EL PRIMER CINE. LUIS BUÑUEL

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LUIS BUÑUEL

El 1908, siendo todavía un niño, descubrí el cine.

El local se llamaba «Farrucini». Fuera, sobre una hermosa fachada de dos puertas, una de entrada y otra de salida, cinco autómatas de un organillo, provistos de instrumentos musicales, atraían bulliciosamente a los curiosos. En el interior de la barraca, cubierta por una simple lona, el público se sentaba en bancos. Conmigo iba siempre mi nurse, desde luego. Me acompañaba a todas partes, incluso a casa de mi amigo Pelayo, que vivía al otro lado del paseo.

Las primeras imágenes animadas que vi, y que me llenaron de admiración, fueron las de un cerdo. Era una película de dibujos. El cerdo, envuelto en una bufanda tricolor, cantaba. Un fonógrafo colocado detrás de la pantalla dejaba oír la canción. La película era en colores, lo recuerdo perfectamente, lo que significa que la habían pintado imagen a imagen.

En aquella época, el cine no era más que una atracción de feria, un simple descubrimiento de la técnica. En Zaragoza, aparte el tren y los tranvías que ya habían entrado en los hábitos de la población, la llamada técnica moderna apenas había empezado a aplicarse. Me parece que en 1908 no había en toda la ciudad más que un solo automóvil y funcionaba por electricidad. El cine significaba la irrupción de un elemento totalmente nuevo en nuestro universo en la Edad Media.

En años sucesivos se abrieron en Zaragoza salas permanentes, con butacas o bancos, según el precio. Hacia 1914 había tres cines bastante buenos; el «Salón Doré», el «Coïné» (nombre de un fotógrafo célebre) y el «Ena Victoria ». En la calle de Los Estébanes había otro cine que no recuerdo cómo se llamaba. En aquella calle vivía una prima mía, y desde la ventana de la cocina veíamos la película. Luego, tapiaron la ventana y pusieron una claraboya en la cocina; pero nosotros hicimos un agujero en el tabique por el que mirábamos por turnos aquellas imágenes mudas que se movían allí abajo.

Casi no me acuerdo de las películas que vi durante aquella época y a veces las confundo con otras que vería después en Madrid. Pero recuerdo a un cómico francés que siempre se caía y al que en España se llamaba «Toribio» (¿sería, quizás, «Onésime»?). Se proyectaban también las películas de Max Linder y de Méliès, como El viaje a la Luna. Las primeras películas americanas llegaron un poco después, en forma de cintas cómicas y folletines de aventuras.

Recuerdo también los melodramas románticos italianos que hacían llorar. Aún me parece estar viendo a Francesca Bertini, la gran estrella italiana, la Greta Garbo de su época, retorcer llorando el cortinaje de la ventana. Patético y un poco tostón.

El Conde Hugo y Lucilla Love, cómicos americanos, figuraban entre los más populares de la época y vivían las sentimentales y ajetreadas aventuras de los folletines.

En los cines de Zaragoza, además del pianista tradicional, había un explicador que, de pie al lado de la pantalla, comentaba la acción. Por ejemplo:

—Entonces el conde Hugo ve a su esposa en brazos de otro hombre. Y ahora, señoras y señores, verán ustedes al conde sacar del cajón de su escritorio un revólver para asesinar a la infiel.

El cine constituía una forma narrativa tan nueva e insólita que la inmensa mayoría del público no acertaba a comprender lo que veía en la pantalla ni a establecer una relación entre los hechos. Nosotros nos hemos acostumbrado insensiblemente al lenguaje cinematográfico, al montaje, a la acción simultánea o sucesiva e incluso al salto atrás. Al público de aquella época, le costaba descifrar el nuevo lenguaje.

De ahí la presencia del explicador.

Nunca olvidaré cómo me impresionó, a mí y a toda la sala por cierto, el primer travelling que vi. En la pantalla, una cara avanzaba hacia nosotros, cada vez más grande, como si fuera a tragársenos. Era imposible imaginar ni un instante que la cámara se acercase a aquella cara —o que ésta aumentase de tamaño por efecto de trucaje, como en las películas de Méliès. Lo que nosotros veíamos era una cara que se nos venía encima y que crecía desmesuradamente.

Al igual que santo Tomás, nosotros creíamos lo que veíamos.

Creo que mi madre empezó a ir al cine algún tiempo después; pero estoy casi seguro de que mi padre, que murió en 1923, no vio ni una sola película en toda su vida. No obstante, en 1909, fue a verle un amigo que vivía en Palma de Mallorca, para proponerle que financiara la instalación de barracas de cine en la mayor parte de ciudades españolas. Mi padre se negó, ya que el cine le parecía cosa de saltimbanquis y no le inspiraba sino desdén. Si él hubiera aceptado la propuesta de su amigo, tal vez yo sería hoy el distribuidor español más importante.

Durante los veinte o treinta primeros años de su existencia, el cine estuvo considerado como una diversión de feria, algo bastante vulgar, propio de la plebe, sin porvenir artístico. Ningún crítico se interesaba por él. En 1928 o 1929, cuando comuniqué a mi madre mi intención de realizar mi primera película, ella se llevó un gran disgusto y casi lloró, como si yo le hubiera dicho: «Mamá, quiero ser payaso.» Fue necesario que interviniera un notario, amigo de la familia, quien le explicó muy serio que con el cine se podía ganar bastante dinero y hasta producir obras interesantes, como las grandes películas rodadas en Italia, sobre temas de la Antigüedad. Mi madre se dejó convencer, pero no fue a ver la película que ella había financiado.

Tomado del libro Mi último suspiro (memorias), de Luis Buñuel, publicado originalmente, en 1082, con el título: Mon dernier soupir. Traducción: Ana María de la Fuente

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