EL LEGADO DE CARLOS MARX NO HAY SOHO QUE LO ASFIXIE. LUIS TOLEDO SANDE

Luis Toledo Sande

LUIS TOLEDO SANDE

La obra teatral Marx en el Soho, de Howard Zinn (Estados Unidos, 1922-2010), cuyo prestigio se ha basado principalmente en su producción historiográfica y sociológica, vale por sí misma, y en Cuba viene dándole vida el experimentado actor y director Michaelis Cué. Nacido en Campechuela, actual provincia de Granma, en 1945, y de familia humilde, creció con el pensamiento puesto en el reclamo cumplido por José Martí –echar la suerte con los pobres de la tierra–, y el Manifiesto comunista le ratificó esa decisión. Con ella, y con su maestría artística, asumió la pieza de Zinn sobre Marx.

Estrenó su puesta el 26 de mayo del 2004 –de entonces conserva la música de Bobby Carcassés– en la sala Adolfo Llauradó, en presencia del autor. Luego la ha llevado a las salas del Hubert de Blanck, Raquel Revuelta y del complejo cultural Bertolt Brecht, así como a numerosos escenarios cubanos no habaneros y de otros países.

Howard Zinn, también de origen humilde y de actitud política disidente del imperio, fue profesor de mérito en la Universidad de Boston. Entre sus libros se halla La otra historia de los Estados Unidos, refutación de la mitología narcisista con que esa potencia ha programado su maquinaria cultural.

Como autor de teatro, Zinn se inició con Emma, que trata sobre la luchadora anarquista y feminista Emma Goldman y también gozó de difusión internacional. Marx en el Soho –estrenada en Washington en 1995– comenzó a escribirla en 1989, ante el desguace de la URSS y el campo socialista europeo.

Con ella se propuso recordar que el marxismo seguía vivo, cuando otros se amparaban en aquella demolición para decretarlo muerto y traicionarlo.

Empleando recursos de la ficción dramática, Zinn hace que Marx vuelva temporalmente a la vida física. Por contingencias burocráticas, que están entre los males de la época, no regresa a Londres –todavía capital del mayor imperio cuando vivía el revolucionario alemán, que en el Soho de aquella urbe residió como desterrado, sufrió calamidades y escribió gran parte de su producción–, sino al Soho de Nueva York.

Esa ciudad no es la capital de Estados Unidos, pero sí un símbolo cultural por excelencia de la nación que desplazó en la hegemonía a su madre putativa, Inglaterra. Con la intensificación del capitalismo, el Soho neoyorquino corrobora las tesis de Marx.

Contra quienes dan por cierta –como es de prever que seguirán haciendo– la muerte del marxismo, el fundador de la Primera Internacional pone las cosas en su sitio. No obstante los manejos y engaño, incluso exitosos, de la propaganda capitalista, los hechos muestran que las injusticias sociales son más graves que antes, y mayor resulta, por tanto, la necesidad de que los trabajadores se unan en la lucha por transformar el mundo.

Marx se dirige al público en lo que, más que un monólogo, es un despliegue coral. No solo porque se desdobla para hablar con familiares y colegas, hasta contrincantes, o rememorarlos desde la simpatía y la gratitud –como a Engels–, sino por la interrelación de pensamiento que se establece entre él y el auditorio.

En sus concepciones se halla la brújula que ha guiado a los seguidores de su legado emancipador. Tal es señaladamente el caso de Lenin, quien no aparece en la puesta, donde el protagonista enfatiza las abismales distancias existentes entre el pensamiento marxista y el llamado estalinismo.

El Marx que habla desde el Soho neoyorquino recuerda al polemista mordaz apreciable en sus textos. Es también el hombre de familia que sufre la pobreza por la que mueren hijos suyos, mientras él genera luces para luchar contra el sistema capitalista que la engendra. Para ese revolucionario ni deslealtades ni deserciones, ni los graves obstáculos presentes en la realidad histórica, justifican que se abandone la lucha.

