ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (I). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

Tomando en cuenta la extensión del enjundioso estudio que el filósofo español Francisco Fernández Buey (1943-2012) hiciera de la correspondencia de Gramsci, en particular la amorosa, lo publicaremos en varias partes, con el único propósito de facilitar su lectura en estos tiempos de redes sociales y vidas efímeras. 
Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante?, ¿no iba a esterilizar y reducir a mero hecho intelectual, a puro cálculo matemático, mi cualidad revolucionaria? 

De una carta de Gramsci dirigida a Julia Schucht, fechada en Viena el 6 de marzo de 1924

(I)

En Viena enterraré mi alma en un álbum  /  con las fotografías y el musgo  /  y rendiré al flujo de tu belleza  /  mi cruz y mi violín barato.  /  Ay, amor, mi amor,  / Toma este vals, toma este vals:  / ahora es tuyo, es  /  todo lo que queda.” 

Leonard Cohen canta el “Pequeño vals vienés”, de Federico García Lorca

 

FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

Epistolarios

fernández buey 2La mejor manera de llegar a conocer al Gramsci íntimo es, desde luego, sumergirse en su epistolario. Quien quiera hacerlo con sensibilidad y respeto por la tragedia del hombre tendrá que solventar preliminarmente dos reservas del propio Gramsci.

La primera es que muchas de las cartas que escribió desde la cárcel tenían que pasar por la censura: él lo sabía; sabía que en cierto modo esto las hacía “públicas” y en consecuencia reduplicó durante esos años (1927-1933) su ya notable contención sentimental adoptando a veces el lenguaje de Esopo. Para descifrar ese lenguaje el estudioso y el lector atento tienen que acudir a veces a otras fuentes (testimonios de los familiares y amigos dentro y fuera de la cárcel).

La segunda reserva tiene que ver con la declaración del preso, explícita en alguna de las cartas desde la cárcel pero avanzada ya en otros momentos anteriores, según la cual él mismo sentía una invencible aversión a la epistolografía.

De estas dos cosas juntas el lector no alertado podría deducir apresuradamente que el material disponible será escaso y que en las cartas conservadas va a encontrar muy pocas referencias a la vida privada de un hombre cuya principal dedicación desde los veintitantos años fue la política. Pero en realidad no es así. Se han conservado alrededor de setecientas cartas de Antonio Gramsci. De ellas casi doscientas están escritas entre sus años de estudiante (en Cagliari y en Turín) y el otoño de 1926, momento en que fue detenido por la policía fascista. Otras quinientas fueron redactadas desde las distintas cárceles y sanatorios por los que pasó como preso político hasta su muerte en 1937.

La gran mayoría de las cartas escritas por Gramsci desde Cagliari y Turín, entre 1908 y 1914, están dirigidas a familiares: a los padres y hermanas. Entre 1914 y 1919 esa correspondencia decae y sus cartas a la familia se hacen muy esporádicas. Del bienio revolucionario de 1919-1921 se han conservado poquísimas cartas. Probablemente en esos años de gran actividad política Gramsci tuvo a su lado a la mayoría de las personas con las que quería comunicarse: consejistas y compañeros de L´Ordine Nuovo. Pero es seguro que escribió más cartas que las que se han conservado, sobre todo de contenido político y sindical. En cualquier caso, el epistolario se hace mucho más denso y mucho más interesante a partir de su estancia en Moscú, en 1922, donde conoció a Julia Schucht, durante los cinco meses que vivió en Viena trabajando para el partido comunista de Italia en la Internacional Comunista y luego, ya de regreso a Italia, en Roma (desde mayo de 1923 hasta noviembre de 1926). La correspondencia desde Moscú (noviembre de 1922 a noviembre de 1923) y sobre todo desde Viena (hasta mayo de 1924) y Roma (1924-1926) suma aproximadamente dos tercios de todas las cartas que Gramsci escribió antes de ser detenido y encarcelado.

