FIDEL CASTRO RUZ Y LA PROYECCIÓN INTERNACIONAL DE LA REVOLUCIÓN CUBANA. RAFAEL HIDALGO FERNÁNDEZ

SOUTH AFRICA - JANUARY 01: Fidel Castro, Cuban leader, greets Nelson Mandela at the Non Aligned Nations conference in Durban.1998. (Photo by Media24/Gallo Images/Getty Images)
Fidel, como José Martí, siempre concibió las decisiones políticas a partir de posiciones de principio y de valores morales no negociables, a la vez que con sentido del momento histórico y encomiable objetividad supo evaluar la correlación de fuerzas existente, así como adoptar las decisiones correspondientes a las exigencias políticas de cada circunstancia. Esta capacidad lo transformó en un estadista excepcional. El Che Guevara lo reconoce en su Carta de Despedida.
                  RAFAEL HIDALGO FERNÁNDEZ*
PRIMERA PARTE

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¿Por qué estas notas?

En pocas horas el líder histórico de la Revolución Cubana cumplirá 94 años. La ocasión es propicia para reflexionar sobre cómo fue la interrelación entre “Fidel Castro Ruz y la proyección internacional de la Revolución cubana”. El tema integra una de las muchas facetas de la realidad nacional que son objeto de deformación sistemática por la derecha internacional.

Estos dos artículos, ambos interrelacionados, tratan de expresar la gratitud que merece quien condujo la transformación de Cuba en baluarte internacional de dignidad, firmeza, solidaridad, internacionalismo y capacidad para encarar con éxito los más adversos desafíos internos y externos, a partir de la decisiva y consciente participación política de su heroico pueblo. Cada una de estas afirmaciones puede ser verificada por quien de forma sincera lo desee. Sobran los hechos que las avalan.

Los jóvenes que en América Latina y el Caribe luchan por cambios sociales y políticos en sus países son los destinatarios principales de ambos textos. Ellos, como es comprensible, no conocieron el magnetismo personal del líder cubano, no poseen una visión directa sobre las experiencias de construcción socialista en Cuba y, en cambio, las “conocen” principalmente por lo que desinforma la gran prensa de derecha en nuestro continente. Así lo ha confirmado el autor durante los últimos años.

Las experiencias de construcción socialista que el pueblo de Cuba protagoniza y asegura, no requieren de propaganda, sino de honestidad intelectual y de decisión para verificar los hechos que las avalan. Es este un llamado a esa honestidad y una invitación al estudio objetivo de la Revolución Cubana con sus inmensos logros humanistas; los inevitables errores de toda experiencia política, y que en su caso con valentía y honradez debaten la dirigencia del país y el pueblo; y las lógicas interrogantes de un trayecto histórico nuevo.

La osadía de las cubanas y cubanos al demostrar por más de 60 años que era falsa la tesis del “fatalismo geográfico”, al decidir, “contra viento y marea”, construir una sociedad socialista a 90 millas de la frontera sur del mayor y más brutal imperio de la historia, ¡claro que se paga caro, pero da sentido a la vida! Así piensa la mayoría revolucionaria. No constituye riesgo alguno asegurarlo.

Abordar la proyección internacional[1] de la Revolución Cubana es equivalente a reconocer, en primer lugar, el papel decisivo jugado por  Fidel Castro Ruz como inspirador[2], arquitecto, conductor y ejecutor principal de la política exterior, así como su condición de actor clave de todas las acciones de alcance internacional desarrolladas por Cuba entre 1959 y el 2016. Implica, además,  comprender la importancia de los valores morales y los principios éticos en cada una de sus actuaciones, tanto en la política interna como internacional.

Fidel, como José Martí, siempre concibió las decisiones políticas a partir de posiciones de principio y de valores morales no negociables, a la vez que con sentido del momento histórico y encomiable objetividad supo evaluar la correlación de fuerzas existente, así como adoptar las decisiones correspondientes a las exigencias políticas de cada circunstancia. Esta capacidad lo transformó en un estadista excepcional. El Che Guevara lo reconoce en su histórica Carta de Despedida.

Bajo su influjo, en la política externa de la Revolución Cubana los principios constituyen el componente esencial del interés nacional y son, a la vez, el fundamento de una práctica política capaz de armonizar, por ejemplo, el patriotismo con el internacionalismo, incluso en situaciones internas adversas y/o de reconocido peligro en el escenario internacional.

