosimilitud de esa alta sociedad en la que aparentan vivir, tampoco parecen tener trato con ninguna otra forma de vida. Si los caballeros y damas que retratan son improbables, sus hombres de letras, sus comerciantes y sus campesinos son imposibles; y tienen un intelecto peculiarmente dotado para reproducir con imparcialidad tanto lo que han visto y oído, como lo que no han visto ni oído, ambos con idéntico desacierto.

¿No les sucede lo mismo a las autoras de la novela rosa de hoy, la versión urbanita del folletín de nuestras abuelas, que las editoriales han rebautizado como chick-lit o literatura para chicas? Es más, ¿no les sucede lo mismo a las periodistas y redactoras de las revistas femeninas que inventan un deslumbrante cuento de hadas en cada página de colorines satinados? ¿Y qué decir de los millones de mujeres occidentales de todas las clases sociales que —habiendo leído demasiadas novelas tontas y hojeado demasiadas revistas tontas— se duermen soñando con una vida más intensa, más romántica, más glamurosa?

Tal vez sea la editora Cristina Armiñana quien mejor ha explicado el irresistible atractivo que tiene la novela rosa —o tonta— para sus lectoras: «Las mujeres buscan hombres que aún no existen. Los hombres buscan mujeres que ya no quedan. Y las novelas románticas hacen realidad ambos sueños». Real como la vida misma. Pero con final… rosa. Pasen y lean. Nadie mejor que la propia Eliot para explicarles lo que fueron en sus tiempos y lo que, ¡ay!, temo que siguen siendo en los nuestros Las novelas tontas de ciertas damas novelistas.

Gabriela BusteloMadrid, mayo 2012

 FRAGMENTO DEL LIBRO / GEORGE ELIOT:

>>Es justo confesar un grave error de juicio, enmendado al descubrir que las novelas tontas transcurren casi todas en el entorno de una alta sociedad de enorme elegancia. Pensábamos que las mujeres necesitadas se hacían novelistas, como se hacen institutrices, porque ambas ocupaciones permiten ganarse el pan de un modo bien visto por la sociedad. Por ello, la sintaxis imprecisa y los argumentos inverosímiles nos producían cierta ternura, como los acericos superfluos y los absurdos gorros de noche que venden los ciegos por las calles. Si la mercancía literaria parecía un estorbo inútil, era un consuelo saber que el dinero serviría para aliviar las penurias de gentes necesitadas, por tratarse de mujeres solas que tenían que procurarse el sustento, o de esposas e hijas dedicadas a producir el «material» por puro heroísmo, tal vez para pagar las deudas del marido o comprar las medicinas del padre enfermo. Este convencimiento disuadía de criticar toda novela publicada por una mujer: por mal que escribiera, sus motivos parecían irreprochables; por poca imaginación que tuviera, su paciencia se antojaba infinita. Bajo la mala literatura había un estómago vacío; bajo la tontuna, un mar de lágrimas. ¡Pero no! La observación de la realidad hizo necesario relegar aquella teoría, como tantas otras teorías bonitas. A tenor de los hechos, podemos asegurar que las novelas tontas femeninas se escriben en circunstancias bien distintas. Huelga decir que sus bienintencionadas autoras jamás han cruzado palabra con un tendero, salvo desde la ventana de su carruaje; están convencidas de que la clase trabajadora la componen unos «subordinados»; piensan que ganar quinientos al año es una miseria; creen en dos verdades primordiales: el barrio de Belgravia y los salones de los barones; y para despertar su interés, un hombre tiene que ser como mínimo un gran terrateniente, aunque siempre es preferible un primer ministro. Como era de esperar, escriben en un elegante saloncito, en tinta de color violeta y con una pluma engarzada de rubíes; la contabilidad editorial es un asunto que les resulta ajeno y su única relación con la pobreza es la de su pobre cerebro. Si en sus narraciones produce un asombro constante la falta de verosimilitud de esa alta sociedad en la que aparentan vivir, tampoco parecen tener trato con ninguna otra forma de vida. Si los caballeros y damas que retratan son improbables, sus hombres de letras, sus comerciantes y sus campesinos son imposibles; y tienen un intelecto peculiarmente dotado para reproducir con imparcialidad tanto lo que han visto y oído, como lo que no han visto ni oído, ambos con idéntico desacierto.

