ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (IV). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

"A decir verdad no soy muy sentimental y no son las cuestiones sentimentales las que me atormentan. No es que yo sea insensible (ni quiero hacer pose de cínico o de blasé). Mas bien lo que ocurre es que las cuestiones sentimentales se me presentan, y las vivo, en combinación con otros elementos (ideológicos, filosóficos, políticos, etc.), en forma tal que no sabría decir hasta dónde llega el sentimiento y donde empieza cada uno de los otros elementos

(IV)

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FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

El preso 7047

fernc3a1ndez-buey-1.jpgEl proceso contra los dirigentes del Partido Comunista tuvo lugar en Roma entre finales de mayo y comienzos de junio de 1928. Gramsci fue condenado a 20 años, 4 meses y 5 días de reclusión. Él había calculado que sería condenado a un máximo de 14 o 17 años. A pesar de que tuvo la oportunidad de hablar sobre la carta de Ruggero Grieco con otros compañeros mientras permaneció en la cárcel de Roma durante el proceso, es posible que la diferencia de años entre este cálculo y lo que fue la condena haya hecho aumentar en su cerebro la sospecha que le sugirió el juez instructor. O que Gramsci haya pensado que aquella carta desbarataba gestiones diplomáticas en curso que podían haber favorecido su situación. Pero no hay confirmación de estas conjeturas para esa fecha. Es notorio, en cambio, que con la condena y el traslado a la casa penal de Turi empieza una nueva fase de la vida de Gramsci. En la cárcel de Turi estuvo desde julio de 1928 hasta noviembre de 1933. Allí le matricularon con el número 7047.

En la cárcel de Turi Gramsci trató de organizarse siguiendo los mismos criterios resistenciales que le habían sostenido desde su detención en 1926. El fiscal fascista había puesto énfasis en que el régimen quería impedir que aquel cerebro siguiera pensando. Él hizo todo lo que pudo para que aquel designio no se cumpliera: elaboró un nuevo plan de estudios, se organizó para ganar tiempo que dedicar a la lectura, pidió y obtuvo libros que consideraba indispensables, siguió con su trabajo de aprendizaje de distintas lenguas y empezó a traducir textos del alemán, del inglés y del ruso, consiguió permiso para escribir en la celda, entabló un interesante diálogo intelectual con Piero Sraffa y redactó lo esencial de lo que conocemos con el nombre de cuadernos de la cárcel.

Pero hay al menos tres factores que en la cárcel de Turi determinaron un cambio notable en su manera de entender la relación entre las razones de la razón y las razones del corazón, entre lo público y lo privado, entre el compromiso político-moral y el mundo de los sentimientos. El primero de estos factores fue el constante empeoramiento de su salud. El segundo, el deterioro de su relación afectiva y sentimental con Julia Schucht. Y el tercero, el distanciamiento político respecto de sus compañeros más próximos. Las tres cosas juntas producirían en Gramsci una considerable inestabilidad emocional: cambios de humor muy acentuados, tendencia al aislamiento, irritabilidad en el trato con los más próximos, dificultad temporal para la concentración intelectual, desconfianzas que a veces se le convirtieron en obsesiones, oscilación entre la ironía todavía alegre y distanciada y el sarcasmo amargo, acentuación de la acribia de filólogo en la correspondencia íntima, progresivo sentimiento de derrota personal hasta llegar al sentimiento de muerte.