Con incuestionable perspectiva histórica comprendió, desde antes del primero de enero de 1959, que la política exterior, como todas las acciones de una Revolución hecha a 90 millas de los Estados Unidos y de sus élites de poder hostiles a Cuba, sólo podría resultar exitosa a partir de la práctica consecuente del antiimperialismo, así como de la insoslayable participación activa, organizada y consciente de toda la sociedad en ella. La historia de estos 61 años le dio con creces la razón.

En este contexto, para el líder histórico de la Revolución la política exterior no podía quedar limitada a la existencia de eficientes aparatos estatales y gubernamentales especializados, entre los que ocupa un lugar fundamental la diplomacia. Debía integrar también, de forma sustantiva y creativa, la acción simultánea de esta última y la de todas las organizaciones políticas, sociales, de masas y profesionales en capacidad de cumplir misiones de interés para los objetivos del país en el sistema de relaciones internacionales, conforme a las exigencias de cada momento o coyuntura.

Esta visión de Fidel ayuda a explicar por qué la proyección internacional –o externa como también se podría decir–de Cuba, fue y es mayor que el tamaño de su territorio, economía, población y recursos naturales, y confirma por qué el prestigio político, la autoridad moral y la influencia internacional de un país no dependen exclusivamente de su poderío militar, financiero o tecnológico.

Mostrar la vigencia y los logros de esta concepción constituye otro de los objetivos de los dos textos de esta serie. Lo aquí expresado podría decirse de un modo más sencillo: la conducción fidelista de la política exterior involucró a todo el pueblo y al conjunto de las organizaciones sociales y de masas como sujetos cada vez más conscientes en la defensa de los intereses externos del país.

Preservar y consolidar esta proyección de la política internacional es misión fundamental del Partido Comunista de Cuba (PCC), sobre todo cuando llegó el momento en que, como advirtiera el General de Ejército Raúl Castro, “…solo el Partido… puede ser el digno heredero de la confianza depositada por el pueblo en el único Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, el compañero Fidel Castro”[3].

Esta idea se subraya por la siguiente razón: en las condiciones particulares de Cuba el PCC, partido único y a la vez referente político respetado por la mayoría revolucionaria del pueblo, se transformó en factor imprescindible de la unidad nacional. Por ello, unos lo combaten y otros buscan desconocerlo. Para la Casa Blanca, lograr su destrucción constituye un objetivo prioritario de la estrategia de cambio de régimen para el caso cubano.

Por todo lo expresado, es esencial recordar en todo momento esta advertencia de Fidel, hecha en diciembre de 1988, luego de explicar con amplitud sus fundamentos: “…algo debe ser esencia del pensamiento revolucionario cubano, algo debe estar totalmente claro en la conciencia de nuestro pueblo, que ha tenido el privilegio de ser el primero en estos caminos, y es la conciencia de que nunca podremos, mientras exista el imperio, bajar la guardia, descuidar la defensa.” [4]

El papel de los valores y principios

En el origen del pensamiento independentista cubano existe un rasgo que con el tiempo se fue arraigando: el culto a los mejores valores morales asociados a las luchas universales por la justicia, la

igualdad y el respeto a la dignidad humanas. Así lo confirman, en su pensamiento y práctica política las figuras cimeras de la historia cubana, desde el presbítero Félix Varela al apóstol José Martí y desde éste a Fidel Castro.

Puede afirmarse de forma categórica, a modo de síntesis, que la historia política cubana y la de sus luchas independentistas en particular, es a la vez la historia del modo como nuestros próceres y antecesores concibieron y practicaron los más preciados valores morales de su época.

La filosofía de que los objetivos justifican los medios para alcanzarlos, nada tiene que ver con la historia del pensamiento revolucionario cubano, ni con el que reivindicamos para el presente y el futuro de la Cuba socialista. Fidel aporta la razón esencial al afirmar que “sin valores éticos no hay valores revolucionarios”[5].

Unos y otros aparecen resumidos en la definición del concepto  Revolución. Esta última ofrece, al mismo tiempo, una síntesis de la tradición ética del independentismo cubano; retrata cada momento de la propia vida de Fidel y da las claves para la construcción del socialismo próspero, democrático y sostenible que defendemos como proyecto de sociedad.

