EUROPA: DESILUSIONES Y DESAFÍOS GEOPOLÍTICOS. LEYDE ERNESTO RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ

EUROPA 1

Dr. LEYDE ERNESTO RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ*

LEYDE 3En los últimos años he dedicado un espacio de mi actividad docente a la investigación sobre las problemáticas relacionadas con Europa y, especialmente, sobre los procesos y fenómenos que aturden a la Unión Europea.

Así surgieron algunas publicaciones sobre esos temas: “Unión Europea: múltiples crisis y estrategia global en el siglo XXI”; “El Brexit[1] en las relaciones Reino Unido-Unión Europea. Impactos geopolíticos”; “La Unión Europea: múltiples crisis, desafíos y oportunidades en el siglo XXI”; “La Unión Europea: Imperfecciones, desafíos y oportunidades”, entre otras, que se pueden encontrar en referencias académicas cubanas e internacionales con políticas de Acceso Abierto. [2]

Ahora pretendo, en plena pandemia del SARS-CoV-2 enfermedad COVID-19, comentar que las tesis expuestas en aquellos trabajos han mantenido vigencia y que la pandemia de Covid-19 no hizo más que evidenciarlas en toda su magnitud y crueldad, acelerando sus impactos en la geopolítica europea a escala regional  e internacional.

La pandemia de la Covid-19 demostró lo que algunos analistas políticos no deseaban reconocer: la fragilidad de Europa y de sus instituciones de integración en relación con las múltiples crisis que la aquejan desde el 2008.

Las causas de las vulnerabilidades y de la irrisoria efectividad frente al coronavirus, no se debieron al poderío destructivo del virus, sino a la incapacidad de acción colectiva de una Unión que venía paralizada en sus metas supremas de integración y obtención de mayores cuotas de poder e influencia estratégica global. Así los ciudadanos europeos pudieron constatar que el llamado “Estado de Bienestar General” ya no existía o era microscópico, equiparándose en ese sentido a la COVID-19, pues solo esos servicios continúan disponibles en beneficio de aquellos con posibilidades o recursos financieros para alcanzar sus bondades.

Y eso se debe a que Europa ha permanecido afectada por la crisis sistémica capitalista manifiesta en múltiples problemáticas de índole: económico, político, social, moral e institucional. De ahí el retroceso o pérdida de valor simbólico de la Unión Europea a nivel local, regional y global, a pesar de sus incuestionables avances históricos en el proceso de integración, que han servido de referencia para otras organizaciones regionales. La integración europea fue deteriorada por los líderes políticos que impulsaron la salvaje economía neoliberal en beneficio propio, de las transnacionales y de los sectores ricos, empobreciendo a las mayorías.

En el contexto del trágico azote de la COVID-19, la Unión Europea  mantuvo su tradicional conducta neoliberal. Bajo ese signo proliferaron acciones de salvamento de la economía mediante la inyección de dinero para amortiguar los daños de la crisis económica capitalista (2008-2020), agudizada con los nuevos impactos de las cuarentenas y las interrupciones en los procesos productivos. Esta particular gestión deshumanizada no es nueva, recordemos que durante la crisis iniciada en el 2008 las instituciones europeas decidieron salvar los bancos y no a las personas. Las entidades bancarias capitalistas son muy poderosas, pero millones de personas permanecen, al mismo tiempo,  vulnerables y desamparadas.

En el neoliberalismo identificamos la verdadera causa de las múltiples crisis, de los daños humanos y materiales provocados antes y durante el desarrollo de la pandemia. Y seguramente también después, si el rol del estado en la economía no se instaura con rapidez o en calidad de una lección aprendida.

Al priorizar -a toda costa-, la economía y subestimar el entramado social, los máximos representantes de la referida Unión no encontraron una respuesta estratégica al colapso de los sistemas sanitarios y fue imposible evitar la muerte diaria de cientos y miles de personas en toda Europa. En la observación de esas perdurables condiciones uno se pregunta: ¿Qué pasará con la integridad de la Unión Europea? ¿Qué ocurrirá si surgen nuevas pandemias o una catástrofe natural afecta el continente europeo? ¿Cuál será el lugar de la Unión Europea y de la propia Europa en el sistema internacional en transición hacia la multipolaridad en el siglo XXI?

Tendencias contradictorias y geopolítica global 

La llamada etapa pospandemia abre un escenario de tendencias contradictorias. En esa atmósfera de incertidumbre no pocas personas en el mundo aspiran a una auténtica normalidad de signo  posneoliberal y poscapitalista.