No es casual que Marx mencione a Cristo. Que el pensador comunista –quien vuelve a la Tierra– lo mencione del modo como lo hace, propicia pensar en la actitud de cristianos honrados a quienes el lapso de más de 20 siglos de espera durante los cuales el mesías de su fe ha sido desoído o traicionado, no los lleva a renunciar a las creencias y la ética identificadas con él. ¿Qué asidero moral les queda entonces a quienes en los errores, perfidias y frustraciones que han frenado al socialismo durante poco más de una centuria buscan justificación oportunista para sus traiciones?

El carácter irreverente que Zinn imprime a su Marx se corresponde con el temperamento que el Marx histórico muestra en sus textos. El dramaturgo remite a los bríos irónicos con que el transformador de la filosofía y de la economía política refutaba a sus adversarios: no solo a enemigos declarados, sino también a otros pensadores que compartían o deseaban compartir ideales con él.

Poco importa si la borrachera de campeonato durante la cual Marx pulsea en su casa londinense con Bakunin está documentada o es libérrima invención del autor teatral. Sin escándalos dolosamente fabricados en busca de taquilla, la obra reserva una función a esa escena: mostrar las contradicciones entre dos ideólogos y activistas sociales que podían sentarse a compartir libaciones y a discutir si el anarquista escupía y se orinaba de veras sobre el imperio británico, o en el piso de la casa donde residía el fundador del socialismo científico, y en la calle junto a la cual se hallaba esa vivienda.

Cué, que no intenta hacer una representación externa de Marx, sino interpretarlo, tiene también el acierto de no personificarlo como un tribuno académico y frío, sino como un polemista apasionado. Y si algunos pudieran tomar las dolencias físicas del revolucionario como pretexto para ridiculizarlo, en la obra de Zinn vivificada por Cué ellas sirven para ratificar la tenacidad cotidiana con que acometió su obra quien mereció ser llamado el Prometeo de Tréveris.

En lo que la pieza pueda tener de franco humor irreverente radica otra de sus lecciones. La sólida cultura, el hondo conocimiento del tema, la decencia, la identificación afectiva e ideológica con su personaje le permiten a Zinn tratarlo como al ser humano que fue –¿quién dijo que era divino?–, sin faltarle al respeto. A diferencia de otros autores –y no es seguro que todos los casos merezcan ese título–, Zinn no intentó destruir la imagen de Marx para hallar mecenas enemigos del marxismo. Con honradez, y desde la identificación, buscó propiciar un mejor conocimiento del pensador.

Esa es la obra que Michaelis Cué, a cuya trayectoria tal vez no se le haya hecho toda la justicia que merece, ha venido escenificando con respeto y eficacia. Desde los preparativos de su trabajo tuvo la atención del autor, quien aprobó que redujera el texto, de una duración de cerca de tres horas, a una puesta de alrededor de una hora no más. Quedaron fuera los que podían estimarse explícitos «cantos al marxismo», y en el resultado se ha visto un fruto que invita a la lealtad reflexiva, la más fértil y cercana al propio Marx.

Zinn apreció la contribución de Cué a la celebridad de la obra en la América Latina. El artista cubano la ha llevado triunfalmente a escenarios de Costa Rica, Chile, Venezuela, Perú, México y Argentina, y pronto lo hará en Paraguay. De la Universidad chilena de Concepción le ha llegado la estimulante noticia de que allí usan una grabación de su puesta como pórtico en cursos de marxismo. La más reciente jornada habanera de la obra finalizó en el teatro Bertolt Brecht con una función destinada a profesores del Departamento de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, y a ese auditorio también lo emocionó.

En Cuba se ha disfrutado ya asimismo una versión televisual, pero nada sustituye el placer y el pulso comunicativo del teatro en vivo. Es de desear que la obra no tarde en volver a las tablas nacionales, donde seguirá cosechando merecida aceptación de crítica y de público, al igual que en otros países. Allá quienes, en la molicie ideológica fomentada por la maquinaria imperial y sus ecos, se sientan animados a decir: «No estoy para eso». Se lo pierden.

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