EL HOMBRE QUE EL VALOR LE TEMÍA. EMILIO L. HERRERA VILLA

“¿Le tendremos miedo al negro, al negro generoso, al hermano negro, que en los cubanos que murieron por él, ha perdonado para siempre a los cubanos que todavía lo maltratan? (…) yo sé que el negro ha erguido el cuerpo noble y está poniéndose de columna firme de las libertades patrias. Otros le teman: Yo, lo amo: a quien diga mal de él, me lo desconozca, le digo a boca llena: mienten.”

José Martí

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EMILIO L. HERRERA VILLA

emilio-herreraNumerosas balas llevaban su nombre, aunque poco le importaba. La gloria lo acariciaba con honorables medallas de plomo impactadas en su cuerpo, pequeños vestigios de una vida sacrificada. Nunca se escondió al futuro, lo enfrentaba cada día en la manigua. Muchos lo retaron, pero escasos vivieron para contarlo. Eran tiempos difíciles, donde la insolencia se pagaba al filo del machete.

En sus puños albergaba toda su fama de temerario, virtud que lo identificó como uno de los coroneles más bravos de la independencia. Las historias contadas sobre él no son mentiras, no exageran, no presumen. Policarpo Pineda Rustán era un valiente. De esos hombres que ejercía una atracción magnética sobre la tropa. Un halo de esbelta energía rodeaba su figura hasta el campo de batalla, y allí se hacia inexpugnable. Lo sabía el enemigo, también los insurrectos. Rustán personificaba al coraje, sin dudas el amo y señor de la osadía.

Policarpo Pineda
Policarpo Pineda

Amaba y ansiaba la libertad, como todo indio[1], sí, Policarpo Pineda era un taíno casi puro, un cacique vestido de mambí. De pelo crespo y rostro de cobre. Otro Caupolicán, de espalda ancha y cuerpo atlético. Un hombre muy fuerte de carácter y celoso de su dignidad.

Vivía en una época de sometimiento, de opresión racial, de castigos crueles para negros, mestizos e indios. Muchos hombres se odiaban debido al color de su piel. Las filas del Ejército Libertador no eran la excepción, había abundantes contradicciones. Existía un miedo general y una incomunicación alimentada por siglos de intolerancia, de esclavitud, de xenofobia y colonialismo español.

Rustán encabezaba la extrema vanguardia, realizando hazañas por los montes de Oriente. Sólo así podía lograr la admiración de sus compañeros. Nadie lo segrega, todos admiran al corajudo, el campo de batalla olvida las etnias y hermana con sangre al soldado blanco con el negro.

La futura República auguraba un sueño para muchas personas. Se luchaba y se moría por una Cuba libre de odios y prejuicios raciales. Una nación igualitaria sin ostracismos o cualquier otro tipo de marginación.

Esta idea embullaba a muchos combatientes, por eso Pineda estaba deseoso de conocer en persona al Presidente de la República de Cuba en Armas, Carlos Manuel de Céspedes. Admiraba profundamente al hombre que liberó a sus esclavos mientras proclamaba la soberanía de la Isla.Transcurrían los primeros días de junio de 1872 cuando el Padre de la Patria, acompañado de Máximo Gómez, visitaba el campamento del Indio Rustán. Esa tarde, aquel que burlaba constantemente a la muerte, formó a sus aguerridas fuerzas. Impecable resultó la ceremonia de recibimiento, donde Policarpo le presentó al Generalísimo al más bravo de sus oficiales:

“General, aquí le presento al Capitán más valiente de mi Regimiento, Guillermo Moncada, bueno entre los buenos”.