En tanto los valores morales reflejan los rasgos principales de la sociedad, la clase o el grupo social que los enarbola y defiende, los expuestos por Fidel sintetizan las más preciadas aspiraciones del pueblo de “obreros y campesinos y demás trabajadores manuales e intelectuales”[6] que sigue siendo garante de la Revolución.

Para alcanzar dichas aspiraciones a plenitud, el camino todavía es largo, quizás muy largo. Los cambios culturales a nivel masivo implican años de tesonera labor formativa por parte de todo el sistema político y social de un país, más aún en el caso de uno agredido por el mayor imperio de la historia.

La dignidad y el apego a la verdad, el desinterés y el humanismo, la modestia y el altruismo, el sentido de la igualdad y la disposición al sacrificio, la audacia y el heroísmo, el patriotismo y el internacionalismo, que exalta el líder histórico de la Revolución constituyen valores morales no sólo fundamentales, sino definitorios de la conducta de quien pretenda, con libertad plena, contribuir a la edificación de una sociedad más solidaria y justa. En este sentido, son valores rectores e imprescindibles de la política exterior de la Revolución y de todos sus representantes.

Todos juntos forman un sistema de valores cuyos contenidos concretos van reflejando los rasgos y las exigencias de cada etapa histórica.

El valor solidaridad y la cultura solidaria a él asociada, por ejemplo, adquirieron en el marco de las luchas revolucionarias de finales del siglo XIX, y sobre todo durante el XX, una dimensión adicional: la del internacionalismo, definido por Fidel como “la mejor esencia del socialismo”[7]. Esto lo confirmaron ejemplarmente el Che y miles de anónimos combatientes internacionalistas, en la defensa de la libertad de los países coloniales de África y en otros que luchaban contra la dominación imperialista, en Asia o América Latina; lo confirman nuestros médicos y colaboradores en las zonas más pobres y necesitadas del planeta, así como los maestros y profesores que en Cuba forman a especialistas del Tercer Mundo.

El patriotismo, el amor por la independencia y el sentido de la dignidad, entre otros valores, ante la voracidad anexionista de Estados Unidos devinieron antiimperialismo consciente y ajeno a toda visión nacionalista estrecha (chovinista). Ello explica que seamos antimperialistas, no anti-estadounidenses, y que la esencia de la Revolución que construimos la proyecte al mundo desde una auténtica vocación humanista. Ello explica que con la mayor disposición y entrega, los médicos cubanos formados en los valores mencionados se consagren a salvar vidas, a riesgo de las suyas, en el África con Ébola, o en la Italia desarrollada y golpeada por la Covid-19.

Estos cubanos libres que llevan salud y fraternidad a todos los continentes, son el rostro contemporáneo del internacionalismo que  Fidel y el Che concibieron y asumieron como deber y necesidad.

El antimperialismo, el internacionalismo y el sentido del deber con la defensa intransigente de la unidad con los países del Tercer Mundo y con toda causa justa, proyectaron a la Revolución Cubana ante el mundo con una identidad propia desde 1959.

Esta identidad se multiplicó año tras año, a partir de un rasgo esencial y perenne: la coherencia. Así lo confirma el artículo “La proyección internacional de Cuba: datos y hechos de una práctica política consecuente”

Los valores morales y políticos, una vez asumidos de forma institucional o práctica por un individuo, clase o grupo social, el Estado o un partido político, adquieren la condición de principios con valor normativo del quehacer diario de sus integrantes.

En consecuencia, la práctica estricta del antiimperialismo, la solidaridad y el internacionalismo, y la defensa intransigente de la unidad de los revolucionarios a partir de los valores contenidos en la definición del concepto Revolución, constituyen principios rectores de la actuación interna e internacional de Cuba y de todos sus representantes. Preservarlos y profundizarlos será el mejor homenaje que Fidel merece.

SEGUNDA PARTE Lo que nunca entenderán los enemigos de la Revolución

Este texto era uno en la tarde del domingo 2 de agosto. En la noche comenzó a ser modificado. Un conocedor profundo de la personalidad de Fidel Castro Ruz –Fidel en lo adelante– e interlocutor cercano de éste durante largos años, fue tan franco como certero tras leer la versión que había puesto en sus manos, elaborada con la intención de mostrar, a través de ejemplos emblemáticos, cómo la interrelación  entre ciertos hechos de política interna y las principales acciones de política exterior proyectaron internacionalmente a Cuba a partir de posiciones de principio no negociables: antiimperialistas, solidarias e internacionalistas, unitarias y en pro de la paz mundial.

