DE LO HUMANO, LO DIVINO Y LO INADMISIBLE. MADELEINE SAUTIÉ

El derecho a consumir el producto artístico preferido es inviolable. Pero, ¡cuidado!, el espacio público tiene sus límites y no puede consentirse que ofensas verbales de indiscutible repugnancia –nada de doble sentido, ni de sugerencias atemperadas, sino verdaderas asquerosidades, dichas como si se hablaran flores– viajen en ómnibus, o sean amplificadas en establecimientos como parte de la ambientación del servicio que en ellos se ofrece. 

Algo, sin embargo, es más preocupante. Más allá de esa alerta que forzosamente deben activar sin excepción los espacios públicos está la responsabilidad individual, la que entraña la calidad de lo que se les ofrece a los niños en el hogar, donde repiten, con inocencia por ahora, estribillos bien aprendidos cuyos anuncios pueden fijarse en sus conductas y maneras futuras de pensar y pensarse a sí mismos.

Penosamente hay de todo. Lo mismo los que compartimos estos desvelos y sabemos que de no frenar estas señales, el mal podría ser mañana insalvable, que los que escuchan con indiferencia tamañas obscenidades, bien por parecerles inocuas, bien por ignorar la magnitud del mal.

Como otras valías, el pudor se cultiva. Mancillarlo resulta carecer de vergüenza, tirar por la borda la compostura. La vulgaridad encona. No pueden escucharse pasivamente, ni siquiera con mediana resignación, descripciones y confesiones espeluznantes de la experiencia erótica individual, expresada con los más pedestres vocablos, como si el reto para hacerlo fuera sacar a flote lo más ordinario del vulgo, usando los más bajos registros de la barbarie lingüística.

La falta de refinamiento es ya demeritoria pero la ordinariez es un insulto que apela a los más sórdidos instintos del ser humano. Si bien cada uno tiene la libertad de escoger cómo se expresa, también los otros tienen el derecho a ser respetados y protegidos de agresiones verbales que, aun cuando no llegan a la gente a título personal, atañe a todo el que está presente.

El camino hacia el desmontaje de semejantes ataques no es, ya se sabe, prohibir; pero si de espacios comunes se trata la selección es infalible. Que cada uno cocine en su salsa la decencia o la impudicia. Pero contaminar a todos es crimen de lesa cultura. El tiempo de sondear se agota. El morbo está en la calle y ya se sienten sus bramidos.

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