UN MAGNATE PETROLERO, AMIGO DE DICTADORES. ALBERTO PIRIS

Adam Hochschild es un intelectual estadounidense, profesor de periodismo en la universidad de Berkeley y autor de varios libros ya publicados en España, como “El fantasma del rey Leopoldo”, sobre la colonización belga del Congo, “Enterrad las cadenas”, sobre la lucha contra la esclavitud en el Imperio Británico y “Para acabar con todas las guerras”, unas reflexiones sobre la 1ª Guerra Mundial.

Ahora ha publicado “España en nuestros corazones” (Spain in Our Hearts: Americans in the Spanish Civil War, 1936-1939), sobre los ciudadanos estadounidenses que, como parte de una lucha universal contra el fascismo, participaron como voluntarios en la Guerra Civil española.

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En la página web de TomDispatch, el autor extracta una parte de su trabajo bajo el título “El petrolero que amaba a los dictadores”, para describir cómo la multinacional petrolera Texaco colaboró con las dictaduras europeas.

Para Hochschild, las “grandes empresas multinacionales, a veces con ingresos superiores a la suma de los productos nacionales brutos de varias docenas de países pobres, a menudo son más fuertes que los Gobiernos de los Estados y sus presidentes ejercen más poder político que el que pudieran soñar muchos presidentes de Gobierno o jefes de Estado”. 

Entre ellas destacan las compañías petrolíferas. Durante la Guerra Civil española es de sobra sabido el amplio apoyo que los militares sublevados contra la República recibieron de Mussolini y de Hitler en forma de unidades combatientes, material de guerra y asesoramiento militar. Pero los lubricantes y el combustible que consumían los aviones, carros de combate y buques de guerra no provenían de Alemania ni de Italia, países que carecían de esos recursos y necesitaban importarlos.

Mantener en marcha los motores de combustión interna sobre los que se apoyaba el esfuerzo bélico era algo que se gestionó desde unos despachos del rascacielos Chrysler en el centro de Nueva York, desde donde Torkild Rieber dirigía la Texas Company, más conocida como Texaco en las gasolineras de todo el mundo.

Rieber no ocultaba sus preferencias políticas. Uno de sus amigos recordaba tiempo después: “Siempre pensó que era mejor tratar con autócratas que con demócratas. A un autócrata basta con sobornarle una vez; con las democracias hay que seguir insistiendo”. Así pues, el contrato que Texaco había firmado con la República española en 1935, convirtiéndose en su principal proveedor, se invalidó en 1936. La Texaco puso a disposición del general Franco en el puerto de Burdeos el primer suministro de combustibles y productos derivados en un petrolero de la propia compañía.

“No se preocupen por el pago” tranquilizó Rieber al Gobierno de Burgos, sabedor de que las reservas de oro del Estado estaban en poder del Gobierno de Madrid. Contraviniendo la propia legislación de EE.UU., Rieber se convirtió también en el acreedor principal del régimen de Franco, facilitando extraordinariamente el pago de sus productos.

Además, la red de contactos navales de la Texaco le permitía conocer las rutas de los suministros con destino a la República, información que llegaba a los submarinos italianos que operaban en el Mediterráneo y a la Marina que actuaba a las órdenes de Burgos. En resumen: la Texaco, bajo la dirección de Rieber, participó abiertamente en la guerra española al lado de Franco y en contra del Gobierno de la República.

Aunque en septiembre de 1939 Alemania entró en guerra contra Francia y el Reino Unido, Rieber siguió suministrado petróleo al régimen nazi, construyendo petroleros en Hamburgo e intimando con Goering tras el brutal aplastamiento alemán de Polonia en la guerra relámpago.

Sin embargo, como narra Hochschild, “el amor de Rieber por los dictadores” le puso en apuros. En 1940 se descubrió que algunos de los agentes de la Texaco eran espías al servicio de Berlín. Rieber perdió su trabajo pero un agradecido general Franco, entonces jefe de Estado de un país europeo que se movía en la órbita de las potencias del Eje, le nombró responsable de compras americanas de la CAMPSA, el monopolio estatal español del petróleo.

El resultado final del paso de Torkild Rieber por la historia universal tiene gran interés, aunque su nombre apenas haya dejado rastro significativo. Aparte de confirmar la teoría de Hochschild sobre el poder político de las grandes multinacionales, en especial de las petroleras, es una prueba de la influencia que ciertas personas, situadas en esos altos escalones del poder real, pueden ejercer sobre la humanidad. El petróleo de la Texaco ayudó al triunfo de Franco en la Guerra Civil y favoreció a las potencias del Eje en la guerra mundial que iba a comenzar. Hochschild se lamenta de que “innumerables marinos estadounidenses murieron por efecto de los 21 submarinos alemanes con base en la costa atlántica española” a causa de la influencia ejercida por la industria petrolífera.

También hoy esa industria invierte sustanciales recursos en negar el cambio climático y proteger de la intromisión de los medios a los negativos efectos que algunas de sus explotaciones vienen causando en todo el mundo.

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