YVES BONNEFOY CONVERSA CON DIMITRIS ANGELÍS

"Sí, hay que constatar que el pensamiento que prevalece en Francia en este momento en materia artística o literaria no parece comprender más lo que es la poesía.  En todo caso subestima su necesidad en el seno del grupo social, como si hubiera olvidado el papel que jugó en las épocas donde no era marginalizada como ahora. Hay en la actualidad un “estándar literario correcto” que valoriza la crítica, incluso la autocrítica, que es la mejor manera de acallar la sensibilidad poética."
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El poeta francés Yves Bonnefoy (1923-2016)

DIMITRIS ANGELÍS / CÍRCULO DE POESÍA

El poeta griego Dimitris Angelís conversa con el poeta, ensayista y traductor francés Yves Bonnefoy, la referencia de la poesía francesa contemporánea. En 2013, Bonnefoy fue distinguido con el Premio en Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Dimitris Angelís es director de la revista griega Frear. La traducción corre a cargo de Celeste Tamayo C.

Dimitris AngelísSi alguien habla en la actualidad de poesía francesa en Grecia, el nombre que viene a todos los labios es uno: Yves Bonnefoy. ¿Nos puede hablar un poco de su punto de partida poético, sus influencias y lecturas de aquella época, es decir, podría usted hacernos el retrato del joven artista Yves Bonnefoy?

Yves Bonnefoy. ¿Quién era yo en mis inicios? Primero, un gran ignorante. Iba al colegio, al instituto, y descubrí ahí que existían filósofos, artistas, poetas sobretodo, y a los pocos que accedí me fascinaban, comprendí bien a través de ellos la condición humana, muy poco atractiva allí donde yo estaba, y en esos años podía tomar sentido, manifestar su riqueza. Pero ese lugar, ese momento eran también los que me privaban de esas mismas obras. Estaba en una pequeña ciudad aún totalmente dormida, vivía en un medio obrero muy distanciado de los acontecimientos de cultura, era la víspera de la preguerra que retenía su aliento en el presentimiento del desastre, después fueron los años de guerra, donde no podía encontrar más que muy pocos libros, con excepción de algunos de los surrealistas que se vendían a bajo precio en la librería donde tomaba el tren cada tarde. Después de que viniera a París los museos estaban cerrados, y también me dejé sumergir en la aventura surrealista en su verdadero sentido poético pero con su saber artístico muy limitado y con juicios sectarios que rehúsan incluso sólo a mirar la pintura que yo estaba destinado a  amar profundamente, cuando al fin pude descubrir las verdaderas obras en su asombrosa diversidad. Y quien proscribía la música… <<Qué caiga la noche sobre la orquesta>>, escribía Bretón. No era por aquel camino por el que hubiera podido acceder a lo que sin embargo deseaba tanto encontrar, no me cabe la menor duda de esto.

¡Mucho tiempo perdido! Pero este largo periodo de carencia estoy listo ahora para reconocerlo como una oportunidad. Puesto que algunas de las obras que me habían sido posibles en mis años de infancia o adolescencia e incluso más tarde, percibir de lejos, allá, en su otro mundo, tomaron ante mis ojos un carácter que no habrían tomado nunca si yo hubiera vivido de golpe en el espacio de la cultura: me parecían manifestaciones, no de otro momento o de otro lugar de la sociedad sino de otra realidad superior, con autores advertidos de más de lo que se puede vivir o conocer en nuestra condición ordinaria.  Y esa manera de abordar a Hugo, Racine o Vigny –mis primeras lecturas– o, sobre todo puede ser, el cuestionar las pequeñas reproducciones en blanco y negro de Titien o de Véronèse, era un sueño por supuesto y profundamente peligroso para la vida como hay que vivirla, tan cerca como posible de su aquí, de su ahora, pero era también la razón de reflexionar en el sueño de manera precisa y de comprender su naturaleza, y de hacer de esta reflexión el motor de mi búsqueda poética. Puesto que este sueño de una realidad superior, bien puede ser inherente a todo comienzo poético. Y mientras más rápido y fuerte se tome conciencia, más posibilidad hay de instaurarse en este pensamiento crítico que es lo serio de la poesía. 

En todo caso, tales fueron mis inicios. Salvo la lectura de las tragedias de Racine, que no hay más que una manera de hacer esta lectura, con cierta inconsciencia pero ya vislumbrando el germen del doble enfoque de las obras; por una parte, el sentimiento con el que la mayoría de las otras tragedias no cuentan en lo absoluto (algunas, las verdaderamente poéticas, relevan, al contrario de una realidad superior), y por otra parte y como en regresiva, el pensamiento que se juega todo en ilusiones que hay que aprender a deshacer.

