LA COMPLACENCIA DE HABER FORMADO VARIAS GENERACIONES DE LECTORES

MADELEINE SAUTIÉ / GRANMA

El Instituto Cubano del Libro cumple medio siglo de existencia. Foto: Ronald Suárez Rivas

La hermosa misión de poner al alcance del lector lo mejor de las letras cubanas y universales pertenece por derecho propio al Instituto Cubano del Libro, ICL, institución que cumplió el pasado 27 de abril medio siglo de feliz existencia.

Los mismos libros que de su seno han nacido podrían darnos con bastante exactitud la historia de la prestigiosa entidad que ya alcanza gallarda madurez; sin embargo, para contarla nada podría superar la emoción con que lo hacen aquellos que, dando lo mejor de sí, se han encargado de echar a andar su robusto andamiaje.

Con tal certeza Granma solicitó a algunos directivos de los que por años han estado en estrecho vínculo con el ICL sus referencias más significativas, a sabiendas de que muchos otros hubieran podido también ofrecer valiosos testimonios.

El escritor y periodista Enrique Pérez Díaz, director por 7 años  de la editorial Gente Nueva –y actualmente asesor de la Presidencia del ICL, representada por Juan Rodríguez Cabrera– nos define su principal estrategia: «El ICL ha sido una institución puntera en trazar, durante décadas, una política editorial, que siempre debe renovarse,  para el sector del libro en Cuba. Es por excelencia el órgano metodológico que da una orientación coherente a la política cultural en cuanto a impresiones, promoción de estéticas y autores, motivación ciudadana de la lectura como praxis abarcadora del saber y no solo en lo referido a las bellas letras».

NACE EL ICL

Como tantas otras iniciativas la idea fue del Comandante en Jefe Fidel Castro, cuando el bloqueo económico impuesto por Estados Unidos a la joven Revolución  pretendía ya atenazar el desarrollo de la cultura y se le negaban al país las licencias para reproducir los libros más apremiantes debido al incremento de las matrículas. «Es el colmo, no solo nos quieren matar de hambre, sino también de ignorancia», había dicho aludiendo al asunto.

«Así comenzó el Plan Especial de Ediciones Revolucionarias, de la cual Fidel me hizo jefe, –explica el Dr. Rolando Rodríguez–. A mediados de 1966, Fidel me instruyó que creara un Instituto del Libro. Seguí el esquema de la Imprenta Nacional. Centralizar en un solo organismo, las editoriales, las imprentas dedicadas a imprimir libros y revistas y el comercio interior y exterior del libro. En un momento le dije al Comandante René Vallejo que no podía con el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana –que entonces dirigía–y el naciente Instituto. Esa noche Fidel volvió al Departamento y me preguntó: ¿quién se puede quedar aquí por ti? El 27 de abril de 1967, me citaron al Consejo de Ministros, tenía 26 años. Fidel propuso la ley que creaba el Instituto del Libro y a mí como su primer Director General. La ley con tres artículos me facultaba para tomar todas las decisiones para llevar adelante la edición de libros».

Así surgía el ICL, un proyecto en el que descollantes intelectuales entregaron todo su talento para impulsar tan noble causa. Al periodo de fundación se integró el ensayista Ambrosio Fornet: «Proveníamos de la Editorial Nacional, donde mi colega Edmundo Desnoes y yo dirigíamos las colecciones de Arte y Literatura. Contábamos con un equipo estelar de redactores y correctores, y entre los diseñadores, a Félix Beltrán y al maestro Raúl Martínez, que dio a varias de nuestras colecciones un sello inconfundible. Me dediqué por completo a trabajar en mi investigación sobre el libro en Cuba. El Instituto logró concentrar las distintas funciones mediante las cuales se cumplía el proceso de edición, producción y distribución del libro, que hasta el momento no habían logrado integrarse en un ciclo, como era el caso de las librerías».

El haber integrado el escritor Omar González  la sección de Literatura de la entonces Brigada Hermanos Saíz  lo vincula al sistema editorial cubano desde 1974, aunque su relación más intensa con el instituto tuvo lugar a principios de la década de los 80, y en los años 90, cuando fue su presidente.

«Los jóvenes escritores de entonces tuvimos una relación muy estrecha con las editoriales Arte y Literatura, Gente Nueva y Letras Cubanas, principalmente: publicábamos, recomendábamos textos, se nos encargaba preparar antologías, escribir notas editoriales, presentar libros, integrar jurados. Yo recuerdo haber visitado varias veces aquellas oficinas que estaban en Belascoaín. Para mí era muy placentero porque el fragor del trabajo anulaba cualquier nadería, al igual que durante la etapa en que mi entrañable hermano Pablo Pacheco encabezó la dirección del ICL, prácticamente con los mismos actores y algunos un poquito más jóvenes.

