DIARIO DE CAMPAÑA DE CABO HAITIANO A DOS RÍOS. JOSÉ MARTÍ

Día 7 de mayo de 1895

jamaica_martiMARTÍ 1De Jagua salimos, y de sus mambises viejos y leales, por el Mijial. En el Mijial, los caballos comen la piña forastera, y de ella, y de cedros hacen tapas, para galones. A César le dan agua de hojas de guanábana, que es pectoral bueno, y cocimiento grato. En el camino nos salió Prudencio Bravo, el guardián de los heridos, a decirnos adiós. Vimos a la hija de Nicolás Cedeño, que habla contenta, y se va con sus 5 hijos a su monte de Holguín. Por el camino de Barajagua – “aquí se peleó mucho”, “todo esto llegó a ser nuestro” -vamos hablando de la guerra vieja. Allí, del monte tupido de los lados, o de los altos y codos enlomados del camino, se picaban a las columnas, que al fin, cesaron: por el camino se va a Palma y a Holguín. Zefí dice que por ahí trajo él a Martínez Campos, cuando vino a su primera conferencia con Maceo: “El hombre salió colorado como un tomate, y tan furioso que tiró el sombrero al suelo, y me fue a esperar a media legua.” Andamos cerca de Baraguá. Del camino salimos a la sabana de Pinalito, que cae, corta al arroyo de las Piedras, y tras él, a la loma de La Risueña, de suelo rojo y pedregal, combada como un huevo, y al fondo graciosas cabezas de monte, de extraños contornos: un bosquecillo, una altura que es como una silla de montar, una escalera de lomas. Damos de lleno en la sabana de Vio, concha verde, con el monte en torno, y palmeras en él, y en lo abierto un cayo u otro, como florones, o un espino solo, que da buena leña: las sendas negras van por la yerba verde, matizada de flor morada y blanca. A la derecha, por lo alto de la sierra espesa, la cresta de pinos. Lluvia recia. Adelante va la vanguardia, uno con la yagua a la cabeza otro con una caña por el arzón, o la yagua en descanso, o la escopeta. El alambre del telégrafo se revuelca en la tierra. Pedro pasa, con el portabandera desnudo, – una vara de…: A Zefí, con la cuchara de plomo en la cruz de la bandolera, le cose la escarapela el ala de atrás. A Chacón, descalzo, le relumbra, de la cintura a la rodilla, el pavón del rifle. A Zambrana, que se hala, le cuelga por la cadera el cacharro de hervir. Otro, por sobre el saco, lleva una levita negra. Miro atrás, por donde vienen, de cola de la marcha, los mulos y los bueyes, y las tercerolas de retaguardia, y sobre el cielo gris veo, a paso pesado, tres… Y uno, como poncho, lleva por la cabeza una yagua. Por la sabana que sigue, por Hato del Medio, famosa en la guerra, seguimos con la yerba ahogada del aluvión, al campamento, allá detrás de aquellas pocas reses. “Aquí, me dijo Gómez, nació el cólera, cuando yo vine con doscientas armas y 4,000 libertos, para que no se los llevasen los españoles, y estaba esto cerrado de reses, y mataron tantas, que del hedor se empezó a morir la gente, y fui regando la mancha con cadáveres: 500 cadáveres dejé en el camino a Tacajó.” Y entonces me cuenta lo de Tacajó, el acuerdo entre Céspedes y Donato Mármol. Céspedes, después de la toma de Bayarno desapareció. Eduardo Mármol, culto y funesto, aconsejó a Donato, la dictadura. Felix Figueredo pidió a Gómez que apoyase a Donato, y entrase en lo de dictadura, a lo que Gómez le dijo que ya lo había pensado hacer, y lo hacía, no por el consejo de él, sino para estar dentro, y de adentro impedirlo mejor: “Sí, decía Félix, porque a la revolución le ha nacido una víbora.” “Y lo mismo era él”, me dijo Gómez. De Tacajó envió Céspedes a citar a Donato a conferencia cuando ya Gómez estaba con él, y quiso Gómez ir primero, y enviar luego recado. Al llegar donde Céspedes, como Gómez