Evidentemente, diciéndole esto simplifico mucho, sé bien que si dispusiera del ojo del novelista y además tuviera el  gusto por los hechos psicológicos le diría todo, tanto o más que estos trozos de puro pensamiento, mi tiempo perdido entonces, mis frívolas ocupaciones, mis lecturas al azar, perezosas, después y ya incluso viviendo en Paris, tantas conversaciones para nada a propósito de los eventos del crepúsculo surrealista, tantas partidas de ajedrez sin verdadero estudio del juego, tantas ocasiones perdidas en los posibles encuentros…  Es la impresión que tengo retroactivamente de este largo periodo de latencia, que no termina hasta por ahí de 1950, cuando me mudo del Barrio Latino, del cuarto de hotel de las numerosas visitas a un alojamiento cerca de las afueras de París, en una repentina y salubre soledad. Sin embargo, de cualquier modo creo verdadera esta dialéctica de sueños de una realidad superior y la negación de ilusiones que acabo de decir.

En todo caso, sé bien que fue esta dialéctica la que orientó mis primeras lecturas verdaderamente serias, fue la que nutrió mis primeros escritos –cuando retomé la vía académica, yendo cada vez más y más a escuchar a Jean Wahl–. Y veo también que fue la que me hizo amar desde el primer instante el mundo mediterráneo que descubrí en Córcega en 1949. Las islas como sublevadas en el cielo por el alba de occidente, el olor a tomillo, los montes incendiados por la llama de la noche, las metafísicas gnósticas  que me atormentaban. No me quedaba más que encontrar en Italia y en Grecia las respuestas que grandes artistas, y algunos pensadores como Plotino, habían aportado a las preguntas que hacían este tipo de lugares y de horizontes, plenos de arquetipos, tan diferentes de todo lo que yo había vivido o imaginado hasta entonces.

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DA.- En sus poemas se percibe una presencia mística, un mundo de esperanza y otro que está por venir. ¿Podríamos hablar de un tipo de religiosidad en su poesía? ¿Cómo ha sido reforzada su obra por las otras artes? – pienso en la música y en la pintura que surgen en todos los aspectos de su poesía.

YB.- Lo que usted dice coincide con lo que acabo de intentar decir, y permítame precisarlo. El sueño que evoqué, era el de una realidad superior pero en absoluto supuesta, constituida de cosas o seres supraterrestres, diferentes por la apariencia o las costumbres de lo que se observa en nuestro mundo, de esta forma no se trataba más que de una manera distinta de vivir la realidad humana fundamental, el mismo cuerpo con las mismas palabras, por así decirlo, la misma lengua simplemente con otra posibilidad de empleo, diría con facilidad: la poesía como tal. Las palabras del aquí en lo más vivo, en lo más penetrante de su posible poder, entre nosotros por alguna razón, hechas trizas. Y bueno, llámele religiosidad, está bien, pero advierta que lo que planteo no tiene relación con creencias en las figuras divinas. Es nuestra tierra tal cual, lo suficientemente hermosa siempre que no la devastemos como tan a menudo lo hacemos en la actualidad, lo real, lo único real.

Y es por esta razón que fue importante en este tipo de sueños de esencia metafísica, la búsqueda artística y en particular la pintura. La intensidad que los grandes pintores han impregnado en sus cuadros a través  de los siglos, la figura de las cosas fundamentales –arboles, ríos, nubes, rostros– que constituyen el espacio humano, es como una confirmación de sus intuiciones, y me era fácil dejarme invadir por el lugar e imaginarme que un Ruysdael lo había pintado con sus árboles profundos, su cielo agujerado de luces, todo eso había sido percibido por el pintor, no obstante en nuestro mundo con los ojos abiertos a la forma de consciencia con la que yo soñaba, más penetrante, más alerta que la nuestra. De ahí fue, enseguida y de manera muy profunda que me gustó la magnífica pintura de paisaje, misma que se exhibe en el siglo XVII en Italia o en los Países Bajos con una amplitud o una riqueza todavía en la actualidad subestimada.

