BOCINAS SORDAS AL RESPETO. MADELEINE SAUTIÉ

MADELEINE SAUTIE

MADELEINE SAUTIÉ / GRANMA

Como si fuera soportable, el ruido campea por su respeto. Crece como yerba mala, se impone, es un hecho que pica y se extiende. No hablo del natural bullicio de toda ciudad, de esa vida que cobra el espacio, con su gente hablando todo el tiempo, contagiando de energía al que pasa, sino del que llega de las bocinas de quienes consideran que la música puesta tiene la misión de mostrar cuán felices se sienten o en el mejor de los casos, alegrarle la existencia a toda la vecindad.

Del efecto inverso que este empoderado proceder provoca tratarán estas líneas que no repetirán lo que tantos trabajos periodísticos han dicho, incluso en estas páginas, cuando han descrito con especial devoción todo el infortunio que estas indisciplinas consiguen, desde violar la privacidad y el descanso reparador hasta perturbar la tranquilidad de las familias, donde no falta el enfermo, el bebé, la necesidad de la tregua después del trabajo, el alivio de las tensiones del diario… todo lo cual tiene su fin en el hogar, cada vez más invadido por la parranda ajena.

De sobra se sabe que quienes aman los bafles colocados para que los oiga el vecindario son casi siempre los menos comprometidos con la sociedad, los que suelen acompañar la escandalera con el alcohol, con cantos estrepitosos, dominó, alegrías descomedidas, portadoras de más ruido aún y desentendidas de los horarios y las buenas costumbres.

Como si agraviar la paz y el respiro personal no fuera ya un asunto bien espinoso, los que no participan, los que no se involucran, los que no son sus iguales, los que buscan en la casa ese remanso que todo nido debe y tiene que ser —sobre todo cuando se vive de un trabajo en el que cada vez se exige más dar lo mejor de sí—, cierran puertas y ventanas, privan su ventilación para oír al punto de la desesperación cómo la indisciplina restriega su risa burlona en el rostro del mejor vecino, que irónicamente llega a convertirse en el atravesado de la cuadra.

Cerrados a cal y canto, los dolientes de esta historia cada vez más común se han acercado alguna vez a los súper contentos para comentarles, con más desconfianza que fe, la necesidad de bajar una música, que estando fuera de los contornos de la vivienda propia, la inunda y le retumba en las paredes. Los hay que habiéndose topado con la consabida incomprensión, echan mano al teléfono y llaman a la pnr, que al momento se presenta, hace recesar los bafles y con buena suerte, tras la llamada de advertencia, se acaba el jolgorio por ese día, sin que falten las bravuconerías lanzadas a los «inadaptados» que les aguaron la fiesta.

Si bien es cierto que a la primera alerta policial hay un alto, también lo es que tras haberse marchado el oficial, o a la semana siguiente la indisciplina se reedita. La mayoría de las veces estos grupos son reincidentes y burlando la autoridad en breve vuelven a escandalizar. Por su parte la víctima del ataque sonoro termina de cara a un callejón que no tiene más salida que la impotencia o el enfrentamiento personal, cuyas consecuencias pueden llegar a ser lamentables.

¿Cuál es el modo de resolver un problema tan triste como alarmante? ¿Se creerá que porque no corra la sangre no se está hablando de un arma destructiva como es atentar contra el derecho al sosiego y la tranquilidad de las personas? ¿Por tener nuestra sociedad muchos otros problemas que resolver puede continuar quedándose atrás por los siglos de los siglos una desesperanza que no acaba de tomarse en serio?

Se ha dicho que el descanso pertenece al trabajo como el párpado a los ojos, y también que es una parte del arte de trabajar. ¿Cómo concebir entonces que unos inconscientes puedan, a fuerza de jugar con la concordia de sus vecinos, y con la decencia de quienes buscan la armonía y las relaciones apacibles con los más cercanos, amargar la existencia de los que no molestan y adueñarse de un espacio que no les corresponde?

¿Quién vela por la paz del vecindario si no siempre con conciencia pueden resolverse cuestiones como las descritas? Tal vez donde lo haya, un consejo de vecinos pueda haber dado algunos dulces frutos. Pero ni el cdr consigue, si es de los que se reúne, poner coto a estos inescrupulosos que asumen como una actitud normal la de arremeter contra el equilibrio atormentando el reposo colectivo.

Un país como el nuestro, que como pocos vela y combate males como las drogas y el alcoholismo, debe poner en marcha estrategias que protejan a sus ciudadanos de amenazas como estas que atentan contra un derecho elemental de las personas. Para quien llena sus días con faenas provechosas no es poco llegar a su casa, y hallar, junto a otros asuntos pendientes, una invasión sonora y triunfal de la desidia.

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