Se han conservado casi quinientas cartas escritas por Gramsci desde noviembre de 1926 hasta 1937, pocos meses antes de su muerte. Aunque estas cartas se conocen habitualmente con el nombre de “cartas de la cárcel” no todas ellas fueron escritas propiamente desde las distintas prisiones por las que Gramsci pasó desde su detención. Unas cuantas fueron redactadas desde el destierro en la isla de Ustica, lugar al que fue trasladado junto con otros militantes antifascistas a la espera del juicio y donde Gramsci vivió, vigilado, en una casa particular (diciembre de 1926 – enero de 1927). Otras muchas fueron escritas desde las clínicas a las que fue enviado, ya muy enfermo, desde finales del año 1933: la clínica del doctor Cusumano, en Formia (de diciembre de 1933 a agosto de 1935) y la clínica Quisisana, de Roma, en la que permaneció en libertad condicional desde esa última fecha hasta muy poco antes de morir, en abril de 1937. De estas casi quinientas cartas, la mayoría de las escritas desde la cárcel de Turi de Bari están dirigidas a la cuñada, Tatiana Schucht (una parte de ellas también para Julia o con la intención de que fueran conocidas por Piero Sraffa, el amigo economista que hacía de enlace con la dirección del partido comunista); muchas de ellas están dirigidas a la mujer, Julia Schucht, y a los hijos, Delio y Giuliano (los dos, con la madre, en Moscú). Un número mucho más reducido del epistolario de ese periodo está formado por cartas dirigidas a la madre (que murió en Ghilarza en diciembre de 1932, aunque Gramsci no lo supo hasta bastante tiempo después), al hermano Carlo y a otros parientes.

Por razones obvias (teniendo en cuenta la acusación por la que Gramsci había sido juzgado y encarcelado, y la ilegalización del partido comunista por el fascismo mussoliniano) Gramsci apenas podía escribir directamente desde la cárcel a los amigos políticos. Casi todas las cartas que escribió a éstos entre 1927 y 1935 se han perdido. A partir de 1934 el epistolario con su principal corresponsal, Tatiana Schucht, decae debido al hecho de que ésta y Piero Sraffa podían visitar periódicamente a Gramsci en la clínica, de manera que casi todas las cartas desde esa fecha hasta 1937 están dirigidas a los familiares que vivían en la URSS, a la mujer y a los hijos.

En estas cartas (y en numerosos testimonios) se han basado las dos biografías más completas de Antonio Gramsci publicadas hasta la fecha, la de Giuseppe Fiori y la de Aurelio Lepre. El hermoso retrato que Fiori hizo en los años sesenta de la personalidad de Gramsci es tan preciso como sensible. Muy probablemente en su biografía está en lo esencial para captar el carácter de Gramsci y las circunstancias que modelaron este carácter. Debe tenerse en cuenta, no obstante, que las ediciones que pueden considerarse ya prácticamente definitivas de la correspondencia de Gramsci se han publicado más tarde, en la década de los noventa, y que estas ediciones incorporan varias piezas relevantes para la mejor comprensión de algunos aspectos discutidos de la personalidad de Gramsci y sobre su relación con las personas a las que más quiso y con el grupo dirigente del partido comunista desde 1926 a 1937. La biografía de Lepre tiene en cuenta estas novedades e incorpora los resultados del trabajo de investigación llevado a cabo por otros autores (Paolo Spriano, Valentino Gerratana, Antonio A. Santucci y Aldo Natoli, principalmente) sobre los últimos años de la vida de Gramsci. El propio Fiori, en ensayos publicados en las últimas décadas, ha matizado y actualizado algunas conjeturas de su biografía tanto en lo relativo a las opiniones de Gramsci sobre la política comunista posterior a 1926 como en lo que hace a la complicada y a veces agria relación que desde la cárcel mantuvo con sus íntimos.

