SÍ A LA REVOLUCIÓN. ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR

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ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR

El 8 de enero de 1959, el mismo día en que Fidel Castro entraba a La Habana en medio de las demostraciones de júbilo, casi de deslumbramiento, más grandes que ha visto esta ciudad, aparecía un artículo mío en este periódico Revolución bajo el título «Orgullo de ser cubanos». Creo que la inmensa mayoría del pueblo cubano sentía las palabras de ese artículo como suyas –no quiero decir que gustaran o siquiera leyeran el trabajo, sino que yo, como uno de ellos, decía lo que ellos–; especialmente ese embriagador orgullo que era, a la verdad, un sentimiento que estrenábamos, acostumbrados como habíamos estado a todas las desilusiones y a todas las amarguras.

Recuerdo ahora aquellas líneas porque va a haber transcurrido un año de su publicación; porque va a cumplirse un año de gobierno revolucionario, y nos es necesario confrontar la inmensa esperanza despertada en aquellos días con la terca realidad. «Soñar no cuesta nada», dice el mascullante Refranero. Pero se trata, no solo de soñar –que ya es un don de los dioses–, sino de que los sueños devengan realidad. Al devenir ellos realidad, ¿han quedado en pie aquellas esperanzas? ¿Se han magullado? O, por el contrario, ¿se han acrecido?

Está bien que nos hagamos cargo de estos planteamientos, ahora que el año está al acabarse.

Lo primero que creo que hay que decir es que la Revolución no ha engañado a nadie; que la Revolución no se ha desmentido; y que la Revolución está haciendo, al necesario paso de carga y alegría, lo que había prometido. En 1953, Fidel Castro –la boca por la que habla la Revolución– explicó en su sorprendente alegato

La historia me absolverá el plan de gobierno de la Revolución. Lo creyeron, en el momento, pocos. Unos, los privilegiados, a quienes ese plan debía lastimar en sus intereses, pensaron que se trataba de un ofrecimiento utópico más. Nuestra historia es un basurero de ofrecimientos incumplidos. Por tanto, aquellos a quienes ese plan estaba lejos de beneficiar materialmente, llegaron a veces a prestar su auxilio a la insurrección, en la confianza de que «con las glorias se olvidan las memorias», y de que todo iba a quedar, a la postre, igual.

Por su parte, otros muchos a quienes solo entusiasmaba de verdad una revolución profunda, social y económica, tampoco creyeron entonces en esas palabras, y su apoyo no fue tan ferviente como hubiera sido de desear. Hoy hay que aceptar que aquellas palabras eran un programa absoluto de la Revolución. Los privilegiados de siempre pueden llevarse las manos a la cabeza, pueden gritar que la Revolución ha desbordado lo que ellos esperaban (ellos esperaban una Revolución «con su permiso»), pero lo cierto es que todo se les dijo, y se les dijo clara y lúcidamente. Además, cuando arguyen que algunos de entre ellos prestaron su colaboración, puede y debe respondérseles que la prestaron para que se echara del país a la sangrienta tiranía que a todos nos oprimía: en ese sentido, deben sentirse satisfechos, porque se les ha dado lo que esperaban: una transformación política que ha llevado al poder a hombres limpios, de honestidad total. Pero también hay que dar lo suyo a las grandes masas, de campesinos sobre todo, que demandan una revolución que, en efecto, lo sea. Que no se limite a ser una transformación política, sino que remueva la estructura neofeudal que nos asfixiaba, que cambie la osamenta misma del país. Para ellos, por ellos, se está llevando a vías de hecho lo prometido en La historia me absolverá.