Posteriormente mostró una gran sonrisa a Céspedes. Ambos patriotas se estrecharon la mano. Poco importaba que el indomable Rustán estuviese toda la recepción sostenido por los brazos de sus ayudantes. Ni siquiera la invalidez podía cuestionar su grandeza. Las graves heridas de combate habían recaído sobre sus piernas, las cuales quedaron inutilizables. Ese era el precio a pagar por una vida arriesgada, mas no interesaba esta incapacidad porque nadie, absolutamente nadie, podía venir a darle lecciones de coraje…

Su odio a las autoridades coloniales comenzó en 1860, cuando paseaba con su novia por la Plaza de Armas Isabel II. La paz de la pareja fue frustrada por un grupo de voluntarios españoles, quienes no respetaron la presencia de Policarpo y enunciaron a la dama algunos piropos groseros. Esta acción irrespetuosa valió para detonar el carácter colérico de Rustán. Preso de sus pasiones tomó venganza con sus puños e hizo huir a los uniformados. Este acto caballeresco y de valor personal concluyó con varios días de encarcelamiento. Así comenzó su rencor hacia España, rencor que aumentaría con el transcurso de los años.

Ahora comenzaba a percatarse de muchas de las violaciones cometidas por la Metrópoli. Cuál era su verdadero rostro. Cómo actuaban los partidarios más reaccionarios defensores de las medidas de la “madre España”. Pensó sobre el despotismo de los militares, de los comerciantes peninsulares y ricos terratenientes criollos, dueños de inmensas propiedades cafetaleras y azucareras, cuyo único afán radicaba en enriquecerse a cuenta del sudor de los esclavos.

Durante largos momentos de meditación vislumbra el presente colonial de la Isla, donde libertos o esclavos eran tratados de forma cruenta y brutal, y debían aceptar humillaciones y paupérrimas condiciones de vida. La dicotomía de razas quedaba amparada por un definido sistema de estratificación social que establecía roles y privilegios. Estaba legitimado, así se enseñaba en la sociedad. Negros, blancos, indios y mestizos sabían su posición. Esta era una idea muy antigua y arraigada en el colonialista europeo, quien llegó a América implantando una jerarquía racista, siendo sus coterráneos superiores a los habitantes autóctonos de este continente, los cuales asumían un papel inferior.

En 1863 [2] Rustán trabajaba en la casa comercial de Mariné, en Guantánamo. En una ocasión resultó insultado con frases discriminatorias y groseras por parte de su patrón catalán. Inmediatamente el Indio respondió con la más violenta de sus pasiones: un soberbio golpe en la cara. Otra vez la virilidad de Policarpo terminó castigada severamente, pues el “agredido”, tío del exgeneral español Jaime Mariné, habló con el Teniente Gobernador de la Villa para escarmentar semejante ultraje.

Pineda fue apresado y atado a la última columna del establecimiento comercial de Brooks y Co. Ante la mirada de todos y como si fuera un esclavo más, le propinaron veinticinco azotes. Esta actitud pusilánime pronto sería vengada por Rustán.

Una noche de domingo, la Plaza de Armas estaba repleta de vecinos y autoridades del gobierno colonial. Se habían agrupado allí para escuchar el repertorio musical de la banda militar de la localidad. Cerca del lugar donde se encontraba el Gobernador y sus acompañantes, un jinete se desmontó de su caballo. Llevaba una fusta en la mano. Se encaminó hacia la máxima autoridad de la villa, y a la vista de todos le propinó veinticinco chuchazos. Luego le dijo:

“Ya estamos en paz. Soy Policarpo”

Acto seguido montó en su caballo y desapareció entre la multitud enmudecida. El hecho de restaurar su honor escandalizó a todo español y criollo españolizado. Esta actitud temeraria representaba un acto de insólito atrevimiento y un crimen sin antecedentes en el Departamento Oriental. No podía quedar impune que un indio le propinase al Gobernador ibérico veinticinco chuchazos. ¿Qué podría pasar en esa sociedad netamente esclavista si Policarpo Pineda no recibía castigo? ¿Cómo reaccionarían las grandes masas de esclavos de la región[3] si se enterasen? Era la mayor de las ofensas, pues los negros debían seguir sumidos en la oscuridad del barracón. Cuba no podía convertirse en un gran palenque. El mensaje estaba claro: un hombre de color no podía arremeter contra el colonialista blanco.

Este escándalo tomó proporciones inigualables y Rustán se refugió en el complejo montañoso de Sagua-Yateras -Baracoa, donde fue perseguido hasta su captura en 1866. Por las peligrosas cuchillas de Veguita lo conducían rumbo a la ciudad de Guantánamo y aprovechado un momento de descuido de sus captores, Policarpo se lanzó hacia los abismos del monte[4] mientras gritaba: “¡Ahí van los mangos!”

