RÉCORDS IMPOSIBLES DE SER BORRADOS. SIGFREDO BARROS

SIGFREDO BARROS SEGRERA  / GRANMA

Hablar de récords en cualquier béisbol del mundo resulta siempre apasionante porque, entre otros factores, este es el deporte de mayor cantidad de marcas entre los existentes. Prácticamente todo se puede medir, desde cómo se juega en césped o en terreno sintético, de día o de noche, hasta cómo batea mejor un jugador, con tres bolas sin strike o con dos strikes sin bolas.

Más controvertido resulta cuando de la pelota cubana se trata. Muchos han sido los cambios de estructura: desde los originales cuatro equipos y 27 juegos de la primera Serie, pasando por las dos superseries de 99 partidos en 1968 y 1969, los 15 años con el formato de 90 partidos, 16 conjuntos, dos zonas y cuatro grupos; el de 97 desafíos de la 51 Serie (único con número impar de participantes) hasta el día de hoy, con equipos reforzados desde la mitad de la temporada. Casi en 20 ocasiones nuestro béisbol ha variado su rostro.

A esto hay que sumarle una muy importante introducción. Desde 1977 se cambió el tradicional bate de madera por el de aluminio, una decisión de la Federación Internacional de Béisbol acatada por todo el mundo amateur. Según la mayoría de los especialistas de este deporte, el metálico instrumento aumentaba la ofensiva en un 25 % aproximadamente, dándoles a los bateadores una extraordinaria ventaja sobre los lanzadores. Desapareció en 1999, pero dejó su impronta en la mayoría de los récords vigentes.

Cuando se comenta sobre cuál de todos es el récord más impresionante, las opiniones son tantas como participantes en la discusión. A mí particularmente me llama la atención el establecido por el tunero Osmani Urrutia: cinco campeonatos de bateo consecutivos, cuatro de ellos promediando sobre los 400. Hubieran sido seis en línea, sin embargo, en el 2006 a pesar de promediar 425 el pinero Michel Enríquez lo superó con un 447 de leyenda. Un año más tarde Urrutia volvió a ganar el campeonato de bateo. Seis de siete del 2001 al 2007. Muy difícil repetir esta hazaña.

El hecho de haber decaído la forma de jugar al béisbol en función de la ofensiva es la principal responsable de que la marca de 55 bases robadas de Enrique Díaz, establecida en 1993, parezca algo irreal, pues hoy no se vislumbra alguien capaz ni siquiera de conseguir 40 estafas. Permanecerá imborrable por mucho tiempo.
CUATRO CUADRANGULARES EN UN JUEGO

Desde 1894, cuando un jugador llamado Bobby Lowe sacó cuatro pelotas más allá de los límites, otros 17 hombres lo han conseguido en las Grandes Ligas. En Cuba son tres: Leonel Moa, Alberto Díaz y Omar Linares en ese orden. Pueden descansar tranquilos, porque en ninguna liga alguien ha pegado cinco bambinazos.

Y si de jonrones se trata, los dos cuadrangulares con las bases llenas en una misma entrada del santiaguero Alexei Bell, el 3 de noviembre del 2009, se me antojan imposibles de romper. La entrada tendría que durar casi una eternidad para ver a la alineación dar la vuelta tres veces. El dominicano Fernando Tatis es el único en

Grandes Ligas con ese mérito. Y, aunque usted no lo crea, un bateador llamado Gene Rye conectó tres en una entrada -no con bases llenas-, en 1930 jugando para los Cachorros de Waco, de la Liga de Texas.
EL MÁS AÑEJO  

Cuando en 1969 una temporada cubana de 99 partidos llegó a su fin dejaba, entre otras hazañas, una al parecer susceptible de ser mejorada. Pero el tiempo pasó y ya está al cumplir medio siglo la marca de 13 triples implantada por el matancero Wilfredo Sánchez. Tres bateadores han llegado a la docena. ¿Quizá sea el maleficio atribuido al número 13?

La marca de jits conectados en una campaña fue ascendiendo año por año desde 1962 hasta el estirón que le dio el propio Wilfredo en 1969, con 140 imparables. Tuvieron que transcurrir 30 años para ver a Michel Enríquez conectar 152 jits en la 38 Serie Nacional. Sin darnos cuenta, ya está al cumplir dos décadas. Contamos con bateadores de tacto como Yoelkis Céspedes, Roel Santos, Víctor Víctor…, pero hasta el momento ninguno se decide a caerle atrás a la cifra del llamado Súper 12 de la Isla de la Juventud.

Desde los modestos tres jonrones conectados por Rolando «Gallego» Valdés en la primera Serie, pasando por los 22 de Armando Capiró en 1973, los 28 de Pedro José Rodríguez cinco años más tarde y los 30 de Orestes Kindelán en la XII Selectiva (1986), el último estirón se lo dio el granmense Alfredo Despaigne cuando despachó 36 pelotas más allá de los límites en el 2012.

No es fuerza lo que les sobra a los bateadores cubanos del presente y, por consiguiente, no se vislumbra a un nuevo recordista en cuadrangulares para nuestro béisbol. Únicamente el propio Despaigne estaría en condiciones de hacerlo, pero su compromiso con la Liga Profesional Japonesa -con un calendario de larga duración, más de 140 partidos-, le impedirá intentar romper su propio logro.

Como tampoco veo por el momento el candidato a dejar atrás la cifra de carreras impulsadas, un casillero que experimentó un alza importante en una de las dos Series de 99 partidos, la de 1998, cuando el camagüeyano Miguel Cuevas la elevó hasta las 86. En el 2008, en medio de una temporada fabulosa donde pegó 31 bambinazos, Alexei Bell remolcó 111 carreras hacia el plato. En la pasada campaña el líder fue Yordanis Samón con 76, nadie llegó siquiera a las 80.

Anotar carreras es uno de los aspectos más importantes del juego. Imposible ganar si no se pisa el home en más ocasiones que el contrario. Enrique Díaz llevó la voz cantante en una Serie Nacional que ya nos parece lejana en el tiempo, la número 42 en el 2003, al cristalizar exactamente 100 carreras, un guarismo al cual nadie se acerca en los últimos años. Solo 73 marcó Stayler Hernández en la 55 Serie y 65 Samón en la pasada campaña.
UNA MARCA OLVIDADA

No se menciona con frecuencia y, digámoslo sin rodeos, al parecer ha caído en el olvido. Para mí es una de las más notables acciones, por la cuota de entrega y sacrificio que conllevó: los 1 112 partidos consecutivos jugados por el camarero pinero Alexander Ramos constituyen una de las conquistas más difíciles de igualar y mucho menos de romper. Por una razón muy sencilla: no abundan en ningún lugar peloteros con ese espíritu de sacrificio, dispuestos a salir al terreno día a día sin tener en cuenta molestias o problemas personales.

Junto a esa cadena hay otra muy notable, los 37 juegos consecutivos bateando de jit del palmero Rey Isaac en la Serie 1994-1995, dejando atrás los 31 del capitalino Lázaro Vargas y elevando esa marca en especial a un nivel más alto, tanto que ya cumplió 20 años y continúa vigente.

Hasta aquí los considerados «imborrables». Y fíjense si el béisbol es rico en récords que no he podido ni siquiera mencionar alguno de pitcheo. Será para otra ocasión.

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