De 1908 a 1926

La recopilación más completa de las cartas escritas por Antonio Gramsci hasta 1926 apareció a principios de los años noventa. El editor de este epistolario, Antonio A. Santucci, hacía observar en esa fecha el número relativamente reducido de las mismas para un periodo que comprende casi veinte años, sobre todo si este número se compara con el de las escritas en los diez años que siguieron a la detención. Naturalmente, esta diferencia se explica, en gran parte por el cambio de circunstancias en la vida de Gramsci: no se escriben tantas cartas cuando uno está estudiando, o metido en la vorágine de los acontecimientos políticos, como las que se escriben cuando uno está solo y aislado en la cárcel. Por otra parte, parece que hay que hacerse a la idea de que algunas de las cartas escritas por Gramsci sobre todo en el periodo de L´Ordine Nuovo semanal, entre 1919 y 1920, se han perdido definitivamente, pues de ese periodo sólo se conoce una, escrita a Serrati en febrero de 1920. Algo parecido puede decirse de algunas de las cartas redactadas entre 1922 y 1923, mientras Gramsci vivió en Moscú y en Viena.

Hay lagunas de importancia en este epistolario, sobre todo para los años que van de 1914 a 1926. Santucci pensaba, hace diez años, que algunas de esas lagunas, las correspondientes al periodo de 1922 a 1926, tal vez podían colmarse investigando en los archivos de la antigua Unión Soviética, pero no parece que hasta el momento hayan sido descubiertas piezas muy sustanciales a este respecto. Y, por otra parte, las cartas del Gramsci estudiante (en Cagliari y, sobre todo, en Turín) no dicen mucho sobre la formación de su carácter y de su personalidad. Hasta 1913 esas cartas son, mayormente, un memorial de quejas al padre (y a la familia en general); quejas de un estudiante pobre, que depende de una beca y de la ayuda de los suyos para su subsistencia, que pasa frío y hambre en la ciudad industrial, que se ve obligado a cambiar de pensión por falta de medios, que sufre constantes dolores de cabeza, al que le cuesta mucho adaptarse al ambiente, que necesita ayuda y no la encuentra. La impresión que se saca al leer este epistolario es que el joven Gramsci tenía un importante vínculo afectivo con la madre y que, quejas aparte, sólo encuentra un hilo que le una con los que han quedado en la isla: la lengua, el interés por las palabras y su historia, reforzado por las sugerencias que está recibiendo en Turín del profesor Matteo Bartoli sobre el dialecto sardo. De manera que cuando en Turín Gramsci encuentra otros vínculos, político-culturales, en las proximidades de la universidad, la correspondencia con los familiares, ya tensa antes, se interrumpe.

Sólo hay una carta de esos años, fechada en 1916 y dirigida a la hermana Grazietta, en la que Gramsci se desnuda. Esta carta, escrita después de un larguísimo silencio, permite hacerse una idea de la dimensión de la crisis por la que el universitario ha pasado entre 1913 y 1915: “Durante un par de años he vivido fuera del mundo, casi como en un sueño. He dejado que se fueran rompiendo uno a uno todos los hilos que me unían al mundo y a los hombres. He vivido exclusivamente para el cerebro sin dejar nada para el corazón. Y seguramente eso ha ocurrido porque mi cerebro sufría mucho, siempre me estaba doliendo la cabeza, y he acabado por no pensar más que en ella”. Aparecen ahí giros y expresiones sobre el propio carácter que Gramsci reiteraría luego muchas veces, en su correspondencia con Julia y Tatiana Schucht, el sentirse, por dentro y por fuera, como un oso en la caverna, como un lobo en su cueva, que reacciona ante el dolor físico y la soledad sumergiéndose en el trabajo intelectual y político.

Resulta evidente, por lo que escribió en las varias publicaciones socialistas en que colaboró entre 1914 (después de renunciar a los estudios universitarios) y 1920, así como por algunas reflexiones autobiográficas posteriores, que, en esos años, Gramsci encontró su ambiente, salió parcialmente del aislamiento en que al principio vivió en Turín e hizo amigos (algunos de los cuales, como Piero Sraffa, para lo que le quedaba de vida). Pero de eso apenas hay rastro en las pocas cartas que han quedado. La actividad periodística y política no le dejan tiempo, ya entonces, para la comunicación epistolar de los sentimientos. De manera que para saber cómo creció el hombre Gramsci durante los años de la primera guerra mundial el epistolario es muy insuficiente. Hay que acudir a los testimonios de aquellos que estuvieron cerca de él en Turín y/o establecer conjeturas a partir de algunos pasos de sus colaboraciones en en Il Grido del Popolo, en Avanti, en La città futura y en L’Ordine Nuovo.