El día 2 de enero de 1959, escuchamos a Fidel Castro decir al pueblo, desde la ciudad heroica de Santiago de Cuba, que la insurrección había terminado, y que la Revolución comenzaba entonces. Y pocos días después, a propósito de las primeras defecciones, el propio Fidel Castro anunció que, a medida que las leyes de la Revolución comenzaran a surtir efecto, nuevos vacilantes, nuevos débiles, nuevos confundidos, nuevos ambiciosos y nuevos traidores –que de todo hay, y no siempre mezclado– irían desertando de las filas
exigentes y leales de la Revolución. «No se puede servir a dos amos», se lee en el Evangelio. No se puede estar con la Revolución, y esperar que la Revolución no se haga. Y se hace hacia adelante, hacia el cumplimiento de sus planes, de sus promesas. A nadie puede sorprender, por tanto, que se hayan producido bajas en las filas de la Revolución. Más se producirán. Y cuanto más pronto lo hagan, mejor. A eso llama Fidel Castro «sacudir la mata». No puede decirse que no lo previó, que no lo anunció. La Revolución exige una temperatura alta, y no todo el mundo está preparado para ese crisol. Hay quien antepone sus intereses a los del país, su comodidad al bienestar del país, sus temores a las exigencias del país. Esos, desde luego, no pueden estar con la Revolución. Los que creen que las leyes revolucionarias se hacen contra ellos, y no entienden que se hacen en favor del inmenso pueblo desposeído («no se puede servir a dos amos»); los que prefieren la tiranía a la libertad; los que ayer mancillaron el nombre de los mambises y hoy el de los rebeldes; los que se beneficiaron siempre del vicio, la prostitución, la hipocresía y la mentira: todos esos, legión confusa que va del egoísta a la morralla profesional, tienen que separarse de la Revolución, tienen que verla –¡por suerte!– como su enemiga. Por eso nos impresiona, hoy, la lucidez con que se han visto los problemas a surgir, el coraje con que se han enfrentado, y la fidelidad a las normas trazadas desde el principio de la lucha.

Es en vano que los grandes intereses financieros aúllen como lobos porque se les va definitivamente de las manos lo que un norteamericano honesto, opuesto a ese hecho humillante, llamó «nuestra colonia de Cuba».

Es en vano que los inescrupulosos sin conciencia intenten azuzar la religión contra la Revolución, porque nada hay en el Evangelio que no pueda suscribir un revolucionario, desde el Sermón de la Montaña hasta la lección de morir por los otros. Es en vano que una prensa (nacional y extranjera) hecha al triste hábito de mentir a sueldo, se dé golpes de poco pecho. Todas las maniobras son en vano: la Revolución, que surgió invasora después de una insurrección grandiosa, ha sido espléndidamente leal a su programa; a unos les dice: ya no hay tiranía; a otros, la inmensa mayoría, les dice: pronto no habrá tampoco explotación ni miseria; a todos les dice: Cuba es ahora, al fin, cubana. El despojo de nuestra tierra hace cuatro siglos y medio ha encontrado una compensación al devolverse la tierra a quienes eran, en sufrimiento y nobleza, herederos no de los despojadores, aunque fueran de su lengua, sino de los débiles despojados. El negro arrancado de su gran continente ha encontrado aquí para siempre su patria, pues no podemos prolongar una injusticia haciéndonos tácitamente solidarios de ella. Quienes no supieron, en su momento, sino mimetizarse frente al intruso extranjero; quienes copiaron sus ropas, sus casas, sus vidas; quienes dejaron corromper la lengua, falsear la fe, arrancar los bienes públicos, esos no pueden hoy reclamar lo que no supieron conservar: la historia pertenece a quien alimentó nuestra tradición de libertad, de pueblo distinto y real. La historia está en esas manos en nuestro país. Aquel orgullo de cubanía que sentimos al alborear este año, se ha asentado en hechos fuertes y definitivos. Cuba es hoy invencible. Hoy más que nunca debemos decir: sí a la Revolución.

(Publicado originalmente en Lunes de Revolución, el 4 de enero de 1960, y tomado del libro Cuba defendida).

TOMADO DE GRANMA

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