LENIN Y TZARA, DADAÍSMO Y REVOLUCIÓN. PEDRO DE LA HOZ

Vladimir I. Lenin. Foto: Cortesía del autor

Antes de partir raudo hacia Petrogrado en la primavera de 1917, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, vivió alrededor de un año junto a su esposa Nadezhda Krúpskaia en un modesto apartamento de la calle Spiegelgasse, en la ciudad suiza de Zurich.

En la fachada del número 14 una placa recuerda esa estancia a viandantes y turistas.

Al líder bolchevique, para quien nada humano fue ajeno, debió picarle la curiosidad el ajetreo que en febrero de 1916, por los mismos días en que la pareja se instalaba procedente de Berna, animaba un local ubicado justo al frente, en el número 1 de la Spiegelgasse.

Hugo Ball redactó la nota que anunció en la prensa de la ciudad la apertura de la taberna y supervisó personalmente la ubicación del rótulo sobre la puerta: Cabaret Voltaire. Aunque Ball, poeta alemán que por entonces pretendía reducir la versificación al puro sonido de los fonemas, figuraba como propietario, varios amigos ayudaron a sustentar el proyecto y darle vida. Por ahí andaba el pintor rumano y estudiante de arquitectura en el Instituto Politécnico de Zurich, Marcel Janco; el poeta y psicoanalista alemán Richard  Huelsenbeck, recién llegado a la urbe; el escultor, pintor y poeta francoalemán Jean Arp, quien se haría célebre con los años y había escapado del servicio militar germano haciéndose pasar por loco, y su novia, luego esposa, la suiza Sophie Taeuber, cuya notoriedad como diseñadora ha sido reconocida oficialmente por la Confederación Helvética al estampar su efigie en el billete de 50 francos suizos.

Pronto se hizo sentir el más dinámico y joven de todos, Tristan Tzara. Nacido rumano en una familia hebrea —parece haberse llamado realmente Samuel Rosenstock, algo que negó siempre—, se hizo francés en ciudadanía y expresión. Antes de de­sembarcar en Zurich publicó en esa lengua un primer e inquietante libro de poemas, La primera aventura celeste de Monsieur Antypirine, y Tzara se convirtió en el parroquiano más alborotador del Cabaret Voltaire. 

Todos aquellos y otros artistas y poetas repudiaban la Primera Guerra Mundial y no se afiliaban a ninguno de los bloques en conflicto. Una noche Tzara invitó a los presentes a entonar al unísono canciones de sus países de origen. En otra repartían pancartas y panfletos de tipografía delirante. Una más dedicaban a la experimentación poética. Ruido, inconformidad, cuestionamientos a las convenciones artísticas y políticas. Tzara se sacaba como un mago poemas de los bolsillos, los refugiados rusos respondían con cantos folclóricos y los alsacianos con escenas del Ubu Rey, de Alfred Jarry.

Retrato de Tristan Tzara. Robert Delaunay, 1923

Allí, en el Voltaire, surgió el dadaísmo. Dos años después Tzara lanzó su primer intento por teorizar lo que era la negación del arte, con el Primer Manifiesto Dadaísta.

En ese texto afirmaba: «La obra de arte no debe ser la belleza en sí misma porque la belleza ha muerto; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura, no debe divertir ni maltratar a las personas individuales sirviéndoles pastiches de santas aureolas o los sudores de una carrera en arco a través de las atmósferas. (…). Los que están con nosotros conservan su libertad. No reconocemos ninguna teoría. Basta de academias cubistas y futuristas».

¿Qué tiene que ver Lenin con todo esto? Posiblemente nada y mucho. El político e ideólogo ruso se hallaba confinado en Suiza prácticamente desde que la conflagración bélica europea entró en su apogeo. Había tratado de convencer a sus colegas socialistas rusos y europeos de aprovechar las contradicciones entre las potencias para llevar adelante una insurrección revolucionaria al margen de la guerra en las naciones europeas. Esta idea no triunfó en el cónclave efectuado en Zimmerwald, cerca de Berna, en septiembre de 1915. Tampoco en Kienthal en abril de 1916. La Segunda Internacional se debatía en la agonía y todavía era demasiado temprano para proponer una nueva concertación de la izquierda radical.

Por lo pronto, Lenin estudia y escribe en Zurich. Da los toques finales a un ensayo que ganaría una jerarquía clásica en la literatura marxista: El imperialismo, fase superior del capitalismo. Durante la etapa final de la redacción, en el apartamento de la Spiegelgasse, estaría abrumado por el olor penetrante de una cercana fábrica de embutidos.

Por la vecindad es muy probable que a Lenin no le fuera ajena la actividad del Café Voltaire. Tzara no tenía por qué saber de los ímpetus revolucionarios del exiliado ruso; le bastaban los suyos. Pero a pocos metros de allí, en la propia calle, en el más tranquilo Café de la Terrasse, había tableros de ajedrez. Lenin y Tzara eran aficionados al juego ciencia y frecuentaban el sitio.

El escritor rumano Andrei Codrescu, en su libro The Posthuman Dada Guide: Tzara & Lenin play chess (2009) especula, a partir de datos reales, la coincidencia ajedrecística del poeta y el político. Afirma: «Ambos compartían un profundo sentido de las injusticias. Sin embargo, discrepaban en el enfoque de cómo enfrentar la situación. Por un lado, en Tzara imperaba el caos, la libido, la creatividad y el absurdo mientras que, en Lenin, prevalecía la energía de la razón, el orden, las estructuras sociales».

Treinta años atrás, un trovador cubano, Carlos Valera compuso una canción titulada Jaque Mate 1916. Allí dice: «Tristan Tzara jugaba ajedrez con Lenin/la misma calle que nació Dada/a veces presiento que fui una pieza,/que aquel tablero era mi ciudad».

Por estos días la lleva en el repertorio que canta en varias ciudades suizas, en vísperas del centenario de la Revolución de Octubre.

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