La cosa cambia a partir del viaje de Gramsci a Moscú en diciembre de 1922. Comparativamente, las cartas que escribe desde entonces hasta 1926 son muchas más. Y esto por dos factores muy determinantes. El primero fue la relación sentimental con Julia Schucht, el nacimiento del amor. El segundo que, estando en Viena como liberado político, en una ciudad que le era ajena y con un trabajo de organización pensado para Italia, Gramsci dispuso de mucho tiempo para escribir cartas: unas, amorosas, para consolidar la relación naciente con Julia; otras para cumplir con el mandato político que le había llevado allí. Así pues, a la hora de estudiar la relación entre lo público y lo privado en Gramsci durante ese periodo, aunque haya algunas lagunas en la correspondencia, aunque se hayan perdido algunas cartas por la clandestinidad de unos y la vida de saltafronteras de otros, el epistolario de Moscú y Viena, y las cartas enviadas desde Roma entre 1924 y 1926 son suficientes. Precisamente en ese periodo Gramsci inicia una reflexión sobre amor y revolución, sobre política y sentimientos, que constituye una clave para la mejor comprensión de lo que fue el hombre. Lo esencial de esa reflexión está en las Lettere a Julka, recopiladas por Mimma Paulesu Quercoli en 1987 e incluidas también en el epistolario editado por Santucci. No parece que el descubrimiento de nuevos documentos para ese periodo vaya a cambiar ya la idea de Gramsci que el lector atento puede hacerse a partir del epistolario ahora disponible.

De 1926 a 1937

Una parte importante de la correspondencia de Gramsci entre 1926 y 1937 fue dada a conocer por primera vez poco después de acabar la segunda guerra mundial, en 1947, con el título de Lettere dal carcere. Aquella edición, cuyo valor literario fue reconocido con la concesión del Premio Viareggio, incluía 218 textos, algunos de ellos expurgados de los pasos que el entonces grupo dirigente del PCI, encabezado por Palmiro Togliatti, consideró inconveniente hacer públicos, bien porque en ellos se aludía a cuestiones familiares delicadas, bien a controversias políticas sobre las que no se quería volver en aquel momento. Muchas de las cartas no publicadas en 1947 fueron recuperadas en una nueva edición preparada para Einaudi por Sergio Caplioglio y Elsa Fubini en 1965. Este volumen, que en los años siguientes fue traducido a numerosas lenguas, contenía ya 428 cartas de Gramsci, 119 de las cuales inéditas por entonces. Además, se restauraron en él los pasos que el primer editor había considerado inconvenientes. Esta edición de Fubini y Caprioglio ha sido la habitualmente manejada en la época de mayor auge de los estudios gramscianos en Europa, desde la segunda mitad de la década de los sesenta hasta finales de la década de los setenta, época que coincidió también con la conversión del partido comunista en la organización política más importante de Italia.

Pero ya en los años setenta el diario L´Unità, el semanario Rinascita y otras publicaciones periódicas italianas fueron dando a conocer algunas piezas más del epistolario gramsciano de los años de la cárcel. Después de la muerte de Julia Schucht, la mujer de Gramsci, en 1980, su hijo Giuliano hizo donación al Partido Comunista Italiano de las últimas cartas inéditas que había conservado la familia en Moscú y éstas, a su vez, incluidas en diversas recopilaciones prologadas o comentadas por Valentino Gerratana, Nicola Badaloni, Paolo Spriano, Mimma Paulesu Quercioli, Aldo Natoli, Giuseppe Fiori y Antonio A. Santucci.