Lo más notable es que de todo esto, y del sufrimiento que tuvo que conllevar, apenas hay huellas en los cuadernos que simultáneamente estaba escribiendo en la cárcel. Se diría que en las horas, muchísimas horas, que Gramsci dedicó a redactar los cuadernos hizo abstracción casi absoluta de su dolor, de su sufrimiento, de sus cambios de humor, de sus irritaciones, de sus sospechas y de sus obsesiones. Logró imponer ahí un distanciamiento intelectual y una fuerza moral cuya expresión más alta está en un paso de una carta a la madre, en la que dice: “Yo no hablo nunca del aspecto negativo de mi vida, ante todo porque no quiero ser compadecido. He sido un combatiente que no ha tenido suerte en la lucha inmediata y los combatientes no pueden ni deben ser compadecidos cuando han luchado sin ser obligados a ello si no porque así lo han querido conscientemente”. En esas palabras y en lo que deja entrever en algunas de las cartas a Tatiana escritas desde Turi en los peores momentos de la enfermedad, donde solicita ayuda (pero sólo y exclusivamente la ayuda que él quiere en ese momento y en la forma precisa que su voluntad le dicta), está la clave para entender el carácter de este Gramsci resistencial.

Ya durante la conducción desde la cárcel de Milán a la cárcel de Roma para el proceso y desde Roma a Bari, una vez concluido éste, su salud ha empeorado. En junio de 1928 se le diagnosticó una uricemia crónica. Como consecuencia de ello, ha tenido periodontitis expulsiva. Simultáneamente ha pasado por varios momentos de agotamiento nervioso. En julio sufre un herpes que le produce una inflamación muy dolorosa y pasa varios días de dolores infernales, “retorciéndome como un gusano”, dice. En diciembre de ese mismo año, ya en Turi, tuvo un ataque de ácido úrico que le dejó medio inválido durante tres meses. En noviembre de 1930, el insomnio prolongado se le hace insoportable, duerme una media de dos horas diarias y tiene problemas de concentración. Desde mediados de agosto de 1932 tiene serios problemas intestinales, no atribuibles sólo a la mala alimentación, siente que las fuerzas empiezan a abandonarle, vuelve a sufrir de insomnio y cree que su capacidad de resistencia está quebrándose, que está perdiendo el control de los impulsos y de los instintos elementales del temperamento. En septiembre entra en una fase de exaltación nerviosa. Describe entonces su situación como “un frenesí neurasténico, una obsesión continua y espasmódica que no me deja un momento de quietud”. En diciembre de 1932 vuelve a tener insomnio y pide consejo médico a Tatiana para tomar un somnífero. En marzo de 1933 tiene una crisis grave, desfallece, cae al suelo, no puede valerse por sus propios medios y, durante semanas, tiene que ser asistido en la celda por otros compañeros.

Sólo entonces, después de cinco años de cárcel, ha tenido Gramsci un diagnóstico relativamente preciso de sus males, cuando el doctor Umberto Arcangeli le visita en Turi de Bari. Hasta entonces los médicos que le vieron actuaron de oficio, le recetaron lenitivos o placebos o, en algún caso, le trataron como a un enemigo político. El doctor Arcangeli le diagnostica lesiones tuberculosas en el lóbulo superior del pulmón derecho con emotisis, arterioesclerosis con hipertensión arterial e insomnio permanente, pero, sobre todo, sugiere que tiene el mal de Pott, es decir, una tuberculosis de la columna vertebral que afecta a las vértebras y que suele producir dolor espontáneo por irritación de las raíces de los nervios raquídeos y, cuando se tiene desde de la infancia, cifosis. Es posible que Gramsci haya tenido desde niño el mal descrito por el cirujano británico Percival Pott. Eso explicaría la deformación de su columna y, al no haber sido tratado el mal, la reiteración de los estados de irritabilidad desde su adolescencia. En tales condiciones, ante una enfermedad descubierta muy tardíamente y cuyo tratamiento requiere, para empezar, inmovilización y reposo, se comprende que el doctor Arcangeli concluyera que Gramsci no podría sobrevivir mucho tiempo en las condiciones carcelarias. A pesar de lo cual esta situación se prolongó todavía siete meses, hasta noviembre de 1933, fecha en la que, finalmente, fue trasladado a una clínica en Formia. Gramsci ya no mejorará más que esporádicamente en los años siguientes.