Él empezó así las observaciones que transcribo: “lo que está escrito es correcto; lo que dices de Fidel es exacto, pero él es mucho, mucho más que un estratega excepcional, es un táctico como pocos y, a la vez, un hombre con capacidad difícil de explicar para sacar tiempo de donde otros no lo encontrarían, para ocuparse de los micro-detalles relacionados con cualquier misión por él emprendida, pero también para preocupase y ocuparse de las personas involucradas en ella. Es – nótese que habla en presente –  un ser humano sobre el que es fácil hablar bien, pero es mejor explicar de forma comprensible lo que él hizo bien, y lo que trató de hacer bien todos los días. Muchos jóvenes no conocieron al Fidel que nuestra generación tuvo de cerca”

En este punto puso ejemplos maravillosos del Fidel ser humano, del Fidel compañero, del Fidel con una ética espartana y del Fidel cubano-cubano, que bien valdría la pena socializar algún día. Como suele suceder a las personas con sensibilidad y valores, la emoción le cortó las palabras y tras una cubanísima expresión, enfatizó: ¡Sin él, esta Revolución jamás hubiese sido lo que es!”. Ante el momento, opté por el silencio respetuoso.

Identificado absolutamente con todo lo escuchado, solo le prometí el anonimato “por ahora”, pues sería imperdonable no mostrar cómo la grandeza de Fidel reside de manera esencial en su conducta ética cotidiana; en los gestos humanitarios que nunca se interesó en divulgar; en la soledad del estudio para comprenderlo todo y así ayudar a millones de personas, en Cuba y el mundo; en hacer lo que siempre decía que era necesario hacer; en mostrar con el coraje propio cuál debería ser el coraje de los revolucionarios cubanos; en casi no dormir para trabajar por el bienestar y la felicidad no solo de los cubanos; en no permitirse un revés sin luchar por revertirlo y vencer.  En fin, tantas dimensiones que bien darían para un ensayo con vida propia. El Che las sintetiza así, en el que es también un autorretrato ético, su carta de despedida:

“Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente claridad tus cualidades de conductor y de revolucionario. He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe. Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios.”

El que sigue, por todo lo expresado, solo aspira a ser un modesto ejercicio de sistematización de algunos momentos de la proyección internacional de Cuba, en los cuales Fidel fue su inspirador, arquitecto, conductor y/o ejecutor principal. Pretende, de manera sumaria, ilustrar cómo la proyección internacional de Cuba termina siendo también una obra con protagonismo del pueblo que él definió, con precisión académica y política, en La historia me absolverá.

De la proyección internacional de la Revolución, algunos ejemplos

Fidel cuidó desde los primeros días de enero de 1959 que el pueblo tuviese información veraz y oportuna sobre las razones por las cuales había que defender cada milímetro del suelo patrio, que supiese cuáles eran los peligros a enfrentar, cuál el papel de los EE.UU. para impedir los cambios revolucionarios en Cuba, y cuáles los amigos a ganar en América de Latina, el Caribe y el mundo, no solo para la incentivar la solidaridad con la Revolución, sino para sumarlos a las luchas antiimperialistas que percibía inevitables. Con estas luchas él tenía un compromiso ético asumido en la Sierra Maestra, en la célebre carta a Celia Sánchez, del 5 de junio de 1958.

A partir de la idea martiana de que los pueblos defienden la obra en la cual participan, Fidel trabaja simultáneamente en informarlo y formarlo en la conciencia de que debía no solo organizarse, sino prepararse para defender con las ideas y las armas a la Revolución. El país se transforma así en una gran escuela y a la vez en un espacio creativo de participación política. ¿Hay hecho más democrático que un pueblo en armas, listo para defender su soberanía y el proyecto de sociedad asumido frente a una potencia hostil y soberbia?

En este contexto, los temas de política interna e internacional se combinan en los discursos del joven líder. Él sabe ya que la reacción de los Estados Unidos será inevitable y violenta. Ello le torna urgente contribuir a la preparación de toda la masa revolucionaria para los futuros enfrentamientos. Las reacciones de la burguesía criolla y la Casa Blanca ante la primera ley de Reforma Agraria habían anticipado que no cederían fácil el terreno.