Cabe suponer que pocas mujeres ignoren lo que es un niño de cinco años, pero en la recién publicada Compensación, una novela del género de «artimaña y confección» que se define como una historia sobre la vida real, aparece una niña de cuatro años y medio que habla al estilo del bardo Ossian, como puede comprobarse en este párrafo:

«—Ay, qué feliz soy, mi querida y maravillosa mamá. He conocido… He conocido a un ser encantador, que me recuerda a todo lo bello que hay en este mundo: el olor a flores frescas y la vista desde Ben Lemond; no, es mejor aún, porque verle es como ver todas mis cosas preferidas. Y también me recuerda a mamá cantando, sí. Y tiene una frente tan ancha como ese lejano océano —dijo la niña, señalando hacia las aguas azules del Mediterráneo—. Una grandeza que parece no acabar nunca, como ese cielo estrellado que tanto me gusta en las noches de verano cuando hace buen tiempo… No me mires así… Tu frente es como el Loch Lomond, cuando sopla el viento al caer la tarde; me gusta la luz del sol cuando el agua está lisa… Por eso ahora me gusta más que nunca… El lago es aún más bonito estando sereno y oscurecido por una nube, cuando el sol de pronto ilumina cada uno de los colores de los bosques y las vistosas rocas moradas, y todo ello se refleja en las aguas».

No sorprende descubrir que este portento infantil, cuyos síntomas tienen un preocupante parecido con los de una adolescencia anulada por la ginebra, desciende de una madre que también es un verdadero fénix. Se nos asegura, una y otra vez, que la señora está dotada de una mentalidad extraordinariamente original, que es un genio «consciente de su singularidad» y que la fortuna la ha bendecido con un amante que también es un genio y un hombre de «una inteligencia única». Leemos que este amante «maravillosamente semejante» a ella «en cuanto al juicio y al talento» posee «una superioridad infinita en lo relativo a la fe y la experiencia», y la señora descubre en este ser «el agapé, tan difícil de hallar, sobre el que había leído con profunda admiración en su Testamento griego; pues tal era su facilidad para los idiomas que leía las Sagradas Escrituras en sus lenguas originales». ¡Por supuesto que sí! El griego y el hebreo son un simple juego para nuestra heroína. El sánscrito lo aprende como si fuera el abecedario. Y sabe hablar con toda corrección cualquier idioma, menos el suyo. Estamos ante una políglota pizpireta, una Creuzer con faldas. Pobres hombres. Son tan pocos de ustedes los que hablan algo de hebreo; lo consideran digno de alarde solo si, como Bolingbroke, logran «apreciar dicha erudición y cuanto se ha escrito sobre ella»; y tal vez suspiren por las mujeres capaces de despreciarles, sucesivamente, en todas las lenguas semíticas. Sin embargo, como se nos hace saber de modo casi invariable que la heroína tiene una cabeza «primorosamente pequeña», dotada de una inteligencia avivada por su temprana atención a la vestimenta y el porte, podemos atribuirle un talento para los idiomas orientales, con sus correspondientes dialectos, que captará con la etérea desenvoltura de una mariposa al libar el néctar de una flor. Además, ¿quién va a dudar de la inconmensurable erudición de la protagonista cuando la de la autora es tan evidente?

