ALEMANIA: ENTRE LA IRRUPCIÓN DE LA ULTRADERECHA ¿Y UNA RECONSTITUCIÓN DE LA IZQUIERDA?

LUCÍA SUAU ARINCI Y MATTHIAS EBENAU / LA TINTA

El pasado domingo 24 de septiembre los resultados de la elección para el parlamento nacional alemán (Bundestag) confirmaron lo ya anticipado por las encuestas. Luego de doce años al frente del gobierno, la canciller Angela Merkel renovará su mandato por cuarta vez consecutiva. Su continuidad en el poder no es, sin embargo, ni la más llamativa ni la más preocupante de las noticias. El partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD por sus siglas en alemán) ingresa por primera vez al Bundestag, luego de un crecimiento electoral tan asombroso como alarmante. El mismo ya se había manifestado en años recientes con el ingreso de legisladores de la AfD en varios parlamentos provinciales. Pero su irrupción en el parlamento nacional marca un hito en la política alemana después de la Segunda Guerra Mundial: desvalida por completo la afirmación del histórico dirigente conservador Franz-Josef Strauss, según la cual a la derecha de la denominada Unión (un frente político-electoral compuesto por los dos tradicionales partidos de centro-derecha, CDU y CSU) debiera existir “nada más que la pared”.

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Los resultados electorales preliminares ubican a los principales partidos en el siguiente orden: La Unión obtuvo un 33% de los votos, habiendo sufrido una pérdida de casi un 9%; en segundo lugar se posicionó la Social Democracia (SPD) con un 20,5%, un 5% menos que en las elecciones del año 2013; la AfD logró alcanzar la posición de tercera fuerza, captando un 12,6% de los votos (un 8% más que hace cuatro años cuando todavía no había podido obtener escaños, debido al requerimiento obtener por lo menos un 5% de los votos para poder conformar un bloque parlamentario); el partido neoliberal y cercano a los sectores empresariales FDP obtuvo un 10,7%; el quinto lugar fue para el partido de izquierda Die Linke con 9,2%, seguido por el partido ecologista Bündnis 90/Die Grünen (los llamados “Verdes”) con un 8,9% de los votos. Estos resultados darían lugar matemáticamente a dos posibles coaliciones para formar gobierno:

> Una “Coalición grande” entre la Unión y la Social Democracia, que significaría la continuidad de la alianza de poder centrista con cuyo sostén la canciller Merkel gobernó el país entre 2005 y 2009 y nuevamente entre 2013 y 2017.

> O la así denominada “Coalición Jamaica” entre la Unión, el FDP y los Verdes, una opción novedosa a nivel nacional, que refleja la creciente fragmentación del sistema partidario históricamente caracterizado por un reducido número de grandes partidos. Esta última pareciera perfilarse como la más probable hasta el momento.

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Si bien los partidos de la coalición grande mantuvieron las primeras posiciones, son ellos los mayores perdedores de la elección. Mientras tanto, los ganadores fueron la AfD y el FDP. Para el caso de la AfD, el aumento de votos obtenidos significa el ingreso al parlamento por primera vez desde su constitución como partido en 2013; para el FDP, el regreso a las bancas luego de cuatro años fuera del recinto y la clara posibilidad de volver a formar parte de la coalición de gobierno.

De los tres millones de votos que sumó la AfD respecto de las últimas elecciones, la mayor parte proviene de personas que en 2013 se abstuvieron de participar. Sin embargo, también los principales partidos perdieron importantes cantidades de votantes frente al partido de extrema derecha: más de un millon en el caso de la Unión y casi medio millón en el del SPD. Un dato preocupante para la izquierda es que el partido Die Linke también perdió un número considerable de votantes –unos 400 mil– frente a la AfD. Se evidencia así que parte de los votos cosechados en elecciones pasadas no fueron emitidos por convicción ideológica sino por la motivación intrinsécamente frágil de expresar oposición a los partidos dominantes.

El impactante crecimiento de la AfD como fuerza política en Alemania debe entenderse como el producto de una multiplicidad de factores que, sin desatender sus particularidades, encuentran puntos de contacto con los procesos de avance de los populismos de derecha en el resto de Europa.


La insistencia en la necesidad de cambio y ruptura del status quo; un discurso abiertamente racista en contra de los refugiados; la propagación de odio hacia el Islam; un nacionalismo económico tanto anti-migrantes como antiecológico; y una programática claramente anti-europea, fueron los caballos de batalla de la ultraderecha tanto en Alemania como en Francia, Holanda y Gran Bretaña, entre otros.