«Digamos que en aquellos primeros años todo lo que se hablaba era trascendente, en el Libro y en cualquier parte. Hicimos amistades que han resistido todas las pruebas posibles y aún perduran. Allí se nucleaba gente decente, virtuosa, revolucionaria. Reinaba un indiscutible ambiente cultural y, afincada en la diversidad, una gran armonía creadora entre editores, autores y demás compañeros de las distintas dependencias del Instituto».

Después de trabajar cinco años en la Editora Abril, el editor Iroel Sánchez dirigió el ICL entre el 2000 y el 2009. «Fue una etapa donde contamos con el apoyo para recuperar la producción editorial y poder impulsar muchos proyectos. El propio Fidel se implicó personalmente en la Feria del Libro y propuso la idea de llevarla a todas las provincias.

«La Feria pasó de bienal a anual y de capitalina a llegar a las principales ciudades de cada provincia, los libros que en ella se comercializaban sobrepasaron de 200 000 a más de cinco millones. Este evento se convirtió en el más relevante y de mayor alcance en el país. Se multiplicó y diversificó su programación cultural, surgieron eventos a su interior.

«También como propuesta de Fidel surgieron editoriales en todas las provincias y donde ya existían se fortalecieron, con lo que llamamos Sistema de Ediciones Territoriales. Esto implicó una democratización del acceso a la edición y posibilitó que muchos autores dejaran de ser inéditos».

«La Feria fue escenario para que grandes figuras de la literatura y el pensamiento visitaran el país. El espacio Sábado del Libro, se rescató desde el año 2000 y se convirtió en un referente de la política editorial cubana. Cuba fue país invitado de honor en importantes Ferias del Libro como Guadalajara, Venezuela, Santo Domingo, El Zócalo, entre otras, y el papel del ICL como coordinador del movimiento editorial cubano se multiplicó en esos años, utilizando el llamado Plan especial de producción para la Feria del libro como un elemento de política editorial que aglutinó muchos sellos editoriales fuera del ICL».

Del 2009 al 2016 la escritora Zuleica Romay fue la presidenta de la Institución. «El ICL es uno de los grandes proyectos de la Revolución para construir una sociedad cuyo humanismo cotidiano tenga anclajes en el saber y la cultura. Es una institución que el pueblo cubano siente suya; eso se aprecia en la sonrisa o el gesto animoso de la mayoría de la gente cuando se entera de que trabajas allí».

Para Romay la edad a que llega el ICL es «peligrosa» porque «en los humanos, se percibe a veces como antesala de un periodo de crisis. Creo que para una institución llegar al medio siglo también puede implicar una crisis, pero de desarrollo. Se trata de ser capaz, en el día a día, de honrar las buenas prácticas que se han creado y, a la vez, renovarse constantemente para adaptarse a las expectativas y cambios en el comportamiento del público lector».

SALDOS Y HUELLAS

Profundamente sugestivas resultan las impresiones emitidas por estos apasionados cuando se les indaga por el saldo espiritual que representa haber formado parte del ICL.

«El saldo principal está a la vista. Pese a todos los obstáculos y admitiendo que hay deficiencias y carencias, lo cierto es que existe un movimiento editorial  que abarca todos los géneros y se extiende por las provincias. Tengo la satisfacción de haber hecho un trabajo bien hecho. Lo demás son palabras». (Ambrosio Fornet)

«Entre todas las tareas que me ha confiado la Revolución, es una de las que me ha hecho sentir más útil. He conocido mejor a mi país y su gente; viviendo entre libros, me convencí de que yo también podía ser escritora. El compromiso es para siempre». (Zuleica Romay)

«Las dificultades que vivimos sirvieron para fundar nuevas lealtades con la cultura y con la patria, y, entre todos, logramos derrotar el pesimismo y los guiños tentadores del dinerito y la banalidad festivalera. Entonces dormíamos despiertos». (Omar González)

«¿Satisfacciones? la de formar varias generaciones de lectores. Dotar a las familias cubanas, de pequeñas bibliotecas en sus casas donde se encuentran gran parte de los cientos de millones de libros publicados a lo largo de estos años. Formar un cuerpo de profesionales en los oficios del libro con alta calificación y con un compromiso con la cultura, lejos de una visión mercantil y colonizada. Contribuir a la unidad de los intelectuales cubanos y de estos con las instituciones de la Revolución». (Iroel Sánchez)

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