En Laura Gay, otra novela de la misma escuela, la heroína parece menos curtida en griego y hebreo, deficiencia que compensa gracias a su juguetona familiaridad con los clásicos latinos: su «buen amigo Virgilio», el «elegante Horacio», el «humano Virgilio» y el «grato Livio»; tanto es así que la buena mujer cita a los clásicos en una excursión campestre, ante un grupo variopinto de damas y caballeros que no tienen, se nos dice, «sospecha alguna de que el bello sexo pueda despertar envidia por algo semejante». La biógrafa de Laura Gray lamenta que «en la sociedad no predomine la más sabia y noble representación del sexo femenino, incapaz de albergar tan vil sentimiento; pues mientras abunden seres como la señorita Wyndham y el señor Redford, su mera existencia exigirá grandes sacrificios». Sacrificios tales, suponemos, como abstenerse de hacer esas citas latinas, cuyo moderado interés y escasa utilidad práctica parecen indicar que la sabia y noble minoría del mencionado sexo estaría tan dispuesta a prescindir de ellas como su necia e innoble mayoría. Una persona bien educada no tiene por costumbre citar a los clásicos en latín cada vez que acude a una reunión social. Tanto los hombres como las mujeres contienen su familiaridad con el «humano Cicerón», impidiendo que asome durante una conversación coloquial, y en cuanto al «grato Livio», citarle tampoco es algo absolutamente irreprimible. El latín de Cicerón, sin embargo, constituye la modalidad más liviana de la conversación de la señorita Gay. En una ocasión, estando en el Palatino con un grupo de turistas, nuestra heroína considera oportuno hacer un comentario tan logrado como este: «La verdad solo puede ser pura objetivamente, pues incluso en las religiones, donde pretende predominar, es subjetiva y se halla dividida en fragmentos que tienen, a la fuerza, su propia idiosincrasia, o, por así decirlo, un matiz supersticioso mayor o menor. En los credos como el católico, la ignorancia, las nociones paganas y los intereses políticos se han ido entremezclando con la verdad pura hasta transformarla finalmente en una mole de supersticiones aceptadas por la mayoría de sus adeptos; y cuán pocos de ellos, ¡ay!, tienen el entusiasmo, el valor y el brío intelectual necesarios para percibir que se trata de un abigarrado montón de basura bajo el que yace una valiosísima perla». Sabemos de muchas mujeres con ideas más novedosas y profundas que las de Laura Gay, pero pocas con una inoportunidad tan prolija. Un piadoso lord, alarmado ante las audaces ideas que hemos citado, empieza a sospechar que la dama pueda ser una librepensadora. Pero se equivoca. Cuando, afligido por las circunstancias, el educado caballero pide permiso a la heroína para «recordarle esa reserva de ánimo a la que acudimos para consolarnos de nuestras penas, cosa que tendemos a olvidar hasta que la dureza de la vida nos lo recuerda», descubrimos que ella dispone con frecuencia de esa «sagrada reserva», pues no le basta con un par de tazas de té. En Laura Gay el desfile de fortunas y coches elegantes tiene un cierto regusto ortodoxo, pero es una ortodoxia mitigada por el estudio del «humano Cicerón» y por una «predisposición intelectual al análisis».

Compensación tiene una carga doctrinal mayor, aderezada con una dosis triple de cursilerías mundanas e incidentes absurdos, capaz de satisfacer los remilgos de los paladares volubles. Linda, una heroína más soñadora y espiritual que Laura Gay, nos llega ya «presentada en sociedad» y con unos amantes mucho más espléndidos. Entre los personajes hay mujeres pérfidas y fascinantes, hasta una lionne francesa. Y en general no se repara en gastos para ofrecernos un argumento tan apasionante como el de la más inmoral de las novelas. Un maravilloso popurrí, a decir verdad, donde aparecen el club social Almack’s, la clarividencia escocesa y los desayunos de Mr. Rogers, mezclados con bandoleros italianos, conversiones en el lecho de muerte, escritoras excelsas, amantes italianas y planes de envenenar a ancianas, todo ello aliñado con una guarnición de charlas sobre «la fe y el progreso» y las «mentalidades verdaderamente originales». Incluso la señorita Susan Barton, la excelsa escritora cuya pluma «avanza veloz y decidida cuando está creando», desprecia las mejores oportunidades de matrimonio. Y aunque por edad podría ser la madre de Linda (a cuyo padre ha rechazado, según se nos dice), tiene de pretendiente a un joven conde desairado por la heroína. Parece ser que el genio y la moralidad deben verse respaldados por aspirantes idóneos, para no parecernos asuntos más bien tediosos; y si la piedad quiere ser comme il faut, ha de aparecer «en sociedad», como tantas otras cosas, y tener acceso a los mejores círculos.