Entre las primeras expresiones luego de que se conocieran los resultados de la elección, resuena aquella de Alexander Gauland, uno de los líderes de la AfD, quien proclamara fervorosamente “¡Vamos a recuperar nuestro país y nuestro pueblo!”.  Situadas en el contexto europeo, las elecciones alemanas demuestran que la aparente excepcionalidad de la trayectoría política reciente del país, en la que la ultraderecha no había podido ganar terreno del mismo modo que en otros países de la región, fue por lo menos limitada y frágil. A pesar de la relativa estabilidad económica y el legado histórico-político del nazismo, que todavía hace de partidos de ultraderecha opciones inviables para gran parte del electorado, el discurso de una “Alemania para los alemanes” llegó para desequilibrar la tan mentada estabilidad de la vida política del país.

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En el primer debate público entre los líderes de partido apenas terminada la elección, los principales referentes hicieron pública su sorpresa, incomodidad y hasta desagrado respecto del resultado obtenido por parte de la AfD. Sus posicionamientos divergieron, en cambio, en cuanto al lugar que le darán a los parlamentarios de dicho partido en las discusiones del Bundestag. ¿Cerrar filas? ¿Escucharlos? ¿Ignorarlos? ¿Bloquearlos? ¿Buscar el diálogo? ¿Consensos? ¿Provocación? Todas estas preguntas surgen ahora para las fuerzas políticas que deberán convivir con 94 representantes de la AfD en el recinto. Para algunos partidos, como Die Linke, el asunto está cerrado: no hay margen para la AfD. Para los partidos que posiblemente formarán la coalición de gobierno, y en especial para la Unión, las respuestas son más difusas e imponen un panorama más complejo. No debe pasarse por alto que la Unión perdió una alarmante cantidad de votos frente a la AfD. Esta situación implica para los conservadores la necesidad de replantearse algunos posicionamientos y posibles reestructuraciones hacia adentro del partido. Ya desde antes de la elección, y ante el inminente avance de la ultraderecha, el clima interno de la Unión se ha visto tensionado con una puja y constante reclamo de algunas fracciones de la misma en pos de un viraje más profundo hacia la derecha.

Esta tensión podría llevar al nuevo gobierno a abandonar la línea más bien conciliadora pretendida por Merkel y sus allegados en los últimos años, en vistas de recuperar apoyo por parte de votantes conservadores y ultra-conservadores. Otra dirección, aunque menos probable, podría imponerse si la línea moderada encabezada Angela Merkel logra recuperarse políticamente y salir fortalecida de la disputa interna de su partido.

Desde el punto de vista de la izquierda, dentro y fuera de los parlamentos, la situación pos-elecciones no puede considerarse sino preocupante. Pero el balance momentaneo también tiene que tomar en cuenta al menos dos motivos de ligera esperanza. Primero, la coalición grande sufrió una derrota importante y probablemente terminal, al menos en lo que al futuro cercano refiere. Ello abre el panorama político y pone en relieve la insostenibilidad de un centrismo estéril que le terminó abriendo las posibilidades -ahora aprovechadas por la AfD- a discursos socialmente regresivos y xenofóbicos. Y segundo, obliga al SPD de reconocer la inviabilidad de seguir con su alineamiento con tal centrismo y apuntar a una reconstitución político-programática desde la oposición parlamentaria.

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De ahí surge una de las más importantes preguntas concerniente a cómo se posicionará la izquierda y cuáles serán sus estrategias. El SPD ha sufrido en las últimas décadas un fuerte y continuo deterioro de su identidad social demócrata que ha puesto en cuestión su efectividad como alternativa y contrapeso a los sectores conservadores de la política alemana. En el caso de Die Linke, si bien pareciera que no ha logrado capitalizar la creciente disconformidad social y las críticas a la política de la coalición grande, es de destacar que en la última elección –especial en Alemania occidental– consiguió un aumento porcentual de votos, provenientes probablemente de ex votantes del SPD, de los Verdes y de quienes previamente se abstuvieron de votar. Este hecho permite pensar que el presente momento no es sólo el de un avance de la ultraderecha sino también el de una (aunque leve) polarización política de un sistema por muchos años estancado. Claro que Die Linke necesita replantearse con urgencia cómo abordar y presentar una alternativa de izquierda para los problemas que atrajeron tantos votos hacia la AfD, como las jubilaciones y pensiones, seguro de desempleo y el sistema de salud.

De todos modos, y en vistas de un cambio que pueda imponerse en el plano electoral se requerirá un reposicionamiento fundamental del SPD, durante dos mandatos de gobierno socio menor y fiel aliado de la canciller Merkel, como fuerza decididamente opositora al neoliberalismo, defensora de la justicia social, el medio ambiente y los refugiados y otros migrantes en Alemania y Europa. Urgen entonces que los sectores progresistas del SPD, Die Linke y los Verdes, en concierto con sindicatos y movimientos sociales, trabajen conjuntamente en el desarrollo de una estrategia y un proyecto político alternativo, capaz de desplazar tanto la aparente hegemonía del conservadurismo como la falsa “alternativa” de la ultraderecha.

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