Elección racional y sensibilidad

La relación sentimental de Gramsci con Julia Schucht, que ya había sido difícil en los años anteriores, se fue complicando en los años que pasó en Turi de Bari hasta hacer crisis entre 1932 y 1933. Es difícil decir qué contribuyó más a esta crisis: si la falta de noticias de ella durante meses enteros, los silencios y malentendidos sobre su verdadero estado de salud, las presiones familiares para que ella no viajara a Italia en un momento en el que obviamente el preso lo necesitaba, los equívocos de una comunicación que no llega a ser correspondencia auténtica, la inestabilidad emocional del propio Gramsci, su concepto de la relación entre sentimientos y vida política, o las obsesiones que acabaron carcomiendo al preso 7047.

Poco después de llegar a la cárcel de Turi de Bari, en 1928, Gramsci ha ratificado una decisión que seguramente tuvo una importancia decisiva en la complicación de su relación con Julia. El reglamento carcelario limitaba el número de cartas que podía escribir y decidió elegir como corresponsal principal a Tatiana, no a Julia. Era ésta una elección racional puesto que Tatiana estaba en Italia, podía visitarle y de esta forma se facilitaba una comunicación con el centro exterior del partido (en París y Moscú) a través de Piero Sraffa (que podía viajar, legalmente y con frecuencia, a Italia desde Inglaterra). Por aquellas fechas Tatiana tenía que haber regresado a Moscú para reunirse con su familia, pero unió su decisión a la decisión del otro: se sacrificó por Gramsci contra el deseo de sus padres.

Esta elección racional, que en condiciones de normalidad habría sido una ayuda positiva sin más, se convirtió en otra cosa, tuvo un efecto inesperado. No sólo por la anormalidad que representaba la situación de un preso en una cárcel fascista, sino también por las enfermedades que sufrían uno y otra, y por la complicación psicológica de la pareja a la que Tatiana tenía que ayudar. Tatiana se convirtió así en la Antígona de esta tragedia moderna, pero mediatizó la relación de Antonio y Julia al no enviar a ella las cartas de él que consideraba que podrían molestarla o deprimirla y al no comunicar a él, por razones parecidas, la gravedad de la enfermedad psíquica de ella. Con su bondad, y sin quererlo, contribuyó a disolver uno de los hilos que más había unido sentimentalmente a la pareja desde que se conocieron: la conciencia del sufrimiento que produce el peso desequilibrante del cerebro, la conciencia recíproca de la debilidad que acompaña a la fortaleza moral, esa conciencia que, en situaciones excepcionales, como era el caso, lleva a la ayuda mutua. Es sintomático, en este sentido, el que la relación sentimental entre Antonio y Julia mejorara y se equilibrara eventualmente siempre a partir del reconocimiento de la gravedad de las enfermedades mutuas, esto es, del reconocimiento de las propias debilidades a través de la debilidad del otro.

A pesar de las quejas de Gramsci sobre los silencios de Julia Schucht, de su contención sentimental ahora obligada, de sus discrepancias sobre la educación de los hijos (él pensaba que ella y su familia eran en esto demasiado “románticos”) y de su repetida observación de que se estaba produciendo un distanciamiento sentimental, comprensible dadas las circunstancias, el tono y la forma de las cartas escritas hasta la primera mitad de 1930 no hacían presagiar, ni de lejos, lo que vino después. Pero ya en mayo de ese mismo año Gramsci empieza a sentir que la razón de que Julia no le escriba es que se le estaba ocultando algo. Una semana después, en carta a Tatiana, afirmaba que el aislamiento en que él se encuentra no es sólo consecuencia de la inquina política de los adversarios, cosa esperable, sino también del abandono de los próximos, con lo que no podía contar. Dice entonces sentirse sometido a varios regímenes carcelarios y alude, por primera vez en el epistolario, a “la otra cárcel”, al hecho de que le han echado fuera de la vida familiar: “Los golpes me llegan de donde menos podía esperar”. Enseguida se da cuenta de que está escribiendo precisamente a la persona que más le ha ayudado desde el encarcelamiento, pero, a pesar de ello, quiere que quede claro que en este asunto, bondad aparte, no vale la sustitución de persona.