Los guardias lo dieron por muerto, pero el Indio sobrevivió a la brutal altura y sólo padeció de algunas heridas no tan graves y superficiales. Nada que un varón como él no aguantase. Tiempo después, el mismo Rustán le relataría al General Enrique Collazo: “Pensé que era mejor morir que ser preso: el barranco al lamo me daba la muerte o la libertad. Me tiré de cabeza, no morí y fui libre y ahora me la están pagando los españoles”.

Para 1868 se encontraba sublevado junto a su esposa Liboria Sánchez, sus hijos y cuatro hombres más en la región de Baitiquirí, sin embargo desde 1867 los españoles sabían de su paradero[5].

Procedente de los Estados Unidos, arribó a la playa de Guardarraya, actual municipio de Imías, la goleta “Grapeshot”. Esta embarcación transportaba cientos de carabinas, dos cañones, gran cantidad de municiones y demás pertrechos de guerra. Era el primero de junio de 1869, cuando los tripulantes recibieron la orden de su capitán, un norteamericano de apellido Golivart, para desembarcar toda la carga. Debían apresurarse, en cuestión de minutos podían llegar tropas españolas al lugar.

Al poco tiempo arribaron los colonialistas y se apoderaron de parte considerable del cargamento, incluido los cañones. Al parecer los expedicionarios abandonaron rápidamente la playa, temiendo un encuentro con la infantería peninsular.

La mayoría se encontraban extenuados y mareados por el viaje. Ninguno sabía del mar y sus misterios, tan solo querían pelear por la causa cubana. Prácticamente acorralados por los “quintos” de Guantánamo y Baracoa se encontraron de puro milagro con Rustán, al cual le confiaron el mando de la tropa. No obstante, un día después la mayor parte de los expedicionarios, decidieron no reconocer la autoridad de Policarpo y marcharon por la costa hacia el valle de Guantánamo en busca del Ejército Libertador de la Jurisdicción de Cuba (Santiago de Cuba).

Se desconoce el motivo real de cambio tan brusco. Tal vez ese grupo de patriotas cubanos y norteamericanos no deseaban ser dirigidos por un conjunto de negros, comandados por un indio, pues aunque en los Estados Unidos estaba abolida la esclavitud desde 1865 todavía existía un sentimiento de desprecio y rechazo hacia el hombre negro. Lo cierto es que los inexpertos revolucionarios caminaron sin orientación y luego de dos ataques fallidos al campamento enemigo de Baitiquírí cientos de españoles y voluntarios, comandados por el sanguinario Miguel Pérez, fueron cazando de a poco a los sobrevivientes. Días atrás habían desembarcado por las playas de Guardarraya cuarenta combatientes, sin embargo, sólo nueve pudieron escapar a la masacre, gracias a la labor de Policarpo. De esta forma trágica crecía su columna guerrillera. Comenzaba la acción.

Rustán se dirigió a la Sierra de Imías y allí organizó el alzamiento del Partido de Jojó. Se mostró antes los pobladores con espíritu de libertador. En su discurso transmitía seguridad en sí mismo. Demostraba conocimientos de sus parlamentos y, lo más importante, convencía con la razón en sus palabras. Luego de la arenga, ochenta campesinos se incorporaron a su fuerza. Ese mismo día quemó propiedades del capitán español de la localidad y redujo a cenizas el recinto de reunión de los voluntarios.

Por su cuenta, y de forma sorpresiva, se aparecieron las huestes de Pineda al norte del valle de Guantánamo, incendiando todo tipo de producción y teniendo algunas escaramuzas de menor envergadura. A mediados de agosto de 1869 se une de forma oficial al Ejercito Libertador, específicamente bajo las órdenes del Mayor General Donato Mármol, quien le reconocería el grado de Capitán.

Rápidamente es nombrado jefe de un batallón encargado de operar de forma independiente en la zona de El Ramón, Jarahueca, Guantánamo y Sagua de Tánamo. Su principal misión radicaba en hostigar al enemigo para así debilitarlo, dividirlo y crear las condiciones necesarias para una futura invasión a gran escala a la región.