En el siglos XV y XVI, salvo por momentos, como el gran horizonte del “Cordero místico”, de Van Eyck, o la “chiara pittura”, de Piero della Francesca, como el segundo plano, a mis ojos sublime del “Noli me tangere”,  de  Antonio Allegri da Correggio, la percepción del mundo natural queda tan obstruida por la convicción cristiana que la única realidad plena yace en el mundo invisible, sean las esferas celestes, que primero son armonía, música, o sea, el paraíso donde los creyentes de esas épocas difíciles esperaban revivir después de su muerte. La aparición de cosas y en primera instancia del cuerpo humano que se esforzaba en liberarse de las figuras simbólicas que significaban en su aquí abajo (la tierra) eso invisible, fue cuando se fue extinguiendo el drama del manierismo que muestran los cuerpos tiranizados, deformados a veces por formas violentamente antinaturales.

Sin embargo, estaba Galileo. A menudo me he dado cuenta de que a la revelación de la naturaleza material del sol y la luna, creída hasta entonces cuestión divina en el mundo de la naturaleza, se le añade la pieza que falta y así concluyo, poniendo en su lugar, el espacio humano.  En adelante, el hombre e incluso la mujer, están en su territorio, absolutamente en su hogar sobre la tierra,  y pueden tener una  influencia en los aspectos importantes de su lugar. Percibida al fin la necesidad de vida plena que habían asociado hasta entonces con figuras sobrenaturales. Es a partir de este momento en los follajes, en la luz del cielo que erige cimas lejanas y, en primer plano, en los cuerpos enriquecidos de toda su piel, que encuentran la trascendencia inherente de todo lo que está, y es cómo la belleza del mundo puede mostrarse en la más humilde de las cosas, sin perder nada de su misterio. Estos hombres serán los grandes paisajistas de Italia y de los Países Bajos.

“Las Cuatro Estaciones” de Poussin, la primavera, el verano, el otoño, ¡qué ápice en el arte de la tierra, al fin comprendido y conquistado! He ahí ciertamente de qué nutrí mi sueño de vida, vivido lo más profundamente, después de que, y siempre en pintura, había… – fue “el Invierno” en esa misma obra de las “Cuatro Estaciones”, y los cuadros de Gaspard Dughet, el árbol aislado, sacudido por el viento en el desorden de un gran espacio– …–lo suficiente esta vez para cuestionar esta extraordinaria utopía. Seguramente hay que desprenderse de este gran sueño, recentrar la realidad sobre el ser mortal, su momento y su lugar, pero, mire, en la obra de Dughet o algunas veces en la de Salvador Rosa, es todavía el paisaje el que sigue siendo el lugar de la reflexión. Y ¿cómo no escuchar a los pintores, por consiguiente? A menudo en su creación el agua de las apariencias está en calma, el cielo del mundo se refleja en ellas, y con frecuencia también se inquieta, nuestra inquietud introduce su mano, pero los colores agitados, las formas rotas no permanecen, menos aquello por lo que la preocupación metafísica se expresa.

En cuanto a la música ¿no es natural que los sueños de plenitud busquen allí también sus testimonios? Piense en las cantatas de Bach. En los momentos más elevados de júbilo misterioso en las magníficas misas de Haydn, ¿es aquello éxtasis cristiano? ¿No será más bien la ascensión del ser a un estado superior del mundo, transgrediendo y trascendiendo el mito cristiano para el que la música de iglesia había servido desde hace mucho tiempo?  Después de esto, será también la música que podemos comprender, una vez más la necesidad de volver a través de la subjetividad dolorosa, aquella del último Beethoven, de Schubert, de Chopin, más tarde de Gustav Mahler, con la condición simplemente mortal si se quiere beber verdaderamente de la copa de lo absoluto. En música, al mismo tiempo, se sueña y se renuncia al sueño. Es el renunciamiento acompañado de arrepentimiento el que hace tan querida para mi “La Canción de la Tierra”.

En la actualidad, todavía me permito ir a ver los cuadros, las estatuas, como si fueran promesas, incluso umbrales. Y muchos de los poetas y pintores que más me gustan, de Virgile a Poussin y de Gerard a Nerval, son con toda seguridad los portadores, por momentos o permanentemente, de una ensoñación de este tipo y hacen aparecer la luz, que no se parece a ninguna otra. Pero tengo que hacer hincapié en este punto, tengo que subrayarlo con fuerza: este sueño no es la verdad, y la poesía, que se enfrenta de lleno tiene por vocación crear consciencia de ello. De reconocer la luz más alta, aquella que Rimbaud nombraba la “cruda realidad” o lo que vivía Baudelaire en la miseria de sus días, la misma con la que “secaba su frente bañada en sudor y refrescaba sus labios destrozados por la fiebre”.