Rango y belleza representa una variedad más superficial y menos religiosa del género de «artimaña y confección». De la heroína descubrimos que «si había heredado el orgullo de su padre y la belleza de su madre, poseía un carácter entusiasta tal vez propio de su época, incluso en las clases más bajas; entusiasmo que, si se cultiva, progresa hacia el indómito espíritu del romanticismo sólo en los descendientes de familias longevas, quienes lo consideran su mejor herencia». La entusiasta señorita, a fuerza de leer el periódico en voz alta a su padre, se enamora del primer ministro que, a través de los artículos de opinión y los resúmenes parlamentarios, brilla en su imaginación como una estrella resplandeciente y única, sin un paralaje correspondiente a la vida campestre que lleva ella bajo el sencillo nombre de «la señorita Wyndham». Pero al poco se convierte por derecho propio en la baronesa de Umfraville, maravillando a propios y extraños cuando sale de su mansión de Spring Gardens y hace su aparición en sociedad donde, como podrán imaginar, se topa con su objeto amado, sobre el que nunca había posado los ojos. Tal vez las palabras «primer ministro» les hagan pensar en un sexagenario ajado u obeso; pero les ruego que descarten la imagen. Lord Rupert Conway ha llegado al cargo «siendo aún bisoño, por así decirlo, ante cualquier circunstancia que pueda darse en el universo» y no hay artículo de opinión ni resumen parlamentario capaz de superar esta quimera.

«La puerta se abrió nuevamente y entró lord Rupert Conway. Evelyn le miró. Lo que vio no la decepcionó. Era como llevar tiempo contemplando un retrato que, de pronto, cobrase vida, de modo que el hombre retratado saltara del marco ante sus ojos. Su esbelta figura y la distinguida sencillez de su porte lo convertían en un Van Dyck encarnado, en un caballero, en uno de sus nobles ancestros, o tal vez en un aristócrata soñado por su mente fantasiosa, un hidalgo que hubiera luchado junto a un Umfraville contra los paganos allende los mares. ¿Sería verdad?».

Parecía muy poco probable que lo fuera, desde luego.

En todo caso, al cabo de un tiempo se hace evidente que el corazón ministerial ha quedado tocado. Cuando lady Umfraville va a visitar a la Reina en Windsor…

«En la última tarde de su estancia, al regresar de montar a caballo, el señor Wyndham la llevó a la cima del monte Keep, con un buen número de personas, para enseñarles la vista. Estaba apoyada en una almena, mirando desde aquella “altura majestuosa” el panorama que tenía a sus pies, cuando lord Rupert se presentó a su lado.

—¡Qué vista tan incomparable! — exclamó ella.

—Sí, habría sido un error marcharse sin haber subido aquí —dijo él—. ¿Ha disfrutado de la visita?

—¡Estoy encantada! —respondió la dama—. Bajo esta Reina se puede vivir y morir. Es más, ¡se puede vivir y morir por ella!

—¡Ah! —exclamó él.

Con el rostro súbitamente arrebatado, el señor Wyndham esbozó un gesto sutil que parecía exclamar eureka al haber hallado un corazón que latía al unísono con el suyo».

Al final del tercer volumen descubrimos que el «gesto que parecía exclamar eureka» era una profecía de matrimonio. Pero antes de llegar esa deseable consumación sucede una cadena de malentendidos, casi todos ellos suscitados por el maquiavélico y rencoroso sir Luttrel Wycherley, un genio, un poeta y un personaje verdaderamente único en todas sus manifestaciones. Además de poeta romántico, es un curtido calavera y un cínico lleno de ingenio. Pero la intensa pasión que siente por lady Umfraville le ha minado de tal modo el talento epigramático que su conversación carece de todo interés. Cuando ella le desdeña, él se lanza a los arbustos del jardín y acaba rebozado en barro. Una vez repuesto, urde una diabólica y laboriosa venganza que le lleva a disfrazarse de curandero y a abrir una consulta médica, convencido de que Evelyn caerá enferma, por lo que su familia acudirá a él para curarla. Al final, tras haberle fallado todos los planes, se despide de ella en una larga carta, escrita, como se podrá comprobar en el siguiente extracto, al más puro estilo de un eminente literato:

«Señora mía, acostumbrada como está a los lujos y los placeres, ¿es mucho pedir que dedique alguno de sus pensamientos a este miserable ser que le escribe? En alguna ocasión, mientras su galeón dorado se desliza sobre las imperturbables aguas de la prosperidad, mientras avanza acunada por la más dulce de las melodías, cuyas notas son todas alabanzas a su persona, ¿se detendrá a escuchar el lejano suspiro procedente del abismo al que me encamino?».