Al llegar a ese punto de la comunicación de sus impresiones, Gramsci ha escrito algo, entre la confesión y la declaración de principios, que ayuda a entender su concepto de la relación entre razón y sensibilidad:

A decir verdad no soy muy sentimental y no son las cuestiones sentimentales las que me atormentan. No es que yo sea insensible (ni quiero hacer pose de cínico o de blasé). Mas bien lo que ocurre es que las cuestiones sentimentales se me presentan, y las vivo, en combinación con otros elementos (ideológicos, filosóficos, políticos, etc.), en forma tal que no sabría decir hasta dónde llega el sentimiento y donde empieza cada uno de los otros elementos, ni siquiera sabría decir de cuál de todos estos elementos se trata, de tan unificados que están en un todo inescindible y en una vida única. Es posible que esto sea una fuerza, o quizá una debilidad porque lleva a analizar a los otros del mismo modo y, por tanto, a sacar conclusiones tal vez equivocadas. 

En un plano genérico, Gramsci reafirmaba así la sustancial unidad del hombre que siente con el hombre que piensa y con el hombre que lucha por un ideal, unidad que es lo que constituye la dignidad de la persona, su coherencia. Él pensaba que eso es precisamente la sustancia del ser revolucionario. Pero para el caso concreto, que es el de su propia vida en la cárcel, dependiente de los sentimientos y de las actuaciones de los otros, este paso deja todavía flotando una duda: la de si esta coherencia, que se ha mostrado tantas veces como una fuerza en las relaciones sociales mediadas por lo político, no será al mismo tiempo una debilidad en lo que concierne a las relaciones interpersonales. Así es como me parece que hay que interpretar el final de la carta.

No es casual que haya sido precisamente su amigo Piero Sraffa quien, con la agudeza del científico que aprecia sobre todo el análisis y la distinción de elementos (aunque también, todo sea dicho, gracias a la distancia y al desapasionamiento permitidos por el estar fuera de la cárcel), mejor captó el riesgo de aquella concepción unitaria de Gramsci en relación con asuntos que requerían soluciones prácticas. Pues una cosa es teorizar la concepción unitaria de la dignidad de la persona y otra caer en la indistinción cuando se quiere saber las verdaderas causas del aislamiento de uno. Sraffa hizo lo razonable en un caso así. Viajó a Moscú, vio a Julia en el sanatorio en que estaba internada, obtuvo un diagnóstico de su enfermedad (amnesias, depresión, pérdidas repetidas de conocimiento) y regresó con una respuesta a las dudas de Gramsci: Julia no escribía porque temía que, al leer sus cartas, Antonio descubriera su verdadero estado de salud, cosa que le perjudicaría a él mismo.

A partir de ahí, y durante unos meses, el reconocimiento de la desgracia recíproca volvió a anudar por un tiempo aquella relación difícil. A veces, en la correspondencia de esos meses, tanto con Tatiana como con Julia, sale a relucir aquella “veracidad despiadada” que movía a Gramsci incluso cuando el interlocutor al que quiere le está dando satisfacción. He aquí un ejemplo: “Quisiera saber en qué circunstancias y en relación con qué objeto ves tú [Julia] esta identidad entre nuestros pensamientos. Pues en nuestra correspondencia falta precisamente una ‘correspondencia’ efectiva y concreta. Nunca hemos logrado entablar un ‘diálogo’. Nuestras cartas son una serie de ‘monólogos’ que no siempre discurren de acuerdo ni siquiera en sus líneas generales. Y si a esto se añade el elemento tiempo, que hace olvidar lo que se ha escrito anteriormente, la impresión de puro ‘monólogo’ se refuerza. ¿No crees?”

