SERVIR. MADELEINE SAUTIÉ

MADELEINE SAUTIÉ

Entre las más de 15 acepciones que tiene la palabra servir, destaca en primera línea el «estar al servicio de alguien». Y aunque no lo enuncie la lista de significaciones que posee el verbo, no hay labor humana que pueda prescindir, si quiere ser obra completa, de una dosis de entrega que recaiga en el beneficio de los demás.

Servir por placer es mérito de los buenos y provoca un goce que no superan ni lauros ni recompensas. Sería fantástico poder hacer siempre lo que nos viniera en gana; oír solo la dulzura de la orden deseada, vivir de fiesta en fiesta celebrando el antojo feliz y la alegría de consolidar todo el tiempo caprichos y vocaciones, pero de sobra se sabe que vivir es mucho más que saborear complacencias, y hay que educar el ánimo también para emprender aquello que el compromiso impone.

De estas razones parece no estar muy al tanto una buena parte de la gente, que perdiéndose el gusto de repartir sonrisas y aligerar pesos, pretende borrar de la faz del deber –díganse las funciones laborales y sociales que desempeña, a cambio de un salario que puede ser remunerable o no– la cuota a favor del otro, en su beneficio o utilidad, que con carácter obligatorio todo trabajo contempla. Resumámoslo así: Todo empleo precisa servir y de eso no siempre se está muy convencido.No en todos los casos cubrir o aceptar una plaza laboral lleva consigo la previa interiorización del objeto para el que tal puesto existe. Buscar un trabajo pasa siempre por el tamiz de la conveniencia, como justo derecho a valorar las prebendas que pueden recibirse a cambio de nuestra entrega, pero junto a este análisis debe examinarse también para qué se nos contrata, qué misión social nos corresponde cumplir humanamente. 

Ocupar el puesto –la silla, el buró, la posta, la jefatura, el estatus– lleva implícito una reflexión inicial que debe marcar el piloto mientras se esté en él. El juicio de permanente revisión es la razón misma del trabajo; la pregunta obligatoria ¿para qué estoy aquí? La respuesta inequívoca: para servir.

Es el tema de los servicios una amplia tela por donde disímiles tajaduras conducen a un montón de insatisfacciones. No está concientizado por muchos que la tarea que desempeña tiene como fin la satisfacción ajena y que el aporte individual es un elemento ineludible de la amalgama que compone el funcionamiento social.

Yerra más de lo que supone el que a las puertas de las consultas médicas espanta con negativas al que pregunta, como si su misión fuera desinformar, provocar malestar, hacer que el que se retire de su lado sienta que vive un día maldito. No es posible que carezca, quien tiene que orientar a un público, de la debida paciencia para tratar con él, porque es esa la razón por la que ocupa ese puesto. Ni puede el que trabaja en el comercio mostrar su mala cara, y peores modales ante la solicitud del comprador o cliente, porque no es para otra cosa que está ahí. Como tampoco es entendible que el chofer del ómnibus interprovincial escoja su melodía favorita, no importa si estrepitosa, para que lo mantenga despierto, aunque lleve atormentados a los pasajeros, por la necesidad suya de estar despabilado.

Quienes así actúan excluyen de su misión tal vez la más delicada de sus facetas: la de mostrar directamente la parte sensible del servicio, que solo se hace palpable cuando el servido siente que se piensa en él, cuando el servidor, que es el trabajador mismo, pone en función del bienestar ajeno su propio trabajo.

La cara gustosa, la explicación oportuna, el ademán afable, el hacerle sentir al otro que lejos de resultarle su presencia un fastidio, le complace al menos ayudar a la solución, es, además de experiencias que endulzan los días, un deber inalienable de todo el que trabaja, y a él debe reclamársele por este provecho, tanto como se le exige la asistencia al centro o la puntualidad misma. Acaso más, porque estar sin estar, burlando deberes, causa averías mayores que el propio puesto desocupado e imprime en el necesitado un sentimiento despectivo que nadie debe permitirse.

Como si fuera tan difícil darse a los otros y con ello humectar las rudezas que proliferan como mala yerba, el trato, cara del servicio que se hace, puede llegar a espantar a las personas, si en las palabras y expresiones que se les dirigen hay reprimendas, francas indiferencias y obvias ganas de desentenderse.

Es preciso sentir la necesidad de que quien nos solicite un servicio, se retire de nuestro lado feliz, aun cuando no tengamos la respuesta que espera. Tiene que importarnos que el que nos requiera sienta que fue tomado en cuenta, que su satisfacción nos incumbe. Tiene que doler que nuestro trabajo sea inútil, que la gente se marche de nuestro servicio con la resuelta decisión de no volver, de sentir que se pierde el tiempo llegando hasta donde estamos. Como tiene que alegrarnos que se nos diga: «Aquí se puede venir; aquí estoy bien servido».

Que esta actitud sea colectiva, que sea máxima, que además de distinguir a la institución propia, nos enriquezca interiormente a bocanadas de bien, es el único modo de hacer –sin que cuenten bolsillos ni jerarquías– que nosotros también seamos asistidos cuando toquemos otras puertas.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s