Una nueva edición de las cartas de la cárcel, sin duda la más completa hoy disponible, apareció en 1996, al cuidado también de Antonio A. Santucci. La edición de Santucci incluye un total de 478 cartas, cincuenta más que la edición Fubini-Caprioglio. Teniendo en cuenta las particulares circunstancias en que fueron escritas las cartas gramscianas de la cárcel y los complicados vericuetos por las que algunas de ellas llegaron a sus destinatarios tampoco se puede descartar del todo que aún queden algunas por conocer; pero, aun así, en lo que hace a este periodo, la opinión más extendida entre los estudiosos es que la investigación posible está prácticamente concluida y que el trabajo llevado a cabo por Santucci puede considerarse prácticamente definitivo.

Sigue habiendo, eso sí, controversia sobre la interpretación de algunos pasos oscuros de estas cartas, sobre la fecha precisa de alguna de las escritas en Formia y en la clínica de Roma, sobre la relación existente entre algunos de esos pasos oscuros y ciertas notas de los Quaderni del carcere y, por supuesto, sobre cómo valorar, partiendo de lo que se dice en esas cartas y de otros documentos, la relación entre Gramsci y Togliatti después de 1926. En los últimos diez años se han escrito también varios ensayos polémicos acerca de este último extremo y la relación sentimental de Antonio Gramsci con Julia Schucht y con las hermanas de ésta, Tatiana y Eugenia. Alguno de estos ensayos ha tenido bastante eco periodístico en Italia, donde, paradójicamente, no era ya nada fácil encontrar en librerías la edición crítica de los Quaderni preparada por Valentino Gerratana.

Ya esto último sugiere que la orientación actual de los medios de comunicación dominantes (y no sólo en Italia), inclinados a suscitar el morbo facilón o la politiquería inmediatista en la sociedad del espectáculo, cuadra poco, o nada, con el rigor filológico e historiográfico de las personas que, a lo largo de cuarenta años, más han hecho por poner a disposición del público culto toda la documentación disponible de y sobre Gramsci. Especulaciones y actitudes morbosas aparte, prácticamente todo lo que hay que saber para valorar lo que fue el hombre Gramsci entre 1926 y 1937 está ya en las ediciones de Gerratana y Santucci, que han sido la base para una reciente y excelente edición anotada, en inglés, preparada por Joseph Buttigieg. Casi todo lo demás son detalles. Y no creo exagerar si digo que, desde el punto de vista de la filología y de la historiografía —dos cosas que Gramsci apreciaba—, sólo la búsqueda inmoderada de la originalidad puede sustituir la visión de conjunto, nada hagiográfica por lo demás, fundada en años de estudio, por el detalle funcional a los intereses politicistas del hoy.

En lo que sigue me voy a referir esencialmente a la reflexión de Gramsci sobre la relación entre lo público y lo privado a partir de su encuentro con Julia Schucht en Moscú. Este es un tema inicialmente suscitado en Italia en los márgenes de los estudios gramscianos, a mediados de los años setenta, por Adele Cambria con una representación teatral titulada Nonostante Gramsci (1975) y con un libro, basado en ciertas piezas del epistolario, de intención polémica pero sugerente en muchos de sus pasos: Amore como rivoluzione. Este libro prestaba una atención preferente, por primera vez, a la otra parte del epistolario: las cartas que nos han llegado de Julia y Tatiana Schucht.

No es casual el que la atención preferente a la reflexión de Gramsci sobre la relación entre público y privado surgiera en el ámbito de la literatura feminista de la época y se haya mantenido en ella durante algún tiempo, pues, además de que, en general, romper con esa dualidad, o debilitarla, ha sido un tema central de la filosofía moral y política del feminismo contemporáneo, debe reconocerse que los estudios gramscianos de las décadas anteriores apenas se habían ocupado del análisis de la personalidad de las mujeres a las que Gramsci amó o con las que tuvo una relación intensa (Julia y Tatiana Schucht, principalmente), lo cual tiene que ser visto como un déficit notable por toda persona sensible que se proponga entender simpatéticamente las oscilaciones del pensamiento del propio Gramsci en Viena, en Roma, en las cárceles y en las clínicas, cuando la introspección, la expresión de los sentimientos o de los estados de ánimo y las conjeturas sobre el carácter, la personalidad y el sentir de los seres queridos se mezclan e interrelacionan constantemente con el discurso político, con los planes de trabajo intelectual y con la forma en que realmente progresan, planes aparte, los Cuadernos de la cárcel.