Desgraciadamente, las cartas de Julia Schucht que se han publicado hasta ahora no son suficientes todavía para la comprensión en detalle de la otra tragedia (o de la otra cara de la tragedia). Pero con las que se han conservado y con las referencias que hace a otras su hermana Tatiana hay material de sobra para imaginársela con “fantasía concreta”, como quería Gramsci, sin necesidad de caer en especulaciones fantasiosas. Basta con pensar un poco en dos palabras que se repiten en sus casi siempre brevísimas cartas: “cansancio” y “melancolía”. No es difícil de imaginar, para quien no esté obnubilado por el politicismo o por la gris teoría sin vida, lo que significaban “cansancio” y “melancolía” para una violinista joven y culta que estaba viviendo en Rusia lo que siguió a los diez días que estremecieron al mundo, con dos hijos de un hombre con el que ha convivido apenas unos pocos meses y que, además, había de cumplir en las cárceles italianas, a muchísimos kilómetros de distancia, una condena de veinte años.

Por lo general, las cartas que Gramsci ha enviado a Julia en 1931 y durante los primeros meses de 1932 son afectuosas, a veces rememorativas, otras tiernamente preocupadas por su salud y por la educación de los hijos, y fueron escritas siempre con la intención de ayudar a que ella pudiera superar por completo el mal momento psicológico por el que estaba pasando. En enero de 1931 pensaba Gramsci que, una vez informado convenientemente del estado de salud de Julia, las relaciones entre ellos iban a ser francas y espontáneas. En febrero reconoce su parte de culpa en el deterioro de la relación sentimental porque ha pensado que Julia era más fuerte y por un exceso de ternura no quiso romper aquella imagen: “Estoy debatiéndome entre dos sentimientos, el de una inmensa ternura por ti, cuya debilidad tendría que consolar inmediatamente con una caricia física, y el de la necesidad de hacer yo mismo un gran esfuerzo de voluntad para convencerte desde lejos de que, a pesar de todo, también tu eras fuerte y tienes que superar la crisis”. En mayo considera que ellos dos se están volviendo “de un sabio que llegará a ser proverbial”. En agosto, cuando sabe que Julia ha empezado un tratamiento psicoanalítico, se pone a leer a Freud y relaciona los principios del psicoanálisis con su propia insistencia en la necesidad de “desovillar” la verdadera personalidad. De noviembre a diciembre sus sentimientos son un péndulo: empieza diciendo a Julia que se han convertido en fantasmas el uno para el otro y le reprocha haber contribuido a agravar su aislamiento; luego muestra su disgusto por haber escrito de esa forma; y acaba reflexionando sobre los vínculos que les unen, que, en su opinión, no son sólo afectivos sino también de solidaridad: “El afecto es un sentimiento espontáneo que no crea obligaciones porque está fuera de la esfera de la moralidad. […] Donde podemos y debemos apoyarnos es en los vínculos de solidaridad”.

Algunas de las noticias que iba recibiendo de Moscú, a través de Tatiana, sobre la educación de los hijos y sobre las relaciones familiares llevaron a Gramsci a la convicción de que la propia Julia era una víctima del “sistema familiar de los Schucht”. En ese momento sabía ya, por Tatiana, que el obstáculo para que Julia pudiera trasladarse a Italia no era sólo su enfermedad sino también la oposición decidida del padre y de su hermana Eugenia. A pesar de todo lo cual, las sospechas de Gramsci sobre el “otro muro” que se estaban levantado en torno suyo para aislarle no han vuelto a aflorar en esos meses, que, por lo demás, fueron de muy intensa actividad intelectual en la redacción de los cuadernos.