Desde los primeros días de 1959, la estrategia de la Casa Blanca fue aislar la Revolución del mundo y, sobre todo, de su entorno natural, América Latina y el Caribe. Paso previo para su posterior destrucción. Tal ha sido el propósito fallido de once presidentes estadounidenses. Parece que pronto la lista será de doce.

La respuesta cubana y fidelista fue inmediata y enérgica: impedir por todos los medios posibles el aislamiento internacional, mediante la combinación de acciones a nivel estatal, político y social. En todos los casos, mediante la promoción de ideas a favor de la integración de esfuerzos de los países subdesarrollados, la resistencia decidida al Imperialismo, el impulso de la cooperación internacional y el fomento de la paz.

Así lo confirman sus discursos del 23 de enero en la Plaza del Silencio, en Caracas, Venezuela, significativamente su primer viaje al exterior. Y, tres meses después, el que pronuncia en Buenos Aires, Argentina, en el contexto de la reunión del Grupo de los 21, donde, como José Martí en su momento, combatió el proyecto panamericanista de interés de los EE.UU., ante sus propios promotores.

En este evento, convocado por el presidente brasileño Juscelino Kubitschek, Fidel  remarcó: “…ha llegado la hora de que los pueblos de América Latina hagamos un esfuerzo serio para encontrar solución a la raíz de nuestros males, que son de carácter económico”. Y llega a demandar al Presidente de los EE.UU., a la sazón Dwight Eisenhower, que impulsara la concesión de treinta mil millones de dólares como ayuda oficial al desarrollo de América Latina”. No es difícil imaginar la reacción imperial ante esta osadía del joven comandante guerrillero.

Tanto los planteamientos integracionistas de los pueblos de América Latina que hace en Venezuela, como la línea de colocar a  los EE.UU. ante sus propias limitaciones históricas, pasaron a ser elementos recurrentes de la proyección internacional de la dirigencia revolucionaria y sus representantes estatales, políticos y sociales hasta hoy. En gran parte gracias a las fibras éticas de Fidel y la generación de líderes martianos que le acompañó desde el Moncada hasta la Sierra Maestra, Cuba en estos años siempre ha estado en una postura ofensiva, incluso en los momentos de defender sus más caras banderas. En el caso cubano, la defensa se concibe como parte de la ofensiva y la victoria.

Fueron fundamentales para Cuba en la etapa inicial de destrucción del Estado neocolonial y de tránsito hacia la nueva institucionalidad revolucionaria, con pocos cuadros especializados en temas internacionales, los viajes al exterior de Fidel; los del Che por América Latina, Asia, África, el Medio Oriente y a la ONU; las giras realizadas por el entonces presidente Osvaldo Dorticós, por Carlos Rafael Rodríguez y por el Canciller de la Dignidad, Raúl Roa, entre otras figuras.

En virtud de esta práctica, la voz de la Revolución, sus valores, metas y realizaciones se conocieron a través de sus principales dirigentes, una práctica que multiplicó el impacto de los mensajes trasladados al mundo.

A medida que el contexto internacional se tornó más hostil, junto a la sucesión y violencia de las acciones de la contrarrevolución interna, sobre todo durante los años 60, ello obligó a la dirección revolucionaria a diseñar una rápida estructura institucional para encarar los desafíos del combate por la sobrevivencia y la consolidación de la Revolución. Esta década de los 60 fue clave para llegar a los días actuales. En ella la creatividad política se expresó tanto para combatir a los enemigos internos, como a la hora de responder los desafíos externos:

En medio de los esfuerzos del Gobierno Revolucionario para que la justicia a los torturadores y asesinos batistianos se hiciese conforme a las leyes vigentes, Washington montó una gran campaña internacional para desvirtuar su actuación. Todo género de calumnias circuló por el mundo. La respuesta fue inmediata: la Operación Verdad. Como parte de ella, el 21 de enero de 1959, frente al antiguo Palacio Presidencial, cerca de un millón de habaneros apoyaron la decisión del Gobierno Revolucionario a realizar los juicios correspondientes a los asesinos y torturadores, con plena soberanía y autodeterminación. Más de 380 periodistas extranjeros fueron invitados. Su gestor, Fidel, expuso al mundo las verdades de Cuba.

