LAS MODISTAS Y LAS COSTURERAS. FEDERICO ENGELS

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FEDERICO ENGELS

Es una cosa singular que la confección de los artículos que sirven precisamente para la limpieza de las damas de la burguesía esté unida a las consecuencias más penosas para la salud de las personas que los trabajan. Ya hemos visto eso en la fabricación de encajes, y ahora tenemos en las tiendas de moda de Londres una nueva prueba en apoyo de esta afirmación. Estos establecimientos emplean a gran número de chicas jóvenes –hay, según se dice, un total de 15.000- que viven y comen en la casa, la mayor parte originarias del campo, y son así esclavas completas de la patronal. Durante la temporada alta, que dura en torno a cuatro meses al año, la duración del trabajo llega, incluso en las mejores casas, a quince horas y, si surgen asuntos urgentes, dieciocho; pero, en la mayor parte de las casas, se trabaja durante este período sin ninguna fijación de tiempo, aunque las chicas no tienen más de seis horas, a veces tres o cuatro, e incluso dos horas sobre veinticuatro para descansar y dormir, y trabajan de diecinueve a veinte horas por día, cuando no son forzadas –cosa que ocurre con bastante frecuencia– a pasar ¡toda la noche trabajando! El único límite de su trabajo es la incapacidad física absoluta de seguir con la aguja un minuto más. Hemos visto casos en los que estas pobres criaturas se quedaban nueve días seguidos sin desnudarse y sin poder descansar nada más que algunos instantes aquí o allá, encima de un colchón en el que se les servía su comida cortada ya en trozos pequeños, para permitirle tragarlos en el menor tiempo posible; en resumen, estas desgraciadas chicas, como esclavas, bajo la amenaza moral de un látigo que es el miedo a ser despedidas, están mantenidas en un trabajo tan intenso y tan incesante que un hombre robusto, con más razón chicas delicadas de catorce a veinte años, no podría soportarlo. Dicho de otra forma, el agobiante ambiente de los talleres, y también de los barracones, la postura curvada, la habitualmente mala alimentación difícil de digerir,  todo eso, pero, ante todo, el trabajo prolongado y la privación de aire, producen los resultados más penosos para la salud de las chicas. El cansancio y el agotamiento, la debilidad, la pérdida de apetito, los dolores de hombros, espalda y cadera, pero sobre todo los dolores de cabeza, pronto hacen aparición; seguidamente son la desviación de columna vertebral, la elevación y deformación de hombros, el adelgazamiento, los ojos hinchados, llorosos, que provocan dolor y se vuelven miopes pronto, la tos, el asma, la mala respiración, así como todas las enfermedades del desarrollo femenino. Los ojos sufren en muchos casos tanto que se produce una ceguera incurable, una desorganización completa de la vista, y si la visión se mantiene bastante bien como para permitir la continuidad del trabajo, es la tisis la que, normalmente, pone fin a la breve y triste vida de las modistas. Incluso en el caso de aquéllas que dejan el trabajo bien pronto, la salud queda descompuesta para siempre, el vigor de la constitución quebrado; están perpetuamente en particular en el matrimonio, enfermas y débiles, y sólo traen al mundo niños enfermos. Todos los médicos preguntados en torno a este tema por el miembro de la Comisión sobre el trabajo infantil, han sido unánimes en declarar que no se podría imaginar un modo de vida tendente, más que éste, a arruinar la salud y a provocar una muerte prematura.

Por otra parte, con la misma crueldad, de forma solamente un poco más indirecta, es como están explotadas las costureras de Londres. Las chicas que se ocupan de la confección de los corsés tienen un trabajo duro, penoso, extenuante para los ojos; ¿y cuál es el salario que reciben?… El salario de estas costureras asciende, según eso y según diversas declaraciones de obreros y empresarios, por un trabajo sostenido, continuado con intensidad en la noche, al total de ¡2 1/2 a 3 chelines por semana! Y lo que viene a rematar esta vergonzosa barbarie es que las costureras deben dejar una parte del valor de las materias primas que les son confiadas, y ellas, evidentemente, no pueden hacerlo –y los propietarios bien lo saben– más que de una manera: empeñándose, o bien devolviéndolas con pérdidas, o entonces, si no pueden devolverlas, están obligadas a ir al juez de paz, como le ocurrió a una costurera en noviembre de 1834. Una chica pobre, que se encontraba en este caso y que no sabía qué hacer, se ahogó en un canal en agosto de 1844. Estas costureras viven normalmente en la mayor de las miserias, en pequeñas buhardillas, en las que se apiñan en una sola habitación, en tanto como el espacio se lo permita, y en las que, en invierno, el calor animal de las personas presentes es, la mayoría del tiempo, la única fuente de calor. Allí, sentadas y curvadas con su trabajo, cosen desde las cuatro o cinco de la mañana hasta medianoche, arruinan su salud en pocos años y mueren prematuramente, sin poder satisfacer sus necesidades más elementales [Thomas Hood, el mejor de todos los humoristas ingleses contemporáneos y, como todos los humoristas, lleno de sentimientos humanos, pero sin ninguna energía intelectual, publicó, a comienzos de 1844, en el momento en el que la miseria de las costureras rellenaba todos los periódicos, un bonito poema: The song of the shirt (La canción de la camisa), que provoca lágrimas compasivas en los ojos de las chicas de la burguesía, pero sin utilidad. Me falta espacio para reproducirla aquí; apareció primero en el Punch y luego lo hizo en toda la prensa. Habiendo sido tratada la situación de las costureras en todos los periódicos, serían superfluas las citas especiales (Nota de Engels).], mientras que por debajo, a sus pies, corren las brillantes carrozas de la alta burguesía, y mientras puede ser que a diez pasos de allí, un miserable dandy pierde en una noche, jugando al faraón, más dinero de lo que ellas puedan ganar en todo un año.

Fuente: La situación de la clase obrera en Inglaterra, Federico Engels

Tomado de: MARXISTS

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