Por esa fecha Rustán empezaba a forjar su fama de guerrero inquebrantable: con unos pocos hombres atacó el campamento español del Ramón, a orillas del río Baconao, expulsando a los uniformados del lugar. Cabalgó hacia una guarnición al suroeste del valle, la cual quedó abandonada a merced de los insurrectos al saber sus defensores sobre el arribo de Policarpo. La huida resultó tan aparatosa que los jefes españoles dejaron atrás algunos soldados, grandes cantidades de fusiles y pertrechos de guerra.

Sin tomarse apenas un descanso, se defendió contra numerosas tropas colonialistas llegadas desde distintos puntos del Departamento. Se acuarteló en el cafetal “La Sindonia” y resistió tenazmente por tres días, hasta que los españoles desistieron en su empeño de subyugarlo. En su retirada llevaban más de treinta heridos y dejaban en los alrededores varias docenas de cadáveres. Al terminar las hostilidades, el Indio se mostró lacerado ante sus compañeros. Inmediatamente fue transportado a su cuartel general en las Cuevas del Bruñí, donde permaneció convaleciente todo el mes de septiembre de 1869.

Debido a las crecientes victorias de Rustán, el gobernador militar de Guantánamo trató de denigrar al notable mambí. Para ello utilizó varias campañas difamatorias con el objetivo de restarle apoyo popular. Era reflejado como un forajido, un asaltador de caminos con manchas de sangre inocente en sus manos. Sin embargo, sus compañeros de armas idolatraban su incansable ánimo de lucha. El Mayor General Donato Mármol escribiría: “Pineda sigue dominando el teatro de sus operaciones, deseoso de encontrarse otra vez con los enemigos, para hacerles sentir el peso de su poder”.

Mientras maduraba la guerra, Policarpo desterraba toda piedad hacia el enemigo. Se empeñaba en demostrarle a su tropa que sólo el acero ajusticia al agresor. La ruda manigua alimentó su odio. Se volvió reacio, imperioso y temido. Peleaba como pugnan los hombres subyugados, como combate un cimarrón contra un rancheador, como lo hace un león arrinconado, como lo plasmaron otros valientes en busca de su libertad.

El 20 de octubre de 1869 cayó con saña sobre los defensores del ingenio Flor de Bano. No hubo prisioneros. Tres días después arrasó la finca fortificada del Vínculo. El mensaje quedaba claro: el valle guantanamero estaba a su merced.

Si Policarpo Pineda era uno de los más bravos combatientes del Ejército Libertador, los españoles también contaban con su propio campeón. Francisco Pérez Olivares, jefe de las Escuadras de Santa Catalina del Guaso, disfrutaba gran fama de bravucón. Desde joven se convirtió en un rico terrateniente esclavista, poseedor de grandes propiedades en el Oriente del país. La sangre le atraía y mucho antes del Grito de la Demajagua, gozaba una reputación de hombre cruel. Tenía experiencia como jefe de cuadrillas de rancheadores y por esa fecha comandaba un nutrido grupo de voluntarios.

Durante varias semanas Francisco Pérez le seguía el rastro a Rustán. Sabía que de eliminar al Indio su nombre llegaría casi a la gloria. Buscando un encuentro con el mambí se enteró por sus informantes del lugar dónde se encontraba su objetivo. Aproximadamente a las 2:00 p.m. del 24 de octubre de ese mismo año, se enfrentaron ambas facciones.

Rustán, al enterarse de quién era su contrincante, extremó las precauciones para no dejarlo escapar. De la noche a la mañana Francisco Pérez pasaba de cazador a cazado. Policarpo ordenó a Guillermón Moncada, su segundo al mando, maniobrar en los terrenos aledaños para así dividir las numerosas tropas enemigas. Esta estrategia funcionó perfectamente, pues los españoles mordieron el cebo y la mitad de las unidades concentraron su ofensiva sobre la distracción creada.