Esta primera gran concentración popular inició una práctica política cubana que se reiteró muchas veces hasta hoy: las grandes movilizaciones y/o concentraciones del pueblo para debatir y/o legitimar decisiones del Gobierno Revolucionario con alcance internacional. Unas y otras reafirmaron, en cada ocasión, la validez de las mismas como instrumentos no estatales de carácter político y social, mediante los cuales la proyección externa de Cuba ha mostrado también su consenso de masas y su legitimidad popular, como democracia socialista real y en continua actualización.

Fueron concentraciones históricas la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba, que el 2 de septiembre de 1960 aprobó la Primera Declaración de La Habana, en rechazo a la Declaración de San José promovida por la OEA, por presión de Washington, en detrimento de la soberanía nacional. Lo fue también la Asamblea que aprobó la Segunda Declaración de La Habana, el 4 de febrero de 1962, luego que Cuba fuese expulsada de la OEA, así como la que aprobó la Declaración de Santiago de Cuba, el 26 de julio de 1964, que defendió y fundamentó de forma inequívoca el derecho y la decisión de Cuba de practicar el internacionalismo donde las circunstancias lo demandasen. Las palabras de Fidel este día constituyen un texto de consulta diaria, por su valor conceptual sobre cómo y cuándo es factible conciliar el respeto al derecho internacional y el ejercicio del internacionalismo.

En el marco de la batalla por dar respuesta a la creciente actividad de la contrarrevolución interna y a las constantes agresiones provenientes de Estados Unidos y de los aliados latinoamericanos, se torna imprescindible fortalecer las estructuras estatales, así como crear y/o fortalecer las organizaciones políticas y sociales en posibilidad de defender la Revolución en el terreno internacional, a partir de sus respectivos ámbitos de actuación.

A finales de 1959 y bajo la conducción del Canciller de la Dignidad, Raúl Roa –intelectual de cubanísimo, competente y firme estilo de actuación– se transforma la heredada Secretaría de Estado a cargo de las relaciones exteriores, en el Ministerio de igual nombre, con presencia creciente de cuadros de origen obrero, campesino y de la intelectualidad revolucionaria. La institución se convierte en el baluarte que es para la defensa de la Revolución en la arena internacional.

Nacen también instituciones y organizaciones de masas como Casa de las Américas (59), Prensa Latina (59), el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (59), el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (60), la Federación de Mujeres Cubanas (60), los Comités de Defensa de la Revolución (60), la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (61), la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (61), Radio Habana Cuba (61) y la Unión de Periodistas de Cuba (63), entre otras, que durante muchos años fueron pilares de la Revolución para comunicar las verdades de Cuba al mundo, practicar el internacionalismo y contrarrestar las campañas enemigas, sobre todo en los momentos de mayor aislamiento diplomático del país, como consecuencia de la agresiva política de Estados Unidos.

Las nuevas instituciones sociales suman sus aportes al trabajo internacional que ya desarrollaban la Central de Trabajadores de Cuba y la Federación Estudiantil Universitaria.

Bajo la conducción estratégica de Fidel, primero el Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) y luego el Partido Comunista de Cuba (PCC), desarrollaron un creciente trabajo internacional, que multiplicó su alcance gracias a la visión sistémica con que fue diseñado y puesto en funcionamiento.

Cada institución, según el carácter de la iniciativa internacional en desarrollo, aportaba de acuerdo a sus facultades y posibilidades. De manera progresiva emergió un sistema de relaciones internacionales que perdura como fortaleza de la Revolución, y que posee potencialidades muy superiores por desarrollar.

De manera paralela, la dirección revolucionaria, y Fidel en particular, cuidaron celosamente que Cuba, en el plano estatal, contribuyese de forma práctica al mejoramiento del clima de cooperación y paz entre los pueblos del entonces llamado Tercer Mundo. Así se logró hasta hoy en todas las conferencias organizadas por el sistema de la ONU, en los marcos del Movimiento de Países No Alineados y en otros espacios internacionales de carácter gubernamental en los que los representantes y diplomáticos cubanos han mostrado de forma recurrente cómo es posible combinar firmeza de principios y realismo.

