LOS SIERVOS DEL APLAUSO. MADELEINE SAUTIÉ

Las palabras tienen sus vínculos. Los diccionarios etimológicos guardan con celo los «lazos» lingüísticos indisolubles entre ellas, pero más allá de sus orígenes hay otros parentescos. A veces ni siquiera cercanas son, y sin embargo, distando sus conceptos, se les antojan al que habla y se cuelan en la conversación.

No era precisamente de ella que estábamos hablando cuando se nos «atravesó» en la charla que ahora escribo una que no suena bien y luce peor: la adulonería. Fue suficiente para que quedara a un lado el tema sostenido y con la fusta de quien no la puede admitir le hicimos a cuatro manos un retrato «personalísimo», que cada lector desde su experiencia podrá incrementar.

Teme siempre quien elogia, que es acto sano y cortés, que se le tenga por lisonjero.

Teme porque no es lo mismo, y porque estando tan de moda el «arte» de adular –o mejor dicho, habiéndose ejercido desde siempre–, nadie que sabe bien de sus «simas» quiere para sí tal etiqueta. Apena saber que para unos cuantos la adulonería es un ejercicio cotidiano del que si se tomara conciencia  no pasaría de ser un remoto fósil y  basta asomarnos al mundo para ver que no es así.

La adulonería es una vergüenza de la conducta humana que no sabe de inocencia, calcula cada sílaba exhalada y sabe perfectamente a dónde quiere llegar aunque para ello se vista de fantoche. 

Muy lejos de la afición espontánea y franca que sabe de cortesías y del bien que provoca decir o recibir una aprobación, está la actitud empalagosa del adulón, arruinadora de todo colectivo humano –ya sea familiar, laboral o institucional–.

Herramienta de los siervos del aplauso, se trata de una estampa, mucho más frecuente de lo que debiera verse.

Causa de estragos no siempre reparables, tanto en el servil, que resquebraja su imagen, como en el que hace el papel del adorado, la adulonería extiende su radio de acción incluso hasta a los que están ajenos del fenómeno, porque si el que gusta de ser adulado tiene poder hará pagar de algún modo su altivez al que no se dobla para extenderle la alfombra.

Ningún lisonjero adularía a aquel del que no puede obtener provecho, por lo que casi siempre su objeto recaerá en la suela del jefe –o del poderoso, o del más fuerte o cruel del grupo–  que si no es de los que espanta a esos seres de su lado, se arrellanará frente a su mesa, escuchando el empalago de la aprobación, y desoirá a los que discrepan, desechando otros aprecios.

Aunque su modus operandi sea objeto de burla, nada de gracioso y mucho de pernicioso tiene el adulón, quien con su permanente e irracional asentimiento, crea fisuras entre los decisores y el resto de las personas, e indispone a actuar a aquel que ha generado dentro de sí alguna iniciativa, porque el adulón es aplastante con el menor atisbo de inteligencia rival que pueda «robar» los «afectos» de su superior.

Una lealtad incierta, que dura lo que dura el poder, deja ver a las claras el rostro intrigante del que encuentra en la adulación una forma de escalar. Los hay aprendices y expertos, a veces les va «bien» y consiguen de todo, menos ser bien vistos por los cautos. La adulonería se nota. No podría esconderse, porque su ejecución surte más efecto en los públicos, donde el venerado se baña de deleites.

Conociendo muy bien el sonido del golpe seco de un cuño, la caligrafía inconfundible del que firma con frecuencia, o el tono de voz de los que se saben temidos y admirados, para algunos la preferencia es esta casta de la autoridad, donde entran funcionarios, políticos, intelectuales…, pero ni siquiera es la única.

Hasta la belleza física, la vestimenta cara, las posibilidades económicas y la falta de escrúpulo –que es otro de los nombres de la cobardía– pueden ser objeto de estos empachos.

Los que merodean la belleza, y reptan a la sombra de la más linda o la del que tiene mejor porte, acrecientan vanidades, además de que en estos parajes se disminuyen. Los que se convierten en eco de los abusadores, con toda seguridad les temen y buscan en el revoloteo el complot mezquino para «ganar» su paz.

Algunos especializados, acaso los «profesionales del sector» llegan a ser muy interesantes, y sabiendo lo mal visto de la «carrera» escogida, miden la dosis exacta de vítores consumados para no acaramelar  a primera vista. Estos prototipos humanos saben que las alabanzas en exceso pueden llegar a ser repulsivas y contraproducentes y son diestros en manipular a su objeto de trabajo. Son los más peligrosos porque en su habilidad procuran ocultar el ejercicio y gustan de hacerse confidente y consejero de los importantes.

Como verdaderos dramaturgos son oradores instintivos que saben qué palabra colocar en cada momento de la reunión, o a solas, o cuándo basta un simple movimiento de las comisuras o cierta mirada de aprobación, para obtener el efecto deseado.

Pero más triste, acaso más miserable que el adulón, es la realidad del adulado, que ignora su indefensión,  que precisa como viga de su espíritu al paladín que nutre sus vanidades.  Sintiéndose favorito está inmensamente solo. Baste para saberlo que llegue el día en que no pueda servir al adulón y verá cómo se trueca yermo el escenario donde hasta ayer cantaron los siervos con voces de sirenas.

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