DE “LA RESPONSABILIDAD DE LOS INTELECTUALES”, UN TEMPRANO INTERCAMBIO DE CARTAS ENTRE GEORGE STEINER Y NOAM CHOMSKY

GEORGE STEINER / NOAM CHOMSKY

Querido profesor Chomsky:

Le escribo para expresar mi admiración por su lúcido y atractivo ensayo en el New York Review of Books. Ese texto significará mucho para todos los que comparten su preocupación y para muchos que ahora empiezan a ver lo vital que ésta es para nuestra sobrevivencia como comunidad Humana.

Pero le escribo también para preguntarle cuál será su próximo párrafo. Las  falsedades que nos rodean requieren exposición. Pero ¿después qué? Usted dice correctamente que todos somos responsables; usted vislumbra correctamente que nuestra situación futura puede no ser mejor que la del consentidor intelectual bajo el nazismo. Pero qué acción solicita o incluso sugiere usted. ¿Anunciará Noam Chomsky que no enseñará más en el MIT ni en ningún otro lugar del país mientras continúen la tortura y el napalm? ¿Emigrará por un tiempo Noam Chomsky a, digamos, Churchill Collage, Cambridge, donde estaríamos, puedo decirlo, orgullosos y dichosos de recibirlo? ¿Ayudará a sus alumnos a escapar a Canadá o México (como ayudó Jeanson a sus alumnos a abandonar Francia durante la crisis argelina)? ¿Renunciará incluso a una universidad muy implicada en este tipo de «estudios estratégicos» que él tan correctamente desprecia? El intelectual es responsable. ¿Qué debe hacer pues?

No pregunto esto como pie a una discusión, sino con gran perplejidad personal. Tal vez estamos en una trampa muy compleja. El Gobierno y el Congreso actuales parecen representar los puntos de vista debidamente expresados de una mayoría de nuestros conciudadanos. Estamos comprometidos con todos los derechos y el poder de esa expresión. Ni un congresista ha sido electo sobre una base realmente antibélica. Sentimos con angustia que nuestras opiniones son mejores, que debe oírse a una élite de conciencia y visión. Pero cómo y en qué forma políticamente activa. Si no podemos actuar políticamente, o tan sólo levemente, ¿entonces qué podemos hacer de modo personal, ahora, en nuestras vidas profesionales y privadas? ¿Cómo podemos ayudar a subvertir la fea, inhumana coexistencia de una brillante cultura intelectual y artística con una política simultánea hacia Viet Nam que muchos de nosotros encontramos frustrante y abominable?

¿No se detiene su ensayo casi en el punto en que debería empezar?

GEORGE STEINER
Programa Schweitzer de Humanidades
Universidad de Nueva York
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Querido Señor Steiner:

Muchas gracias por su carta. No sólo aprecio lo que dijo, sino que también estoy de acuerdo sin reservas esenciales con la crítica que hace. Creo que la cuestión crucial, no contestada en el artículo, es qué debe decirse en el próximo párrafo. He pensado mucho en esto, sin haber llegado a conclusiones satisfactorias. He probado varias cosas —hostigar a congresistas, hacer antesalas en Washington, dar conferencias en forums locales, trabajar con grupos estudiantiles en los preparativos de protestas públicas, manifestaciones, teach-ins, etc.—, en todas las formas adoptadas también por otros muchos. El único aspecto en el que he avanzado algo más, personalmente, es la negativa a pagar la mitad de mis impuestos el año pasado, y éste. Creo que hay que negarse a participar en cualquier actividad que ayude a la agresión norteamericana —rechazo a los impuestos y al reclutamiento, al trabajo que pueda ser usado por las agencias del militarismo y la represión, todos me parecen esenciales. No puedo sugerir una fórmula general. Las decisiones detalladas tienen que ser objeto del juicio y la conciencia personales. Me siento incómodo sugiriendo públicamente el rechazo al reclutamiento, ya que es una proposición bastante mezquina de alguien de mi edad. Pero creo que negarse a pagar los impuestos es un gesto importante, porque simboliza una negativa a hacer una contribución voluntaria a la maquinaria bélica y también porque indica una disposición, que creo debe ser indicada, a tomar medidas ilegales para oponerse a un gobierno indecente. He pensado bastante en las sugerencias específicas que usted hace, abandonar el país o renunciar al MIT, que está asociado, más que ninguna otra universidad, a las actividades del departamento de «defensa». Uno de mis colegas, Patrick Wal, abandona el país y el MIT en gran parte por las razones que usted expone, y creo que como inglés está completamente justificado que lo haga.

Tal vez esto sea una racionalización, pero mi conclusión es que, por el momento, no es impropio que un intelectual norteamericano antibelicista se quede aquí y se oponga al gobierno, de un modo tan explícito como pueda, dentro del país y de las universidades que han aceptado en gran escala la complicidad en la guerra y en la represión. De este modo, empleo gran parte de mi tiempo en un curso que, entre otras cosas, trata directamente de asuntos similares a los del artículo en el NYK, y específicamente de las responsabilidades de los científicos y de la intelectualidad en una situación como la de hoy. Me parece particularmente crucial tratar esas cuestiones dentro del estudiantado del MIT, por su potencial influencia y su papel en las decisiones. No me hago ilusiones especiales sobre el éxito que pueda obtenerse en esto, pero en lo que yo puedo ver, las acciones más significativas son las actividades educacionales de este tipo y la negativa personal a participar de algún modo en la implementación de las actividades bélicas del gobierno. Creo que el poco impacto que alguien como yo pudiera tener se perdería de abandonar el país. En lo referente al MIT, creo que su participación en el esfuerzo bélico es trágica e indefendible. Creo que hay que resistirse a esta subversión de la universidad por todos los medios posibles. Los muchos estudiantes y profesores dedicados a esta tarea están llenando una importante responsabilidad, no importa cuál sea la esperanza de éxito.

Estoy muy consciente de que los límites posibles de protesta no han sido alcanzados. Después de todo, hace treinta años les era posible a muchos hombres unirse a brigadas internacionales para luchar contra el ejército de su propio país. Podría pensarse aún en otras acciones realizables —digamos, ir a Viet Nam del Norte como rehén contra futuros bombardeos—. No creo que esto sea ridículo en absoluto. Quizás sea la ausencia de valor y convicción lo que impide que yo y otros hagamos cosas de este tipo. Espero que quede claro que no tomo una actitud autosuficiente sobre todo esto. Fui bastante sincero en el artículo al referirme a la página de la historia en que encontramos nuestro sitio adecuado, los que permanecimos silenciosos y apáticos mientras se desarrollaba esta catástrofe y los que seguimos, hoy, mirando hacia otra parte y limitando nuestra protesta.

NOAM CHOMSKY
Cambridge, Massachusetts

Tomado de The Responsibility of Intellectuals, Noam Chomsky, 1967.
Traducción: Jorge Promio.

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