Ante estos movimientos, “Pancho” Pérez continuó avanzando hasta el campamento insurrecto, mientras las descargas cubanas causaban severas bajas en los atacantes. Acto seguido algunos pequeños grupos de colonialistas comenzaron a flaquear, suceso aprovechado por Rustán para comenzar el ataque cuerpo a cuerpo.

En medio del combate y por casualidad del destino, Pineda apareció delante de su rival. Enfrentarse en batalla resultaba ser más que un duelo esperado. Era una contienda personal entre dos valientes, representaba una colisión de ideas antagónicas: por un lado un blanco criollo españolizado, valuarte de la esclavitud, y por otro, un indio sublevado manipulado por su libertad.

El machete de Policarpo atacaba con certeza. Blandía con fortaleza el arma del esclavo contra el sable español. La acción se volvió tan apasionante que todos los presentes dejaron de pelear entre sí para observar el desenlace del desafío.

“Rustan te voy a matar y después te voy a cortar tus C…..” Gritaba Francisco Pérez.

A lo cual respondía Pineda:

“Fran­cisco Pérez tu momento final se acerca, soy yo el que te cortará los C…..”

Segundos después Policarpo abría de un tajo[6] al corajudo integrista, quien caía totalmente desplomado en el suelo. Este hecho impactó al sector más reaccionario de Guantánamo. Muchos juraron vengar al “ilustre Francisco Pérez”, pero la realidad resultó bien distinta porque pocos regresaban cuando se enfrentaban a Rustán[7].

Con el deceso del Mayor General Donato Mármol[8] en 1870, Máximo Gómez tomó la jefatura de la aguerrida División Cuba. El plan de invasión al rico distrito de Guantánamo resultaba una vieja añoranza del caudillo caído y un objetivo fundamental para el éxito de la revolución en el Departamento Oriental. No tendrían sentido los efectos de la guerra si no se dirigiese hacia esa región los nuevos movimientos estratégicos.

El valle guantanamero se caracterizaba por una gran cantidad de recursos, distribuidos fundamentalmente, en grandes cafetales y fincas agrícolas. Desde el comienzo de esta campaña el Generalísimo puso en práctica una estrategia basada en un hostigamiento constante al enemigo y la implementación de la tea incendiaria para consumir toda riqueza utilizada por España.

Para la fecha, Policarpo ostentaba el grado de Teniente Coronel y recibía numerosas cartas de altos oficiales españoles para que se entregase y depusiese las armas a cambio de dinero y protección para los suyos. Su fama de temerario era tan grande como la de guerrero indomable y desobediente.

Las historias llegadas a Gómez sobre Rustán eran inverosímiles. Cada patriota le agregaba a la verdad una pizca de su imaginación. Todos hablaban de Pineda, y el mito crecía con las acciones realizadas por este mambí. Ciertamente la mayoría de las referencias sobre el Indio resultaban inquietantes. Algunos describían a Policarpo cual fiera indomable disfrazada de hombre, un individuo violento que sólo recibía órdenes de su antiguo jefe Donato Mármol. Un valeroso, pero indisciplinado oficial.

Claramente esto no le gustaba a Gómez, quien nunca toleró la insubordinación, por eso decidió visitar a Rustán para verificar cuán reales eran los rumores. A su llegada al campamento de Bruñí, el General fue recibido con las más altas atenciones. Policarpo colocó una mesa llena de manjares y frutas, embellecida por un fino mantel blanco, cubiertos de plata, platos de loza, vasos de cristal y dos garrafones de vino. Sorprendido por el trato del anfitrión y la excepcional organización del campamento, Gómez le comentó:

“Qué bien surtido está usted de lo necesario, Coronel”

Inmediatamente este le respondió:

“Los españoles son generosos cuando se lo sabemos quitar, todo esto era de ellos antes, y ahora es mío”.

La ceremonia protocolar terminaba de maravilla para los dos guerreros, pues ese mismo día el entonces Coronel Arsenio Martínez Campos y su columna de 500 efectivos atacaría a las fuerzas insurrectas allí acampadas. El ímpetu del militar español no le alcanzó para lograr la victoria y su fracaso fue utilizado convenientemente por el Generalísimo para golpear el guarnecido pobla­do de Tí Arriba, el cual acabaría cocido por las llamas. Sólo la iglesia permanecía erguida.