Estos 61 años confirman cómo la Revolución, bajo la conducción de Fidel y su estilo de trabajo, así como por el influjo de sus conceptos políticos y éticos, ha sabido combinar las actuaciones internacionalistas más audaces con el ejercicio de una diplomacia que respetó y respeta de forma estricta y recíproca a sus correspondientes contrapartes, a la vez que enaltece todos los días las proyecciones tercermundistas, a favor de la paz y la cooperación internacional de Cuba.

Este es uno de los rasgos de la política externa que más denigran los enemigos y adversarios de Cuba. No es casual la obstinación de la Casa Blanca por impedir la cooperación médica internacional que lleva adelante el país. Es posible descifrar las razones por las cuales actúan así.

Durante la primera década de la Revolución, la solidaridad brindada a los patriotas argelinos; al gobierno sirio frente a la agresión israelí; a los movimientos de liberación nacional de África, incluso con presencia directa del Che en el Congo; y al Vietnam Heroico, que estaba bajo criminales bombardeos, fue expresión del cumplimiento estricto del principio del internacionalismo con que ella nace. Tal solidaridad se ejerció cuando más agredida y/o aislada estaba Cuba en el plano diplomático, fruto de las presiones de Washington. Este no es un dato subalterno: confirma que hubo mucho valor detrás de cada decisión.

En América Latina, luego de intensivos esfuerzos del Gobierno Revolucionario por establecer relaciones de paz, cooperación y aunar voluntades a favor de la integración de la región donde fuera posible, todos los gobiernos de la misma –salvo el de México– terminaron en 1964 por romper relaciones con Cuba.

Algunos vergonzantemente títeres de los EEUU, como los gobiernos de Nicaragua, Costa Rica, Venezuela y Guatemala, facilitaron sus territorios y recursos para preparar agresiones contra Cuba, entre ellas la Invasión de Playa Girón y otras que no llegaron a consumarse. En este contexto no sólo fue necesaria, sino legítima la ayuda dada a los movimientos revolucionarios de la región. Otros gobiernos de la región se sumaron de diversos modos a la política de destrucción de la Revolución comandada por la Casa Blanca.

En este contexto se produce la gesta del Che en Bolivia, con pleno respaldo de Fidel en todo momento. La tesis guevarista de crear dos, tres, muchos Vietnam tenía lógica política total como estrategia de la lucha antimperialista para esa etapa y circunstancias. En suelo boliviano se sembró uno de los más grandes ejemplos de altruismo y sacrificio en favor de los más humildes de nuestro continente. Lo simbolizan el Che, los cubanos y los latinoamericanos que decidieron asumir la misma suerte y la misma causa.

Esta línea de conducta internacionalista fue, como era previsible, objeto de infinidad de presiones por parte de Washington y de sus aliados para que la cambiáramos. Jamás Cuba aceptó negociarla. La OEA llegó a amenazar con invasión militar.

La respuesta fue la Declaración de Santiago de Cuba (1964), que subrayó estas vigentes posiciones de principio frente a las nuevas formas de agresión: “… La OEA carece por completo de moral y de derecho para juzgar y sancionar a Cuba”; “…constituye un acto cínico y sin precedentes que los victimarios se constituyan en jueces para juzgar y sancionar al país víctima”; “…El pueblo de Cuba advierte, además, que si no cesan los ataques piratas que se realizan desde territorio norteamericano y otros países de la cuenca del Caribe, así como el entrenamiento de mercenarios para realizar actos de sabotaje contra la Revolución Cubana, así como el envío de agentes, armas y explosivos al territorio de Cuba, el pueblo de Cuba se considerará con igual derecho de ayudar con los recursos a su alcance a los movimientos revolucionarios en todos aquellos países que practiquen semejante intromisión en los asuntos internos de nuestra Patria”.

Este ejemplo, entre otros que pudieran mencionarse, ilustra cómo ha sido y es la actuación de la política exterior cubana cuando de respetar la ética se trata: en 1975, el gobierno colombiano de Alfonso López Michelsen reestablece relaciones diplomáticas con Cuba, justo en el momento en que estaba en nuestro país el máximo jefe del Ejército de Liberación Nacional (ELN), organización guerrillera que recibía nuestro apoyo internacionalista.

El Jefe de la Revolución indicó informar de estas relaciones al Presidente colombiano, mientras que al ELN se le explicó que las relaciones en lo adelante tomarían en cuenta el nuevo escenario, que rompía la política de aislamiento impuesta por Estados Unidos. Ambas partes agradecieron y comprendieron el gesto ético de Cuba.