Otro mundo es posible, pero el peor de los mundos –capitalismo- sobrevive a una pandemia amparado por un “orden” de la arrogancia, el militarismo, las guerras, la pobreza, el hambre y las sanciones económicas unilaterales. Ese rumbo suicida significa inexorablemente la destrucción de la especie humana. O el mantenimiento de un modo de vida capitalista consumista, caracterizado por el lujo y la concentración de las riquezas en beneficio de unos pocos.

La pandemia de coronavirus rememoró otros momentos pocos estelares de la Unión Europea no muy lejanos en el tiempo: la crisis migratoria, del Euro y el Brexit. Prevaleció la invalidez de la Unión para conciliar y establecer acciones conjuntas favorables a la unidad en el enfrentamiento a la pandemia. Así se demostró que este espacio europeo es de hecho un mercado único económico y monetario, pero está muy lejos de ser un proyecto social común. Ha quedado evidenciado, una vez más,  el predominio de una Unión Europea al servicio de las elites e incapaz de coordinar y hacer funcionar los resortes de la diplomacia intraregional.

La Unión Europea atraviesa incuestionables y multidimensionales desafíos. Entiendo que Europa y sus instituciones atraviesan un periodo convulso de su historia, riesgoso para su estabilidad social y económica. La crisis económica, comercial se profundiza y la Unión Europea cierra el 2020 más debilitada que años anteriores.

En lo que queda del  año 2020, la Unión Europea concentrará todos sus esfuerzos  en su propia supervivencia y tratará de incrementar su protagonismo en la etapa pospandémica con el fin de rescatar la credibilidad y el simbolismo perdido durante el periodo más crítico de la COVID-19. A ello se adiciona la falta de cohesión de Occidente –en términos políticos- cuyas principales potencias han sido incapaces de colaborar ante una pandemia que afecta a todas las latitudes. Era de esperar que entre las potencias occdentales, al menos, funcionara una especie de colaboración norte-céntrica, pero ese no fue el caso. Vimos todo lo contrario.

En el periodo álgido de la pandemia, las viejas potencias occidentales se condujeron como estados imperialistas. Nos recordaron su pasado colonial. No es algo inverosímil  porque estamos todavía en la época de la dominación capitalista y, aunque decadente, persiste la lucha por el poder global. Por eso, Estados Unidos se negó a un “cese el fuego” en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El imperialismo no aspira a rendirse y habrá que derrotarlo en el plano político, económico, de la opinión pública y  moral; una dimensión, esta última, en la que ya no pueden levantar cabeza ni ideal, pero en su lógica de mantenimiento del status quo nos promete la destrucción total. Por eso mantiene sus criminales y genocidas  sanciones económicas y comerciales contra Cuba, Venezuela, Nicaragua, Siria, Irán, entre otras naciones, que conforman una larga lista.

Estados Unidos, “otrora” aliado de la Unión Europea, por irresponsabilidad en política interna, pero también sobredimensionado en su pugna o revanchismo geopolítico con China y Rusia, descuidó el enfrentamiento a la COVID-19 en sus propios predios, viéndose menoscabado en su rol de tradicional líder del  agonizante  e injusto  “orden” internacional.

La Unión Europea no ha estado alejada de esa lucha de poder global. Ella tenía la pretensión, justamente unos meses antes de la pandemia de la COVID-19,  de tener un mayor peso en la política internacional. Los mejores escenarios para la Unión Europea se relacionaban con el aprovechamiento de las oportunidades existentes para “Relanzarse”, atendiendo a las agudas asimetrías que desafían la interrelación entre los estados miembros y la salida  del Reino Unido de su seno.

La llegada de la COVID-19 detuvo una estrategia que aspiraba remover la parálisis del accionar regional de la Unión Europea y su pérdida de influencia política global. Los intentos de la Comisión Europea, para retomar iniciativas ante los estados integrantes del bloque, han sido reiterados bajo la actual presidenta de dicha institución, Urzula von der Leyen, pero también es cierto que los tradicionales simbolismos o el llamado “poder simbólico” de la Unión Europea continuaron en caída.

Sería demasiado exigente pensar que los problemas sociales acumulados -por décadas- podrían resolverse hoy en las estructuras de la Unión Europea. La coyuntura de la pandemia es difícil y las debilidades se vuelven en contra del accionar interno y externo de la Unión: descontento social, ausencia de solidaridad y comunicación para diseñar estrategias comunes. En un escenario con esas características, otros competidores: Estados Unidos, China y Rusia, amasan ventajas políticas, diplomáticas, comerciales y posicionamientos militares en detrimento de la Unión Europea.