En conjunto, sin embargo, tenemos cierta predilección por Rango y belleza, con toda su superficialidad, frente a las otras dos novelas que hemos mencionado. Los diálogos son más naturales y sentidos; la ignorancia es sincera y carente de pedantería; y la asombrosa inteligencia de la protagonista se acepta como un hecho consumado, sin imponerse la lectura de sus refutaciones coloquiales de los clásicos o los filósofos escépticos, ni sus soluciones retóricas de los misterios del universo.

Las escritoras del género de «artimaña y confección» son sorprendentemente unánimes en la elección de vocablos. En sus novelas suele haber una dama o un caballero tan altos como un árbol malayo; el amante luce un porte varonil; las mentes tienen reminiscencias variadas; los corazones están huecos; los ágapes se disfrutan; a los amigos los sepultan en panteones; la infancia es una etapa encantadora de la vida; el sol es una luminaria que se reclina sobre el ocaso o que ampara el dulce vapor de la lluvia en su seno refulgente; la vida es una bendición melancólica; Albión y Britania son epítetos coloquiales. Hallamos un extraordinario parecido también en el carácter de sus comentarios morales, como, por ejemplo, que «tanto a los ricos como a los pobres les afecta en mayor o menor grado el mal ejemplo, hecho tan cierto como lamentable»; y que «todo libro, por trivial que sea, contiene asuntos de los que se puede extraer alguna información útil»; que «el vicio toma prestado, con excesiva frecuencia, el lenguaje de la virtud»; que «el mérito y la nobleza del espíritu han de existir, para ejercer su influencia, pues el estrépito y la pretensión no pueden imponerse en quienes conocen demasiado bien la naturaleza humana como para dejarse engañar»; y que «para poder perdonar, es necesario que otros nos hayan herido antes». Es indudable que a un buen número de lectores esta clase de comentarios les parecen verdaderamente agudos y mordaces, pues a menudo los hallamos subrayados a lápiz dos y tres veces, como puede suceder que una delicada mano proclame su firme adhesión a alguna de estas rotundas novedades con un nítido très vrai, recalcado con abundantes signos de exclamación. El estilo coloquial de estas novelas suele aparecer en forma de alguna graciosa transposición, evitando cuidadosamente las expresiones vulgares que podamos oír por las calles. Los caballeros enfadados exclaman: «¡Así fue y será siempre, pardiez!»; y en la media hora previa a la cena una joven informa a su vecino de que el primer día en que leyó a Shakespeare «se fue sigilosamente al parque y, bajo la sombra del castaño, devoró con pasión la inspirada página del gran mago». Pero lo más meritorio de las escritoras del género de «artimaña y confección» son sus reflexiones filosóficas. La autora de Laura Gay, por ejemplo, tras haber casado al héroe y la heroína, adorna el acontecimiento al observar que «si los escépticos, cuya costumbre de reparar en la materia les impide ver nada bueno en el ser humano, pudieran experimentar en cuerpo y espíritu una felicidad como esta, acabarían aceptando que el alma humana y el pólipo no tienen un origen común, ni la misma textura». Las señoras novelistas, según parece, tienen un don que les permite ver más allá de la simple materia; al no estar limitadas a los fenómenos físicos, pueden recrearse la vista con la contemplación ocasional del noumenon y, en consecuencia, están mejor capacitadas para juzgar a los escépticos, incluso a los de esa escuela tan notable como desconocida que equipara la textura del alma humana con la del pólipo.