He dicho ya que la mejor manera de leer a Gramsci hoy es hacerlo desde el trasfondo de los célebres versos de Bertolt Brecht a los hombres del futuro. Esta afirmación tiene aún más sentido cuando se trata de los epistolarios, pues en ellos Gramsci reflexiona de manera abierta sobre la relación existente (y por establecer) entre lo público y lo privado. Hay tres intuiciones contenidas en aquellos versos de Brecht que la correspondencia de Antonio Gramsci con Julia y Tatiana Schucht ejemplifican tal vez como ningún otro epistolario contemporáneo. La primera es la conciencia —aguda en los revolucionarios de la época del fascismo y del nazismo— de estar viviendo “en tiempos sombríos” (en un mundo grande y terrible, repetirá Gramsci). La segunda es el reconocimiento de hasta qué punto, en tiempos de desorden pero también de rebeldía, el hombre rebelde se ve constreñido, aun sin quererlo, al desorden amoroso y a contemplar la naturaleza con impaciencia. La tercera es la observación trágica de que aquellos hombres que querían preparar el camino para la amistad no pudieron ser amables porque, como dejó dicho el poeta, “también la ira contra la injusticia pone ronca la voz”.

Tratar este tema con ecuanimidad no es nada fácil. Y el asunto se complica muchísimo cuando hay que atender al detalle del epistolario gramsciano de los años 1928 a 1936. Se complica por los cambios en los estados de ánimo del preso (motivados por su enfermedad y la de Julia Schucht), por los efectos psicológicos de la “carcelitis”, por sus sospechas políticas (fundadas o infundadas), por las interrupciones en la correspondencia, por la inhibición que produce en Gramsci el tener que escribir sobre un sentimiento amoroso a través de persona interpuesta (de la que depende en muchas cosas esenciales, a la que quiere pero a la que no quiere herir), por los equívocos reales y por la interpretación subjetiva, a posteriori, de esos mismos equívocos. Al abordar este nudo vital de Gramsci con la distancia que da el tiempo transcurrido, quien pretenda intentarlo con sensibilidad se sentirá sin duda molesto ante las reducciones meramente politicistas de aquel drama personal. Pero tampoco basta a este respecto con la afirmación genérica (frente a la manera institucional de entender la política) de que “también lo personal, lo privado, es político”. Se necesita algo más. Se necesita respeto, comprensión en el sentido amplio de la palabra y, desde luego, cierta compasión para con los personajes que entran en el nudo.

Captatio benevolentiae…

Sólo en unos pocos casos, como es precisamente el de Antonio Gramsci —o el de Rosa Luxemburg, cuyo asesinato en 1919 recordaban todavía hace poco los jóvenes en Alemania, después de lustros de olvido— se atreve todavía uno a juntar en un título dos palabras tan hermosas y tan gastadas como “amor” y “revolución”. Y hacerlo sin por ello empezar a sentir la garra del malestar que se te instala en el cerebro para acabar bajando y saliendo afuera, hasta la cara, en forma de rubor, sobre todo en tiempos como éstos, en los que la deriva imparable hacia la mercantilización integral de los sentimientos corre pareja con la afirmación (casi excluyente de todo lo demás) del derecho a la privacidad, y cuando la conversión interesada de todos los derivados de la palabra “revolución” en mero eslogan para promocionar cualquier novedad técnica invita a los insumisos a dar de lado tan nobles vocablos en la vida cotidiana, o, no habiendo otro remedio, a utilizarlos con doble cautela, con ironía o con sarcasmo.

Tal vez lo que en este caso hace que al escribir juntas las dos grandes palabras no sienta uno la vergüenza del inminente ridículo, o la sospecha de estar entrando en el bosque sombrío de los anacronismos, sea la solidez de una convicción que el que escribe supone compartida: la convicción, esto es, de que todo aquel lector que se haya decidido a seguir hasta el final la biografía de Antonio Gramsci habrá acabado con un nudo en garganta.