La victoria resultó tan resonante que los diarios españoles de la época publicaron grandes páginas repudiando a Gómez y a Rustán. Pedían la captura de ambos para quemarlos vivos sobre las ruinas de Tí Arriba.

No obstante, sería en el combate de Palmarejo donde “El Viejo” sellaría su prestigio y autoridad indiscutible ante todos sus valientes subordinados. Allí se encontraban los mambises más rudos[9] de la División Cuba, excepto Guillermón Moncada, quien fuese herido en la toma de Tí Arriba. Sobre esta acción el combatiente Ramón Roa escribiría:

“Mambí viejo habrá que recuerde cómo Máximo Gómez logró imponerse al salvaje que se llamó Policarpo Pineda, Rustán hombre o fiera. . . Destinado a sus órdenes ese Pineda, a quien conocía de referencias no tranquilizadoras, le ordena el ataque de un pequeño fuerte español, cuya captura había Gómez estudiado y decidido. Rustán, resuelto, le dice: ¡con tres tiros por hombre, no se lleva a nadie al matadero! El General recién llegado entre aquella gente, casi toda de color, no dijo nada, hizo formar a todos, quitó un cartucho a cada soldado, dejándolos solo en dos, y, puesto a su cabeza, tocó marcha, fue sobre el fuerte a la brava, y lo tomó”.

A partir de 1870 sus acciones se volvieron muy osadas. Rustán continuaba aniquilando al enemigo en cualquier rincón de su comarca. En el combate de Tampú abatió prácticamente solo a gran parte del Estado Mayor español. En esa ocasión su machete condenaba a muerte al Teniente Coronel Crespo, al Capitán Venancio Castillo y al Teniente Portuondo.

Rustán significaba un ícono de rebeldía, un subyugado más por la metrópoli y sus políticas segregacionistas. Su piel oscura no le hacía menos cubano, por eso se empeñaba en atravesar la manigua con el mismo ímpetu con que atravesaba al soldado opresor. Luchaba de forma salvaje, libre y desprendida como quien sólo se guía por sus propios instintos.

El 15 de abril de 1872, el Presidente de la República de Cuba en Armas Carlos Manuel de Céspedes le escribiría al Indio resaltando su labor por la independencia: “He sabido que los españoles han paralizado sus operaciones, doy por ello a usted la enhorabuena, porque en ese resultado para nosotros tan beneficioso preveo que ha de haber tenido usted gran parte…”

Este era Policarpo Pineda, uno de los oficiales orientales más evocados de la época. Un mambí de su tiempo, siempre a la altura de corajudos como Antonio Maceo, Flor Crombet, Guillermón Moncada y José Maceo.

Durante la Guerra Necesaria, el Titán de Bronce le contó a su jefe de Estado Mayor José Miró Argenter, que los hombres más bravos de la Guerra Grande fueron sus hermanos José y Miguel y el guantanamero Policarpo Pineda.

Un día llegó cierta noticia al campamento de Rustán. Los comentarios versaban sobre la osadía de los hermanos Maceo, pues gran parte de los insurrectos orientales los creían los más temerarios del Ejército Libertador. No conforme con esto, el Indio salió de los montes de Guantánamo y se empeñó en buscar a sus competidores. Al llegar al lugar donde estos se encontraban se paró delante de toda la tropa y gritó:

“A ver ¿Dónde están esos guapos de quienes se dicen que cogen a los españoles por el pescuezo?”

¡Aquí estamos nosotros! Respondieron tres de los Maceo: Rafael, Miguel y José.

Testarudo y colérico como de costumbre, retó a los hermanos a irse solos “a cazar a soldados españoles por el cocote”, para demostrar cuál de ellos era el más valiente. Los cuatro bravos se apostaron en un camino muy concurrido a la espera de los “panchos”. Luego de varias horas de vigilancia tuvieron la suerte de toparse con una de las aguerridas escuadras de Santa Catalina de Guantánamo.