Y tal vez las sospechas no habrían ido a más si no hubiera intervenido aquel otro elemento que él no conseguía escindir de la consideración de los propios sentimientos: el factor político-ideológico, un asunto del que, en sus condiciones de entonces, no podía tratar con Julia por carta. Este tercer factor es igualmente importante para entender el curso de los pensamientos de Gramsci en Turi de Bari. Su discrepancia respecto de la táctica de la Internacional sobre el “socialfascismo”, una táctica compartida entonces por el grupo dirigente del Partido Comunista Italiano, le llevó a entrar en conflicto con sus propios compañeros de cárcel. En este punto mantuvo siempre una gran reserva cuando se le pidió opinión desde el exterior, pero tuvo conocimiento de las formas de actuación que se estaban imponiendo en la Unión Soviética: “Stalin es un déspota”, dice un testigo que le dijo en la cárcel. El saberse en minoría, y sin posibilidades de actuar en la práctica, determinó en él la tendencia a ovillarse e hizo crecer nuevamente en su cerebro la sospecha de que se le estaba ocultando algo más que las amnesias y las pérdidas de conocimiento de Julia.

A veces se ha querido reducir a este último factor, al factor político o político-ideológico, la tragedia de Gramsci en la cárcel. Y se comprende que así haya sido, puesto que formalmente Gramsci había ingresado en la cárcel siendo secretario general del partido comunista y, de hecho, había sido condenado por ello. Además, la forma un tanto críptica o esópica en que él mismo iba a referirse a la interrelación entre el problema sentimental y el problema político en los meses siguientes ha favorecido no pocas conjeturas y, desde luego, muchas especulaciones políticamente interesadas al respecto: sobre su ruptura “definitiva” con Togliatti, sobre su disidencia en el seno del comunismo contemporáneo, sobre las “traiciones” de sus supuestos amigos políticos, etc. A la luz de los documentos hoy disponibles y del testimonio durante mucho tiempo más esperado, el de Piero Sraffa, se puede decir ya que toda esa especulación es inmantenible: ni hubo ruptura “definitiva” con Togliatti, ni “condena” sobreañadida, ni otra disidencia que no quepa en lo que cabe dentro de la manifestación del pensamiento propio en el marco de unas mismas convicciones compartidas. Las obsesiones de Gramsci y su desgracia se entienden mucho mejor a partir de la interrelación de los tres factores mencionados: enfermedad, complicación sentimental y preocupación ético-política (no sólo política en sentido restrictivo, táctico u organizativo).

Esperanzas y obsesiones

En agosto de 1932, como casi todos los veranos, Gramsci se siente mal. Escribe a Julia un par de cartas en las que se congratula de los progresos que ella está haciendo en la superación de la enfermedad. Pero a renglón seguido le dice que ya no puede contar gran cosa con él porque se siente precozmente envejecido, irascible, hipercrítico e insatisfecho de todo y de todos, y que está empezando a vivir una existencia animal y vegetativa. Enseguida comunica a Tatiana que tiene dudas de que él pueda ser el corresponsal que Julia desea, porque su capacidad de resistencia está a punto de quebrar. Gramsci cree en ese momento que ha de tomar pronto una decisión importante si no quiere volverse loco o entrar en una fase en la que no va a poder controlarse. Al autoanalizarse llega a esta conclusión: “Estoy perdiendo el control de mis impulsos y de los instintos elementales del temperamento”.

A medida que el verano avanza, y con él los calores, la irritabilidad de Gramsci va en aumento. Escribe en forma breve y cortante a Julia, amenaza a Tatiana con interrumpir la correspondencia y se disculpa luego, pasado ya el verano, explicando que está pasando un periodo de continuas obsesiones, de “frenesí neurasténico”. En ese momento se anuncia en Italia la posibilidad de una amnistía. Gramsci no se hace ilusiones porque no quiere desilusionarse luego, pero retoma su frase favorita: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Y la traduce para el caso: él aceptó la condena como una condena a muerte en la cárcel, pero eso no quiere decir que esté dispuesto a abandonarse o a dejarse llevar por la corriente como un perro muerto.