Si la Unión Europea ha perdido capacidad para coordinar entre sus estados miembros una política exterior de prestigio, qué podría decirse de los Estados Unidos con el presidente Donald Trump, protegido en un bunker durante la pandemia, tras un nuevo  episodio criminal de racismo policial, que ha provocado una de las mayores olas de indignación y repudio mediante las más grandes e intensas manifestaciones que se hayan conocido en la sociedad estadounidense.

Es por eso que la multidimensional crisis del 2020 –que no es solo resultado de la pandemia de la COVID-19- acelerará la mayor pérdida de reputación de Occidente (Estados Unidos-Unión Europea y aliados) como bloque geopolítico “competente y eficaz”, favoreciendo que China cobre, como lo ha hecho desde finales del siglo XX, un mayor protagonismo político, diplomático y comercial global, en respuesta al distanciamiento estadounidense de los acontecimientos europeos, el enfrentamiento a la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su negativa a desarrollar la cooperación internacional, para mitigar y luchar a favor de la erradicación global de la COVID-19.

China, influyente actor de la transición del sistema internacional hacia la multipolaridad –proceso con antecedentes históricos desde los años 70 del siglo XX-  tendrá más influencia en algunos países, particularmente en el sudeste asiático, el sureste de Europa, Latinoamérica, África y Europa, a los cuales ha llegado con su solidaridad en tiempos de Coronavirus,  pero, en el corto plazo, no llegará a reemplazar el papel tradicional de Estados Unidos en el plano militar, así como su protagonismo político y diplomático en América Latina.

Podemos concluir que la pandemia ha sido un fenómeno de turbulencia integral en el adelantamiento dinámico del sistema internacional en transición. Sus efectos múltiples han acelerado las transformaciones y tendencias que estaban en pleno desarrollo con profundas raíces históricas, políticas, sociales, económicas, comerciales, tecnológicas, entre otros factores; agravando los problemas globales que afectan a la humanidad. Se valida así la tesis de la urgente necesidad de gestar un verdadero orden global, pues  el viejo “orden” internacional yace en papeles históricos, declaraciones políticas coyunturales y formales actividades diplomáticas publicitadas por todos los medios de prensa dominantes y sus inmediatas redes sociales. La pandemia ha dejado traslucir las imperfecciones y disfuncionalidad del “orden” internacional, para nada orientado a satisfacer los intereses y necesidades de la mayoría de los estados del sistema internacional. Mucho menos de los pueblos.

Además de operar en el enrevesado laberinto geopolítico global, la Unión Europea tendrá que responder a las reivindicaciones de diferentes sectores sociales afectados por la acentuación de la crisis económica y social, que contribuye a la disminución de la expansión del proceso de globalización; mientras las contradicciones capitalistas y sus problemas ceban el auge del populismo, el nacionalismo de extrema derecha en distintos países contrarios a la existencia misma de la Unión. Es un hecho irrefutable, mucho más allá de los sectores de extrema derecha, el arrebato por abandonar la Unión Europea, consolidándose sentimientos euroescépticos y de desafección hacia un bloque de integración que no ha funcionado ante una situación tan excepcional como la pandemia de coronavirus. La desintegración de la Unión Europea significaría una enorme catástrofe geopolítica con alcances insondables para la estabilidad europea y el sistema internacional en su conjunto.

Aun en medio de los viejos desafíos empeorados, las instituciones europeas seguirán trabajando en la reconstrucción de sus capacidades a fin de lograr  un mayor protagonismo en la geopolítica internacional, mediante el reforzamiento del protagonismo como actor global en un sistema que se perfila hacia una diferente multipolaridad. Para ello, las instituciones europeas, que nacieron para evitar la guerra o promover la paz entre sus integrantes, tendrán que enfrentar las nuevas situaciones que se presenten para preservar la estabilidad de un proyecto integracionista que ha sido referencia, pero que hoy requiere remozar contenidos cardinales, la cohesión interna y su proyección internacional.

Desde esa perspectiva, millones de personas en América Latina y el Caribe -en todo el mundo-, esperan el día en que la Unión Europea sea un polo de progreso, humanismo y paz en las relaciones internacionales.

NOTAS

[1] Salida del Reino Unido de la Unión Europea.

[2] Pueden encontrarse la referencia completa a esos trabajos en Google Académicos: Leyde Ernesto Rodríguez Hernández  https://scholar.google.com.cu/citations?user=AVHROuYAAAAJ&hl=es

* Leyde Ernesto Rodríguez Hernández es Doctor en Ciencias Históricas y profesor en el Instituto Superior Relaciones Internacionales “Raúl Roa García” (ISRI), donde ocupa, además, la responsabilidad de Vicerrector de Investigación y Posgrado.

e-mail: leydernesto@gmail.com

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