Pues tal es, en efecto, el estado de ánimo con el que las personas sensibles (lo que es tanto como decir, hoy en día, “revolucionarias”, en la medida en que la revolución de los sentimientos es siempre y al mismo tiempo conservación cultural) suelen asimilar aquella permanente pasión suya por la veracidad, aquel admirable esfuerzo por seguir pensando —con independencia, con criterio, con punto de vista autónomo— a pesar del fascismo y del embrutecimiento psicológico y moral que acaba representando la cárcel, su lucha tenaz contra la propia enfermedad mediante el análisis introspectivo tan intenso como puntilloso, o, finalmente, sus intermitentes iniciativas para volver a anudar un vínculo amoroso obstaculizado y deteriorado por la distancia, por la ausencia de noticias de la persona amada, por el aislamiento en la prisión, por la depresión de los propios interlocutores, por la piedad de los familiares que él considera falsa y, sobre todo, por la incomparable huella del tiempo, por el transcurrir de ese tiempo psicológico que, en la soledad y en la ausencia, acabaría convirtiéndose para nuestro hombre en mero pseudónimo de la vida misma y para Julia Schucht en motivo definitivo de cansancio psicosomático constante.

Por fuerte que sea la convicción aludida, y por compartida que estuviera, ésta no cierra del todo, sin embargo, el argumento nuestro, el cual, al juntar “amor” y “revolución” en Gramsci, pone las amorosas y claras razones del corazón al lado de la pasión política razonada con la intención de explicar desde ellas, entrelazadas y como categorías centrales, lo que fue la tragedia de aquellas vidas.

Para cerrar ese argumento con coherencia y terminar de paso la justificación iniciada en los párrafos anteriores habría que añadir todavía una opinión que no se refiere sólo a Gramsci sino que pretende tener un sentido más general, aunque tal añadido lo sea únicamente a título de simple sugerencia, de esas sugerencias que hay que creerse o aceptar bajo palabra: que ya sólo los nudos en la garganta —cuando hay suerte de que se formen en ella— nos libran hoy del rubor y de la vergüenza que produce la manipulación postmoderna de las palabras grandes y hermosas de nuestra infancia y de nuestra adolescencia (de la infancia y de la adolescencia de la humanidad, por supuesto). De modo que es probable —sigo escribiendo hipotética y dubitativamente— que sea esa disponibilidad restante para la emoción, esa visceral permeabilidad, culturalmente reformada, que aún nos queda para la formación del nudo en la garganta, ante tanta desgracia vivida con tanta voluntad de resistencia, lo que hace de Antonio Gramsci en este momento de crisis de la cultura comunista —cuando los lobos de la publicidad venden pieles de cordero fabricadas con la tradición obrera— el pensador marxista más internacionalmente apreciado, el más traducido, el más leído por las jóvenes generaciones y releído también por aquellas otras generaciones que, al decir del poeta, no pudieron ser amables.

Pero quien no comparta la afición por el modo de decir del poeta comunista ni los tonos satírico-asermonados de horaciana memoria, quien esté convencido, por el contrario, de que nosotros somos, precisamente, aquellos “por nacer” en quienes pensaba Brecht, y de que, por tanto, ha llegado ya la hora de ser amables y de cambiar la retórica y las metáforas —“quién quiera tener razón y tenga una lengua la tendrá”, decía Mefistófeles a Fausto— por el análisis desapasionado, tiene todavía otra vía para llegar, en el caso de Gramsci, a una conclusión semejante: la filológica. Pues ningún otro pensador revolucionario ha tratado de vincular tan estrechamente lo privado y lo público, lo personal y lo político, el amor y la actividad revolucionaria, en suma, como lo hizo Gramsci en una carta dirigida a Julia Schucht y fechada en Viena el 6 de marzo de 1924:

Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante?, ¿no iba a esterilizar y reducir a mero hecho intelectual, a puro cálculo matemático, mi cualidad revolucionaria?