En ese contexto, el 14 de noviembre de 1932, Gramsci comunica a Tatiana, con cierta solemnidad y mucho preámbulo, algo que dice haber estado meditando durante tiempo: divorciarse de Julia. No plantea la cosa como un asunto estrictamente sentimental, como una cuestión de desamor, sino como una opción que otros varones presos han abordado antes que él. Aduce un argumento moral: un ser vivo no debe permanecer vinculado a un muerto o casi. Se propone, por tanto, “liberar a Julia” del vínculo que le une a él, y querría hacerlo, además, “por acuerdo bilateral”. Pide consejo a Tatiana sobre si es mejor que esto se lo comunique ella a Julia o hacerlo él mismo directamente, aunque, por las mismas razones morales, de una cosa dice estar seguro: la iniciativa tiene que partir de él. Gramsci afirma ahí haber sopesado las consecuencias, los dolores y sufrimientos que ella y él tendrán que soportar. Cree que, a su edad, Julia todavía puede crearse una nueva vida y que, de aceptar ella la propuesta, él volvería entonces a su “concha sarda”. Pero antes de llegar a este punto ha advertido a Tatiana que no debe pensar que él se ha vuelto loco o que lo que está sugiriendo es una ligereza o una irresponsabilidad. Y avanza, de manera oscura, que tiene otros argumentos que no puede exponer por carta y “que tal vez ni siquiera te comunicaría a ti de palabra”.

La discusión con Tatiana sobre este tema en las semanas siguientes arroja mucha luz sobre el tipo de relación que Gramsci ha establecido entre sentimiento y razón. Cuando ella le objeta que su forma de sentir es inadecuada a las circunstancias, Gramsci contesta que no se trata de “sentir” en el sentido inmediato de la palabra, sino de algo pensado, meditado, razonado, o sea, de un sentir cuyas premisas no son impulsos emocionales o pasiones instintivas, sino una larga meditación hecha con toda calma y frialdad. Ante el silencio de ella, insiste en que cuenta con su ayuda para convencer a Julia de que acepte su punto de vista. Mientras tanto, no comunica su idea a Julia, pero le insinúa vagamente que le escribirá sobre el tema del “empezar” o “volver a empezar” cuando se haya puesto de acuerdo con Tatiana, la cual “le está haciendo obstruccionismo” y le deja en suspenso. Cuando, finalmente, Tatiana le da sus argumentos contrarios a la propuesta, Gramsci contesta con una carta furiosa, el 5 de diciembre de 1932, en la que le prohibe argumentar a contrario, exige un “sí” o un “no” y pasa a contar lo que llama “una verdad dolorosa”: que el juez instructor del proceso tenía razón cuando le advirtió de las consecuencias de la extraña carta de Ruggero Grieco.

Gramsci advierte entonces abruptamente a Tatiana de cómo queriendo hacer el bien, y escribiendo en forma aparentemente afectuosa, se puede en realidad llevar al otro a la catástrofe. Y deja abierto un interrogante: ¿fue aquello un acto criminal o una ligereza irresponsable?

En enero de 1933 vuelve a plantear al asunto a Tatiana Schucht en términos parecidos durante varios coloquios que ésta tuvo con él en la cárcel de Turi. De palabra, y a pesar de la presencia de los funcionarios de la cárcel, Gramsci aclara la referencia críptica a sus “otros argumentos”. Está buscando una forma de salir en libertad y teme que la ligereza o la irresponsabilidad de sus amigos políticos frustre el intento. Gramsci había puesto entonces ciertas esperanzas en dos tipos de gestiones: obtener la libertad condicional por la vía legal, basándose en el hecho de que era el único diputado preso, o emprender una gestión diplomática desde la embajada rusa en Roma para conseguir su liberación por la vía del intercambio de presos. Espera más de la segunda gestión, indica a Tatiana incluso los diplomáticos rusos con los que tiene que hablar y le dice estar dispuesto a cambiar de nombre y a renunciar a la ciudadanía italiana. Es en este contexto de esperanzas en el que cobra tanta fuerza la obsesión: como consecuencia del asunto Grieco en 1928, desconfía de la forma de actuar de los “amigos italianos”. Para que los medios puedan adaptarse al fin, quiere que esta segunda gestión se haga en secreto y no se hable de ella a aquellos amigos. Gramsci no da nombres, pero uno de estos amigos queda incluido en el secreto y excluido de toda sospecha: Piero Sraffa.