se venía con la guardia que halló como a un cuarto de legua, creyó notar confusión y zozobra en el campamento, hasta que Marcano salió a Gómez que le dijo: “Ven acá, dame un abrazo”. – Y cuando los Mármol llegaron, a la mesa de cincuenta cubiertos, y se habló allí de la diferencia, desde las primeras consultas se vio que, como Gómez, los demás opinaban por el acatamiento a la autoridad de Céspedes. “Eduardo se puso negro. ” “Nunca olvidare el discurso de Eduardo Arteaga: El sol, dijo, con todo su esplendor, suele ver oscurecida su luz por repentino eclipse; pero luego brilla con nuevo fulgor, más luciente por su pasajero oscurecimiento: así ha sucedido al sol Céspedes.” Habló José Joaquín Palma. “¿Eduardo? Dormía la siesta un día, y los negros hacían bulla en el batey. Mandó callar, y aún hablaban. ‘¿Ah, no quieren entender?’ Tomó el revólver, -él era muy buen tirador: y hombre al suelo, con una bala en el pecho. Siguió durmiendo.“- Ya llegamos, a son de corneta, a los ranchos, y la tropa formada bajo la lluvia, de Quintín Banderas. Nos abraza, muy negro, de bigote y barbija, en botas, capa y jipijapa, Narciso Moncada, el hermano de Guillermo: i“Ah, solo que falta un número!” Quintín, sesentón, con la cabeza metida en los hombros, troncudo el cuerpo, la mirada baja y la palabra poca, nos recibe a la puerta del rancho: arde de la calentura: se envuelve en su hamaca: el ojo, pequeño y amarillo, parece como que le viene de hondo, y hay que asomarse a él: a la cabeza de su hamaca hay un tamboril. Deodato Carvajal es su teniente, de cuerpo fino, y mente de ascenso, capaz y ordenada: la palabra, por afinarse, se revuelve, pero hay en él método y mando, y brío para su derecho y el ajeno: me dice que por él recibía mis cartas Moncada. Narciso Moncada, verboso y fornido, es de bondad y pompa: “en verbo de licor, no gasto nada”: su hermano está enterrado – “más abajo de la altura de un hombre, con planos de ingeniero, donde solo lo sabemos unos pocos, y sí, yo me muero, otro sabe, y si ese se muere, otro, y la sepultura siempre se salvará”. “ ¡Y a nuestra madre, que nos la han tratado como si fuera la madre de la patria!” ‘Dominga Moncada ha estado en el Morro tres veces: y todo porque aquel General que se murió la llamó para decirle que tenía que ir a proponerles a sus hijos, y ella le dijo: Mire, General, si yo veo venir a mis hijos, por una vereda, y lo veo venir a V. por el otro lado, les grito: huyan, mis hijos, que este es el general español.” A caballo entramos al rancho, por el mucho fango de afuera, para podernos desmontar, y del lodo y el aire viene hedor, de la mucha res que han muerto cerca: el rancho, gacho, está tupido de hamacas. A un rincón, en un cocinazo, hierven calderos. Nos traen café, ajengibre, cocimiento de hojas de guanábana. Moncada, yendo y viniendo, alude al abandono en que dejó Quintín a Guillermo. – Quintín me habla así: “y luego tuvo el negocio que se presentó con Moncada, o lo tuvo el conmigo, cuando me quiso mandar con-Masó, y pedí mi baja”. Carvajal había hablado de las decepciones sufridas por Banderas. Ricardo Sartorius, desde su hamaca, me habla de Purnio, cuando les llegó el telegrama falso de Cienfuegos para alzarse: me habla de la alevosía con su hermano Manuel, a quien Miró hurtó sus fuerzas, y “forzó a presentarse”: “le iba esto”, la garganta. -Vino Calunga, de Masó, con cartas para Maceo: no acudirá a la cita de M. muy pronto, porque está amparando una expedición del Sur, que acaba de llegar. Se pelea mucho en Bayamo. Está en armas Camagüey. Se alzó el Marqués, y el hijo de Agramonte. -Hiede.

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