Estos ejemplos quedarían incompletos sin la mención a la que perfectamente puede llamarse Epopeya de Cuba en África. La etapa angolana (1976-1991) de esta demostró de forma inobjetable el genio político y militar de Fidel, la naturaleza internacionalista del Estado cubano y su pueblo, el coraje de este último y la justeza de la ayuda brindada, que terminó siendo factor fundamental para el fin del Apartheid, consolidar la independencia de Angola y lograr la de Namidia y Zimbawe.

Entre 1976 y 1991, en situación de riesgos diversos, 42 510 cubanas y cubanos, colaboradores civiles, apoyaron a las distintas misiones en Angola. En el conjunto de África, 380 000 combatientes cubanos y 70 000 colaboradores civiles aportaron sus esfuerzos y su sangre en favor del continente. Fue un tributo de gratitud a más de un millón de esclavos llegados a Cuba a lo largo de tres centurias. Fue también cumplir con la idea guevariana y fidelista de que el internacionalismo es deber y necesidad a la vez en una verdadera Revolución.

De esta manera, una parte significativa de la sociedad cubana apoyó la obra que los militares venían honrando desde mucho antes. Estos, al pelear del modo corajudo y exitoso que les caracterizó siempre, dieron al mundo y a los estrategas de la Casa Blanca este mensaje: si fueron capaces de llegar a África en barcos mercantes y en aviones improvisados para el traslado de tropas, y de combatir como lo hicieron, qué no harían para defender la patria chica que los vio nacer. Ellos, el pueblo uniformado, como los definió Camilo Cienfuegos, continúan vigilantes y atentos, como parte de ese mismo pueblo que hoy da asistencia médica a más de 60 países del mundo. ¡Esta es Cuba!

NOTAS PRIMERA PARTE

[1] El Dr. Luís Suárez Salazar apela al concepto “proyección externa” (aquí denominada proyección internacional) para mostrar cómo, en el caso de la Revolución cubana, los sujetos sociales involucrados en acciones de impacto internacional han jugado una función fundamental, en sintonía con la actuación de los actores especializados del Estado a cargo de conducir la política exterior. Este enfoque muestra con exactitud cómo se expresa en este campo de actividad la participación democrática de la sociedad cubana a partir de 1959. Se recomienda ver de Suárez “El siglo XXI. Oportunidades y desafíos para la Revolución Cubana”. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 2000. P 1-2.

[2]Esta presentación asume la formulada inicialmente por el Dr. Eduardo Delgado, en su trabajo “Fidel Castro: inspirador y arquitecto principal de la política exterior de la Revolución Cubana”. Era imprescindible mostrarlo también como “conductor” y “ejecutor” de este estratégico frente de defensa de la Revolución.

[3] Raúl Castro. Palabras de Clausura Primera Conferencia Nacional del PCC. 29 de enero del 2012

[4] Fidel Castro. Discurso en acto por el XXXII aniversario del Desembarco del Granma. 5.12.88

[5] Fidel Castro. Discurso en la Universidad de La Habana. 17 de mayo de 2005

[6] Artículo 1. Capítulo I. Constitución de la República de Cuba.

[7] Fidel Castro. Palabras en mitin efectuado en Praga, Chekoslovaquia, el 25 de junio de 1972.

SEGUNDA PARTE Notas:

[i] Ver “Carta de despedida del Che”. Ver en /especiales/2017/10/03/la-historica-carta-del-che-a-fidel-su-despedida-hacia-la-inmortalidad-facsimil-y-video/

[ii] http://www.granma.cu/hoy-en-la-historia/2018-06-04/la-historica-carta-de-fidel-a-celia-04-06-2018-13-06-16

[iii] Ver en Fidel Castro Ruz “Las crisis de América Latina, diagnósticos y soluciones”. Compilación comentada de discursos de Fidel a cargo de Luís Suárez Salazar. Editora Política. La Habana, 2006. P5.

[iv] http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1964/esp/f260764e.html

[V] En Misiones en conflicto, de Piero Gleijeses. Prólogo a la edición cubana, a cargo de Jorge Risquet Valdés. Editorial de. Ciencias Sociales, La Habana, 2002, p LIV vi Idem. p LXX

*RAFAEL HIDALGO es sociólogo y analista político

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