Todos se lanzaron machete en mano, y ante el asombro de los peninsulares, tomaron la iniciativa de la acción e hicieron huir a gran parte de los uniformados, no sin antes tomar varios prisioneros y capturar el convoy protegido por los españoles. Al terminar la competencia, los cuatro valientes regresaron al campamento heridos y chorreando sangre. Acordaron un empate.

Durante el combate de Mayán, la dureza de Policarpo salió nuevamente a relucir. Sus fuertes piernas fueron acribilladas a balazos. La sangre no paraba de correr, había muchos proyectiles incrustados en sus músculos. Estaba herido de gravedad. Nunca más volvería a caminar, sin embargo, continuaba peleando con gran fiereza. Ahora ordenaba a sus ayudantes que lo amarrasen a su caballo para servir a la Patria.

Muchas veces se le habló de su incapacidad física, no obstante Rustán siempre encontraba excusas para seguir luchando. Incluso se indignaba cuando le mencionaban el tema. Para él su invalidez no era excusa para ausentarse a batalla, persistía en ser el primero en atacar al enemigo. Carlos M. de Céspedes escribiría: “Rustan está como Sanguily, enteramente lisiado, no puede andar sin dos muletas y por lo tanto no pelea más que a caballo”.

Pese a sus marcadas limitaciones seguía alcanzando la gloria. Una y otra vez derrotaba a las fuerzas colonialistas en cualquier lugar y bajo diversas condiciones. Por estas razones sus superiores aceptaron sus pretextos para prolongar su estadía en la guerra porque aún estando inválido, era el más valiente y espíritu mismo de la revolución en la región guantanamera.

Así lo notaban Céspedes y Gómez, quienes debían cumplir con su deber de buenos líderes y tratar de convencer a Pineda sobre la gravedad de su estado. El Padre de la Patria quería enviar al temerario Rustán a los Estados Unidos para curarle sus heridas en un hospital privado, pero el fiero mambí replicó con un contundente no:

“Si no sirvo para matar, sirvo para que me maten”, con estas palabras se disipaban las esperanzas de Céspedes. La testarudez de Policarpo vencía a la elocuencia del Presidente.

Con la visita de ambos patriotas, Rustán concientizó su situación. Poco le importaban los días difíciles por delante. La longevidad nunca llevó su nombre. No le preocupaba eso ahora. A los ojos del Presidente de la República y del General más importante de la gesta libertadora era tratado como un igual, sin desconfianza, ni sentimientos de superioridad. Experimentaba una grata epifanía, donde los hijos de esclavos y los hijos de propietarios de esclavos serían capaces de sentarse juntos en la misma mesa sin distinciones.

Su mirada tangible comprendía la magnitud del momento. De triunfar la revolución del 68 no se hablaría más del blanco, del indio o del negro, matices que sólo encierran desprecios y odios, sino de una nueva identidad, equitativa y justa. El color de la piel no debe admitir subvaloración de ningún tipo.

Policarpo vio la tierra prometida, incluso antes de caer junto a su caballo por un precipicio en 1872. Se iba de este mundo a sabiendas del futuro, un futuro garantizado por hombres dignos como Céspedes y Gómez, nuevos hidalgos que reconocían la existencia de una sola raza: la humana.[10]

 

NOTA: Al comenzar la Guerra Necesaria en 1895 el General Pedro A. Pérez (Periquito Pérez) nombró al primer regimiento de su brigada “Pineda”, en honor al bravo mambí. De este regimiento fueron seleccionados 98 valientes para integrar el contingente invasor que acompañó a Antonio Maceo en la difícil invasión al occidente del país. Herederos del espíritu de lucha de Rustán, se dice que estos combatientes eran de los más osados de todo el Ejercito Libertador. Al concluir la contienda sólo 11 volvieron a su natal Guantánamo con vida.

 

Bibliografía:

-Carta firmada por el Gobernador militar de Guantánamo, Coronel C. Bargés, a P. Pineda (6 de mayo de 1870) Archivo Nacional de la República de Cuba.

-Carta firmada por Miguel Pérez, dirigida a Rustan, relativo a una orden del Comandante Enrique Borges con respecto a unos prisioneros (sin fecha) Archivo Nacional de la República de Cuba.