Pero todavía un mes después, el 27 de febrero, Gramsci insiste de nuevo sobre el tema y escribe la más tremenda de sus cartas a Tatiana Schucht y probablemente de todas las cartas de la cárcel. En ella, Gramsci empieza admitiendo que hay cosas que se le han hecho obsesivas, pero rechaza de plano que, en su caso, el elemento psíquico esté determinando lo físico o viceversa. Da otra razón: la antigua preocupación se le ha intensificado porque está llegando a la conclusión de que él mismo ya no va a poder ocuparse de la cosa “filológicamente”, o sea, ir a las fuentes y llegar a una explicación plausible de los hechos. En este punto relaciona solemnemente la carta de Ruggero Grieco con la evolución de sus relaciones con Julia. Confiesa ahí que él puede haber cometido errores en esta relación, pero, por encima de esos errores, ve en el comportamiento de Julia algo que se le escapa y que no consigue identificar con precisión. La sospecha toma cuerpo:

Quien me ha condenado es un organismo mucho más amplio, del que el tribunal especial [fascista] no ha sido más que la manifestación externa y material, el que ha compilado el acto legal de la condena. Tengo que decir que entre estos “condenadores” ha estado también Julia, aunque creo, o mejor dicho, estoy firmemente persuadido de que ella ha actuado inconscientemente y de que ha habido una serie de personas menos inconscientes.

Al llegar ahí el lector del epistolario de Gramsci se queda tan pasmado y perplejo como quedó la destinataria de la carta, Tatiana Schucht. ¿Qué decir? Seguramente lo más razonable es decir lo que dijo Piero Sraffa cuando tuvo copia de estas misivas a través de la propia Tatiana: “El estado de ánimo de Antonio es muy preocupante: su última carta es impresionante por lo absurda. Es el documento de un enfermo”. Cierto. A pesar de la insistencia de Gramsci en que está abordando el asunto racionalmente, con espíritu práctico, y a pesar del énfasis que ha puesto en que hay que adaptar los medios al fin que se persigue (hasta el punto de herir a Tatiana cuando cree que no es capaz de hacerlo), no se entiende por qué, en el transcurso de semanas, puede haber pensado sucesivamente en romper el vínculo con Julia y retirarse a la “concha sarda”, en renunciar a la nacionalidad e ir a vivir a Moscú con los suyos, en el caso de ser liberado, y en que Julia, por la que dice sentir una acentuada ternura, pudiera ser uno de sus “condenadores”, aunque de forma inconsciente.

En cualquier caso, no se trataba de una obsesión ocasional o de una forma de locura temporal. Gramsci ha dado tanta importancia a este suceso que, incluso al pasar revista a lo que había sido su vida desde la detención y el encarcelamiento, y establecer los periodos de su vida carcelaria, además de afirmar que en 1933 empezaba una fase crítica y decisiva de su existencia, retrotraía la fase anterior, no, como hubiera sido lo lógico, al momento en que tuvo lugar el proceso, o al momento en que, concluido éste, fue trasladado a la casa penal de Turi (en la que todavía se encontraba), sino precisamente al día en que recibió la carta de Ruggero Grieco, como si ésta hubiera sido “la mota negra” del relato famoso. Todavía en mayo de 1933 repetía que el juez instructor tuvo razón al decirle que parecía como si sus amigos estuvieran colaborando a mantenerlo lo más posible en la cárcel.

Fuente:  LEYENDO A GRAMSCI, Francisco Fernández Buey, Editorial El viejo topo, España, 2001.

Ver también:

ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (I). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (II). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (III). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

 

GRAMSCI LIBRO FERNÁNDEZ BUEY