ENVEJECER. MADELEINE SAUTIÉ

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MADELEINE SAUTIÉ / GRANMA

Ya lo sabes. Desde que naces estás envejeciendo. Solo que de esa perogrullada vendrás a tomar conciencia cuando las primeras opacidades sombreen tu brillo juvenil con las primeras canas o con esos incipientes surcos que te escribirán en la piel un tiempo cada vez más hondo que no ocultará el más perfecto de tus maquillajes.

Mientras eres niño, los viejos —entre quienes con buena suerte un día estarás— son los otros, y con esa lenta destreza con que te salvan de todos los apuros, se archivan en tus recuerdos como si así hubieran nacido, como si ellos no hubieran sido niños también. Como si en ese ciclo irreversible que es la vida, les hubiera tocado desde siempre el invierno de la edad.

Pronto el mito de la eterna juventud se desvanece y de ello se encarga la propia composición familiar y algún que otro concepto biológico recibido en la escuela, sin embargo, todavía, la ancianidad seguirá siendo en tu conciencia algo tan lejano como temido, muchas veces vista con más prejuicios que con objetiva observación.

El divino tesoro que es sin dudas la juventud no entraña, aunque muchos asuman la actitud holgazana de la cigarra del cuento, una etapa vana que solo sirve para presumir la lisura de la tez. Cada ciclo vital, incluso la niñez, tiene su responsabilidad y la juventud es el terreno propicio para sembrar lo que después necesariamente tendremos que recoger. Hacerte de un oficio o profesión, independizarte económicamente, escoger el terreno, construir el nido, parir la descendencia. Cuando el cultivo se dé y los retoños asomen verdecidos sentirás que tocas el cielo, y podrá seguir pareciéndote que el tiempo se congela y que el camino para el declive no ha empezado aún a recorrerse. No en el acto, pero más rápido de lo que se espera, verás que no sucedió así. 

Movidos por el amor, la adversidad, la cruzada cotidiana y el entusiasmo de vivir, tus hijos espigarán y en un abrir y cerrar de ojos estarán más cerca de la edad que tuviste cuando ellos nacieron, que de aquella en que te alegraron los días entre pañales y biberones. Y te preguntarás qué pasó, y acaso en el perfil heredado, o en las palabras, gestos, enseñanzas que aprendieron de ti hallarás —si no eres de los que esa realidad tontamente te frustra— el regocijo propio del paso del tiempo indetenible pero enriquecedor, que a la par que te quita juventud te dota de otras fortunas no menos valiosas.

Unos cuantos serán presa del terror a envejecer. Lamentando obsesos aquella imperfección que los esclaviza, más detenidos frente al espejo, que frente a la belleza de su nueva edad, se perderán goces inusitados que solo con ciertos años de vuelo es posible asimilar. Por suerte otros, enfrascados en vivir la maravilla de su nuevo presente, no repararán en esos vacíos y sacarán máximo provecho a cada pedazo de vida.

Ser joven te llevará pronto por los caminos de la segunda edad y estos a la tercera en un convite permanente vertebrado por la categórica dirección de un viaje que no mira atrás, pero que tampoco hay que deplorar.

Tal vez te espante, creyendo eterno tu aspecto de hoy, imaginarte con diez o 20 años más; tal vez lo asumas como natural curso de la existencia. Ojalá así sea. ¡Hay mucha historia hermosa en los otros! De cualquier modo es más sabio y digno conciliarse con los años, aceptar a quienes van delante, tomando como patrón tanta vida ejemplar o mirando lo que no debe hacerse para que nos sirva de alerta.

Nada conseguirá, mientras tengas vida, detener las agujas de un reloj que a la par que avanzan te pertrechan para el gran combate de la existencia. Si tienes sentido común usarás cada experiencia, provechosa o dura, para salir mejor parado en tus próximas batallas. Caminarás feliz por “los altos andamios” de los años, tomando de cada uno lo que te reserva tu nueva edad, convencido ya tal vez de que cada uno te quitará y te dará a un tiempo recompensas que apreciarás mejor si aguzas tu perspectiva de lo que es en realidad ganar y perder.

A fin de cuentas saber qué hacer con la vida no depende de los años que se tienen, sino de los abriles que se sienten. La arruga está a veces más pronunciada en el ceño de las insatisfacciones a falta de propósitos, de la mala leche o de la pereza para emprender un rumbo. A veces ese ceño tiene muy poca edad cronológica y una vieja carga de tercos resentimientos o poca autoestima que hay que desterrar.

No seas de los que se aburre de lo lindo con 20, 30 o 40 años, aunque aparenten lo contrario presumiendo con bombos y platillos una plenitud ilusa. Sé de los que aun en la flor de la tercera edad andan pensando en el modo de insertarse en un proyecto, o de fundarlo, o de ser ellos mismos la razón de ser de otra persona.

Si amas la vida no la disipes. Solo el paso de los años hará que se te sumen las partes del todo que eres, que son solo tuyas. Solo ellas te harán. Envejecer no es transformarte en un despojo. Envejecer es vivir.

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