Amor que a nada ha amado amar perdona

Es posible que Antonio Gramsci haya tenido relación sentimental íntima con alguna otra mujer antes de conocer a Julia Schucht en Moscú. Alguna de las personas que estuvieron cerca de él en Turín, en la época de L´Ordine Nuovo, así lo ha testimoniado, e incluso ha dado el nombre de la amiga. Pero, si así fue, de aquella relación sentimental no ha quedado eco alguno en el epistolario. No es extraño que no lo haya en el epistolario de esos años puesto que, como he dicho, las cartas de entonces que han quedado son poquísimas. En las cruzadas con Julia en Moscú, poco después de conocerse, y desde Viena y Roma, cuando el amor se ha declarado, no hay recuerdo de un amor anterior. Ni mención en ninguna de las cartas escritas desde la cárcel. Naturalmente, cuando se sabe de la contención sentimental de Gramsci este dato no quita verdad al otro testimonio, aunque es raro que en el momento inicial de las declaraciones y de las confesiones recíprocas, cuando en el caso de Julia sí aparece alguna alusión a otra relación sentimental, el varón Gramsci no diga nada al respecto, sobre todo si, como parece, no había pasado demasiado tiempo de su otra relación. La única alusión, por lo demás genérica, a relaciones eróticas anteriores está, que yo sepa, en una carta que escribió a Julia al poco de conocerla en Moscú. Dice así: “He tratado incluso de convencerme a mí mismo de que le había recitado a usted una comedia, como he hecho otras veces (porque de verdad lo he hecho otras veces) cuando, convencido de que no podía ser amado (¿se acuerda usted de una discusión sobre cierto verso de Dante?), me proponía conseguir granjearme las manifestaciones externas del amor…”. 

Respetemos, por tanto, el pudor de los dos. Y de sus familiares.

Antonio Gramsci conoció a Julia Schucht durante el verano de 1922. En junio de ese año Gramsci estaba en Moscú para participar en la segunda Conferencia del Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista. De ella salió como dirigente de la III Internacional. Gramsci había llegado a Moscú con una fuerte depresión, tenía temblores, tics y a veces convulsiones, por lo que inmediatamente después de la Conferencia tuvo que ser internado en el sanatorio de Serebriani bor [El bosque de plata], en el que por entonces estaba alojada también Eugenia Schucht recuperándose de un agotamiento psicofísico. Antonio estableció allí relación con Julia a través de Eugenia. Las hermanas Schucht habían vivido durante algún tiempo en Italia y hablaban italiano. Seguramente esto fue determinante para un hombre como Gramsci, de quien Pier Paolo Pasolini dejó dicho que era un tímido al que la timidez empujaba a vivir siempre impersonalmente.

La relación que estableció con Julia fue inicialmente, durante algunos meses, esporádica y de camaradería. Los dos primeros apuntes de Antonio a Julia que se han conservado van encabezados con un “querida compañera”. El tratamiento es de usted y respetuoso. Gramsci propone en ellos citas en Moscú y en el sanatorio (en las proximidades de Moscú) para visitar a Eugenia; juega con la (aparente) complicidad de la hermana y se despide de Julia con las fórmulas “afectuosamente” y “con afecto”. Una viñeta familiar, humorística, que se ha conservado, fechada el 16 de octubre de 1922, sugiere la existencia de una relación sentimental en ciernes: la hermana Eugenia es el objeto activo de la broma que al mismo tiempo facilita la comunicación entre los otros dos.

Los primeros encuentros con Julia en Serebriani bor han dejado en Gramsci una huella imborrable. Una carta que la escribe desde Roma un par de años después, cuando ya la relación se ha hecho estable, desvela, para nosotros, el contexto y el sentido de la discusión en Serebriani bor sobre “un cierto verso de Dante”. Este dice: Amor que a nada ha amado amar perdona. La escena, en una habitación del sanatorio con una sola cama, habla de las dificultades de ambos para decidir allí la relación. Antonio dirá luego: “Me acuerdo de todos los detalles porque creo que aquella noche fue muy importante para nosotros y que luego, durante mucho tiempo, estuvimos jugando a la gallina ciega. ¡Qué horror!”.

Fuente: LEYENDO A GRAMSCI, Francisco Fernández Buey, Editorial El viejo topo, España, 2001.

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