¿CÓMO VA LA VIDA, QUERIDO TONY? RICARDO RIVERÓN ROJAS

2009, durante la celebración del aniversario cuarenta de la revista Signos. Foto: Cortesía del autor



RICARDO RIVERÓN ROJAS

En la noche del 14 de septiembre de este horrible año, en la funeraria Las Villas, nos reunimos más de cien amigos para despedir a Antonio Pérez Santos (Tony), nuestro presidente de la Uneac tan tempranamente ido. Yo ni sabía qué hacer, no me atreví a darle el pésame a Lía, la viuda, pero casi todo el tiempo estuve pendiente de sus dos jóvenes hijos, en quienes busqué, ansioso, rasgos que me lo devolvieran. Y sucedió: Tonito y Leo dejan ver en su mirada la misma nobleza que le permitió al padre ganar el corazón y la energía de todos nosotros.

Cada vez que me encuentre a esos muchachos de ahora en adelante, recuperaré algo del hermano que acabo de perder, porque sé que también cumplió bien su tarea de trasladarles, con toda la serenidad y paciencia que lo caracterizaron, el amor por la cultura y por las causas justas. Los vi y me conmovió pensar que la orfandad que les tocaría padecer en lo adelante no solo sería la del padre, sino también la del guía espiritual.

Yo, que he perdido a dos hermanas y a todos mis mayores, con Tony se me va uno de los más cercanos y empáticos amigos que, además, me concedió el privilegio de convocarme para que juntos construyéramos diálogos insólitos, luminosos, rotundos, fértiles. Con Tony todos los sueños cambiaban de categoría porque él siempre consiguió, en grado superlativo, que las utopías devinieran realizaciones. La fecundidad de su espíritu, quizás iluminado por esa luz campestre del Jobo Rosado de su infancia y los fervores con que se formó en la Universidad de La Habana, le permitía involucrarse, en debates sobre literatura, artes visuales, audiovisuales, música, filosofía, economía, pedagogía… Actuaba con el deslumbramiento del principiante y la sabiduría del experto. Su capacidad para concluir con buenas propuestas los más enrevesados diferendos contribuyó mucho a la enorme autoridad moral que lo distinguió.

Su liderazgo se estructuró desde la honestidad; en él mezcló perfiles en apariencia contrapuestos. Supo conciliar su concepto del arte y el papel de los artistas con una claridad política y un dominio en la conducción de procesos de todo tipo –incluyendo los administrativos– que casi nos obliga a suponer imposible su clonación en estos tiempos y estos dominios.

Desde 2002 actuó como presidente del Comité Provincial de la Uneac. Yo lo acompañé como vicepresidente desde 2008. Siempre me dijo que me quería en esa posición, no para cumplir tareas (que algunas me encomendó) sino para que dos, y hasta tres veces por semana conversáramos sobre lo divino y lo posible en pos del crecimiento cultural de nuestra querida aldea letrada. Cuando por algún apremio cotidiano yo incumplía el ciclo, rápidamente me entraba su llamada, con el consabido saludo-muletilla: “¿Cómo va la vida?”. Por mal que estuviera nunca le dije: “Muy jodido”, porque solo de oírlo la gravedad de mis problemas se diluía en el horizonte.

No hay manera en que podamos consolarnos por su pérdida, por eso lo seguiré buscando en la mirada de sus hijos, cruzando el patio de la Uneac, de espectador en nuestros recitales, en su oficina, en las lúcidas fantasías que, a mis años, ya hasta me hacen suponer que los regresos imposibles se hacen posibles cuando sabemos que el que se va no nos abandona totalmente.

No he podido (ni creo que pueda) dejar de pensar en sus hijos y en su inconsolable Lía. Espero tener aún suficiente tiempo para que en cualquier momento no lejano, solo a medio rebasar este doloroso instante, alguno de ellos me llame por teléfono y, con la nobleza que vi en sus ojos y la voz de Tony, me desdibuje esta tristeza con aquella pregunta, ya para mí infinita: “¿Cómo va la vida?”

Santa Clara, 15 de septiembre de 2020

Fuente: La Jiribilla

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