VIEJAS FOTOS. MADELEINE SAUTIÉ

MADELEINE 1

MADELEINE SAUTIÉ / GRANMA 

La vida nos obliga a veces a tomarnos un descanso. No hablo de las vacaciones, necesarias y merecidas, en las que, aun cuando nos proponemos pasear y realmente distraernos, hallamos también el modo de acomodar un poco más que de costumbre los rincones del hogar. Me refiero a otro alto, cuando la salud nos avisa que debemos resolver algo pendiente o imprevisto, y la casa nos acoge por un tiempo mayor al que le podemos dedicar.

Un reposo inflexible tiene lugar los primeros días. Pero cuando comenzamos a sentirnos mejor, sin descuidar prescripciones, nos disponemos a re­visar gavetas, leer papeles —algunos ya amarillos—  o deshacernos de ob­jetos que dejaron de tener para no­sotros el valor que tuvieron cuando decidimos conservarlos. Entre las co­sas que con más celo guardamos es­tán las fotos, esos pequeños recuadros donde floreció una etapa lejana, o donde tendrán vida eterna algunos que ya no están.

Juntas en un álbum o en algún cajón, se hermanan en su condición de instantáneas de un tiempo distante, para decirnos que todo lo que ellas revelan fue tal como lo estamos viendo. Años, lustros y décadas “salpican” con efecto de cascada el presente y no pueden menos que llenarnos de nostálgica emoción.

Por nada del mundo volveremos a hacernos aquel peinado que vemos hoy tan desentonado, ni nos vestiremos, sin justificarnos con la moda común de entonces, con aquellas pren­das que ya no se usan. Ni hablar de repetir desacertados modismos pa­ra hacernos un retrato al estilo en que lo hicimos en nuestros quince o hasta más entrados en edad. 

Mirar nuestra mocedad en su natural perfección nos invita a compararnos. Algunos se horrorizan de su presente aludiendo a las arrugas que ya aparecieron o a la falta de cabello que en aquel entonces nadie pudo pronosticar. Otros reconocen felices que el paso de los años, sencillamente los ha favorecido y hasta se reconocen hoy mucho mejor dotados para próximas conquistas, aunque ya el camino recorrido los haya alejado de su juventud.

Muchas son las miradas y más las consideraciones, a las que revisar viejas fotos nos puede invitar. Más que contemplarme con mis repetidas sa­yas–short que un periodo cubano de largas andanzas bicicleteras me hizo preferir, veo a mis hijos, nacidos en los noventa, y se me agolpan en la me­moria historias propias y comunes vividas por un pueblo que, a pesar de las recias dificultades económicas de entonces, supo hacer grandes de espíritu a sus niños.

En las fotos, donde carestías indiscutibles asoman, los pequeños son­ríen. Fotos en los círculos que no cerraron o junto a maestros que se mantuvieron en las escuelas a pesar de que en otros sectores hubieran podido tener mejores salarios, dejan ver en mi baúl verdades que marcaron esos tiempos.

Están allí, a salvo de preocupaciones que eran cotidianas para sus padres y alejados de todo mal, vestidos algunas veces con ropas que heredaron de los hijos de nuestras amigas; otras con prendas difí­cilmente adquiridas que a su vez otros más pequeños pudieron aprovechar.

Entre las fotos guardo varias cartas escritas al ratón, a causa de algún dientecito caído, donde se pueden leer con la ternura de las primeras es­crituras y las justificadas faltas de ortografía de los grados escolares iniciales ciertos sueños y peticiones infantiles junto a promesas de “me voy a portar bien”, propias de quienes no carecieron de patrones educativos y supieron a tiempo el valor de los buenos comportamientos.

Algunos recortes escritos en este mismo diario donde nunca pensé trabajar ganan un espacio entre esos tesoros. Fueron guardados porque dan razones de un proyecto cultural creado en 1998 al que se integró mi niña cuando la maestra Digna Guerra organizó, en medio de serias dificultades económicas, la Cantoría Infantil del Coro Nacional de Cuba, conformada por voces de todas partes de la capital.

Ojear esas imágenes es como volver a vivirlas. Tener la posibilidad de reencontrarnos con nuestro pasado al mirar viejas fotos nos exhorta a valorar cuánto conservamos de lo que fuimos, cuán alto hemos saltado la vara, cuánto hemos avanzado o retroce­dido.

¿Por dónde andará este amigo de entonces que sonríe en esta foto?; ¿qué será de la vida de aquel que en esos años nos visitaba con frecuencia? ¿Qué estaría haciendo hoy este otro si estuviera entre nosotros? Per­manentes evocaciones nos asaltan en esos momentos en que vamos al encuentro de un instante que quisimos atrapar para un mañana que ya ha llegado.

Almuerzos que no se agotan, be­sos que no dejan de serlo, cumpleaños y celebraciones que siempre es­tán trans­curriendo, sonrisas interminables; per­petuas alegrías tienen vida eterna en las fotos, esas que estarán siempre a salvo de los desalojos y a las que volvemos siempre que la vida nos obliga a tomarnos un descanso.

28 de mayo de 2015

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