EL PLAN DE WASHINGTON YA FRACASÓ. JORGE WEJEBE

El 3 de enero de 1961 fue una jornada muy tensa para los diplomáticos estadounidenses en La Habana, quienes ejecutaron la evacuación de la embajada tras el anuncio de Estados Unidos del rompimiento de relaciones con Cuba.

Muchos de ellos pensaron que en poco tiempo estarían de regreso, cuando su país acabara con Fidel y el Gobierno revolucionario, como siempre sucedía con los adversarios de la Casa Blanca en la región.

En los alrededores de la sede, en el Malecón habanero, se aglutinó un público diverso. Una buena parte intentaba infructuosamente solicitar visas, pero la mayoría eran curiosos que venían a presenciar la histórica partida.

Como nota interesante vale citar la presencia de un joven vendedor de periódicos, quien mostró la edición del diario Revolución con un titular que, con grandes letras, reproducía: Viva Cuba Libre e informaba el hecho, imagen que pasaría a la historia mediante el lente del fotorreportero Roberto Salas.

Y realmente aquellos titulares reflejaban exactamente el verdadero sentido de los acontecimientos de ese día, con el que culminaba una sórdida etapa de actividades de la embajada de EE.UU. durante los dos primeros años luego del triunfo de la Revolución del Primero de Enero de 1959.

Desde los primeros meses de 1959, la Casa Blanca inició una política agresiva contra el nuevo poder que había acabado con el Gobierno dictatorial de Fulgencio Batista, aliado incondicional de Washington, siempre dispuesto a seguir los «consejos» del embajador estadounidense de turno.

De inmediato la sede estadounidense se convirtió en el centro de espionaje de la cia y de dirección y apoyo a las acciones terroristas y subversivas de la contrarrevolución en el país.

Mientras, otros supuestos diplomáticos fueron sorprendidos en reuniones con organizaciones contrarrevolucionarias y agentes individuales, a los que instruían en métodos conspirativos y en el uso de armas y explosivos. Encuentros que llegaron a organizar hasta en habitaciones del propio Hotel Nacional.

De igual forma, la Estación CIA en esa sede atendía muy activamente una extensa red de espionaje establecida entre antiguos servidores de la dictadura, representantes de las clases privilegiadas y funcionarios estadounidenses y nacionales de compañías estadounidenses que desde el inicio priorizaron los planes de atentados contra los principales líderes de la Revolución, en especial el Comandante en Jefe Fidel Castro.

Los servicios consulares de la sede estaban dirigidos principalmente a apoyar estas acciones y a las campañas mediáticas contra la Revolución como la del inicio de la salida del país, vía aérea de miles de niños sin acompañantes hacia EE.UU., enviados por sus padres, quienes fueron engañados por la operación de la CIA y el clero reaccionario de Miami, llamada «Peter Pan», que divulgó la mentira de que se derogaría la patria potestad sobre los menores.

Para finales de 1960, la administración estadounidense del presidente Dwight David Eisenhower y el entonces director de la CIA, Allen Dulles, consideró que la derrota de la Revolución sería un hecho en pocos meses con la realización de la invasión de mercenarios por Playa Girón en abril de 1961, que resultó la primera derrota militar y política del imperio en América Latina.

Pero ese fiasco todavía era futuro en las navidades de 1960 y en el nuevo año los estrategas de la inteligencia estadounidense consideraron que podían prescindir de la embajada como centro de dirección en el terreno, ya que se requería romper relaciones con el país para fortalecer el aislamiento, con el concurso de la OEA para la creación de condiciones de la invasión.

Eisenhower expresó al respecto que «se sentiría muy feliz si antes del 20 de enero pudiéramos dar un paso como el rompimiento de relaciones con el Gobierno de Castro, hecho en concurrencia con cierto número de Gobiernos latinoamericanos».

Ese paso fue tomado cuando Cuba, en base a la reciprocidad, exigió la limitación del número de representantes diplomáticos de la Unión en La Habana, de alrededor de 300 a 12 o 13, que era la cantidad aproximada de funcionarios cubanos acreditados en la capital estadounidense, lo cual fue el pretexto tomado para que Washington rompiera relaciones con la Mayor de las Antillas, como lo deseaba el inquilino de la Casa Blanca.

La falsa esperanza de regresar en poco tiempo que tuvieron aquellos diplomáticos yanquis que abandonaron la Isla, se convirtió en una larga espera de 54 años en la que a la mayoría se les fue la vida, hasta que en 2015 ese país tuvo que reconocer el fracaso histórico de su política agresiva contra Cuba, y se restablecieron las relaciones a nivel de embajadas durante el breve proceso de normalización de relaciones emprendido entre ambos países.

El actual Gobierno estadounidense se empecina en retrotraer aquel respetuoso diálogo y elevar la política agresiva, con campañas mediáticas contra Cuba e incrementar el bloqueo económico, comercial y financiero a niveles inéditos.

Para esos fines recurrió, incluso, al falso pretexto de unos presuntos ataques sónicos contra sus diplomáticos en La Habana, no comprobados pero inventados para justificar los propósitos anticubanos de la Casa Blanca.

En consecuencia, Washington redujo su personal diplomático y las funciones de la embajada a un nivel casi simbólico y ha emprendido una escalada de medidas que forman parte de un plan intencionado para elevar las tensiones bilaterales y romper relaciones, una política de sesenta años condenada al fracaso, como ocurrió desde su puesta en práctica en aquellos primeros años de la Revolución.

Fuente: GRANMA

 

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