DA. Para la mayoría de nosotros, la poesía francesa, en particular el surrealismo, era la base de nuestra cultura literaria. Pero en la actualidad Francia da la impresión al observador extranjero de que ha olvidado la poesía o de que sólo se ocupa de la poesía visual. Para usted que creció con Valéry, que pasó por el surrealismo, que también se opuso a él y que trazó su propia vía, ¿cómo ve la poesía francesa actual? ¿Comparte nuestro punto de vista.

YB. Pasemos a esta pregunta que me hace con toda la razón, esta pregunta no me alejará del camino que su primera pregunta me incitó a tomar. Sí, hay que constatar que el pensamiento que prevalece en Francia en este momento en materia artística o literaria no parece comprender más lo que es la poesía. En todo caso subestima su necesidad en el seno del grupo social como si hubiera olvidado el papel que jugó en las épocas donde no era marginalizada como ahora. Hay en la actualidad un “estándar literario correcto” que valoriza la crítica, incluso la autocrítica, que es la mejor manera de acallar la sensibilidad poética.

Y este triste hecho tiene razones seguramente tan fundamentales como universales; así, el objeto manufacturado que actualmente obstruye con su omnipresencia el acceso y la inteligencia de lo que es vida en el mundo pero, lo que apenas comienza en otros países, parece haber ya triunfado en Francia. No hay que sorprenderse por eso. Nuestro país le dio al mundo, en particular en el siglo XIX en los albores de la sociedad industrial, algunos de los más grandes poetas, creo, o más bien sé, que no fueron grandes porque tuvieron hermosas ocasiones de lucidez de valor para combatir a los enemigos completamente resueltos que se reunían en todas partes alrededor de ellos. Podría citarle juicios de Baudelaire, de Rimbaud, de Mallarmé, sobre el país de la anti-poesía. Un país donde la falta de acento tónico –este acceso natural al ritmo de la poesía–, deja el campo libre al acento exclamativo, aquel que recalca la idea en el debate, la conversación, para el más grande aprovechamiento del intelecto. En Francia, la poesía es como censurada por el poder imperioso del intelecto. A riesgo de una desertificación donde no florecerán más que el espíritu de la depreciación o gritos de desesperanza o una elocuencia profundamente engañosa. Beckett, Artaud, Aragon.

Pero por suerte la situación no es tan simple. La ausencia de acento tónico es compensada en nuestra palabra por la “e” muda, la diéresis, componentes de esta prosodia misteriosa propia del francés de la cual hablaba Baudelaire, quien es además uno de los maestros. Y la ausencia de poetas –-de verdaderos poetas– en los consejos de la sociedad, incita a los mejores espíritus a reflexionar sobre la precariedad del hecho esencial de lo poético, lo que nos vale poetas conscientes de la poesía, críticos de sus ilusiones sugeridos de falsos pretextos y otras mentiras que infligen el  lirismo legítimo.

Una vanguardia de la reflexión que temo que pronto se necesitará en otros países.

DA. ¿Qué escribe usted actualmente? Incluso si sé que ha respondido de manera directa o indirecta a esta pregunta en varios ensayos, quisiera también preguntarle: con toda su experiencia ¿qué definición haría en la actualidad de la poesía?

Comenzaré sobre todo respondiendo a la primera de las dos preguntas, no haré más que retomar una reflexión que no ha cesado durante toda mi vida, dada la naturaleza particular de mis escritos. Desde hace mucho tiempo me he consagrado simultáneamente a proyectos de distinta naturaleza, lo que me hace temer una exposición un tanto superficial de diversas preocupaciones que más bien deberían concentrarse para profundizarse.

En resumidas cuentas, tengo que verificar si es verdad lo que sin embargo espero, saber que hay un vínculo bajo mi dispersión aparente. Que sea de esta manera, estoy listo para creerlo pero aún falta que comprenda en qué consiste esta unidad para seguir las vías. Ahora bien, precisamente estos días con motivo de una exposición que pronto debo hacer en Tours, mi ciudad natal y el sitio donde tuvieron lugar mis primeros escritos, me voy a comprometer con esta reflexión. Una decisión que bien tengo que tomar puesto que ha llegado el momento de mirar hacia el pasado. Titulé esta presentación: “Lo uno y lo múltiple”.

02 de marzo de 2014

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