Las más patéticas de todas las novelas tontas escritas por ciertas señoras novelistas son las que podríamos llamar del género oracular, que pretenden exponer las teorías religiosas, filosóficas o morales de la autora. Entre las mujeres parece triunfar la noción, similar a la supersticiosa creencia de que los cretinos dicen y hacen cosas prodigiosas, de que el ser humano menos provisto de sentido común es el vehículo más capacitado para la revelación. A juzgar por sus escritos, ciertas damas creen que una asombrosa ignorancia, tanto en las cosas de la vida como en las de la ciencia, es el mejor requisito para formarse una opinión sobre los asuntos morales y filosóficos más enrevesados. Diríase que su receta para solventar cualquier dificultad de este tipo sería algo semejante a esto: se toma como ingrediente principal la cabeza de una mujer, se rellena con un manojo de filosofía y literatura bien picado y con un puñado de falsas nociones sociales bien hervidas; se cuelga en alto sobre una mesa durante varias horas al día y se sirve caliente con una salsa gramatical ligera en el momento más innecesario. Es casi imposible hallar una señora novelista del género oracular que no se crea plenamente capacitada para decidir sobre cualquier cuestión teológica; que no tenga la menor duda sobre su aptitud para distinguir con perfecto rigor entre el bien y el mal en cualquier reunión religiosa; que no sepa elucidar con toda precisión los errores cometidos por todos aquellos que la precedieron; y que no se compadezca de los filósofos en general, por verse privados de la oportunidad de consultarla. En cuanto a los grandes escritores, que se conforman modestamente con narrar sus experiencias y que se imponen la tarea de mostrar las cosas y las personas tal como son, la dama suspira ante la deplorable ineficacia con la que emplean su talento. «No han solventado ninguna de las grandes cuestiones», piensa, dispuesta a remediar esta omisión al ofrecernos su teoría de la vida terrestre y el devenir celestial mediante una historia de amor sucedida entre damas y caballeros de buena familia, que experimentan las vicisitudes propias de su clase ante la total confusión de los deístas, los tractarianos y los protestantes fanáticos, estableciendo a la perfección una particular visión de la cristiandad que tan pronto se condensa en una frase circunspecta como explota en una lluvia de estrellas en la página trescientos treinta. Es probable que las damas y los caballeros se parezcan bien poco a todos los que la autora haya tenido la suerte o la desgracia de conocer, pues por norma general la capacidad de una señora novelista para narrar la vida real y describir a sus congéneres es inversamente proporcional a su confiada elocuencia sobre Dios y el más allá, y el medio que suele elegir para guiarnos hacia una idea verdadera de lo invisible es una visión falsa de lo visible.”

Tomado del libro Las novelas tontas de ciertas damas novelistas, de George Eliot. Tíítulo original: Silly Novels by Lady Novelists, de George Eliot, 1856. Traducción y prólogo: Gabriela Bustelo.

Notas

[1] Variante medieval del francés loyauté, lealtad. (N. de la T.). <<

[2] Lo que llamáis el espíritu de los tiempos, es en el fondo el espíritu propio de los señores, en el que se reflejan los tiempos. Fausto, Johann Wolfgang von Goethe. (N. de la T.).

*GEORGE ELIOT, seudónimo de Mary Anne Evans, nació en Chilvers Coton (Warwickshire), el 22 de noviembre de 1819. Autodidacta. Su primer trabajo literario fue la traducción de Vida de Jesús, del teólogo alemán David Strauss, y reseñas de libros para la revista Westminster Review, desde donde se puso en contacto con las principales figuras literarias de la época, como Harriet Martineau, John Stuart Mill, Herbert Spencer o George Lewes. En 1856, alentada por este último, empezó a escribir novelas y relatos, que aparecieron después reunidos en su libro Escenas de la vida clerical (1858). Lo firmó con el seudónimo de George Eliot y mantuvo en secreto su identidad durante muchos años. Entre sus obras más conocidas se encuentran Adam Bede (1859), El molino junto al Floss (1860), Silas Marner (1861) y Romola (1863). Poco después escribió sus dos obras maestras: Felix Holt, el Radical (1866), sobre la política británica, y, sobre todo, Middlemarch (1872), que ha sido considerada por parte de la crítica como la mejor novela jamás escrita en lengua inglesa. Eliot está considerada la más importante escritora de la era victoriana, y fue admirada por contemporáneos como Emily Dickinson y escritores posteriores como Virginia Woolf. George Eliot murió el 22 de diciembre de 1880, en Londres.

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