-Carta firmada por Pineda, dirigida a Pepillo (3 de abril de 1869) Archivo Nacional de la República de Cuba.

-Carta firmada por Carlos Polanco Gutiérrez dirigida a J. Policarpo (1 de marzo de 1871) Archivo Nacional de la República de Cuba.

– Colectivo de autores. (2003) Diccionario enciclopédico de Historia Militar de Cuba, La Habana, Editorial Verde Olivo.

-Delgado García, Gregorio. Los Pérez de Guantánamo: apuntes históricos de una familia cubana. Disponible en URL: http://www.bvs.sld.cu/revistas/his/his%2095/hist2295.htm

Consultado el: 9 de noviembre de 2012

-Ecured. Personajes históricos de Baracoa. Disponible en URL: http://www.ecured.cu/index.php/Personajes_hist%C3%B3ricos_en_Baracoa

Consultado el: 9 de noviembre de 2012

-Ecured .José Policarpo Pineda Rustán. Disponible en URL: http://www.ecured.cu/index.php/Policarpo_Pineda

Consultado el: 9 de noviembre de 2012

-Morales, Salvador. (l986) Máximo Gómez, selección de textos, La Habana, Editorial Ciencias Sociales.

-Sánchez Guerra, José. (1990) Coronel Policarpo Pineda Rustán: Su participación en la Guerra de los Diez Años, Guantánamo, Unidad Gráfica Regino Boti.

——————————————————————————-

Notas:

[1] José Policarpo Pineda Rustan, nació en 1839 en un lugar nombra­do El Corojo de Rustan, a pocos kilómetros de un caserío perteneciente al actual municipio guantánamero de Manuel Tames. Su padre Nicolás Pineda fue un pequeño agricultor que poseía una parcela de tierra, de escaso tamaño, dedicada al cultivo de frutos menores y su madre era una india artesana yaterana llamada Carlota Rustan.

[2] otros testimoniantes aseguran que en 1865

[3] Para mediados de la década del sesenta del siglo XIX el 44% de la población de Guantánamo era esclava.

[4] Posteriormente esta altura fue bautizada como “El salto del indio” en honor a Policarpo Pineda.

[5] Ese mismo año protagonizó un hecho famoso, transmitido en forma de anécdota por la tradición oral guantánamera. Se dice que un día Policapo Pineda participó en una fiesta de Changüí en Tiguabos. Al rato de comenzar el evento una pequeña fuer­za de voluntarios peninsulares se introdujeron en el baile. Rustán se escondió en una de las habitaciones de la casa donde se celebraba el festejo, y en vez de esperar a que se fueran los militares, se vistió de mujer y con el valor que lo caracterizaba invitó a bailar a un sargento español, quien no aceptó el pedido, tal vez por no gustarle aquella “dama”.

[6] En 1895 José Martí pasaba por el mismo lugar donde se desarrolló la acción. Luego escri­bió en su diario de campaña: “Allí fue donde Policarpo Pineda, el Rus­tán, el Polilla, hizo abrir en pedazos a Francisco Pérez, el de las escua­dras (…) Policarpo le puso las partes de antiparras”.

[7] El nuevo jefe de las escuadras de Santa Catalina del Guaso, Miguel Pérez, prometió venganza por la muerte de su superior, pero corrió igual destino a manos de Guillermón Moncada.

[8] El Mayor General Donato Mármol murió de forma prematura en los campos de San Felipe debido a una fuerte fiebre cerebral, la cual se mezcló con la viruela que ya padecía. Era el 26 de abril de 1870.

[9] En esta acción participaron los hermanos Maceo, Rustán, Flor Crombet, entre otros bravos oficiales.

[10] Un mes después de concluir la entrevista con Gómez y Céspedes y de la forma menos pensada posible falleció el Coronel José Policarpo Pineda Rustán. Era finales del mes de Julio de 1872 cuando su caballo se cayó por un barranco, cerca de un lugar nombra­do “Mangos de Polilla” en Mayarí Abajo.

Fuente: ZONA CRÍTICA / EL CAIMÁN BARBUDO 

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